Honra y memoria afroamericana, cien años después

Por Zuleica Romay Guerra

La renovación teórico-metodológica acaecida durante las últimas décadas, ha propiciado el auge de los campos social y cultural dentro de los estudios históricos. Este florecimiento debe mucho, a su vez, a perspectivas emergentes como la llamada historia desde abajo, la consolidación de la microhistoria en tanto método, la legitimación del testimonio como fuente de saber y la apreciación gradual de las indagaciones mnemónicas auspiciadas por la sicología social y los estudios culturales. Tales transformaciones no solo estimulan la transdisciplinariedad, la innovación y la diversificación de fuentes, sino que, además, han democratizado la práctica historiográfica, reconociendo al pueblo llano la capacidad de (re) construir intelecciones sobre el pasado.

Aquí no se trata únicamente del saber atesorado por archivos y bibliotecas en folios y libros cuidadosamente clasificados. La ampliación de horizontes epistemológicos de que somos testigos incluye formas de hacer historia –al decir de Peter Burke– enraizadas en la tradición oral y las infinitas expresiones de la cultura popular, o manifiestas en producciones de la industria cultural, como el cine y los libros que, en sintonía, o no, con los hallazgos de la ciencia, influyen con sus relatos en la conformación de los imaginarios sociales.

Al convocar el II Coloquio de Estudios sobre Afroamérica con el tema “Romper los silencios del pasado: reescrituras y relecturas de la historia afroamericana”, la Casa de las Américas da cuenta de esos procesos. De ahí que su invitación a investigadores y especialistas para participar en las jornadas del evento, entre el 14 y 17 de junio de este año, se complemente con el homenaje a figuras arribantes a su primer centenario en los años 2021 y 2022, que destacan por sus aportes a la interpretación del devenir de las culturas negras en las Américas y por su legado intelectual, artístico, o político. Ellas son: Victoria Santa Cruz Gamarra (1922-2014), de Perú; Armando Fortune (1921-1979), de Panamá; el estadunidense, Alexander Murray Palmer Haley, conocido por Alex Haley (1921-1992) y “Mamá Tingó” (1921-1974), apelativo con el que las capas populares dominicanas honran la sembradora rebeldía de Florinda Soriano Muñoz.

Victoria Santa Cruz Gamarra (1922-2014)

Biznieta del retratista y muralista Demetrio Gamarra y nieta de José Milagros, el hijo que destacó como pintor, escenógrafo y músico, la pequeña Victoria nació arropada por el arte. Con su padre, el dramaturgo Nicomedes Santa Cruz Aparicio, leyó a Shakespeare, aprendió inglés y se familiarizó con la música clásica. Su madre, Victoria Gamarra Ramírez, talentosa cantante y bailarina de géneros populares peruanos, incentivó en ella el interés por músicas y danzas de mixturado origen. Creadora en 1959, junto a su hermano Nicomedes, de la Compañía de Teatro Afroperuano Cumanana, en 1962 partió con una beca a París para regresar cuatro años después y gestar un nuevo proyecto: el Grupo Teatro y Danzas Negras del Perú. Sus concepciones artísticas y pedagógicas alcanzarían plena madurez con su quehacer como directora fundadora del Conjunto Nacional de Folklore, adscrito al Instituto Nacional de Cultura del Perú.

Tanto en su patria como en la Universidad Carnegie Mellon –donde enseñó Arte Dramático por 17 años– Victoria ofreció consistentes muestras de su talento como dramaturga, directora teatral, compositora musical, bailarina, coreógrafa, diseñadora de vestuario y folklorista. A esta artista, que en sus ejercicios de clase utilizaba obras del repertorio sonero cubano junto a composiciones antológicas del Perú y musicales de Broadway, Heidi Carolyn Feldman le reconoce una notable influencia en un resurgimiento del teatro, la música, la danza y la poesía afroperuanos en la década de 1960 que revirtió el proceso de marginación negra al reconstruir y escenificar géneros y expresiones olvidados de la herencia cultural afroperuana en los teatros más prestigiosos de Lima, y despertar en los miembros de su compañía un sentido de identidad y diferencia negra.[1]

La progresión histórica de los movimientos sociales afroperuanos ofrece pruebas de la trascendencia de este influjo, pues la obra de Victoria Santa Cruz Gamarra contribuyó al fortalecimiento de la conciencia histórica, la autoestima y el orgullo identitario de muchos descendientes de africanos en ese país.

Armando Fortune (1921-1979)

Armando Fortune también dedicó la mayor parte de su vida a hacer de la historia un recurso de empoderamiento espiritual. Descendiente de antillanos emigrados a Panamá en los albores del siglo XX para laborar en las obras del canal, creció fuera de los enclaves en que se concentraban los braceros, lo que le sustrajo del racismo aversivo que estos sufrían. Su pertenencia al pequeño grupo de adolescentes negros matriculados en el Instituto Nacional le proveyó, no obstante, de tempranas experiencias de discriminación.

