Patricia Ariza: “En Colombia ni siquiera los más viejos conocemos la paz”

Por: Fernando Quiroz

Foto: Ricardo Pinzón

Patricia Ariza ha sido acusada de nadaísta y hippie y de trabajar con los ñeros y los ancianos. Poeta, actriz y dramaturga, nació en Vélez (Santander) y llegó de niña a Bogotá por cuenta de la violencia. Fundó –junto con Santiago García– el Teatro La Candelaria. También ha liderado proyectos como la Corporación Colombiana de Teatro, el Festival Alternativo de Teatro y el Festival Mujeres en Escena por la Paz. Fue novia del poeta Gonzalo Arango, fue modista en Tumaco, fue alumna de Marta Traba y fue sobreviviente del genocidio de la Unión Patriótica. Así es la nueva ministra de Cultura de Colombia.

Hay una escena recurrente en la niñez de Patricia Ariza que se parece mucho a la del coronel de García Márquez, que raspaba con un cuchillo el tarro para desprender las últimas raspaduras del polvo de café. A la recién nombrada ministra de Cultura su madre le hacía sacar las cáscaras de las papas que acababa de alistar para que las volviera a pelar y no desperdiciara ni un gramo.

“Éramos pobres, pero también éramos ricos”, confiesa esta poeta, actriz y dramaturga que nació en Vélez, Santander, y que llegó de niña a Bogotá por cuenta de la violencia y de la falta de oportunidades. A su mamá se le metió en la cabeza que debían moverse a la capital para que los hijos pudieran estudiar y salir adelante, y a su papá le tocó cambiar su oficio de tallador en madera, capaz de trabajar con arte la laminilla de oro, por el de carpintero remendón.

Gaitanista a muerte y buen conversador, don Marco Aurelio Ariza era un pueblerino ilustrado que tocaba la guitarra y la bandola. Por eso también eran ricos, porque en su familia escaseaba la plata, pero abundaba la cultura. Cuando Patricia Ariza tenía siete u ocho años presenció una escena digna del neorrealismo italiano: encontró a su padre en la tienda de la esquina rodeado de hombres a los que les estaba diciendo que el dinero es enemigo del hombre. En una mano tenía un montón de billetes, y en la otra, un encendedor. La niña salió corriendo para avisarle a su madre, pero cuando regresaron a la tienda solo quedaban las cenizas del sueldo que acababa de recibir. Y un silencio profundo. Al recordarlo, la nueva ministra de Cultura de los colombianos no puede dejar de admirar la belleza y la poesía que hubo en aquel gesto.

Escéptica como suelen serlo los buenos artistas, quedó muy sorprendida con su nombramiento, no obstante que fue muy activa en la campaña del Pacto Histórico. Desde entonces no ha dejado de recibir cartas de apoyo de artistas y creadores, que se sienten representados como pocas veces. Su larga trayectoria incluye la fundación del Teatro La Candelaria –junto con Santiago García– y de la Corporación Colombiana de Teatro, y la dirección del Festival Alternativo de Teatro y del Festival Mujeres en Escena por la Paz, entre muchas otras acciones que le han merecido doctorados honoríficos, premios internacionales y un sinfín de condecoraciones.

Está convencida de que la cultura es un arma poderosa para consolidar la paz y para ayudarles a las víctimas de nuestras largas guerras a sacar el dolor y convertirlo en fuerza y en fiesta… “Yo defiendo la fiesta porque es una forma de resistencia”, dice Ariza. Y recuerda que en Colombia han resucitado muchas fiestas populares precisamente en los momentos más difíciles, como una manera de decir que estamos vivos. Y eso es, en el fondo, lo que pretende: celebrar la vida, “lo cual no significa que no me duelan los muertos”.

Foto: Ricardo Pinzón

 ¿Es verdad que la echaron del colegio por culpa de un amor platónico?

Es cierto. Mi colegio estaba en frente de un cuartel, y yo andaba enamorada de un soldado con el que jamás llegamos a tomarnos de la mano. Alguna vez nos miramos y quedé prendada. Tenía 15 años, y llevaba un diario en el que contaba cómo me escapaba del colegio y a dónde íbamos… pero todo era fantasioso. Muchos años después comprendí que eso era literatura. Lo cierto es que por cuenta de ese diario me echaron, y eso fue muy duro para mi familia, que hacía muchos esfuerzos para pagarme el estudio.

