Brasil en septiembre

Por: Aurelio Alonso

Las elecciones presidenciales que se aproximan en Brasil pueden marcar de manera indeleble el panorama geopolítico mundial. La relevancia de sus resultados no se limita a los intereses del país y su evidente significado en el contorno continental debido a su peso específico como nación, que no creo necesario ponderar aquí. Brasil ocupa hoy uno de los diez primeros lugares entre las potencias mundiales por su población, su territorio, sus recursos naturales y su economía.

En el entramado global, el rumbo que tome Brasil en los años venideros puede jugar, más que nunca en su historia, un papel clave en el concierto latinoamericano, y en los destinos del modelo panamericano de dominación. Bastaría una mirada al discurso estratégico global de la actual administración estadunidense[1] para entender que impedir el regreso de la izquierda al poder en Brasil es una meta prioritaria de Washington y que, más que otras veces, empleará a fondo sus dispositivos de influencia para que la institucionalidad local corrupta – que tan funcional ha mostrado serle allí – extreme sus acciones en esa dirección[2].   

Como sabemos, el país experimentó, de 2003 a 2016 un periodo de reformas que propiciaron bienestar y confianza en la posibilidad real de un desarrollo con equidad y justicia social. No tocaron, sin embargo, resortes que obstaculizaran la reversión de los avances alcanzados[3].

El contraste de la memoria de aquella experiencia social con el descalabro actual, constituye hoy el principal capital ideológico que le aporta a Luiz Inácio (Lula) da Silva tan indiscutible ventaja en la contienda por retornar a la presidencia. Presidencia que, en el fondo, su partido nunca perdió, sino que fue usurpada a su sucesora mediante manejos institucionales amparados en las fuerzas y el ingenio de la oligarquía. Y a su través, como ahora, en los intereses, los planes y las estrategias de los Estados Unidos.

Para la primera vuelta electoral el entramado de la oligarquía local (y el proyecto del Norte) estimula la multiplicidad de candidatos presidenciales bajo la falacia de que es esa la expresión más democrática. El espejismo de que a más candidatos, más representatividad.  En el fondo se trata de que con menos del 50% de los votos no bastaría para llevar a Lula a la Presidencia en la primera vuelta, y mientras mayor sea el número de candidatos, más se dispersa la voluntad de pronunciamiento contrario en las urnas al descalabro que deja el gobierno de Bolsonaro.

Es decir, que la inevitable victoria de Lula el 2 de octubre no sea suficiente para llevarlo a la Presidencia, significa paradójicamente a la vez una victoria táctica para las fuerzas de derecha (de adentro y de afuera), que contarían con 29 días para ingeniar movimientos de deslegitimación hacia los sufragios previstos para el día 31. La ingeniería del lawfare da muestras de haberse puesto en tensión. Llama la atención desde ahora el popurrí de promesas incumplibles en los discursos de campaña de muchas figuras que se pretenden presidenciables.  

En todo caso, la holgada ventaja que indican los cálculos prefigura que para el balotaje del 31 Lula tampoco tendría rival, y todas las fuerzas que vemos asociarse en su contra probablemente se estén preparando también para lidiar con la idea de otro Brasil. Lo cual, en definitiva, debe impactar positivamente en la correlación latinoamericana y caribeña y en la cohesión del BRICS.  Y una profundización deseable en la armonía entre BRICS[4] y CELAC[5].

Durante septiembre lo deseable para la izquierda brasileña sería, en sentido inverso al interés de las derechas, que la comprensión de la urgencia de sacar al país del modelo actual creciera lo suficiente dentro de la oposición para sumar su voto a Lula el mismo 2 de octubre. Que la racionalidad del valor del “voto condena” primara sobre las ilusiones caudillistas. Aspiración demasiado optimista tal vez, pero que no se puede desechar de antemano. Ganar en primera vuelta será un objetivo importante en la agenda del PT para el mes de septiembre.

Mientras tanto se hace notar el acoso institucional a los gobiernos populares en Argentina. Bolivia, Perú, el bloqueo y el escandaloso saqueo de los recursos de Venezuela, las sanciones a Nicaragua y la política de asfixia sin respiro impuesta por más de seis décadas a Cuba. Por destacar solo lo más visible. Que nada de esto logre impedir ya la rebeldía de nuestros pueblos por alcanzar más justicia social, mejor distribución de los recursos, y soberanía real, es una clara señal del declive insalvable de panamericanismo. Y se inscribe igualmente –¿cómo no verlo? – en el ocaso del mundo como sistema unipolar que los Estados Unidos implantaron tras el derrumbe del sistema soviético.

La transición a un mundo multipolar será –como se ve ya con claridad– dolorosa y cargada de crueldad. Lo ha sido la caída de todos los imperios, lo cual nos permite afirmar que es una Ley de la Historia. El conocimiento riguroso de ese pasado no da mucha esperanza de que en el caso del más poderoso de todos por las desigualdades que le favorecen y la falta total de escrúpulos en ejercer su dominación, su eclosión no se acompañe de los más lesivos de los estallidos.

Ni siquiera el giro reciente que imprimen en el Sur del Continente Americano los cambios de gobierno en Argentina, Bolivia, Perú, Honduras, Chile y Colombia encontraron sintonía alguna en el Norte, donde la política exterior de una administración demócrata se hunde en el pantano heredado del republicano Donald Trump sin pudor alguno. En esta complicadísima correlación, las elecciones presidenciales de Brasil de octubre de 2022 abrirían caminos que lleven a Lula y a su partido a jugar un papel cuya trascendencia internacional puede ser protagónica a nivel global.     


[1] Una clara síntesis de la actual estrategia imperial puede leerse en la conferencia del Secretario de Estado Anthony Blinken en la sede Ágora de la OTAN el 23 de marzo de 2021.

[2] La impunidad de la ofensiva de la derecha corrupta en Argentina contra Cristina Kirshner (magnicidio incluido) se convierte en una especie de certificado de eficiencia para la política imperial de eso que hoy llamamos lawfare, o manipulación sistemática de una legalidad con vacíos perjudiciales a las mayorías.

[3] El análisis crítico de esas lagunas, que abunda en la literatura brasileña, no es tema de este artículo.

[4] Sigla para denominar, por sus letras iniciales a la asociación de países (cinco hasta ahora) que conforman el escalón más protagónico al margen de las potencias reconocidas (Brasil, Rusia, India, China, Surdáfrica).

[5] Sigla de la Asociación de Estados Latinoamericanos y Caribeños creada con vistas a proveer a Nuestra América de un espacio asociativo a salvo de las potencias del Norte, a diferencia de la sumisa OEA.

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