Aunque especializado en economía y periodismo, Fortune se sintió retado por las complejidades de la construcción identitaria panameña, la cual suma al lastre de las dicotomías poscoloniales comunes en Afroamérica una relación conflictual entre negros coloniales y negros antillanos.[2] La decisión de ahondar en los entresijos de esa identidad, de postular soluciones para sus tensiones y rupturas, operó en él un tránsito en el que la historia dejó de ser disfrute intelectual para tornarse pasión y compromiso.

Las referencias bibliográficas de sus textos evidencian un conocimiento de la obra de Fernando Ortiz que se revela mucho más profundo en el modelo de análisis empleado por Fortune para explicar los nudos gordianos de la panameñidad, [3] algo que pasan por alto los estudiosos de su legado. Su máxima “sin el negro, Panamá no sería Panamá” es réplica exacta de la utilizada por Ortiz para destacar la función primigenia de las culturas africanas en Cuba.[4] Asimismo, su argumentación de las complejas e inacabadas mezclas que conforman la población istmeña se resume en el aserto: “Panamá es un sancocho”, metáfora alusiva a un plato de hechura popular y linaje indígena, muy parecido al ajiaco cubano.[5]

Hoy, más que reprocharle a Fortune su inconfeso discipulado, hemos de agradecerle que haya reivindicado –a contracorriente del neopositivismo dominante en los estudios afroamericanos– una visión de la americanidad que no reconoce al negro separándolo, como propugna el ya desacreditado multiculturalismo, ni diluyéndolo en un mestizaje negacionista.

Alexander Murray Palmer Haley, conocido por Alex Haley (1921-1992)

Los primeros relatos escuchados por Alex Haley acerca de las luchas de las personas negras por su libertad provinieron de la abuela Cynthia, apasionada cronista del transcurso familiar que, según ella contaba, fue iniciado por un africano secuestrado en el actual territorio de Gambia y llevado a una plantación de Maryland en la segunda mitad del siglo XVIII. Muchos años después, la historia se tornaría musa de Alex, un marino reclutado por la Guardia Costera de los Estados Unidos que para combatir el tedio se ejercitaba en escribir historias.  Reincorporado a la vida civil, puso a prueba su pericia investigativa y sus habilidades como entrevistador con gente que tenía mucho que decir, como Miles Davis, Martin Luther King Jr. y Malcolm X, de cuya autobiografía fue, además, corredactor. Esos y otros quehaceres le prepararon para ficcionar la saga de su estirpe, tras doce años de indagaciones históricas y genealógicas.

Roots: a saga of American family, novela protagonizada por Kunta Kinte, el lejano antepasado de Haley, tuvo sus primeras 51 ediciones en 1976,[6] fecha coincidente con la conmemoración del bicentenario de la independencia de los Estados Unidos. En el gélido enero del siguiente año se estrenó Roots, una serie de ocho capítulos que no solo estableció un contrarrelato sobre la esclavitud norteña, sino que ejecutó, además, un acto de justicia histórica al rebasar el récord de audiencia establecido pocos meses antes por el estreno televisivo de la bella pero infame Lo que el viento se llevó.

Los genealogistas que cuestionan la fiabilidad de la investigación de Haley parecen tener parte de razón.  También la tuvo el tribunal del Distrito Sur de Nueva York, en 1978, al fallar una demanda por plagio a favor del antropólogo y folklorista Harold Curlander (1908-1996), quien reprochó a Haley haber copiado varios pasajes de su novela The African. Por fortuna, el pleito se resolvió amistosamente, con un acuerdo financiero y el reconocimiento público del acusado a la contribución de Curlander, cuya obra fue decisiva para su comprensión de los anclajes éticos y espirituales de la silenciada resistencia esclava en Norteamérica.

Los capítulos pecaminosos de la historia de Roots no restan mérito a su autor, pues, trascendiendo su doble éxito comercial, esta obra ha ejercido notable influencia en la cultura popular estadounidense. Lo demuestran la positiva recepción social de musicales de diferentes géneros que aluden al ancestro de Haley y la concurrencia a un festival anual que desde 1987 exalta el patrimonio cultural de matriz africana y cuyo escenario, en Annapolis, Maryland, evoca la llegada de tan notorio esclavizado a la costa este de los Estados Unidos. En fecha más reciente, la rebeldía de Kunta Kinte inspiró un performance de Colin Kaepernick, quien vistió una camiseta con el nombre del irredento africano ante reclutadores de la liga profesional de baloncesto.

