Parecería que Pedro Lemebel nos ha acompañado desde siempre

El cumpleaños setenta del escritor chileno nos sirve de pretexto para recuperar las palabras leídas por Jorge Fornet, director del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, en la inauguración de la Semana de Autor dedicada a Lemebel del 21 al 24 de noviembre de 2006, así como textos del propio Lemebel incluidos en el dossier elaborado con motivo de su visita a la Casa.

Foto: Archivo de la Casa de las Américas

Un escritor que se expone*

Jorge Fornet

Es un lugar común que todos repetimos decir que Chile es un país de poetas. Un lugar común que, desde luego, revela una verdad y oculta otra. Reconocer, por ejemplo, que esa es la patria de Neruda, de Gabriela Mistral, de Nicanor Parra o de Gonzalo Rojas, es ocultar que también es la tierra –para ceñirnos a nombres más recientes– de Antonio Skármeta, Ariel Dorfman, Diamela Eltit y Roberto Bolaño. Fue este último, por cierto, quien resumió en el autor que nos convoca esas dos tendencias. Pedro Lemebel, dijo Bolaño en una frase que se ha citado más de una vez, «no necesita escribir poesía para ser el mejor poeta de mi generación». Para acabar de complicar las cosas, llegó a la literatura chilena este autor que se distanciaba de unos y otros y que a lo largo de poco más de una década ha ido trazando un itinerario por el que ha arrastrado a miles de lectores. Dueño de una obra de difícil clasificación en que se mezclan el performance y la escritura, el verbo y el cuerpo, la novela y la crónica, el humor y el dolor, la alegría y la desolación, Pedro Lemebel ocupa un lugar extraño en la cartografía literaria del Continente. Un lugar que, de tan excéntrico (en el sentido etimológico del término), aún no tiene nombre. El «lugar Lemebel», cabría denominarlo. Para llegar a ese sitio, para intentar entenderlo, se juntan en estos días estudiosos y amigos que nos propondrán vías de entrada, aristas semiocultas, huellas que seguir.

Al preparar los materiales para esta Semana de Autor recordábamos que, de cierta manera, Lemebel es la encarnación de un momento, o mejor, la contracara más perfecta del entusiasmo liberal, quien da voz, paradójicamente, a las minorías y a las mayorías. Su defensa de todos los discriminados en virtud de sus preferencias sexuales hace olvidar que es también un impugnador de las injusticias que sostienen aquel entusiasmo. En pocos casos se hace tan patente como en el suyo la convicción de que lo personal es también político. Las vivencias de los pequeños seres, el destino íntimo del último de los marginados puede revelar, metonímicamente, los mecanismos y estrategias de dominación de todo el sistema.

No voy a adelantarme a posibles conclusiones, pero si me forzaran a resumir en una frase el rasgo dominante de Lemebel, me atrevería a decir que la suya es, ante todo, la obra de un escritor que se expone. Es decir, que se exhibe y se arriesga. En esa exhibición, en ese riesgo, se cifra una de las poéticas más desconcertantes, agresivas y seductoras de la literatura latinoamericana de los últimos años.

No deja de ser una feliz coincidencia que esta Semana tenga lugar en medio de lo que hemos llamado el año Matta, rodeado de tantas piezas del extraordinario artista chileno. Coincidencia, por cierto, que vuelve a poner en primer plano, por contraste, la trayectoria de Lemebel.

Es un verdadero privilegio recibir hoy en la Casa de las Américas –y en un espacio como la Semana de Autor, por el que han pasado figuras de la talla de Ricardo Piglia, Luisa Valenzuela, Diamela Eltit, Ernesto Cardenal y Rubem Fonseca– al autor de una obra que, entre las crónicas de La esquina es mi corazón y Adiós mariquita linda, pasando por la novela Tengo miedo torero, nos ha empujado a leer con otros ojos, que es, supongo, la mayor aspiración de cualquier escritor.

En el apartado Valoraciones del dossier se recoge un fragmento del artículo de Patricia Espinoza «Un mapa de la denuncia” en el que escribió: Las crónicas de Pedro Lemebel instauran un nuevo canon de lectura. Los signos ya no pueden ser leídos desde la sanción o de la norma. Lemebel interviene con la imagen grotesca, con la risa sin fin, la ridiculización y el manoseo de los fetiches. La abyección se instala y con ello vacila todo el campo de significaciones emanado desde los famosos patterns impuestos por nuestro espectáculo massmediático. Loco afán, La esquina es mi corazón y el recientemente aparecido De perlas y cicatrices han sido subtitulados «cronicas». Textos que se ubican dentro de la intencionalidad manifiesta de redimensionar el tiempo desde la perspectiva de un narrador en primera persona que intenta recrear la escena de lo real-original-verdadero. La crónica resulta de tal modo una escritura en la cual ocupan un sitio privilegiado tanto la memoria como la verdad. Pero Lemebel pareciera repulsar de la grandilocuencia de la memoria y la verdad, para convertirlas en recuerdos particulares y en verdades oblicuas, haciendo emerger con ello lo infinito de lo intrahistórico.