¿Qué le dijo su mamá?

Ella me daba jugo de hígado con naranja para fortalecer el cerebro, porque pensaba que era insólito lo que había hecho. Finalmente, decidí irme para Medellín, en donde vivían dos hermanos.

Y ahí se volvió nadaísta…

Mi hermano, que me llevaba varios años, era un hombre culto. A él y a mi hermana les oí hablar por primera vez del nadaísmo, y me propuse conocer a Gonzalo Arango. Conseguí su teléfono por medio de Ramón Hoyos, el célebre ciclista, y lo llamé. “Señor Gonzalo”, le dije, “yo quiero formar parte de esa organización”. Y el se reía, pero me puso una cita, y terminó siendo mi primer novio. Pero no me acercó al movimiento, sino que nos veíamos en la periferia. Hasta que un día no llegó a la cita y supe que algo había pasado, porque era muy puntual. En efecto, lo habían detenido. De manera que me fui a buscar a los nadaístas en el café Metropol. Y ellos, que sabían de mi existencia por Gonzalo, me acogieron y ahí sí me enrolé.

¿Quiénes eran los nadaístas?

Era un combo de jóvenes muy cultos, transgresores, la mayoría de ellos poetas. Amílcar Osorio me llevaba a los parques a leer a Proust. Andábamos por la calle vestidos de una manera particular, y esa actitud era, en sí, una performance, un poema. Algunos nos tiraban piedra, otros nos adoraban. Mucha gente culta nos invitaba a sus casas para oírnos.

¿Por qué terminó en Tumaco?

Íbamos a fundar un nuevo mundo. Había una nadaísta que decía que tenía una isla allá, y nos fuimos con sus mapas a buscarla. Pero no la encontramos o no existía, y el lanchero que nos llevó finalmente nos dejó botados en una playa. Yo no conocía el mar y todo me asustaba. Los cangrejos me parecían arañas enormes, pero luego aprendí a sacar piangua y jaibas para comer. Allí nos quedamos varios meses. La gente era divina. Los muchachos de la zona nos enseñaron a tocar el tambor.

¿Es cierto que fue modista en Tumaco?

Un día vi en la puerta de una casa un aviso que decía “Se necesita modista que ayude a coser uniformes”. Lo había puesto una señora santandereana, como yo, a la que al final también terminé ayudándole a atender un restaurante. Lo que ganaba era fundamental para el sostenimiento de los nadaístas que habíamos ido a Tumaco.

¿Cómo terminó la aventura tumaqueña?

Un día llegó mi hermano al restaurante. Me estaban buscando por todo el país, y me llevó con él. Pero yo seguí y sigo siendo nadaísta.

Alguna vez la acusaron de nadaísta, como si fuera un delito.

Sí, la prensa reveló un expediente en el que me acusaban de “hippie y nadaísta”. Esa misma noche llegaron a mi casa todos los amigos nadaístas vestidos de hippies y armaron una fiesta solidaria. En el expediente también me acusaban de trabajar con gente de la calle y con ancianos.

Santiago García y Patricia Ariza. Foto: El Tiempo

¿Cómo conoció a Santiago García, a quien ha relacionado con las palabras “amor”, “maestro” y “amigo”?

Entré a la Universidad Nacional a estudiar Artes, pero me la pasaba en clases de filosofía y en otras facultades. Un día llegó la noticia de un director que estaba montando una obra de teatro y estaba buscando estudiantes. Era Santiago García. Lo ubiqué, pero me dijo que ya todos los papeles estaban asignados. Debí dibujar una cara de tristeza, porque a Santiago le dio pesar su negativa inicial y me propuso que lo ayudara a tomar nota en los ensayos. Ahí empezó esa historia. Mi paso por la universidad fue corto, y cuando salí fundamos con Santiago la Casa de la Cultura (luego La Candelaria).

Por esa época conoció a una mujer que terminó siendo definitiva en su vida: Marta Traba.

