Conferencia leída en la Casa de las Américas como parte del Ciclo La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión, organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios.
por Ambrosio Fornet
1 Parecía que la pesadilla era cosa de un remoto pasado, pero lo cierto es que cuando despertamos el dinosaurio todavía estaba allí. No hemos sabido —y tal vez nunca sabremos— si el disparate mediático respondía a una insidiosa operación de rescate, a una caprichosa expresión de amiguismo o a una simple muestra de irresponsabilidad. No importa. Visto desde la perspectiva de hoy —de la reacción en cadena que provocó, uno de cuyos eslabones es este ciclo que estamos iniciando— era un acto suicida.
Lanzaba un reto sin tener la menor idea del nivel de coherencia que había alcanzado el
adversario, ni de la solidez de una política cultural que se ha afianzado como
un fenómeno irreversible a través de una práctica que ya dura tres décadas.
Ganada limpiamente esta batalla —no me atrevo a decir la guerra, porque el pavonato no es tanto la expresión de una táctica
política como una visión del mundo basada en el recelo y la mediocridad—,
podemos abrir camino a la reflexión diciéndonos, simplemente, que lo que pasa
conviene. La prueba de que así es la tenemos en la decisión del Ministerio de
Cultura de apoyar esta iniciativa de Desiderio,
coincidente con la de Abel, en cuanto a ir llenando el vacío de información y
de análisis que hasta ahora ha prevalecido sobre el tema de la política
cultural —digo, anticultural— de la primera
mitad de los años setenta.
Por
increíble que pueda parecer, la persona que dirigió el programa “Impronta”
dedicado a Pavón —cuyo libreto había sido escrito por una compañera—, nos
aseguró que no sabía quién era el personaje, o más exactamente, que no
sabía cuál era la “impronta” que éste había dejado en la cultura cubana durante
su gestión como presidente del Consejo Nacional de Cultura (CNC). Tampoco lo
sabría después, porque sobre eso se tendió un cauteloso manto de silencio en el
programa. No convenía exagerar mencionando la soga en casa del ahorcado. Pues
bien, aún no habíamos salido de nuestro estupor cuando una vocecita empezó a
martillar nuestros oídos: “¿Y por qué increíble? ¿Por qué tenía la
joven directora que saber? ¿Acaso ustedes, los viejos que
vivieron y sufrieron aquella etapa, han escrito algún libro o folleto, han
publicado alguna serie de artículos, han dado algún ciclo de charlas sobre el
tema?
En los
últimos años la denuncia de los atropellos individuales, de la perversa exhibición
de los prejuicios, del cinismo de las explicaciones ha sido hecha por las
víctimas en entrevistas, artículos, discursos de aceptación de premios, pero el
análisis del fenómeno fue siendo postergado como lo han sido otras cosas que
merecían discutirse, y por el mismo motivo: para no poner en
peligro la unidad. Junto con la validez histórica de nuestro proyecto de
nación, la unidad es lo único, en efecto, que garantiza nuestra superioridad
sobre enemigos y adversarios. Pero así como no debemos olvidar que en una plaza
permanentemente sitiada, como lo es nuestro país, insistir sobre discrepancias
y desacuerdos equivale a “darle armas al enemigo”… tampoco conviene olvidar que
los pactos de silencio suelen ser sumamente riesgosos, porque crean un clima de
inmovilidad, un simulacro de unanimidad que nos impide medir la magnitud real
de los peligros y la integridad de nuestras filas, en las que a menudo se
cuelan locuaces oportunistas.
Ya sabemos
a dónde condujeron esos simulacros y maniobras en Europa y especialmente en la URSS, y en este último caso,
creo yo, porque hasta los propios militantes —entre ellos no pocos héroes del
trabajo y descendientes de héroes de la guerra— habían sido definitivamente
desmovilizados por el burocratismo y la rutina. Sin ser especialista en la
materia, me atrevo a responder la insondable pregunta: “¿Por qué no salieron
los obreros, y en especial los militantes comunistas, a defender la Revolución en la URSS?” Muy sencillo: “Porque no recibieron instrucciones de arriba”. Necesitamos mantenernos firmes en
nuestras trincheras —las que, por supuesto, no son los mejores lugares para
ejercitar la democracia—, pero eso no quiere decir que podamos darnos el lujo
de abandonar la práctica de la crítica y la autocrítica, el único ejercicio que
puede librarnos del triunfalismo y preservarnos del deterioro ideológico.
2
No
quisiera cansarlos con divagaciones y criterios que muchos de ustedes comparten
y que pudieran alejarnos de nuestro tema. Éste —como sugiere el título de mi
charla, propuesto por Desiderio— apunta a los motivos
y la praxis del Quinquenio Gris. Inventé la etiqueta por razones
metodológicas, tratando de aislar y describir ese período por lo que me parecía
su rasgo dominante y por el contraste que ofrecía con la etapa anterior,
caracterizada por su colorido y su dinámica interna (aunque no exenta, como
veremos, de frustraciones y sobresaltos).1
Pero antes de entrar en materia me gustaría dejar aclarados un par de puntos.
En primer lugar, desde dónde hablo, es decir, desde qué experiencia
vital, desde qué posición ideológica y política se proyectan mis opiniones y
valoraciones sobre el tema, y en general sobre los problemas de la cultura, su
producción y su alcance, con énfasis especial en la literatura —la narrativa—,
que es el único campo que conozco por experiencia propia. Me adelanto a hablar
así porque temo decir algo que le resulte incomprensible o extraño a algunos de
los jóvenes presentes.
Vengo,
como es obvio, de un mundo que marcó mi posición con respecto a muchos de esos
problemas: el mundo de la Cuba
pre-revolucionaria, de la república aquélla.
Desde muy joven quise escribir. No me atrevería a decir que quise ser
escritor porque éste era un oficio sin perfil laboral que podía atraer
sobre uno la sospecha o el escarnio. “Yo no le decía a nadie que quería ser
escritor —le confesaba José Soler Puig a un amigo — porque la gente se reía y
hasta pensaban que eso era de maricas”. 2
Y Virgilio Piñera, en un mensaje público que le
dirigió a Fidel en marzo de 1959: “…Nosotros, los escritores cubanos, somos ´la última carta de la baraja´,
es decir, nada significamos en lo económico, lo social y hasta en el campo
mismo de las letras. Queremos cooperar hombro con hombro con la Revolución, mas
para ello es preciso que se nos saque del estado miserable en que nos
debatimos.” 3
Como ven,
el nivel de autoestima del gremio estaba por el suelo. Tal vez el anecdotario
de los escritores vanidosos o jactanciosos irritara o divirtiera a sus cofrades
en los corrillos de Madrid o París, pero aquí eran cuentos de extraterrestres,
puesto que el escritor literalmente no existía fuera del círculo de sus amigos
más íntimos y de los cuatro gatos que leían Orígenes (gatos afortunados,
por cierto). Todavía me parece un milagro que dos años después del mensaje de
Virgilio ya estuviera yo editando Las aventuras de Tom
Sawyer y testimonios de niños serranos en el
Ministerio de Educación, bajo la dirección de Herminio Almendros, y muy pronto
también a Proust, Joyce y Kafka en la Editorial Nacional, bajo la dirección de
Alejo Carpentier. Desde esta perspectiva se nos hacía
evidente que empezaba a consolidarse una alianza entre las vanguardias
políticas y artísticas. La
Revolución —la posibilidad real de cambiar la vida— se
nos aparecía como la expresión política de las aspiraciones artísticas de la
vanguardia.
