Retamar narrador

Por: La Ventana

Al cumplirse un aniversario más de la partida física de Roberto Fernández Retamar, La Ventana ofrece, a manera de adelanto, un texto inédito que aparecerá en el número 307 de Casa de las Américas. Forma parte de un pequeño conjunto de narraciones -rescatadas por Laidi Fernández de Juan- que la revista publicará precedidas de un estudio de Francisco López Sacha. Con su rescate queremos dar a conocer esa zona lejana y desconocida de su autor.

Miedo

Sintió un cambio brusco en el estómago y las náuseas le invadieron. El asiento había descendido, luego se había vuelto a alzar. Las manos, húmedas, se apretaron viscosamente a la revista. La búsqueda de tesoros en los mares del Caribe. Una palabra que no entendía. Buscarla en el diccionario. Luego. ¿Por qué había dado ese salto? Una nube, seguro. ¿O no? Sí, era una nube: ahora salían de ella, y se veía a los lejos con toda claridad. Miró el reloj. Faltaba hora y media. Con toda claridad. Las nubes estaban debajo, aborregadas. Es bonito. Uno se siente sereno. Algunas están coloreadas, violeta, rosado. La pintura ha abandonado esto. Eran gratas las cosas de Turner. Pintaba nubes como un abanico. Pero muchos cuadros parecen hoy eso, nubes, abanicos. Lo anotaría. Turner y la pintura abstracta. Con toda claridad. Este era el sitio de Dios. Andaba pastoreando sobre las nubes. Los niños lo ven así. Ahora no. ¿Qué se hace si el avión se estropea? Un automóvil patina, se rompe, y se queda en medio de la carretera. ¿Qué hace un avión? Tenía miedo de tener miedo. Algunas personas rezan. Él rezaría. No sabía a quién, ni cómo. O no debía rezar, no es honrado. No es honrado rezar si no se cree. Se debe creer primero y rezar después. Pero quizás, a veces, no hay tiempo para esperar. En un instante podría creer, ver. Con toda claridad. Entonces comprendió que el sol estaba dando de frente al avión. Quizás los pilotos se cegaran. Estarían acostumbrados. Pero los motores, ¿no sufrirían con tanto calor? El sol chispeaba en los cristales de alante. ¿No le molestaría a ese estúpido? De nuevo a leer. Una gran claridad. Sobresalto. No, es el sol, en los cristales. La muchacha atraviesa el comedor estrecho, y va ondulando para poder pasar. Tienen todas tanta gracia. Esta lleva un mechón español en la frente. ¿Cómo las escogerán? Parecen la misma con cabezas distintas. No temen que el avión caiga. Hacen este viaje con insoportable frecuencia. Es en vano que uno intente disimular su palidez. Ellas lo miran y sin dudas ríen luego, para sus adentros. Empieza a oscurecer. El sol no da ya fuerte sobre el aparato. Allá lejos, las últimas luces de la tarde. Parece un incendio. Las llamaradas salen a volar como pájaros rojos. Es bueno estar aquí. Seguramente es un incendio. ¿Y en aquel motor, qué brilla? Una raya naranja. Es un fuego. ¿Va a incendiarse? El estómago, como una pelota hueca a la que un niño patea, da una voltereta. La mano, sudorosa, vacila frente al botón de llamada. Preguntar a la muchacha. O acaso va a reírse. Más vale quedar ridículo que muerto. El dedo se hunde en el botón. Un timbre como una cuchara que cae, y una lucecita débil. ¡El otro motor! El otro motor tiene también la raya naranja. Luego es usual. «Es el escape», sentencia el absurdo señor de alante. Es una bestia. No lee, no debe escribir, sabe que eso es el escape. Tira del botón hacia afuera para apagar la luz. Por ventura, la muchacha no llegó a venir. Se hubiera reído, y era solo por precaución. Podía ser otra cosa, nadie sabe. Los grandes incendios son primero pequeños incendios, son una llama, una chispa, una raya naranja sobre el aluminio, y se hubiera reído, con su mechón español bailándole en la frente. De nuevo a la revista. No tiene interés ya, sin embargo. Ha atardecido del todo. Es noche alrededor de nosotros. No se ven ni las alas. Los pilotos sabrán cómo guiarse en la oscuridad. De pronto, una iluminación extraña, intensa, al otro lado del avión. Los pensamientos (¿son pensamientos?) se precipitan unos sobre otros, instantáneos: no es el sol, es ya de noche; solo una cosa puede ser: se ha incendiado un motor de allá. La luz ondula: es luz de llama. Alguien vio la raya naranja y, por pena, no dijo nada. Esta vez era eso. La raya es ahora una llama: su luz tiembla junto a la ventana. La boca está seca, no puede hablar. El pulso golpea en todo el cuerpo, las muñecas, las sienes. No han transcurrido cinco segundos. Nadie ha hablado. Todos estarán como él. Así debe comenzar todo. Un gran silencio, en cuyo centro baila un fuego. Luego se inicia la algarabía; «nadie debe alarmarse, permanezcan en sus asientos». Un gran silencio. El señor calvo a cuyo lado brillaba la llama, guardó su fosforera. Había encendido un cigarro, sonrió. Se pasó la mano por la frente: estaba empapada de sudor. Extrajo una pastilla del bolsillo, y con maestría o costumbre la tragó enseguida.

Dos soluciones:

1-Queda dormida. No escucha nada. Sonríe. Quizá sueña cosas gratas. No escucha. No sabe cuándo el avión estalla.

2-Para calmarse, extrae una hoja blanca. Saca su pluma. Escribe a la cabeza del papel: Miedo. Y comienza: «Sintió un cambio…».

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