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Efemérides
En un día como hoy...

1882
Nace en la ciudad de México el músico y compositor Rafael Tello.

1886
Muere Ramón Vélez Herrera, poeta cubano.

1905
Muere en Buenos Aires el escritor, legislador, catedrático y periodista Miguel Cané. Es autor de obras de diversas traducciones como ser: Juvenilia; En viaje; Prosa ligera y Charlas literarias. Nació en Montevideo (Uruguay) durante el exilio de sus padres, el 27 de enero de 1851.

1907
Nace el compositor, guitarrista y cantante cubano Lorenzo Hierrezuelo. Desde 1937 constituyó con María Teresa Vera uno de los dúos más populares en Cuba, unión que llegó hasta 1962. Ha compuesto sones y guarachas.

1908
Nace en La Habana el cantante Joseíto Fernández. Fue autor de la famosa guajira-son Guantanamera, la que cantaba improvisando en décimas, los dones de la mujer del lugar de Cuba donde se efectuaba la fiesta bailable. Hoy se usa como texto partes de los Versos sencillos de José Martí, y de esa manera se convirtió en la pieza cubana más universal. Compuso varias guarachas y boleros, entre ellas Elige tú que canto yo. Muere el 11 de octubre de 1979.

1909
Nace en Santander Jiménez, Tamaulipas, Gabriel Saldívar y Silva, quien se distinguirá como acusioso historiador, catedrático y musicólogo universitario.

1913
Nace la cantante y animadora de televisión cubana Esther Borja.

1914
Nace el poeta chileno Nicanor Parra. Fue uno de los poetas líricos chilenos más originales de la época actual. Autor de Cancionero sin nombre (1937); Poemas y antipoemas (1954); La cueca larga (1958); Versos de salón (1962); Canciones rusas (1967); Obra gruesa (1967), entre otras obras.

1927
Muere el escritor cubano Ángel Peláez.

1929
Nace el cineasta cubano Julio García Espinosa. Uno de los nombres imprescindibles de la cinematografía cubana de todos los tiempos. Como realizador, la obra de García Espinosa no es sólo copiosa sino importante. Es el director de Aventuras de Juan Quin Quin considerada con justeza uno de los filmes clásicos del cine cubano y de Reina y Rey, premiado en Huelva. Como teórico de cine, entre sus obras se destaca Por un cine imperfecto, uno de sus más famosos y polémicos ensayos, considerado como uno de los manifiestos fundacionales del llamado Nuevo Cine Latinoamericano.

1942
Nace en la ciudad de México, D. F. el director de orquesta Eduardo Mata.

1968
Muere el compositor mexicano Juan Jose Castro.

1990
Muere el poeta argentino y autor teatral Juan Oscar Ponferrada, autor de libros de poemas como El alba de Rosa María, Flor mitológica y Loor de Nuestra Señora del Valle y de obras teatrales como El carnaval del diablo y El trigo es de Dios. Nació en Catamarca el 11 de mayo de 1908.

1996
Muere el pintor cubano Jorge Santos Díaz.

1998
Muere el actor mexicano Fernando Balzaretti a los 52 años de edad.



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Entrevistas: Víctor Hugo Rascón Banda: un amante infiel del teatro
Enviado el Viernes, 1 de Agosto del 2008 (17:20:57)
TeatroEste jueves 31 de julio falleció el destacado dramaturgo mexicano Víctor Hugo Rascón Banda, autor de más de 50 obras de teatro, además de guiones para cine y televisión. La Ventana reproduce en homenaje la entrevista que le realizara la revista Conjunto, publicada en su más reciente número, tras la última visita a Cuba de quien fuera un ferviente comprometido con la promoción y la defensa de los derechos de los creadores

por Jaime Gómez Triana, especialista de la Dirección de Teatro de la Casa de las Américas

El dramaturgo mexicano Víctor Hugo Rascón Banda viajó inesperadamente a La Habana alentado por el estreno de su pieza El deseo, a cargo de la Compañía Teatral Hubert de Blanck, bajo la dirección de la actriz María Elena Soteras. Discípulo de los maestros Héctor Azar, Vicente Leñero y de Hugo Argüelles, llegó a convertirse en un prolífico y destacado autor, con casi sesenta textos en su haber.