De modo
que cuando empezó a asomar la oreja peluda de la homofobia
y luego, enmascarada, la del realismo socialista, nos sentimos bastante
confundidos. ¿Qué tenía que ver un fenómeno tan profundo, que realmente había
cambiado la vida de millones de personas, que había alfabetizado a los
analfabetos y alimentado a los hambrientos, que no dejaba a un solo niño sin
escuela, que prometía barrer con la discriminación racial y el machismo, que
ponía en las librerías, al precio de cincuenta centavos o un peso, toda
la literatura universal, desde Homero hasta Rulfo,
desde Dafnis y Cloe hasta Mi tío el empleado..., qué tenía
que ver un hecho de esas dimensiones con mis preferencias sexuales o con la peregrina
imagen de un artista virtuoso y viril, siempre dispuesto a cantar las glorias
patrias? Nosotros— los jóvenes que nos creíamos herederos y representantes de
la vanguardia en el terreno artístico y literario— no podíamos comulgar con esa
visión…, serio problema, puesto que en los círculos dogmáticos venía cobrando
fuerza la idea de que las discrepancias estéticas ocultaban
discrepancias políticas.
Por lo
demás, uno no podía desconocer que al asumir nuevas responsabilidades descubría
también sus propias deficiencias. Si de pronto tenía la posibilidad de
dirigirse a millones de lectores potenciales, era imposible dejar de
preguntarse: ¿y ahora, cómo escribir o, en el caso del editor, qué publicar?
¿Lo “que entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios”,
como decía irónicamente el Che? ¿Lo que le “gusta” al pueblo, dejándolo
así estancado en su más bajo nivel, o lo que me gusta a mí, para que el
pueblo vaya refinando sus gustos y un buen día llegue a ser tan culto como yo?
Populismo, paternalismo, elitismo, alta cultura, cultura popular, cultura de
masas o para las masas…, dilemas y fantasmas ideológicos, en fin, que empezaban
a atravesarse en nuestro camino, casi siempre cogiéndonos desprevenidos…
Lo que
quiero decir es que han de tener ustedes un poco de paciencia, porque es
imposible hablar del Quinquenio Gris sin referirse a los orígenes de ciertos
conflictos que se incubaron en la década del sesenta. 4
Sólo me referiré a aquellos que, como los mencionados, nos tocan más de cerca;
otros, como el de la microfracción, por
ejemplo, desbordan los límites de nuestro asunto (aunque no dejan de estar
relacionados con él, porque el sectarismo fue un mal generalizado entre
los cuadros intelectuales y políticos más directamente ligados al campo de la
ideología). 5
3
El
realismo socialista –la literatura como pedagogía y hagiografía, orientada
metodológicamente hacia la creación de “héroes positivos” y la estratégica
ausencia de conflictos antagónicos en el “seno del pueblo”— producía en
nosotros, mis amigos pequeñoburgueses y yo, la misma
reacción de quien se encuentra una mosca en el vaso de leche. Entre los
narradores cubanos nadie, que yo recuerde, había aceptado la invitación,
pero la recién creada Imprenta Nacional editaba profusamente novelas soviéticas
(algunas respetables, por cierto, como las de Sholojov
y aquellas de Alexandr Bek
—La carretera de Volokolansk y Los hombres
de Panfilov, en realidad dos partes de la misma
epopeya— que acompañaron a tantos milicianos en las frecuentes movilizaciones
de aquellos tiempos). En todo caso yo, como joven intelectual sin más ideología
política que la fidelista (solía decir por entonces
que me había hecho marxista por televisión, es decir, oyendo a Fidel),
ya tenía dos cosas absolutamente claras: ¿volver al pasado?, de ninguna
manera; ¿admitir como horizonte cultural un manual de Konstantinov
y una estética normativa?, de ninguna manera.
Pero no
quisiera caer en lo mismo que criticamos, y sé que cuando se trata de defender nuestra
verdad, nuestro punto de vista, solemos ser tan categóricos y dogmáticos
como el adversario. El realismo socialista no era “intrínsecamente perverso”;
lo intrínsecamente perverso fue la imposición de esa fórmula en la URSS, donde lo que pudo haber
sido una escuela, una corriente literaria y artística más, se convirtió de
pronto en doctrina oficial, de obligatorio cumplimiento. De las
distintas funciones que desempeñan o pueden desempeñar la literatura y el arte
—la estética, la recreativa, la informativa, la didáctica…—, los comisarios
trasladaron esa última al primer plano, en detrimento de las otras; lo que el
pueblo y en particular la clase obrera necesitaban no era simplemente leer
—abrirse a nuevos horizontes de expectativas—sino educarse, asimilar a
través de la lectura las normas y valores de la nueva sociedad. Este admirable
propósito —admirable en teoría, y tanto más cuanto que sus bases se remontaban
a la Ilustración—
no tenía en cuenta que “si el arte educa —y me permito citar a Gramsci por enésima vez— lo hace en cuanto arte y no en
cuanto arte educativo, porque si es arte educativo deja de ser arte y un
arte que se niegue a sí mismo no puede educar a nadie.” Nosotros ni
sospechábamos siquiera que la herencia del marxismo escolástico fuera tan
fuerte en nuestro medio, o al menos entre algunos intelectuales procedentes del
Partido Socialista Popular, pero una de nuestras más brillantes y respetadas
ensayistas, Mirta Aguirre, escribía en octubre de
1963:
Hoy,
en manos del materialismo dialéctico, el arte puede y debe ser exorcismo: forma
de conocimiento que contribuya a barrer de la mente de los hombres las sombras
caliginosas de la ignorancia, instrumento precioso para la sustitución de la
concepción religiosa del mundo por su concepción científica, y apresurador recurso marxista de la derrota del idealismo
filosófico. 6
Uno se
sentía tentado a preguntar: ¿todo eso puede y debe ser el arte? O bien,
con cierto desenfado: ¿eso es todo lo que debe y puede ser el arte? De
haberlo hecho, no habría tardado en descubrir que nuestro desconcierto tenía un
turbio origen de clase, porque lo que realmente ocurría era que ciertas ideas
estaban “en precario y camino a la desaparición”, y ciertos intelectuales y
artistas, “en vez de dedicarse a extirpar de sí mismos los vestigios
ideológicos de la sociedad derrumbada”, se empecinaban en justificarlos. 7 En realidad, lo que nosotros veíamos era que bajo ese rígido y precario modelo
de orientación artística se difuminaba la línea divisoria entre arte, pedagogía, propaganda y publicidad. Lo curioso es que el
capitalismo producía toneladas de publicidad y propaganda sin mencionarlas
siquiera, enmascaradas hábilmente bajo las etiquetas de la información y el
“entretenimiento”; pero el socialismo era joven e inexperto; en la famosa
polémica que en diciembre de 1963 sostuvieron Blas Roca y Alfredo Guevara en
torno a la exhibición de varias películas (La dulce vida, de Fellini, Accatone,
de Passolini, El ángel exterminador, de Buñuel y Alias Gardelito,
de Lautaro Murúa), Guevara
se refirió a la columna periodística de Blas Roca —hombre muy respetable,
por otros conceptos— como
una columna que aborda tan
superficialmente los problemas de la cultura, y del arte cinematográfico en
particular, reduciendo su significación, por no decir su función, a la de
ilustradores de la obra revolucionaria, vista por demás en su más inmediata
perspectiva. 8
Huelga
aclarar —porque en política, como decía Martí, lo real es lo que no se ve— que
estas disputas estéticas formaban parte de una lucha por el poder cultural, por
el control de ciertas zonas de influencia. Esto se hizo evidente en 1961 con la
polémica en torno a PM y el posterior cierre de Lunes de Revolución,
medida esta última que condujo a la creación de La Gaceta de Cuba,
publicación literaria de la
UNEAC que dura hasta hoy. La de PM resultó ser una
polémica histórica porque dio origen a Palabras a los intelectuales, el
discurso de Fidel que por fortuna ha servido desde entonces —salvo durante el
dramático interregno del pavonato— como principio
rector de nuestra política cultural.