AQUELLOS OJOS VERDES**

(A ese corazón fugitivo de Chiapas)

Tal vez, porque supe de tu saludo al Frente Homosexual de Cataluña, donde una loca amiga recortó tu mirada de pasamontañas para pegarla en el telón blanco de su amor revolucionario. Quizás fue por eso, porque nunca tuvimos un Che Guevara propio, ni estrellas rojas en el amanecer nublado en Cuba. Y la montaña sandinista nos resultó demasiado empinada para el delicado aguante mariposa. Quizás, porque los héroes del marxismo macho «nunca nos tuvieron paciencia», y prefirieron bailar solos, ideológicamente solos, la ranchera baleada de su despedida.

Por eso, querido Marcos, en esta esquina de la modernidad donde casi no quedan estatuas que apunten al cielo con su puño cerrado. En este vértice del siglo, donde se venden las causas minoritarias en un revoltijo de plumas, condones y sostenes feministas. Ahora que tu México indio y pobre llega a Chile con peluca rubia de cambalache. Como si fuera una piñata Nafta que trafica Televisa repartiendo imágenes de Acapulcos coloridos y mariachis tecno. La postal cuate, donde la vida se empaqueta en teleseries gritonas y festivales de bikinis. La Mexicomanía que consume el neoliberalismo chilensis hartándose de tacos y enchiladas. Los mismos siúticos que ayer odiaban el chulerío picante de tu marimba azteca. La nueva clase pirula que saca pasajes para tostarse en Cancún, buscando un México ligth sin problemas sociales ni revueltas del pasado. Menos esas guerrillas que ahuyentan la inversión extranjera, ni esos pequeños sueños de justicia que la modernidad etiqueta de nostalgia. Porque el tercer mundo se totaliza capital, y su luz metálica apenas eclipsa el fuego verde de tus ojos.

Entonces, subcomandante, empuñas la treinta treinta y se levanta contigo el indiaje zapatista. Así fuera ayer la rebelión tizna de pólvora la pantalla del noticiario, y la foresta de Chiapas es el nuevo pulso que despierta en un alboroto de pájaros. Sólo que no es ayer, y los pájaros son helicópteros que zumban fatídicos por tu cabeza. No es ayer, lo repiten los ultimátums oficiales. Porque los Villas y Zapatas yacen pegados a los murales que fotografían los turistas. Pero igual sigues desafiando corajudo al Nuevo Orden. Igual sigues inventándole personajes a tu perseguido anonimato. Por ahí declaras que fuiste travesti en Barcelona, traficante en Times Square, y pirata aéreo en El Cairo. Que nunca nadie dio con tu verdadero rostro, porque la revolución no debe tener un rostro. Es un imaginario posible, un paisaje que se completa con el rostro amado, soñaba Gilles Deleuze.

Sólo conocemos vestigios de selva que enmarcan tu mirada, sólo eso dejas ver. Y ese color turquesa entre las pupilas azabaches, lo tildan de intruso agitador. Pero tú ríes diciendo que son lentes de contacto. Más bien tus ojos se burlan del ojo mayor, tratando de identificarte en su rompecabezas de fichaje. Tus ojos se mofan de la vigilancia y su stock de narices, orejas y bocas que tratan de encajar en la calavera prófuga, en la calavera camuflada que requiere un rostro para el castigo. Porque el poder necesita un rostro para clavetear tu foto-recompensa. El poder te viste de caras para proclamar tu ansiada captura. Por eso el empadronamiento mexicano improvisa una máscara y la reparte al mundo por Televisa, tranquilizando a los socios del Nafta. Enfatizando que la rebelión está controlada y ese tal Marcos está plenamente identificado. Y tú, escondido quién sabe dónde, contestas que no eres tan feo, que se guarden ese Frankenstein para sus pesadillas.

Pareciera que el corazón de Chiapas pende de un hilo, acorralado por el blindaje. Mientras tanto, mi amiga loca de Barcelona retrasa su reloj, suspende la hora del noticiario, porque no quiere conocer tus ojos sin pasamontañas. No quiere ver la pendiente suave de tu mejilla, ni la lija de tu barba a medio crecer por los días y días acosado por los perros del ejército mexicano. Escondido, cansado, travestido de india o caminante que no duerme, que no puede pegar el sueño y sueña despierto. Y los bellos ojos irritados por el polvo aún chispean esmeraldas en los humos del emplumado amanecer.

NOTA:

Marcos recibió este texto en Chiapas, y le gustó mucho. Pero solamente un detalle le causó gracia; él dijo que no tenía los ojos verdes.

(De Loco afán. Crónicas de sidario, 1996)

** Palabras leídas en la inauguración de la Semana de Autor dedicada a Pedro Lemebel, publicadas en la revista Casa de las Américas 246.

**Crónica de Pedro Lemebel tomada del dossier de la Semana de Autor .

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