Entre ellos se cuentan Voces en el umbral (después rescrita y titulada La casa del español, Tina Modotti o Retrato en Sepia, Playa azul (llevada al cine en 1992), Homicidio calificado (rescrita como El caso Santos), Guerrero negro, ¡Cierren las puertas! (editada en la revista Conjunto n. 87, de abril-junio, 1991), Contrabando, Pokár de Reinas, Fugitivos, Alucinada, Sabor de engaño, La banca, Tabasco negro, La Malinche, La mujer que cayó del cielo, Table Dance, y Los ejecutivos, muchas de ellas publicadas y estrenadas.

Ha merecido los premios Nuestra América, X Festival Internacional Cervantino, Tomás Valle, Latinoamericano de Teatro, Juan Rulfo a su primera novela Volver a Santa Rosa, y el Premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón, en reconocimiento a su destacada labor dentro del arte escénico mexicano.

Rascón Banda asistió a las tres primeras funciones de la puesta cubana de El deseo y, al término de la tercera, accedió a conversar con Conjunto sobre su percepción actual del teatro y la escritura dramática.

¿Cómo llega al texto? ¿Hay un método único de creación dramática para Víctor Hugo Rascón Banda?

—Creo que no soy el modelo a seguir por los dramaturgos y por los alumnos. Soy un caso que no debe imitarse, porque soy regular. Soy de los pocos dramaturgos mexicanos —no creo que haya otro—, que escribe por encargo. Yo me dedico a otras cosas, soy abogado, doctor en derecho, fui director de bancos durante treinta años, tuve un despacho de abogados y desde el año 99 soy presidente de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), desde donde trabajo en la defensa del derecho de autor, haciendo leyes, representado a los escritores en todo el mundo, en televisión, en cine…

“Entonces, como me dedico a otras cosas, no tengo tiempo de escribir y a pesar de que he escrito unas cincuentinueve obras, no me dedico al teatro a tiempo completo. En realidad escribo en las horas del sueño, del amor, después que cumplo con mis otros trabajos, por lo cual me he dedicado a todo menos al teatro, soy un amante infiel del teatro.

“Yo para poder escribir siempre recibo peticiones de actrices como María Rojo, de actores como Héctor Bonilla, de jóvenes como Víctor Carpinteiro y su compañía, para la cual he escrito unas nueve obras. Y esa es la manera, son los actores quienes me dicen ‘hazme una obra’ o ‘hazme una película’ y es la única manera de sujetarme porque me ponen un plazo, me pagan y yo tengo que crear algo, lo que yo quiera. Yo sólo pido el tema y me dicen: queremos una obra sobre las Miss Universo, o sobre el fútbol, sobre gallos o charros.

“Una vez me dijeron: ‘queremos una obra sobre luchadores’, que fue una obra muy famosa, Máscara contra cabellera, y se pusieron a entrenar un año, se convirtieron en luchadores todos y yo no tenía la obra. Yo mandaba por fax escenas y fragmentos y un día llegué y la armé completa cuando ya los actores eran luchadores. Y así van trabajando conmigo a ciegas.

“En otra ocasión me pidieron una obra sobre la crisis bancaria y económica de México en el 95. Escribí una obra con cuatro personajes y la fui armando con escenas sueltas, de modo que no la podíamos publicar, porque yo nunca tuve la obra completa, hasta que años más tarde reunimos a los actores y grabamos la obra.

“O sea, que suelo trabajar al servicio de la puesta en escena. Pocas obras, y son las que más han tardado en representarse, las he creado por gusto y son las que tardan en llegar, porque en México tienes que ganar un premio muy importante para que esa obra tenga fama y sea llevada a un escenario y es por eso que yo escribo siempre para la escena, para actores concretos y para una fecha fija, tal día se estrena y yo no tengo la obra y tengo que estar escribiendo toda la noche y toda la mañana y los actores ensayando.

“La última obra que tengo en cartelera y que lleva un año de gira por España y Suramérica, se llama Los niños de Morelia, y trata sobre lo que hicimos a esos niños exiliados por la guerra de España, doscientos cincuenta niños, huérfanos en su mayoría, que el presidente Cárdenas trajo a México para protegerlos. Ahora viven unos cien que son grandes empresarios e importantes personajes, pero a los otros los destruimos. Pues esa obra me la pidieron para estrenarla un mes después en Barcelona en una conmemoración, por lo que tuve que escribir unas diez o veinte páginas diarias, luego los actores ensayaban en la noche y yo veía el trabajo a las nueve de la mañana y a la una les entregaba otros textos. O sea que escribo así con presión.