PMera un modesto ensayo de free-cinema, un documentalito de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal que había
pasado sin pena ni gloria por la televisión en un programa patrocinado
por Lunes de Revolución, es decir, por Carlos Franqui
y Guillermo Cabrera Infante. Los dos —Franqui y
Guillermo—tenían una gran virtud —una visión moderna y dinámica del arte, la
literatura y el periodismo, como lo demuestran el periódico Revolución y
su suplemento literario, Lunes...—; pero
ambos tenían también un gran defecto, dadas las circunstancias: eran anticomunistas
viscerales, que odiaban todo lo que oliera a Unión Soviética y PSP. El ICAIC se
había negado a exhibir PM en las salas de cine, lo que desató la
polémica. 9
Uno diría
que en algún momento tanto la dirigencia del ICAIC como la intelectualidad del
PSP elevaron a la máxima dirección del gobierno estas dramáticas preguntas:
¿Quiénes son los que van a hacer cine en Cuba? ¿Quiénes son los que van a
representar institucionalmente a nuestros escritores y artistas? Las respuestas
se caían de la mata.
Pero algo
se nos había ido de las manos, porque en la segunda mitad de la década pasaron
cosas que tendrían consecuencias funestas para el normal desarrollo de la
cultura revolucionaria: el establecimiento de las Unidades Militares de Ayuda a
la Producción
(UMAP), por ejemplo —que duraron tres años y dejaron unas cuantas cicatrices—,
y el rechazo institucional de dos libros premiados en el concurso literario de la UNEAC (Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, y Fuera
del juego, de Heberto Padilla), para no hablar de
anécdotas pasajeras, aunque sintomáticas, como el clima de hostilidad que
suscitó, entre algunos funcionarios, la aparición de Paradiso
(1966), de Lezama, debido a su supuesta exaltación
del homoerotismo (llegó a decirse que el volumen
había sido mandado a recoger de algunas librerías). La desafortunada iniciativa
de la UMAP, la
idea de que tanto los jóvenes homosexuales como los religiosos —sobre todo los
Testigos de Jehová, que rechazaban por convicción el uso de las armas— hicieran
su servicio militar en unidades de trabajo, no en unidades de combate, se
emparentaba a todas luces con la visión machista de aquellos padres burgueses
que mandaban a sus hijos más díscolos o timoratos a escuelas militares para que
“se hicieran hombres”.
Recuerdo
haberle dicho al amigo a quien antes aludí, cuando me preguntó sobre la
discriminación a los homosexuales en Cuba, que esa actitud no tenía que ver con
la Revolución,
que nos llegaba de antaño, por la doble vía de la moral judeo-cristiana
y la ignorancia, pero que tal vez el clima emocional de la plaza sitiada —que
incluía la constante exaltación de las virtudes viriles—, así como la obsesión
por enderezar tantas cosas torcidas de la vieja sociedad, nos
llevaron a querer enderezar o restaurar también a los
homosexuales, quienes no en balde eran descritos desde siempre con eufemismos
como invertidos o partidos.10
Rechazo
totalmente la idea, porque me parece cínica e inexacta, de que ese ingenuo o
estúpido voluntarismo tuviera algo que ver con la aspiración a forjar
un “hombre nuevo” —uno de los más caros anhelos del hombre, anterior al
cristianismo, inclusive—, tal como fue enunciada en nuestro medio por el Che y
como repetíamos nosotros aludiendo al homo homini
lupus, de Plauto —tan citado por Marx—, cuando hablábamos de una sociedad donde el hombre no
fuera lobo del hombre, sino su hermano. Ahora bien, estoy convencido de que el
grado enfermizo que alcanzó la homofobia, como
política institucional, durante el Quinquenio Gris, es un tema que atañe no
tanto a los sociólogos como a los psicoanalistas y los sacerdotes, es
decir, a aquellos profesionales capaces de asomarse sin temor a “los oscursos abismos del alma humana”. Tampoco estaría de más
reflexionar sobre los métodos represivos o “disciplinarios” inventados por la
burguesía y tan bien estudiados por Foucault en algún
capítulo de Vigilar y castigar.
4
Los libros
de Padilla y Arrufat premiados en el concurso de la UNEAC se publicaron con un
prólogo en el que la institución dejaba constancia de su desacuerdo: eran obras
que servían “a nuestros enemigos”, pero que ahora iban a servir para otros
fines, uno de los cuales era “plantear abiertamente la lucha ideológica”. Fue
entonces —entre noviembre y diciembre de 1968— cuando aparecieron en la revista
Verde Olivo cinco artículos cuya autoría se atribuye a Luis Pavón
Tamayo, conjetura por lo demás indemostrable porque el autor utilizó un
pseudónimo —el tristemente célebre Leopoldo Ávila— que hasta ahora no ha sido
reivindicado por nadie. El primer artículo exponía la conducta de Guillermo
Cabrera Infante, que hacía apenas unos meses, en la revista Primera Plana
de Buenos Aires, se había declarado enemigo acérrimo de la Revolución…
después de servirla esforzadamente durante varios años como Agregado Cultural
en Bruselas. Los dos artículos que le siguieron estaban agresivamente dedicados
a Padilla y a Arrufat; y los dos últimos, a problemas
del mundillo intelectual, entre ellos el nivel de “despolitización” que, a
juicio de Ávila, padecían nuestros escritores y críticos. 13
No habré
de extenderme sobre el tenso clima que prevaleció en aquellos meses, porque ya
un grupo de colegas —tanto cubanos (Retamar, Desnoes y yo) como latinoamericanos (Roque Dalton, René Depestre y Carlos
María Gutiérrez) expusimos nuestras ideas sobre el asunto en una especie de
mesa redonda que sostuvimos en mayo de 1969 y que fue publicada, primero, en la
revista Casa de las Américas y después en
México, por Siglo XXI, bajo el previsible título de El intelectual y la
sociedad.12
El torneo
ideológico anunciado por Ávila se insinuaba en ocasionales escaramuzas, pero
había ido adquiriendo gradualmente un carácter cada vez más internacional
debido en parte a los ataques a la Revolución que habían hecho en Europa varios
intelectuales —Dumont, Karol,
Enzersberger…— y en parte a que uno de los jurados
que premió a Arrufat y Padilla —el crítico inglés J.
