¡Viva México!

Por Lisandra Aguilar y Silvia Llanes

El conjunto de amates mexicanos de la Colección Arte de Nuestra América Haydee Santamaría de la Casa de las Américas, llega a los fondos entre los años 1967 y 1969, procedente del Estado de México, como muestra de la relación solidaria entre ambas naciones. Hoy día, estas pinturas constituyen uno de los conjuntos de más atractivo de la sección de arte popular que atesora la Galería Mariano, entidad especializada en salvaguardar, promover y visibilizar este patrimonio.

Escuchando las historias de los descendientes de los pueblos originarios, descubrimos como desde el zócalo de Oaxaca— y desde muchos otros lugares de México— se ofrecen a los visitantes códigos ancestrales, en un papel nacido de un árbol (āmatl) que místicamente se convirtió en la madre de sus palabras; de ahí, se engendraron los libros, para preservar las palabras sinceras que buscaron la manera de resguardarse del olvido y luego convertirse en aves autónomas y emancipadoras.  

De acuerdo con los primeros cronistas del siglo XVI, se utilizaban diversas fibras vegetales para elaborar el papel amate, tales como el maguey, la palma y el amate (Vander-Mereen, 1995). Debido a las inquietudes por conocer la forma de producción del papel, investigadores como Bodil Christensen (1942) y Hans Lenz (1950) describieron las variedades de árboles que se utilizaron para su elaboración, pero el que se usaba con mayor frecuencia era el amate.

El papel amate (del náhuatl āmatl) es un soporte de la escritura prehispánica mexicana desde el siglo XVI[1], enfocada y materializada en códigos pictóricos manufacturados con discursos de dioses y sus ocupaciones, ofrendas, ritos, sacrificios, astronomía, calendario, agricultura, cacería, preparación de bebidas, comidas, historias de la guerra, la paz y la muerte, mujeres, hombres, niños, entre otros.

Las crónicas hispanas indican que el amate se obtenía a partir de determinadas cortezas, que se mantenían sumergidas en agua una o dos noches para ablandarlas y poder separar las fibras finas de las bastas. Después se machacaban las primeras con una mano de piedra y se iban cruzando hasta lograr la lámina de papel, que se dejaba secar, se pulía y preparaba luego para la escritura.

En los años 40, antes que iniciara la comercialización del papel amate, su elaboración comprendía los siguientes treinta pasos: en la primavera de los árboles los hombres quitaban la corteza de las ramas más tiernas, para extraerla con mayor facilidad. Luego las separaban y ponían a secar el líber (corteza interna). Una vez seca la fibra, los hombres se la vendían a las mujeres. La mujer hervía una cantidad de fibra en agua con ceniza o en agua de nixtamal, y después la lavaban en una batea con agua limpia, de la cual tomaban la fibra por tiras. A continuación, se colocaban en una tabla de 35 centímetros de largo por 15 centímetros de ancho, aproximadamente, y era golpeada con una piedra hasta formar una capa delgada y lisa. Para finalizar, la tabla se colocaba al sol hasta que el papel se secara y se lograra desprender[2]. Bodil Christensen (1942)

El papel amate, que también se conocía como papel sagrado, ha tenido diferentes usos: para hacer cuerdas, joyería e incluso los tradicionales aros del antiguo juego de pelota, pero quizás la utilización más conocida sea la de contener los códices que han narrado a través de los siglos la historia de México.

Los 63 amates que se preservan en los fondos de la sección de arte popular, de la Colección Arte de Nuestra América Haydee Santamaría son piezas de valor histórico, social y cultural. Por ello, la importancia de mostrarlos al público nuevamente, no solo para identificar y documentar los conocimientos tradicionales sobre el uso de recursos orgánicos como lo es la fibra vegetal, sino también para promover en nuestro contexto el arte popular mexicano, específicamente el de la comunidad de San Pablito en el Estado de Puebla. Además, de valorar y entender cómo se ha enriquecido el conocimiento para rescatar, revitalizar y salvaguardar la producción del papel amate de las comunidades indígenas y seguir documentando su historia. 

Para esta muestra que hemos llamado ¡Viva México!, se han seleccionado 41 piezas de arte popular mexicano. Junto al protagonismo de 32 pinturas sobre amate, se podrá disfrutar de piezas cerámicas, de madera y baúles ornamentados.

 ¡Viva México!, representa la naturaleza, los animales, las flores y los frutos, que simbolizan la armonía y la creación a través de los colores de la vida, y la conexión entre la tradición, el hombre y el universo.


[1] Christensen, B. 1942. Notas sobre la fabricación del papel indígena y su empleo para “brujerías” en la Sierra Norte de Puebla, México. Revista Mexicana de Estudios Antropológicos. Sociedad Mexicana de Antropología. 6(1-2): 109-124.

[2] Afanador Llach, M.J. (2022). Nombrar y representar: escritura y naturaleza en el Códice de la Cruz-Badiano, 1552. Fronteras de la historia, 16 (1), 13-41.

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