“Así también escribí El deseo, que es la obra que ahora se ha estrenado en La Habana, Víctor Carpinteiro me había pedido una obra y también Ofelia Medina me había pedido una. Y la fui escribiendo en escenas sueltas y ellos iban a oírla. Y es que yo escribo así por aproximación, empiezo por el final o por el medio y después me preguntan cuál es el principio. Por ejemplo, en Los niños de Morelia, cuando ya la habían armado, les hago las cinco escenas que eran las mejores de la obra y me dijeron que ya no entraban porque ya la habían armado y si metían algo nuevo rompía lo que estaba hecho. Ahora publiqué la obra y puse esas escenas al final con una nota que dice que esas son las cinco mejores y que se habían negado a ponerlas, porque llegué tarde con ellas. Los actores ya habían creado un universo y meter una sola escena rompería la estructura total.

“Y es por eso que mi caso no es recomendable pues es muy desordenado, muy propio de mi otra vida. Yo me dedico a otras cosas, propongo leyes en el Congreso, trabajo en la defensa del derecho de autor, del patrimonio arqueológico e histórico de México, por hacer valer la libertad de expresión, los derechos de las películas prohibidas, las novelas prohibidas, en la promoción de la ley del libro, la ley del cine… De modo que me dedico a todo menos escribir y es por eso que me comprometo con peticiones para obligarme. Escribo en aeropuertos, hospitales, salas de esperas, elevadores, en aviones”.

Hay un vínculo muy nítido entre la realidad, entre esas historias que percibe o que le cuentan y su dramaturgia. ¿Cómo se da ese paso entre la vida y la ficción?

—Las historias llegan a mí. No tengo tiempo de escribir o de imaginar, así que pasa un suceso que me afecta, como los asesinatos de Ciudad Juárez —cuatrocientas sesenta mujeres muertas—, y entonces tengo que escribir una obra. Yo sólo soy un notario que da fe de lo que está pasando, soy testigo, portavoz de otras voces. Ninguna de mis historias me pertenece, es el alma colectiva, la pesadilla que vive México lo que yo recojo y llevo al teatro. Simplemente tomo esas historias y las vuelvo metáfora teatral, lenguaje escénico, para compartirlas con los espectadores y entender que nos está pasando. Hago preguntas, no doy soluciones. El teatro interroga, conmueve, perturba, da un golpe al espectador en la mandíbula o en el estómago para estremecerlo, y ya el espectador hará lo que quiera con esa reflexión.

“El teatro griego presentaba a Medea matando a sus hijos para entender sus razones, a Electra vengando la muerte de su padre o a Orestes, para entender qué pasó, y esa es la función de teatro: iluminar un poquito ese mundo incierto en que vivimos. El teatro es como una luz que nos muestra la salida del túnel, pero no se le puede pedir nada más que conmover, hacer soñar, reír o llorar. El teatro va dirigido a las emociones para que el hombre se transforme en lo íntimo. Quien ve una obra de teatro, aunque sea mala, no vuelve a ser el mismo, algo cambia, un milímetro al menos se modifica en su visión del mundo, y ya con eso debemos darnos con satisfechos”.

¿Cómo participa el dramaturgo de sus obras una vez que comienza el proceso de trabajo del director y de los actores?

—El dramaturgo no es más que un pedacito del fenómeno teatral. Yo soy de los autores que empezó, a fines de los 70, la apertura hacia el hecho de que el autor no es dueño de sus textos. Fui muy criticado por mis maestros, por mi generación, por decir que no somos dueños de nada y que al poner la palabra fin ya la obra pertenece a la compañía. El teatro es un arte colectivo, es quizás la más colectiva de todas. Después de poner el punto final yo ya no soy responsable de lo que pase. Si queda bien lo aplaudo, si queda mal, me alejo y ya vendrá otra lectura. Para eso se imprime, para eso sobrevive, para que tenga miles de lecturas, que enriquezca, que traicionen, que reinterprete, que empobrezca, no importa. Nosotros solo proponemos y son los actores, los escenógrafos, los directores los que construyen el hecho escénico.

