Cintio Vitier sobre Haydee: “Ahora solo es vida”*

Con motivo de la conmemoración del centenario del nacimiento de Haydee Santamaría, fundadora de la Casa de las Américas, estaremos publicando periódicamente en La Ventana testimonios, documentos, entrevistas, entre otros materiales, que nos permitirán conocerla mejor, con mayor justeza, desde los recuerdos de quienes «tuvieron el privilegio de su cercanía», así como desde sus propias palabras.

Recuerdos de Haydee apenas tengo, pues la traté poco y lo que hablamos solo sirvió para sentir que no estábamos hablándonos de veras, sino tanteando a oscuras yo, y ella en su intemperie segadora, criaturas que amábamos y por las que temíamos. Memoria sí guardo, o me guarda, y por eso (porque la memoria más que recordar conoce), digo que una inmensa, casi explosiva reserva de temor había en ella; no digo miedo, no parecía haber tenido miedo nunca, sino temor de amor o sagrado temor, iracundo frente al peligro que acecha siempre a los valiosos. Era como si al valor (lo que vale y lo valiente) lo viera siempre amenazado, incluso por sí misma, por el propio riesgo de su ser. Sus ojos de entonces como que se encendían agresivos de amor ante la catástrofe inminente de una injusticia intolerable. Daba consejos quizás, pero lo importante era aquella acción indignada y ofendidísima de sus ojos, como si con ellos saliera su corazón a defender un hijo.

Porque en verdad Haydee era ante todo madre, una madre en perenne vigilia y asistencia, que no se resignaba a ninguna mengua del ser o de los seres a su alcance, a su amparo. De mucha inmediatez su amor, como todo verdadero amor lo practicaba fieramente. Ni con ella misma transigía, y si a veces parecía empecinada, era por celo de amor y hambre de verdad y de lo que pudiéramos llamar, aunque suene abstracto o peor pedante, lo concreto absoluto. Lo concreto para ella era absoluto, ardía como la zarza en el desierto, sin consumirse, en cosas y personas. Era, simplemente, el alma, o lo que solo ve el alma. Así vio aquellos taburetes antes del asalto al cuartel Moncada, aquellos concretos taburetes absolutos, en una visión completa, unitiva, y las palabras hubieran tenido que encarnar la forma y la materia de aquellos taburetes, para que la satisficieran cabalmente. No le satisfacían casi nunca las palabras, la impacientaban, las perseguía con palabras impacientes, con dureza de niña malcriada, y de pronto apresaba, fulgurante, la palabra.

Cuando Haydee hablaba del Moncada, no lo hacía solo como participante en un hecho histórico, sino también en un hecho biológico y espiritual, como una madre habla de un parto. El símil es de ella, y solo podía ser de ella porque no era un símil. Cada vez que ella hablaba del Moncada (lo que constituye uno de los acontecimientos poéticos más profundos de la Revolución), asistíamos sobrecogidos al nacimiento sangrante de un suceso mayor que todos sus recuerdos, y que solo se podía revelar de nuevo a ella y a nosotros por la aparición de un detalle arrasador, o por el torrente irritado de sus palabras, con un grito insomne adentro, que arrastraba peñascos rotos, duros de decir, o indecibles.

Porque también está su voz, el desgarro y la onda, heridora por herida, de su voz, manando como una fuente viva delante del juicio implacable de sus ojos. Lo que esos ojos miraban frente a frente, era la muerte. Ojos de sobreviviente, de heroína, de resucitada. Ojos desollados por la muerte y la resurrección. No se puede vivir resucitado. Haydee se fue acercando a la muerte que le restaba por morir desde que sonó el penúltimo disparo del Moncada. Su muerte fue con ella, y por ella, totalmente muerta. Ahora es solo vida: vida de ella y nuestra, de todo y de todos, inconsolable, bravía de esperanza.  

*Estas palabras están recogidas en el disco Palabra de esta América. Homenaje a una Heroína de la Patria. Hayde Santamaría. Testimonios y Poemas, y en la revista Casa de las Américas, número 150, mayo-junio, editados por la Casa de las Américas en 1985 con motivo del quinto aniversario de la muerte de Haydee.   

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