Busto dedicado a “Mamá Tingó” (1921-1974) en República Dominicana

Devociones semejantes ha sembrado una mujer negra, campesina e iletrada en República Dominicana, mitad occidental de la isla de La Española y primer territorio de las Américas en que los africanos fueron desembarcados. Su nombre identifica una estación del metro de Santo Domingo, varias organizaciones campesinas y de mujeres y un merengue interpretado por Johnny Ventura. Esta mujer, cuya expresión sufrida pero resuelta comienza a eternizarse en las piedras de humildes monolitos, se llamó Florinda Soriano Muñoz y era conocida como Doña Tingó.

Residente en el poblado de Hato Viejo, municipio de Yamasá, Doña Tingó era miembro de la Federación de Ligas Agrarias Cristianas, Fedelac, muy activa en la defensa de los derechos del campesinado dominicano. Madre de siete hijos y viuda en edad todavía joven, cultivaba su parcela de tierra, criaba animales y vendía a algunas panaderías la leña que ella y sus hijos mayores lograban cortar.

En un periodo caracterizado por las ocupaciones de tierra como expresión de resistencia a la geofagia capitalista que asolaba las zonas rurales del país, los campesinos dominicanos demandaron a la administración de Joaquín Balaguer una política anti latifundios, que entregara a los pequeños productores las tierras baldías en manos privadas y las posesiones estatales ocupadas ilegalmente por particulares; la concesión de títulos de propiedad a quienes, habiéndola trabajado durante largos años, no ostentaban la titularidad de la tierra; el fin de los desalojos ejecutados por terratenientes y empresarios; y el reconocimiento del derecho de las mujeres a participar en los proyectos de reforma agraria del Estado.[7]

La entereza e inteligencia natural de Doña Tingó le convirtieron en líder de 300 familias, enfrentadas a la expropiación y cercado de más 8000 hectáreas que los habitantes de Hato Viejo habían cultivado durante medio siglo. Las razones esgrimidas por el terrateniente que aducía su compra y la justicia ancestral que reconoce dueño de la tierra a quien la trabaja, se enfrentaban en un pleito judicial cuando Doña Tingó fue emboscada y baleada en su propia finca, el 1 de noviembre de 1974. Su vida ejemplar extendió la fiera maternidad de Florinda Soriano Muñoz a todas las campesinas y los campesinos dominicanos. Cuando ya no pudo, físicamente, encabezar la lucha, comenzaron a llamarle “Mamá Tingó”. Heidi Carolyn Feldman: «Las Mariposas: Victoria Eugenia Santa Cruz Gamarra (Perú)», 14 de abril de 2021. Disponible en https://repercute.org/las-mariposas-victoria-eugenia-santa-cruz-gamarra/


[1] Heidi Carolyn Feldman: «Las Mariposas: Victoria Eugenia Santa Cruz Gamarra (Perú)», 14 de abril de 2021. Disponible en https://repercute.org/las-mariposas-victoria-eugenia-santa-cruz-gamarra/

[2] Aunque ambos sufren discriminaciones debido al color de su piel, la sociedad panameña jerarquiza al llamado negro colonial –asentado en el itsmo desde el siglo XVI, hablante de español y bautizado como católico– respecto a los de origen antillano. Los caribeños llegaron al país entre mediados del siglo XIX y principios del XX para trabajar en las obras del ferrocarril, entre 1850 y 1855 y, más adelante, en la construcción del canal; hablan otras lenguas, entre ellas, varios idiomas creol y practican, como norma, el protestantismo.

[3] Armando Fortune: “Los elementos humanos de Panamá y sus aportes a la panameñidad”, en Gerardo Maloney (comp.): Obras selectas, 2ª edición, Ciudad Panamá, 2021, pp. 395-409.

[4] Ver: Fernando Ortiz: “Por la integración cubana de blancos y negros”, en Jesús Guanche y José A. Matos (comps.): Fernando Ortiz contra la raza y los racismos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2013, pp. 182-200.

[5] Como se conoce, Fernando Ortiz desarrolló su concepto-metáfora sobre el ajiaco en 1940, en dos textos ancilares, aunque de calados diferentes, ya que fueron escritos para dos tipos de público: uno, letrado, con cierto nivel de especialización y el otro, más general. Estos fueron: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar y “Los factores humanos de la cubanidad”.

[6] Ver los reportes del catálogo digital WorldCat. Disponible en: https://www.worldcat.org/title/roots-the-saga-of-an-american-family/oclc/554820087/editions?sd=desc&referer=di&se=yr&qt=facet_yr%3A&editionsView=true&fq=yr%3A1976

[7] Pedro L. San Miguel: “Las luchas campesinas en la República Dominicana durante el siglo XX, Estudios Latinoamericanos, No. 8, Nueva Época, julio-diciembre de 1997, pp. 109-136.

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