“Uno no escribe para la posteridad, ni para el libro, uno escribe para el aquí y el ahora y ese le corresponde a los otros, a menos que te llamen y te digan: ‘oye esto aquí no funciona, escribe otra escena’. Y uno comienza a colaborar si lo llaman. El dramaturgo tiene que tener la soberbia de Dios y la humildad de San Francisco de Asís, para saber decir: yo sólo soy un pedacito de ese universo que está sucediendo. Ahora, cuando lo que uno soñó coincide con lo que ve, entonces ese el día más feliz de su vida, y cuando no, uno se retira discretamente y si uno es prudente ni siquiera dice nada para no perjudicar el trabajo creativo de los otros.”

Su obra ha sido llevada al cine, ¿qué opinión le merece la relación que se da entre la escritura para escena y los otros medios?

—Yo he tenido malas experiencias. Ninguna de mis obras llevadas al cine ha tenido la consistencia de las puestas teatrales. Yo opino, como Vicente Leñero, que cada género tiene sus historias. Y eso de andar adaptando de un género a otro es inútil. Yo prefiero escribir directamente para el cine.

Quisiera que me hablara acerca de su valoración sobre la nueva dramaturgia en México.

—A diferencia de los miembros de mi generación que estuvimos veinte años haciendo teatro marginal antes de llegar a los foros universitarios, a la Compañía Nacional de Teatro, al Instituto Nacional de Bellas Artes, los nuevos autores hoy estrenan sus primeras obras, siendo prácticamente desconocidos, en los grandes teatros de México, y esto ocurre tanto en los escenarios comerciales y profesionales, como en las universidades que es donde se hace un mejor teatro.

“Nuestra generación probó que había un teatro mexicano que era recuperable, que se podía vender y que podía redituar premios o dinero. Ahora las jóvenes generaciones ya no tienen este tipo de problemas. Hoy nuestros problemas son de contenido. ¿Qué tipo de teatro hacer?

“Yo tengo un debate nacional con los nuevos autores, porque el teatro que yo observo en un grupo mayoritario de dramaturgos que tienen entre veinte y treinta años, yo lo llamo teatro light, teatro superficial, teatro con las propiedades del agua. Un teatro de divertimento, incoloro e inodoro, de puro entretenimiento, que es necesario en un país como México que tiene problemas graves y mucho sufrimiento, pero que debe tener también un contenido que propicie la reflexión sobre la pareja, la sociedad, sobre algo. En ese sentido, yo pertenezco a los que creen en el teatro como un poderoso medio de transformación social, de transformación del individuo como ser humano.

“Por fortuna hay también un grupo de dramaturgos que han surgido de diversos talleres, o del sistema de becas que tenemos. Hay ahorita unos doce concursos de dramaturgia en México, en los que se descubren al año cerca de veinte dramaturgos nuevos. Y muchos de estos autores están escribiendo un teatro sobre la frontera, el narcotráfico, la violencia, que es un buen teatro.

“Hay otros autores que están triunfando en Londres, en Edimburgo, en París. Tenemos unos intercambios con Montreal, con Quebec, con la Comedie francesa, con el Royal Court… Pero ninguna de las obras que participan es auténticamente mexicana, sino que pertenecen a ese teatro que a mí no me simpatiza. Recientemente se han publicado varias antologías de teatro mexicano contemporáneo y si uno las lee acaba diciendo: bueno, ¿y dónde está México? Yo creo que se trata de un teatro contemporáneo pero no mexicano. Claro que vivimos en una democracia y cada quien tiene derecho a hacer el teatro que le dé la gana.

“La revista Paso de Gato dedicó un número a este tema. Y en esas páginas el único que parece un autor del siglo XIX soy yo, pues digo como dice Chéjov: ‘quien quiere ser universal habla de su aldea’. Comienzo mi nota en la revista con una frase de Octavio Paz, el más universal de nuestros escritores, que dice: ‘lo regional es lo universal’. Por supuesto que voy a parecer antiguo, decadente, lejano a la globalización, al internet, pues todos los demás textos que se publican hablan de eso. Ahora los dramaturgos dicen que somos ciudadanos del mundo y yo les digo: no hay mundo, hay países, hay regiones, hay naciones, hay etnias. Lo único que va a impedir que la humanidad desaparezca es el reconocimiento de la diversidad y la identidad de cada país. Este es un problema que va a más allá del teatro.”