Sí, yo andaba obsesionada con la historia del arte, y Marta Traba fue la mejor profesora posible. Me llevó a estudiar a los Andes, becada, junto con Miguel Torres y Alí Humar. Sus clases eran fantásticas y llegaba gente de todas las facultades. Tenía una pasión y una capacidad verbal admirables. El problema es que era una universidad para otra clase social, y algunos estudiantes empezaron a quejarse porque les tocaba tomar la clase de pie, a pesar de que ellos sí pagaban una matrícula muy costosa. Entonces, Miguel y Alí no volvieron. Pero Marta dijo que si se llegaban a meter conmigo, renunciaba. Luego, cuando fundó el Museo de Arte Moderno le ayudé con algunos trabajos.

Santiago García y Enrique Buenaventura fueron grandes maestros suyos. ¿Qué los diferenciaba a la hora de crear?

Tenían una pelea fraternal, pues Santiago defendía el proceso, y Enrique defendía el método. Yo he tratado de unir los dos conceptos, sobre todo para que esa pelea no siga en la eternidad que ahora habitan.

¿Cómo es eso de la creación colectiva?

Crear colectivamente es tramitar las divergencias. Hay que aprender a oír a los demás, a trabajar con quienes tienen puntos de vista distintos. Es duro, pero fascinante. Sin conflicto no hay teatro… ni hay vida. Somos conflicto, venimos del conflicto y mostramos el conflicto… es algo profundamente filosófico y político.

Hábleme de su participación en la Unión Patriótica.

Fue una etapa muy bella y una ilusión muy grande. Trabajé al lado de amigos increíbles como Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo y José Antequera… gente con la cual se habría logrado la paz mucho antes. Nunca creímos que fuéramos a tener tantos senadores, tantos representantes, tantos alcaldes… para ese momento fue algo grandioso… Pero, de repente, empezaron a caer uno aquí, otro allá, hasta que mataron a todo el mundo… ¡Un genocidio! La casa de la UP quedó vacía, deshabitada… fue muy doloroso.

¿También usted estuvo amenazada?

También. Pero lo mío lo considero algo menor frente a lo que significó la muerte de tantas compañeras, de tantos compañeros.

¿Cuál fue el episodio más doloroso de ese capítulo?

Cuando tuve que sacar a mi hija del país. Estaba en esa edad de empezar a disfrutar su juventud con las amigas, pero la amenazaron y en tres días ya no estaba en Colombia.

¿Siente que el país ha tratado de echarle tierra a ese tema?

Colombia no ha hecho el duelo de ese genocidio –como tampoco ha hecho el de los mal llamados falsos positivos– y es importante hacerlo. Existe una tendencia a negar el duelo, y el duelo es tan importante como la fiesta. Hay una mujer que admiro con toda el alma, Jahel Quiroga –directora de la Fundación Reiniciar–, que se ha dedicado a sacar a los sobrevivientes de la UP de debajo de las piedras… ¡No se imagina la depresión tan grande que generó esta matanza! Desde esa época he estado trabajando en la memoria y en el duelo de esa triste historia.

¿También usted se deprimió?

Sí, entré en una depresión muy honda. No quería nada, no quería ni hablar. Le estaba perdiendo el sentido a la vida…

¿Cómo salió de ahí?

Mire cómo es la vida: de ahí me sacaron los habitantes de la calle. Un día llegaron a la corporación unos ñeros, con cobija encima, y yo pensé que me iban a atracar. Cerré la oficina y me quedé en la puerta. Les pregunté qué querían, y me dijeron “Queremos hacer teatro con usted, madre”. ¡En ese momento me sentí tan ridícula! Cómo era posible que me hubiera asustado con ellos, yo, que he luchado por no ser excluyente. Lo cierto es que la sala estaba desocupada, y ese mismo día empezamos a hacer teatro. Es una de las gratificaciones más grandes que me ha dado la vida. Yo estaba en el piso, y ellos me ayudaron a levantar. Fue como en aquel poema de Bertolt Brecht: “Esclavo, ¿quién te liberará? Los que están en la sima más honda te verán, compañero, tus gritos oirán. Ellos te liberarán”.

¿No temió que en lugar de levantarse pudiera caer más hondo?