M. Cohen— decidió participar a su manera en el debate. A ello se sumaba la
aparición en París de la revista Mundo Nuevo, dirigida por el crítico
uruguayo Emir Rodríguez Monegal; muy pronto su
compatriota Ángel Rama —ateniéndose a informaciones procedentes del New York Times—
denunció la publicación como una “fachada cultural de la CIA”. 13
En opinión de los especialistas, la finalidad última de Mundo Nuevo era
disputarle a Casa de las Américas su poder de convocatoria
y socavar la imagen del escritor o artista “comprometido” que la Revolución
cubana venía proponiendo como modelo para los intelectuales de nuestra América. 14
Fue ese
modelo, por cierto, el que nos sirvió de razón o pretexto para la famosa Carta
a Neruda que a fines de 1966 hicimos circular por todos los rincones del
Continente, y fue también el que prevaleció un año más tarde en el Seminario
Preparatorio del Congreso Cultural de La Habana, donde se puso de manifiesto que gran
parte de nuestra intelectualidad estaba elaborando, desde posiciones martianas
y marxistas, un pensamiento descolonizador, más ligado a nuestra realidad y a
los problemas del Tercer Mundo que a las corrientes ideológicas eurocéntricas de ambos lados del Atlántico. La revista Pensamiento
Crítico y el excelente catálogo de publicaciones de ciencias sociales que
ya exhibía el recién creado Instituto del Libro desempeñaron también un
importante papel en este atrevido proceso que solíamos llamar “de concientización” o de “descolonización cultural”, y al que,
por cierto, ninguno de los famosos manuales recién importados de la URSS podía aportarle nada.
El Congreso Cultural de La Habana
se celebró en enero de 1968 con la participación de centenares de intelectuales
y artistas de todo el mundo, en un clima de optimismo revolucionario que
objetivamente, sin embargo, quedaba reducido a su mínima expresión por el hecho
de que apenas dos meses antes el Che había muerto en Bolivia, con lo que se
frustraba al nacer el gran proyecto de emancipación continental que comenzó a
gestarse en 1959. Entretanto, el prestigio internacional de la cultura cubana
había crecido gracias al profesionalismo y la creatividad de artistas y
escritores, de un lado, y al trabajo de cohesión y divulgación realizado por la Casa de las Américas y el ICAIC, del otro; ahí estaban, pujantes, el
cine, el ballet, el diseño gráfico, el teatro, la música (con la naciente Nueva
Trova), el Conjunto Folklórico y la literatura (esta última con dos modalidades
emergentes: la novela-testimonio y la Narrativa de la Violencia). Observando
semejante panorama cualquiera podía haber dicho, en alusión al diagnóstico de
Ávila: “Si todo esto es producto de una intelectualidad despolitizada,
que venga Dios y lo vea”.
5
Quisiera
poder dar aquí por concluido el esquema general de la prehistoria —visto desde
la perspectiva más o menos justa, más o menos distorsionada de un participante
que, como es natural, tiende a arrimar la brasa a su sardina—, pero me temo que
el rodeo aún no haya terminado. Todavía hay factores, digámoslo así, objetivos
y subjetivos, nacionales e internacionales que deben tenerse en cuenta para
poder ir al grano después. Así que les pido, por favor, un poco más de
paciencia.
Lo que
ocurrió con Fuera del juego después de su publicación lo vemos ya como
los prolegómenos del “caso Padilla”. Él siguió haciendo una vida más o menos
normal y anunció (no sé si llegó a dar) un recital en la UNEAC con los poemas de un
libro en preparación que llevaría el sugestivo título de Provocaciones
—no sean mal pensados, aludía a una observación de Arnold
Hauser en el sentido de que las obras de arte son
eso, justamente, desafiantes invitaciones al diálogo. En diciembre del 68
Padilla sostuvo inclusive una escaramuza con Cabrera Infante en la que, al
rechazar su apoyo, lo acusaba de ser un “contrarrevolucionario que intenta
crearle una situación difícil al que no ha tomado su mismo camino”… 15
Por un problema de carácter, Padilla no podía mantenerse mucho tiempo en un
segundo plano; aprovechó una encuesta de El Caimán Barbudo para atacar a
los editores porque se interesaban en Pasión de Urbino,
la recién publicada novela de Lisandro Otero, mientras “ninguneaban” Tres
tristes tigres, de Cabrera Infante. A cada rato oíamos decir que estaba muy
activo como consultor espontáneo de diplomáticos y periodistas extranjeros de
tránsito por La Habana,
a los que instruía sobre los temas más disímiles: el destino del socialismo, de
la revolución mundial, de la joven literatura cubana…
Y un buen
día de abril de 1971 nos llegaron rumores lamentables, que luego se confirmaron
como hechos: que había estado preso —por tres semanas, según unos, por cinco,
según otros…—; y que iba a hacer unas declaraciones públicas en la UNEAC. Éstas resultaron ser
un patético mea culpa y un atropellado
inventario de inculpaciones a amigos y conocidos, tanto ausentes como
presentes. Conociendo a Padilla como lo conocíamos, sabiendo que su larga
experiencia como corresponsal de prensa en Moscú lo había convertido en un
escéptico incurable —hasta el punto de que aun bajo el sol tropical se sentía
asediado por los fantasmas del estalinismo—, cuesta trabajo creer que su
declaración —que tanto recordaba las penosas “confesiones” de los procesos de
Moscú— no estuviera concebida como un mensaje cifrado, destinado a sus colegas
de todas partes del mundo. Sea como fuere, lo cierto es que el mensaje —la
profecía autocumplida— llegó a su destino.
Pero ya días antes, al conocerse en Europa la noticia del arresto, se había
puesto en marcha el mecanismo que de este lado del Atlántico conduciría al
Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura. 16
6
En efecto,
el 9 de abril del 71 había aparecido en un diario de París —Le Monde—
una carta abierta que varios intelectuales europeos y latinoamericanos dirigían
a Fidel para expresarle su alarma por el arresto, el que veían como un posible
rebrote del sectarismo en la
Isla. Fue como meterse en la jaula del león sin tomar
las debidas precauciones. No me extrañaría que haya sido esa carta —y el hecho
insólito de que entre los firmantes apareciera Carlos Franqui,
ahora convertido en celoso fiscal de la Revolución— lo que precipitó la decisión de
convertir el anunciado Primer Congreso de Educación en Primer Congreso de
Educación y Cultura. Este se efectuó en salones del hotel Habana Libre
entre el 23 y el 30 de abril.
