Año dieciséis después de Hiroshima (I)

Por: Edmundo Desnoes

Esta es la primera parte de un texto publicado para la sección Cine en el número 97 de Lunes de Revolución (1961)

El amor y la muerte es el tema de Hiroshima, mi amor. Lo primero que vemos en la pantalla es un brazo y un pedazo de espalda desnuda. La textura de la piel es granulosa: no sabemos si los cuerpos están sudados por la intensidad del amor o si son víctimas mutiladas de la explosión del hongo atómico. La cámara se regodea por unos minutos en las formas extrañas que toman los cuerpos abrazados en la penumbra de una habitación. En la cama están hablando una mujer francesa y un hombre japonés.

Él (Eijo Okada) está casado y es feliz con su mujer.

Ella (Emmanuelle Riva) está casada y es feliz con su esposo.

Y sin embargo ambos se atraen y se desean y se buscan.

La contradicción es un contrapunto que atraviesa toda la película: fluctúa constantemente de la vida a la muerte, de la realidad al recuerdo, de una afirmación a una negación. En el medio del acto sexual una pareja habla de los desastres de Hiroshima. Un acto de creación se convierte así en un comentario sobre la muerte. La protagonista viene a Hiroshima, una ciudad de muerte, para actuar en una película sobre la paz. Estamos en el año 1959. Ella trata de comprender el efecto físico y moral de la bomba atómica: “Cuatro veces he ido al museo de Hiroshima. He visto pieles humanas, flotantes, sobrevivientes, frescas aún en la frescura de su sufrimiento. Piedras, piedras quemadas, piedras estalladas, cabelleras anónimas que las mujeres de Hiroshima encontraron caídas, enteramente caídas, al despertarse por la mañana”.

“No has visto nada en Hiroshima”, le responde él. “Nada. Lo has inventado todo”.

Ella nació en Nevers y él en Hiroshima.

Él estaba en las trincheras cuando cayó la bomba atómica. En Hiroshima murieron todos sus familiares.

Ella estaba en París el 6 de agosto de 1945. Era un alegre día de verano en París mientras en Hiroshima morían 200,000 personas calcinadas por la bomba atómica. Ella se alegró de la noticia porque significaba el fin de la guerra.

Ella tiene un sentido ambiguo y morboso de la pasión: “¿Cómo podía pensar que esta ciudad estaría hecha a la medida del amor? ¿Cómo podía pensar que tu cuerpo estaría hecho a la medida del amor? Me gustas. ¡Qué acontecimiento: me gustas! ¡Qué lentitud, de pronto! ¡Qué dulzura! No puedes saber. Me matas. Me haces bien. Tengo tiempo. Te lo ruego. Devórame. Defórmame hasta la fealdad”.

Esta contradicción no tiene nada de extraña. El otro día escuchamos en la victrola de un café el bolero Egoísmo que dice en una estrofa: “Cariño que por grande me disloca”. Y más adelante: “Yo quiero que tu amor sea como el mío, que los celos te confundan, para sentirme feliz”.

El amor trágico y ambiguo es popular en todo el mundo occidental. El amor occidental surge en la Edad Media con la idealización de la mujer. Los caballeros iban a las batallas con el pañuelo de la amada escondido debajo de la malla. Los obstáculos invencibles forman parte inseparable de todas las leyendas e historias de amor. Las familias de Romeo y Julieta están en sorda oposición y los amantes tienen que oponerse a ellos para triunfar o morir. En nuestra civilización, los obstáculos individuales o sociales son factores básicos en todo estado pasional entre un hombre y una mujer.

Hiroshima es un estudio del amor en el siglo XX. Es un estudio de la degeneración de un mito en una sociedad enferma. Europa está enferma y el amor está enfermo. (En Lolita, la novela de Nabokov, por ejemplo, el amor imposible existe entre una niña y un hombre de mediana edad).

Hasta empieza al revés Hiroshima. Empieza en la cama y termina con los amantes hablando y deambulando por las calles. Es lo contrario de la película convencional donde los amantes se ven, andan juntos y acaban casándose o acostándose. Uno siempre se queda con la duda, ¿serán felices? Porque lo importante viene después, cuando se conocen el cuerpo y el carácter. Hiroshima comienza en el momento más difícil del amor.

Los enamorados viven en un mundo que solo les pertenece a ellos. Hasta miran a los demás con un cierto desprecio. El amor es un estado de ánimo en Hiroshima, un clima sicológico. La pasión es una atmósfera que envuelve a las personas y las aísla del resto del mundo. Esto jamás lo había logrado tan totalmente el cine. Uno entra en la película como en un túnel del amor, no el de los parques de diversiones, sino en un verdadero túnel del amor.

El conflicto lo provoca la sociedad que quiere separar a los amantes. Las circunstancias. Ella ya no es una adolescente y los recuerdos de su primer amante se interponen entre ellos. Ella en realidad ve en el japonés una reencarnación del soldado alemán que amó en Nevers. El arquitecto japonés le ha hecho revivir su primer amor. Hay una frase de la protagonista que revela su concepto del amor: “Catorce años sin un amor imposible”.

La actriz francesa Emmanuelle Riva

Emmanuelle Riva es el personaje central de la película. El arquitecto japonés es solo una excusa para que ella hurgue en sus recuerdos y trate de entender su vida. Es natural. El director Alain Resnais es francés y no hubiese podido analizar a fondo la personalidad de un japonés.

El oriental es un hombre desarraigado, influido por la cultura occidental. “Aprendí francés para estudiar la Revolución Francesa”, le dice a la mujer que acaba de poseer, sentado al borde de la cama, con una sonrisa en los labios. De japonesa la película no tiene nada. El ojo es francés. La mente es francesa. Ante todo, porque es una película intelectual y sensual al mismo tiempo. El francés por tradición cultural tiene un agudo sentido de las abstracciones sin por ello olvidar los detalles de la experiencia. Desde La princesa de Cléves, Las amistades peligrosas, pasando por Benjamín Constant y Stendhal hasta Marcel Proust, los franceses tienen una tradición de análisis y experiencia sobre el amor que otros pueblos desconocen. El español ha vivido el amor probablemente con mucha mayor profundidad que el francés, pero no lo ha entendido como el francés.

El tiempo desaparece en Hiroshima. El tiempo deja de ser cronológico para ser sicológico. El presente y el pasado se mezclan constantemente en la pantalla. Este es uno de los aspectos más revolucionarios de la película. La película está cortada y fotografiada con este sentido de la ubicuidad. Resnais ha comparado su creación con El desayuno sobre la yerba del pintor Eduardo Manet, donde varios elementos disímiles coexisten en la misma superficie.

La interrupción del tiempo para relatar sucesos pasados siempre choca. En Hiroshima, sin embargo, la cámara retrospectiva es el único método posible para expresar la complejidad del presente. Sin retrocesos largos al pasado no se entiende la actitud de la protagonista. No se entiende por qué, aunque lo ama, quiere abandonar a su nuevo amante.

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