Santiago García se oponía un poco, por mi salud mental. Me decía que uno podía terminar devorado por la situación, y me ponía a leer Santa Juana de los mataderos, otra obra de Brecht que alude al tema. Pero yo estaba decidida a montar una obra de teatro con ellos, y tengo una cualidad heredada de mi madre, que es la de terminar lo que empiezo.

¿Cómo fue la experiencia de descender a esos infiernos en los que a veces viven los habitantes de la calle?

Armamos un combo con Carlos Satizábal (su actual esposo, al que califica de “bacán” y a quien conoció en esa aventura) y con el Grupo Proyecto y empezamos a andar la calle. Íbamos a los parches, les llevábamos aguapanela y nos sentábamos a filosofar. No lo hacíamos por caridad ni para redimirlos, sino para entenderlos, para aprender de ellos. Vivimos unos episodios tan estremecedores como hermosos. Es la gente más estigmatizada, y probablemente nadie conoce mejor la condición humana. Hay entre ellos poetas y filósofos que no dejan de sorprender. En esos años conocí otro país…

¿Recuerda alguna de esas sesiones en que se sentaban a filosofar?

Una vez, uno de ellos decía: “A alguien que sabe mucho le dicen sabio, a un médico le dicen que es un genio, si es cantante le dicen que es una estrella… pero a nosotros, que incursionamos en el dolor y sabemos tanto de eso, ¿qué nos dicen?”.

¿Finalmente montaron la obra?

Por supuesto. Empecé a trabajar con ellos todos los días. A veces llegaban veinte, a veces llegaban cinco… era difícil, pero siempre llegaban. Quería que hicieran una obra de teatro mostrando lo que son, cómo se ven a sí mismos y cómo ven a los demás. Se llamó El parche, y en ella contaban historias de su vida. Se trataba de dejarlos ser. Empezaba con el siguiente parlamento: “Nosotros somos la calle, y conocemos el miedo de ustedes, que viven en ella. No nos gusta el silencio, nos gusta el ruido, el bullicio y el swing…”.

Tenía pasajes de humor, ¿verdad?

Sí, a su manera. Recuerdo que, en una escena, representaban a una señora que empezaba a llorar porque la iban a robar. Lloraba tanto y rogaba tanto, que al final ellos terminaban dándole plata.

¿En dónde la presentaron?

Gloria Triana nos prestó el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, y ellos mismos invitaron a su gente. Aunque poco les gusta ir a ese tipo de lugares, porque se sienten excluidos, más de un centenar aceptó la invitación, aunque sabían que a la entrada tenían que dejar los cuchillos y el pegante. También la presentamos en Medellín, en el Congreso de Antropología. Nos hospedaron en una villa deportiva, con algo de recelo por tratarse de habitantes de la calle. Yo les pedí que por favor dejaran todo limpio, y terminaron lavando hasta las paredes del edificio y la calle de enfrente. No era para tanto.

También hicieron un periódico…

Sí, se llamaba La Lleca. Y les dimos clases de rap, que les fascinaba. Fueron cuatro años maravillosos trabajando con ellos.

¿Cómo fue el ejercicio de la lotería?

Les preguntamos a muchos de ellos qué harían si se ganaran la lotería, y ninguno, ni siquiera uno solo, habló de comprar una casa o de hacer un viaje. Ellos viven de manera muy pragmática, tratando de solucionar el día a día. La mayoría hablaba de grandes comilonas para sus ñeros, que así se llaman entre ellos. Eran los tiempos de la presidencia de César Gaviria, y recuerdo que una mujer decía que haría “una comida con harta morcilla” en la Plaza de Bolívar e invitaría a María Paz y a Simón para que fueran a ver cómo es la vida de los ñeros.

Foto: Milton Díaz. El Tiempo

Dicen que usted fue una de las responsables de que Colombia empezara a llenarse de palomas blancas…

Eso fue en tiempos de Belisario Betancur. Una iniciativa que trabajamos, entre otros, con Carlos Duque y Gloria Zea. Llenamos el país de palomas blancas a propósito del proceso de paz. Algunas las hicieron grandes artistas, pero sobre todo eran palomas pintadas por la gente. Yo creo que es la performance más grande que se ha hecho en Colombia: todos los rincones del país se llenaron de palomas.