En su
discurso de clausura, Fidel acusaría de arrogantes y prepotentes a aquellos
“liberales burgueses”, instrumentos del colonialismo cultural, que intervenían
en nuestros asuntos internos sin tener la menor idea de lo que eran nuestros
verdaderos problemas: la necesidad de defendernos del imperialismo, la
obligación de atender y abastecer a millones de niños en las escuelas… “Hay que
estar locos de remate, adormecidos hasta el infinito —dijo—, marginados de la
realidad del mundo” para creer “que los problemas de este país pueden ser los
problemas de dos o tres ovejas descarriadas…”, o que alguien, desde París,
Londres o Roma, podía erigirse en juez para dictarnos normativas. Por lo
pronto, intelectuales de ese tipo nunca volverían aquí como jurados de nuestros
concursos literarios, ni como colaboradores de nuestras revistas…17
Vista desde la óptica actual, la reacción puede parecernos desmesurada, aunque
consecuente con toda una política de afirmación de la identidad y la soberanía
nacionales; en todo caso, lo cierto es que la situación en su conjunto marcó un
punto de ruptura o enfriamiento entre la Revolución y numerosos intelectuales europeos y
latinoamericanos que hasta entonces se consideraban amigos y compañeros de
viaje. 18
Sigue
siendo de consulta obligada, como manifiesto revolucionario del momento —que,
por cierto, lo trascendió para llegar a convertirse en manifiesto cultural del
Tercer Mundo—, el ensayo de Retamar Calibán, escrito a sólo dos meses de clausurado el
Congreso.
El país
atravesaba entonces un período de tensiones acumuladas, entre las que
sobresalían la muerte del Che, la intervención soviética en Checoslovaquia —que
el gobierno cubano aprobó, aunque con mucha reticencia—, la llamada Ofensiva
Revolucionaria de 1968 —un proceso tal vez prematuro, tal vez incluso
innecesario de expropiación de los pequeños comercios y negocios
privados—, y la frustrada zafra del 70 o Zafra de los Diez Millones, que pese a
ser “la más grande de nuestra historia” —como proclamaron los periódicos— dejó
al país exhausto. Sometida al bloqueo económico imperialista, necesitada de un
mercado estable para sus productos —el azúcar, en especial—, Cuba tuvo que
definir radicalmente sus alianzas. Hubo un acercamiento mayor a la Unión Soviética
y a los países socialistas europeos. En 1972 el país ingresaría al
Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), lo que vincularía estructuralmente
nuestra economía a la del campo socialista.
7
Del
Congreso de Educación y Cultura emergió, con Luis Pavón Tamayo a la cabeza, un CNC
transformado, ninguno de cuyos dirigentes, hasta donde recuerdo, había tenido
relaciones orgánicas con la vanguardia. Los nexos de continuidad habían sido
cuidadosamente rotos o reducidos al mínimo. A juzgar por sus acciones, el pavonato fue eso, justamente: un intento de disputarles el
poder, o mejor dicho, de despojar del poder a aquellos grupos que hasta
entonces habían impuesto su predominio en el campo de la cultura y que por lo
visto no eran, salvo excepciones, “políticamente confiables”.
Únicamente
se salvaron —aunque con facultades bastante reducidas—, los que pertenecían a
instituciones autónomas encabezadas por figuras prestigiosas, como los casos ya
citados de la Casa
de las Américas y el ICAIC. Sabemos que en este tipo
de conflictos no sólo se dirimen discrepancias estéticas o fobias personales
sino también —y tal vez sobre todo— cuestiones de poder, el control de los
mecanismos y la hegemonía de los discursos. Basta echar una ojeada a la
situación de las editoriales, los teatros, las revistas, las galerías, los
espacios, en fin, de promoción y difusión de la cultura artística y literaria
en los años sesenta para percatarse de que el dominio de los más importantes lo
ejercían, directa o indirectamente, los grupos que considerábamos de vanguardia.
Un
funcionario obtuso podía opinar lo que quisiera de Farraluque
o del teatro del absurdo, pero Paradiso y La
soprano calva estaban ahí, al alcance de la mano; podía rechazar el pop
o La muerte de un burócrata, pero Raúl Martínez y Titón
seguían ahí, enfrascados en nuevos proyectos… En 1970, para celebrar el
cumpleaños de Lezama —su sexagésimo aniversario—
aparecieron una larga entrevista en Bohemia (se reprodujo en Cuba
Internacional), todo un dossier de homenaje en La Gaceta de Cuba
y el volumen de sus poesías completas (hasta la fecha) publicado
por el Instituto del Libro en su colección Letras Cubanas. 19
Es decir, había tensiones y desencuentros, pero las cosas no eran tan
sencillas: lo que las editoriales y revistas publicaban, lo que las galerías
exhibían, lo que los teatros estrenaban, lo que filmaba el ICAIC servían para
mostrar quiénes eran (éramos) los que movían los hilos de la “industria
cultural”, hasta dónde resultaba ser hegemónico nuestro discurso, pese al
rechazo y las sospechas que el mismo suscitaba entre aquellos ideólogos
profesionales a quienes solíamos llamar piadosamente “guardianes de la
doctrina” (encabezados por un alto funcionario del Partido que, según rumores,
era el padrino político de Pavón). 20
Si tuviera
que resumir en dos palabras lo ocurrido, diría que en el 71 se quebró, en
detrimento nuestro, el relativo equilibrio que nos había favorecido hasta
entonces y, con él, el consenso en que se había basado la política cultural.
Era una clara situación de antes y después: a una etapa en la que
todo se consultaba y discutía —aunque no siempre se llegara a acuerdos
entre las partes—, siguió la de los úkases: una
política cultural imponiéndose por decreto y otra complementaria, de
exclusiones y marginaciones, convirtiendo el campo intelectual en un páramo
(por lo menos para los portadores del virus del diversionismo
ideológico y para los jóvenes proclives a la extravagancia, es decir,
aficionados a las melenas, los Beatles y los
pantalones ajustados, así como a los Evangelios y los escapularios).
Todos
éramos culpables, en efecto, pero algunos eran más culpables que otros, como
pudo verse en el caso de los homosexuales. Sobre ellos no pesaban únicamente
sospechas de tipo político, sino también certidumbres científicas,
salidas tal vez de algún manual positivista de finales del siglo XIX o de algún
precepto de la
Revolución Cultural china: la homosexualidad era una
enfermedad contagiosa, una especie de lepra incubada en el seno de las
sociedades clasistas, cuya propagación había que tratar de impedir evitando el
contacto —no sólo físico, sino inclusive espiritual— del apestado con los
sectores más vulnerables (los jóvenes, en este caso). Por increíble que hoy
pueda parecernos —en efecto, el sueño de la razón engendra monstruos—, no es
descabellado pensar que ese fue el fundamento, llamémosle teórico, que
sirvió en el 71-72 para establecer los “parámetros” aplicados en los sectores
laborales de alto riesgo, como lo eran el magisterio y, sobre todo, el
teatro.