Cuando se habla de la formación de los dramaturgos, de escuelas, academias, talleres, casi siempre surgen puntos de vista polémicos. Según su opinión, ¿qué no debería faltar en la formación de un dramaturgo?

—Lo primero para un autor teatral es estar informado. Los dramaturgos deben de ser los seres más inteligentes del fenómeno teatral y los más informados. Deben leer el periódico, ver la televisión, saber lo que pasa en el mundo, con su vecino, consigo mismo. Un escritor que no conozca la condición humana de sus semejantes no puede ser dramaturgo, tal vez pueda ser poeta, narrador o ensayista, pero no dramaturgo, pues el autor teatral tiene que llevar a la escena la condición humana con sus contradicciones.

“Muchos grandes escritores no pudieron con el teatro. Es por eso que siempre digo a los que quieren escribir teatro que lo primero es estar informado; lo segundo, conocer la condición humana; lo tercero, ser humilde ante el fenómeno escénico. El diálogo no es teatro, las palabras bonitas no son teatro, la literatura no es teatro. El teatro puede ser literatura después de ser hecho escénico, pero no antes. Quien pretende escribir bonito no es dramaturgo. El dramaturgo, al contrario, construye un lenguaje imperfecto que es el que se habla, el coloquial, el cotidiano, e indaga en la condición humana para explorarla y en esa contradicción está la esencia.”

Finalmente quisiera preguntarle sobre esta representación de El deseo, que se ha estrenado en La Habana y que ha sido el principal objetivo de su visita a Cuba.

—Esta visita a Cuba ha sido un suceso en mi vida. Desde 1959 quise venir a Cuba. Yo estudié en escuelas socialistas y recuerdo que a los diez años íbamos por las calles gritando “Cuba sí, yanquis no”. Desde siempre quise venir a Cuba y nunca pensé que estando grave, muy enfermo, iba a poder viajar a Cuba a ver mi obra. Yo no creí que alguien podía crear otra obra a partir de la mía, tan musical, tan coreográfica. Ahora quiero llevar esta obra a México para decirle a todos: “tengo un hijo en Cuba, sabe bailar, sabe cantar, sabe actuar y además tiene sentido del humor.”

“Porque mi teatro es muy serio, muy solemne. Soy de una raza del norte, somos vaqueros que no sabemos reír ni llorar y así es mi teatro; seco, directo, poco adornado, simplemente la esencia, y de pronto en Cuba me encuentro una obra jacarandosa, humorística, la puesta de Maria Elena Soteras es como un hijo extraño nacido en un país lejano que me sorprende porque es diferente, entonces quiero presumirlo.”

Publicado originalmente en la revista Conjunto 145-146

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FALLECIÓ RASCÓN BANDA, NOTABLE DRAMATURGO Y ACTIVISTA CULTURAL

por Carlos Paul

La indignación, el dolor, la injusticia y la pasión fueron para el dramaturgo y abogado Víctor Hugo Rascón Banda (Uruáchic, Chihuahua, 1948) los motivos esenciales que lo impulsaron a escribir sus más de 50 obras de teatro, además de guiones para cine y televisión.

Comprometido con la promoción y la defensa de los derechos de los creadores, Rascón Banda falleció este jueves a las seis de la mañana, de una insuficiencia respiratoria, informó la Sociedad General de Escritores de México (Sogem), institución que presidía. El escritor padecía leucemia desde hace casi 15 años, así como problemas cardiacos.

Quien fue un notable protagonista del precio único del libro, apenas el pasado 28 de junio había ingresado a la Academia Mexicana de la Lengua para ocupar la silla XXVIII.

Creador de teatro crónica

Rascón Banda realizó su labor creativa al tiempo que su quehacer de abogado, profesión que conoció desde pequeño en su natal Uruáchic, pues su abuelo fue juez; su padre Epigmenio Rascón, agente del Ministerio Público, y su madre, Rafaela Banda, secretaria de acuerdos de un juzgado.