La voz de la cultura fue muy importante entonces…

Estábamos convencidos de que los artistas podíamos hacer la paz. Y la verdad es que hicimos muchas cosas hermosas: creamos murales, compusimos canciones, ofrecimos funciones de teatro para la gente que estaba en las cárceles… Y hablamos con todos los que pudimos: con la Iglesia, con la gente de la calle, con la gente de la cultura… también con la gente de la insurgencia… Jurábamos que eso que estábamos haciendo iba a ser determinante.

¿Tuvieron apoyo del presidente Betancur?

¡Cómo será que nos prestó un avión Hércules para hacer jornadas por la paz a lo largo y ancho del país!

¿También participó en el fallido proceso de paz de Andrés Pastrana?

Desde Belisario, yo he estado en todos los procesos de paz que se han emprendido. En el de Pastrana, llevamos al Caguán la obra Guadalupe Años sin cuenta. Fue muy emocionante. Logramos hacer una función con insurgentes y soldados juntos. Unos y otros se reían de lo mismo. Eran jóvenes iguales. Repetir esa experiencia es un sueño que tengo de nuevo ahora. Fue muy hermoso. Ese recuerdo me ayuda a entender que debemos hacer lo que dice Petro: trabajar por la unidad del país desde la cultura. El arte cohesiona a la gente.

¿Y en La Habana?

También. En Cuba estuvimos hablando de la importancia de darle a la paz una dimensión cultural. Y, en nombre de las mujeres, fui a plantear la perspectiva de género… La buena noticia es que las insurgentes ya habían puesto el tema en la mesa.

Ha tenido muchas experiencias gratas en nombre de la paz. Pero también muchas decepciones. ¿Cuál es el momento más doloroso que ha vivido en este sentido?

Sin duda, el “No” en el plebiscito. Nos habíamos reunido en familia para celebrar, pero no hubo celebración posible. Me deprimí tanto que mi hija no fue capaz de separarse de mí esa noche. Fue muy triste. Es que en Colombia ni siquiera nosotros, los más viejos, conocemos la paz. Tenemos que volver a poner la paz en el corazón de la gente. Hay que desengatillar el imaginario de las colombianas y los colombianos.

¿Qué significa ser de izquierda?

Para mí, ser de izquierda significa tener una altísima sensibilidad social.

¿Siente que la gente de izquierda ha sido estigmatizada?

Hay quienes piensan que estamos contra las instituciones, que estamos contra todo… No es eso, lo que pasa es que durante mucho tiempo se les ha dado la espalda a los pobres, a los excluidos, y esas son razones que han llevado a la gente a la calle a manifestarse.

Hay quienes le han cobrado su participación en manifestaciones…

Sí, y un cartel en el que mencionaba a la Policía. Pero estamos en otro momento. Hace unos años no se me habría ocurrido acercarme a la Policía, porque he tenido miedo. Pero ya no tengo que correr. Quiero hablar con el comandante de la Policía y darle un abrazo… Quiero hacer un proyecto cultural con los jóvenes agentes. Estoy convencida de que en el Ejército y en la Policía hay gente muy sensible, gente que piensa que tragedias como la de los mal llamados “falsos positivos” no pueden volver a suceder. Jamás. Eso no tiene nombre.

Foto: Revista BOCAS

¿Llevará la creación colectiva al ministerio?

Por supuesto. Por eso me encanta el lema que ha utilizado Francia Márquez: “Soy porque somos”. Es de una gran profundidad. Realmente, el cambio cultural comenzó con su nombramiento como vicepresidenta. Su presencia en este gobierno va a sacar lo mejor de los colombianos.

¿Cuál fue la primera directriz que recibió del presidente Petro?

Que le parecía muy importante ir a las regiones más olvidadas y rescatar tantas tradiciones y tantos saberes ancestrales que se han ido perdiendo. Que había que trabajar con los niños de la mano de esos maestros de su propia región que dominan un arte, que interpretan un instrumento, que mantienen viva una tradición. Que había que hacer una sinergia entre educación y cultura. Ya hemos hablado al respecto con Alejandro Gaviria, y también está en sus planes y en su voluntad trabajar de la mano en ese propósito común. Estamos convencidos de que los niños deben tener la oportunidad de ejercer la libertad de crear. Eso no se olvida jamás.