Se había
llegado a la conclusión de que la simple influencia del maestro o del
actor sobre el alumno o el espectador adolescente podía resultar riesgosa, lo
que explica que en una comisión del Congreso de Educación y Cultura, al abordar
el tema de la influencia del medio social sobre la educación, se dictaminara
que no era “permisible que por medio de la calidad artística reconocidos
homosexuales ganen un prestigio que influye en la formación de nuestra
juventud”. Más aún: “Los medios culturales no pueden servir de marco a la
proliferación de falsos intelectuales que pretenden convertir el esnobismo, la extravagancia,
el homosexualismo y demás aberraciones sociales en expresiones del arte
revolucionario…”21
En los
centros dedicados a la docencia o el teatro, los trabajadores que no
respondieran a las exigencias o “parámetros” que los calificaran como
individuos confiables –es decir, revolucionarios y heterosexuales—
serían reubicados en otros centros de trabajo. El proceso de depuración
o “parametración” se haría bajo la estricta
vigilancia de un improvisado comisario conocido desde entonces en nuestro medio
como Torquesada (quien no hace mucho
tiempo, por cierto, apareció en otro programa de televisión, aunque no en
calidad de homenajeado). Les complacerá saber que aunque en aquella época aún
no existían en nuestro medio Marielas capaces de
hablar del fenómeno con rigor y sensatez, sí existían, como es lógico,
tribunales dispuestos a hacer cumplir la ley. A través de sus respectivos
sindicatos y amparados por la ley de Justicia Laboral, los parametrados
llevaron sus apelaciones hasta el Tribunal Supremo y éste dictaminó —caso
histórico y sin precedentes— que la “parametración”
era una medida inconstitucional y que los reclamantes debían ser
indemnizados. 22
No tengo
que añadir que a los prejuicios sobre la conducta sexual se sumaban los
prejuicios sobre la condición intelectual misma, especialmente porque muchos
miembros de la “ciudad letrada” sólo concebían su misión social en calidad de
jueces, como “conciencias críticas” de la sociedad. Ya sabemos que
desde los tiempos más remotos, la escritura y las actividades ligadas a ella
responden a condicionamientos propios de las sociedades divididas en clases y
castas, y que, por tanto, hay que hacer lo posible —empezando por la
alfabetización— para reducir al mínimo las desigualdades resultantes; pero
pretender que esas desigualdades puedan suprimirse de un plumazo, y más aún,
que las funciones que desempeñan los trabajadores intelectuales y los manuales
sean intercambiables, hace pensar en demagogias o disparates.
Recuerdo
que un periodista que por aquella época visitaba los cañaverales del país
exhortó a los trabajadores exclamando, con sincero o fingido entusiasmo:
“¡Escriban ustedes, macheteros!”. Yo hubiera dado cualquier cosa por ver la
cara de los aludidos e imaginar una posible respuesta: “¡Y tú ven a cortar
caña, descarado!”…, porque los trabajadores manuales también tienen prejuicios,
que suelen salir a flote en cuanto advierten signos de demagogia o duplicidad
moral. De la vieja sociedad heredamos, unos y otros, la noción de que la
mayoría de los intelectuales y artistas —por lo menos los que no ejercen
actividades realmente lucrativas— son una suerte de “parásitos”.
Que un
centro rector de cultura contribuyera a reforzar ese prejuicio era una
imperdonable muestra de fariseísmo e incapacidad. En todo caso, el CNC tenía
muy claro que había que arrinconar a los “viejos” —incluidos los que por
entonces apenas teníamos cuarenta años…, pero que por lo mismo ya estábamos contaminados—
para entregarles el poder cultural a los jóvenes con el fin de que lo
ejercieran por conducto de cuadros experimentados y políticamente confiables.
Muy rápidamente se estableció a todo lo largo del país una red de “talleres
literarios” encargados de formar a los nuevos escritores y se dio un frenético
impulso al Movimiento de Aficionados. Era lo que los guajiros, aludiendo a un
proceso de maduración artificial muy utilizada en nuestros campos —por lo menos
en mi época— llamaban “madurar con carburo”. Había prisa y el relevo no podía
fallar.
8
Creo que
al fin —¡al fin!— estamos en condiciones de abordar el
tema sugerido por Desiderio como punto de partida para
el debate. La montaña ya puede parir su ratón.
En la
avalancha de e-mails que fueron llegando en estos
días había uno del narrador santiaguero José M. Fernández Pequeño —hoy
residente en Santo Domingo— que me ayuda a precisar un dato importante: ¿cuándo
comencé a utilizar la denominación Quinquenio Gris para designar ese fenómeno
que hoy llamamos también el pavonato? “Creo haber
estado presente en un momento definitorio para la cristalización de la etiqueta
Quinquenio Gris”, dice Pequeño, evocando el Encuentro de Narrativa que se
celebró en Santiago de Cuba en noviembre de 1980 (y con cuyos materiales, por
cierto, preparé un folleto titulado Pronóstico de los 80). En opinión de
Pequeño, se trataba de conjurar la memoria de aquel “período nefasto”, todavía
tan cercano, para poder “seguir adelante y crecer como personas y como
escritores. Había que trazar una línea divisoria, y en ese sentido creo que
sirvió el nombre”. 23
Recuerdo
que yo lo iba soltando aquí y allá, al paso, en reuniones y encuentros de la UNEAC y del recién creado
Ministerio de Cultura, y recuerdo también que producía reacciones diversas, de
aceptación o rechazo, según la procedencia laboral de mis interlocutores. Pero
la primera vez que utilicé el término por escrito fue en 1987, en un
texto de crítica literaria publicado en la revista Casa de las Américas. Decía allí, en discretas notas al pie: “Las
tendencias burocráticas en el campo de la cultura que se manifestaron en el
Quinquenio Gris […] —observen que no preciso el sentido del término, como si lo
diera por sabido— frenaron, pero no impidieron el desarrollo posterior de las
distintas corrientes literarias”. Y más adelante: “El Quinquenio Gris, con su
énfasis en lo didáctico, favoreció el desarrollo de la novela policíaca y la
literatura para niños y adolescentes”. 24
Eran elementos que objetivamente, a mi juicio, contribuían a darle su grisura a la etapa, porque el “énfasis en lo didáctico¨ situaba la creación literaria en una posición
subordinada, ancilar, donde apenas había espacio para la experimentación, el
juego, la introspección y las búsquedas formales.
Pero aquí
debo abrir un paréntesis para no pecar, como el adversario, de dogmático y
esquemático. Apoyado por algunas cátedras universitarias, el CNC había
deslizado al oído de los jóvenes escritores la maligna sospecha de que el
realismo socialista era la estética de la Revolución, una estética que no osaba decir su
nombre, entre otras cosas porque nunca fue adoptada oficialmente en ninguna
instancia del Partido o el gobierno. 25
Y como no todos eran jóvenes y no todo estaba bajo el control del CNC y sus
catecúmenos, el Quinquenio Gris, como espacio temporal, fue también la época de
publicación o gestación de algunas obras maestras de nuestra novelística, como Concierto
barroco, de Carpentier, y El pan dormido,
de Soler Puig. Sería un hijo de este último, por cierto —Rafael,
lamentablemente fallecido en un accidente—, el que anunciaría con dos libros de
cuentos, a caballo entre una etapa y otra, que algo nuevo estaba ocurriendo en
la narrativa cubana.
Y ya al
final de la década algunos jóvenes —cito un comentario mío de esos años—
“actualizaron el discurso” de nuestra narrativa reinsertándolo en la línea de
desarrollo de la narrativa latinoamericana, con lo que prepararonn
el camino para que las obras de los ochenta nacieran marcadas “por ese afán
renovador, tanto a nivel discursivo como temático”. 26
Es decir, ya por entonces habían empezado a evaporarse los deletéreos efectos
de aquella estética normativa que con tanta diligencia promovieran talleres y
cátedras universitarias. Me atrevo a decir que en 1975 el pavonato,
como proyecto de política cultural, estaba agonizante. Pero si es cierto, como
creo, que lo más característico de esa etapa es el binomio
dogmatismo/mediocridad, la merma de poder no podía significar su total
desaparición, porque mediocres y dogmáticos existen dondequiera y suelen
convertirse en diligentes aliados de esos cadáveres políticos que aún después
de muertos ganan batallas.
No tengo
reparos en pedirles disculpas a tantos compañeros que, habiendo sufrido en
carne propia los abusos del pavonato —el más cruel de
los cuales fue sin duda su muerte civil como profesionales, a veces por
períodos prolongados— consideran que el término Quinquenio Gris no es sólo
eufemístico sino incluso ofensivo, porque minimiza la dimensión de los agravios
y por tanto atenúa la responsabilidad de los culpables.
La mayoría de esos compañeros —no todos “parametrados”,
por cierto, algunos simplemente “castigados” por sus desviaciones
ideológicas, las que se corregían trabajando duro en la agricultura o en una
fábrica— proponen la alternativa de Decenio Negro. 27
Respeto su opinión, pero yo me refería a otra cosa: a la atmósfera cultural que
he venido describiendo, en la que además se programó el entusiasmo
revolucionario y lo que había sido búsqueda y pasión se convirtió en metas a
cumplir.
Si los
indicadores cambian, es lógico que las fronteras cronológicas y las
pigmentaciones cambien también. Si en lugar de definir el pavonato
por su mediocridad lo defino por su malignidad, tendría que verlo como un
fenómeno peligroso y grotesco, porque no hay nada más temible que un dogmático
metido a redentor y nada más ridículo que un ignorante dictando cátedra. Hay
hechos del período —incluso de finales del período— que pueden
considerarse crímenes de lesa cultura y hasta de leso patriotismo, como lo fue
el veto que en 1974 se le impuso a la publicación en Cuba de Ese sol del
mundo moral, de Cintio Vitier,
un ensayo martiano y fidelista que explica como pocos
por qué la inmensa mayoría de los cubanos se enorgullecen de serlo. Como buenos
guardianes de la doctrina, los censores advirtieron de inmediato que no era una
visión marxista de la historia de Cuba. Así que apareció primero en
México que aquí; de hecho, aquí demoró doce años en publicarse, no sé si por
inercias dogmáticas o por simple desidia editorial. 28
9
Quizás
nunca se haya escuchado en nuestro medio un suspiro de alivio tan unánime como
el que se produjo ante las pantallas de los televisores la tarde del 30 de
noviembre de 1976 cuando, durante la sesión de clausura de la Asamblea Nacional
del Poder Popular, se anunció que iba a crearse un Ministerio de Cultura y que
el ministro sería Armando Hart. Creo que Hart ni siquiera esperó a tomar posesión del cargo para
empezar a reunirse con la gente. Viejos y jóvenes. Militantes y no militantes.
No preguntó si a uno le gustaban los Matamoros o los Beatles,
si apreciaba más la pintura realista que la abstracta, si prefería la fresa al
chocolate o viceversa; preguntó si uno estaba dispuesto a trabajar.
Tuve la
impresión de que rápidamente se restablecía la confianza perdida y que el
consenso se hacía posible de nuevo. Recuerdo que comentaba con mi amigo Agustín
Pí —el legendario Dr. Pí—
lo sorprendente que resultaba ese repentino cambio de atmósfera, y cuando
supuse que iba a hablarme de la impecable trayectoria revolucionaria de Hart o de sus méritos intelectuales, lo oí decir —con un
vocabulario que ya en esa época había caído en desuso—: “Es que Hart es una persona decente”. Creo que fue en ese preciso
momento cuando tuve la absoluta certeza de que el dichoso Quinquenio era en
efecto un quinquenio y acababa de terminar.
No es que
desaparecieran definitivamente las tensiones, esos conflictos de opinión o de
intereses que nunca dejan de aflorar en una cultura viva —recuerdo que todavía
en 1991 nos enfrascamos en uno de ellos—, sino que las relaciones fueron
siempre de respeto mutuo y de auténtico interés por el normal desarrollo de
nuestra cultura.
Les
agradezco su atención y su paciencia. Espero que mis divagaciones hayan servido
al menos para ofrecer a los más jóvenes una información y una perspectiva de
las que seguramente carecían. Reconozco que la información es todavía muy
panorámica y el punto de vista muy limitado, pero aquí sólo me propuse
—ateniéndome a la sugerencia de Desiderio—proporcionar
el marco de un debate posible. Repito que a mi juicio nuestra cultura —hoy
tanto o más que nunca— es una cosa viva. Por razones de edad suelo evocar con
frecuencia el pasado, pero es un ejercicio que detesto cuando amenaza con
hacerse obsesivo. A veces, hablando ante públicos extranjeros sobre nuestro
movimiento literario, encuentro personas –hombres por lo general— que insisten
en preguntarme únicamente sobre hechos ocurridos hace treinta o cuarenta años,
como si después del “caso Padilla” o la salida de Arenas por Mariel no hubiera ocurrido nada en nuestro medio. A ese
tipo de curiosos los llamo Filósofos del tiempo detenido o Egiptólogos de la Revolución
cubana.
Pero al
evocar el Quinquenio Gris siento que estamos metidos de cabeza en algo que no
sólo atañe al presente sino que nos proyecta con fuerza al futuro, aunque sólo
sea por aquello que dijo Santayana de que “quienes no
conocen la historia están condenados a repetirla”. Ese peligro es, justamente,
lo que estamos tratando de conjurar aquí.
La Habana, 30 de enero de 2007.
NOTAS:
1. Sobre la dinámica intelectual del período, véase el recién publicado Polémicas
culturales de los sesenta. Sel y pról. de Graziella Pogolotti.
La Habana,
Editorial Letras Cubanas, 2006.
2. Cf. Miguel Sabater Reyes: “José Soler Puig fue mi amigo”, En Palabra Nueva, no. 157 (La
Habana), noviembre de 2006, p. 54.
3. Virgilio Piñera:
“Al señor Fidel Castro”, En Diario libre, Sección Arte y Literatura (La Habana), 14 de marzo de
1959, p.2. (Se reproduce en Viaje a los frutos. Selección de Ana
Cairo. La Habana,
Biblioteca Nacional José Martí, 2006, p.58).
4. Ver nota 12.
5. Refiriéndose a Aníbal Escalante, Secretario de Organización del PSP (y más tarde
de las ORI), dijo Fidel: “Al triunfo de la Revolución,
poseía gran autoridad, y desde ese cargo actúa prácticamente como jefe de su
Partido. Era un hombre capaz, inteligente y buen organizador, pero con el
arraigado hábito de filtrar y controlar todo a favor de su Partido.” Cien
horas con Fidel. Conversaciones con Ignacio Ramonet.
2ª ed. La
Habana, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2006,
p. 249.
6. Mirta
Aguirre: “Apuntes sobre la literatura y el arte”, en Cuba Socialista,
octubre de 1963. (Se reproduce en Revolución, letras, arte. La Habana, Editorial Letras
Cubanas, 1980, p.201.