¿Se le verá, entonces, recorriendo Colombia?

Yo creo que mi despacho va a ser rodante… un escritorio con alas…

Usted ha hablado de la importancia de que la gente valore la colombianidad…

Sí, sin chauvinismo. Sin desdeñar lo que viene de fuera. Pero debemos promover que nuestra gente valore esa maravillosa diversidad cultural de Colombia, que es parte de esa potencia de la vida de la que se habla en el Pacto. Se han hecho cosas, sin duda, que debemos mantener y desarrollar. No podemos caer en el adanismo y creer que el mundo comienza con nosotros.

¿De qué manera puede ayudar la cultura al cambio social?

No se puede creer que lo cultural es solo lo artístico. La cultura tiene que ver con los modos de ser, de hacer, de pensar, de decidir… Estoy convencida de que el cambio social es el cambio cultural… Si no se trabaja desde el imaginario de la gente, no es posible. Estamos pensando, por ejemplo, emprender campañas en contra de la estigmatización: del odio, del racismo, de la homofobia, del machismo… es impresionante la cifra de mujeres golpeadas y asesinadas, y eso también es un problema cultural.

¿Le costó trabajo dejar el teatro La Candelaria?

Estoy en duelo por ese motivo… desde que se fundó el teatro no había dejado de ir un solo día… No podré estar de cuerpo presente en La Candelaria ni en la Corporación, pero de corazón estaré ahí siempre.

¿Fue difícil tomar la decisión?

Voy a ser sincera: mi primera reacción fue no aceptar. Tengo la carta que le escribí a Gustavo Petro diciéndole que, con el dolor en el alma, no podría acompañarlo…

¿Y, entonces, qué pasó?

Como lo mío ha sido la “creación colectiva”, hice extensiva esa práctica a este momento. Mejor dicho, esta fue una “decisión colectiva”. Mi familia y mis colegas me dijeron que yo había luchado toda la vida por los derechos culturales y no podía no aceptar el ministerio.

¿Qué fue lo que más le llamó la atención durante el empalme?

Que en el Plan Nacional de Cultura que nos presentaron, que tiene una cantidad de páginas, solo aparece una vez la palabra “arte” y no se nombra a los artistas. No se nombra a la gente.

¿Un propósito claro?

Elevar la autoestima de la gente a través del arte. Hacerles ver que todos somos creadores. Que todos somos lectores desde que nacemos, porque hay lenguajes no verbales. ¿Un propósito? Que esto sea un estallido cultural.

¿Va a extrañar la creación?

Esa ha sido mi vida, y sé que pierdo muchas cosas. Pero voy a seguir escribiendo poemas y voy a instalar un caballete para pintar un poco cada día.

¿Qué libro está leyendo en este momento?

Leo varios al mismo tiempo. Pero estoy asombrada y releo En diciembre llegaban las brisas, de Marvel Moreno. Y también los libros del maestro Arturo Escobar, de quien siempre aprendo mucho.

¿Cuál es el libro que más veces ha leído?

Cien años de soledad.

¿Quiénes son sus autores de cabecera?

Gabriel García Márquez, Emily Dickinson y Virginia Woolf.

¿Qué película no se cansa de ver?

El gatopardo. También La primera noche, de Peto Restrepo.

¿Cuál fue la última película que la hizo llorar?

Ya no estoy aquí.

¿Qué compositor la lleva al éxtasis?

Philip Glass. También Edson Velandia.

¿Cuál fue la última exposición que le tocó el alma?

La de Cecilia Vicuña. Y la de Pedro Alcántara.

¿Qué tiene en la mesa de noche?

Las guerras culturales del siglo XXI.

La obra de teatro que más ha disfrutado como espectadora.

La clase muerta, de Tadeusz Kantor. Y Nayra, la memoria, de Santiago García y mi grupo La Candelaria.

¿Y la que más ha disfrutado como creadora y actriz?

Guadalupe Años sin cuenta.

Un verso suyo que podría convertirse en mantra.

«Por si se te ocurre lavarme /

no me vayas a quitar el barro del que estoy hecha».

Tomado de El Tiempo

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