7. Ibid.,
p.219. La autora, por supuesto (ver p. 215), descarta la posibilidad de
imponer las nuevas ideas mediante la coacción o la violencia.
8. Alfredo Guevara: Revolución
es lucidez. La Habana,
Ediciones ICAIC, 1998, p.203.
9. El punto de vista del ICAIC
fue expresado por Alfredo Guevara en “Las revoluciones no son paseos de rivieras”, entrevista de Wilfredo Cancio
publicada en La Gaceta
de Cuba en diciembre de 1992. (Se reproduce en Revolución es lucidez,
ed.cit. supra,
pp.88-90.)
10. Cf. Emilio Bejel: Escribir en Cuba. Entrevistas con escritores
cubanos: 1979-1989. Río Piedras, Editorial de
la Universidad de Puerto
Rico, 1991. pp.155 y ss.
11. Fueron recogidos por Lourdes
Casal en El caso Padilla: literatura y Revolución en Cuba (ver nota 15).
12. “Diez años de Revolución: el
intelectual y la sociedad”, en Casa de las Américas,
no. 56, sept.-oct., 1969; y Roque Dalton,
René Depestre, Edmundo Desnoes,
et. al.: El intelectual y la sociedad. México, Siglo XXI
editores, 1969.
13. Sobre la polémica con Mundo
Nuevo, ver Casa de las Américas,
no. 39, nov.-dic., 1966. Ver también el exhaustivo estudio de María Eugenia
Mudrovcic: “Mundo Nuevo”: Cultura y Guerra Fría
en la década del 60. Rosario, Beatriz Viterbo,
1997.
14. Cf. Claudia Gilman: Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del
escritor revolucionario en América Latina. Buenos Aires, Siglo Veintiuno
Editores Argentina, 2003.
15. Cf. Heberto
Padilla: “Respuesta a Guillermo Cabrera Infante”, en revistas Índice
(Madrid), dic. 1968, p. 9, y Primera Plana (Buenos Aires), no.
313, diciembre 24 1968, pp.88-89. (Se reproduce en El caso Padilla:
Literatura y Revolución en Cuba. Documentos. Sel.,
pról. y notas de Lourdes Casal. New
York, Ediciones Nueva Atlántida/Miami, Ediciones
Universal, s.f. En su introducción (pp.5-10) Casal hace un recuento de aquellos
hechos y situaciones que, a su juicio, condujeron finalmente al “caso”
estudiado.
16. La intervención de Padilla
en la UNEAC
puede verse en Casa de las Américas,
no. 65-66, marzo-junio de 1971, pp. 191-203.
17. Cf. Fidel Castro: Discurso
de clausura del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, en Casa de
las Américas, no. 65-66, marzo-junio de 1971.
18. La situación se agravó con
una “Segunda carta”, de 20 de mayo de 1971. (Se reproduce en Lourdes Casal, El
caso Padilla…, ed. cit.
en nota 15, pp.123-124.)
19. Véanse entrevista de Joaquín
G. Santana, artículo de Benito Novás y textos de
Lezama y bibliografía en Bohemia, 1º de enero de
1971, pp. 4-15¸ así como homenaje en La Gaceta (no. 88, diciembre de 1970) con
textos de Armando Álvarez Bravo, Reinaldo Arenas, Miguel Barnet,
Pablo Armando Fernández, Belkis Cuza, Reynaldo González y Rosa I. Boudet.
20. Y probablemente superior
jerárquico en lo concerniente a la llamada “esfera de la ideología”.
21. Cf. “Declaración” del Primer
Congreso Nacional de Educación y Cultura, en Casa de las Américas,
no. 65-66, marzo-junio de 1971.
22. Por lo pronto, que debían
abonárseles todos los salarios no percibidos desde su destitución hasta aquel
momento.
23. José M. Fernández Pequeño:
“Gris, gris, ¿el quinquenio gris?”. Mensaje electrónico del 18 de enero de
2007. (Agradezco a Aida Bahr
–una de las organizadoras del Encuentro—la verificación de la fecha.)
24. Cf. A.F.:
“Sobre Las iniciales de la tierra”, en Las máscaras del tiempo.
La Habana, Editorial Letras
Cubanas, 1995, pp. 56 (n.4) y 62 (n.12).
25. Por ejemplo, entre las Tesis
y Resoluciones aprobadas por el Primer Congreso del PCC en 1975 no aparece una
sola mención al realismo socialista, aunque numerosos pasajes reflejan la
convicción de que es la ideología la que rige todo el proceso de producción y
valoración de la obra de arte. Especialmente significativo es el pasaje en que
se habla de “el nexo del arte socialista con la realidad” y “la cualidad del
reflejo vivo y dinámico de que hablara Lenin” (en contraste con el realismo
como copia fotográfica). No se olvide, por lo demás, que la condena del Che al
realismo socialista, en El socialismo y el hombre en Cuba, fue
categórica. (Cf. “Sobre la cultura artística y literaria”, en Tesis y
Resoluciones del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba.
La Habana, Depto.
De Orientación Revolucionaria del PCC, 1976, pp. 467-510, y esp. 506.
26. Cf. A.F.:
“Las máscaras del tiempo en la novela de
la Revolución
cubana”, en Las máscaras del tiempo, ed. cit., p. 29.
27. Si no me equivoco, el
primero en hacerlo fue el poeta César López, entrevistado por Orlando
Castellanos. Véase “Defender todo lo defendible, que es mucho”,
La Gaceta de Cuba,
marzo-abril de 1998, p. 29.
28. Cintio
Vitier: Ese sol del mundo moral. Para una historia
de la eticidad cubana. México, Siglo
Veintiuno Editores, 1975. (La edición cubana, en Ediciones Unión, 1995.) El
libro entró en el plan editorial de Ediciones Unión en 1987, pero diversos
factores –entre ellos el inicio del Período Especial—aplazaron durante años la
publicación.
Conferencia leída en la Casa de las Américas como parte del Ciclo La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión, organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios.
Otras conferencias del Ciclo «La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión», organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios
Pasar por joven (con notas al pie)
Palabras leídas por Arturo Arango en el Taller La política cultural de la Revolución, organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios y la Asociación «Hermanos Saíz» y efectuado el 23 de febrero del 2007 en el Instituto Superior de Arte, La Habana
El Trinquenio Amargo y la ciudad distópica: autopsia de una utopía
Conferencia leída por Mario Coyula, el 19 de marzo del 2007, en el Instituto Superior de Arte (La Habana), como parte del ciclo La política cultural de la Revolución: memoria y reflexión, organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios.
El Quinquenio Gris: testimonio de una lealtad
Conferencia leída por Eduardo Heras León el 15 de mayo de 2007, en el Instituto Superior de Arte (La Habana), como parte del ciclo «La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión», organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios
Una cultura de la política revolucionaria
Intervención de Hiram Hernández Castro en el taller La política cultural de la Revolución, convocado por el Centro Teórico-Cultural Criterios y la Asociación Hermanos Saíz (AHS), Instituto Superior de Arte, La Habana (Cuba), 23 de febrero de 2007
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