“A diferencia de los niños que regresaban de la escuela y encontraban un hogar, yo encontraba oficinas, pues la planta baja de mi casa era el juzgado”, relató en su momento el escritor a Silvia Peláez, autora del libro Oficio de dramaturgo.

“Tenía que sentarme en medio de presuntos asesinos o mujeres acusadas de adúlteras; a esperar que les tomaran declaración, mientras mi madre preparaba la cena. Ahí hacía mi tarea, escuchando historias terribles, donde la vida y la muerte no se distinguen, donde se decidía la justicia y la injusticia. Eso me enseñó a escuchar. Ahí se me afinó mi sentido de la justicia.”

El dramaturgo amaba las fronteras, en especial la de Ciudad Juárez, donde vivió su adolescencia y a la cual consideraba su “segundo lugar de origen”.

Vivir en esa ciudad, expresó, “me dio el sentido de la nacionalidad y de la patria, del ser mexicano, diferente a quienes nacen en otras latitudes. Porque ahí sí se siente la diferencia, el avasallamiento, el conflicto de la identidad, ahí empieza la patria, a sentir uno que el español es nuestra raíz y forma de ser”.

Y fue en la ciudad de México —mientras cursaba la carrera de derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México—, cuando el autor de Contrabando y Los ilegales se comprometió con el trabajo escénico.

En esa facultad formó un grupo de teatro, donde dirigía, actuaba y escribía las obras con otro amigo de Ciudad Juárez, Ricardo López Nava.

“Eran obras musicales. Lo que hacíamos era dramatizar todo el programa de derecho procesal, dialogar los conceptos abstractos, bailarlos y ponerlos con chistes.”

Luego, motivado por esas obras universitarias y por haber estudiado dirección teatral con Héctor Azar, conocería e ingresaría a los talleres de dos de sus principales maestros: Vicente Leñero y Hugo Argüelles.

Para ser inscrito en el taller de Leñero “luché durante tres meses de múltiples formas, hasta que lo logré”, y con el maestro Argüelles “aprendí de géneros y estilos”.

En esos talleres conocería, entre otros, a Jesús González Dávila y Sabina Berman, destacados creadores de la nueva dramaturgia mexicana.

Las obras de Rascón Banda “son consideradas como teatro crónica, pero visto desde una perspectiva social, no individual”, apunta el investigador Armando Partida Tayzan, en el libro Dramaturgos mexicanos 1970-1990.

“A mí no me llama la atención escribir sobre mis problemas cotidianos o mis conflictos existenciales —diría el propio autor—. Me afectan, sí, los problemas mayoritarios. Si se quiere, muy a pesar mío. No niego que me encantaría librarme de tanta cosa y hacer un teatro de introspección, íntimo. Pero no me sale. Las circunstancias exteriores siempre se me imponen.”

Censura “indirecta” del INBA

Otra de sus particularidades, fue que Rascón Banda formó parte “de los primeros dramaturgos en plantearse la necesidad de ir al encuentro y en acceder a las concepciones escénicas de los directores que le han solicitado modificar sus textos; incluso él mismo ha sido uno de los primeros en escribir a partir de las ideas planteadas por los directores de escena, desarrollando de manera conjunta su dramaturgia”.

Entre los muchos trabajos que sostienen lo anterior, destaca la polémica puesta en escena de La Malinche, estrenada en 1998 con la dirección de Johann Kresnik, escenificada en el Festival Internacional Cervantino de Guanajuato y en la ciudad de México.

De esa obra, en su momento se dijo, fue “censurada de manera indirecta” por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), al no prolongar la temporada de 50 funciones que se tenía programada, aun cuando en todas se llenaba el teatro. Aquella obra, diría Rascón Banda, “me marcó para siempre, no sólo como dramaturgo sino como ser humano”.

Integrante del Sistema Nacional de Creadores, Rascón Banda —desde su primera obra— tuvo claro que “el teatro se escribe para el escenario, y en él tiene vida gracias a la conjunción de los otros creadores”.

Prolífico guionista de cine

Víctor Hugo Rascón Banda escribió para el cine los guiones de Días difíciles, Morir en el golfo, Playa azul, Jóvenes delincuentes y La muerte del Padre Pro.

Como promotor cultural a escala internacional, en febrero del 2000 fue electo presidente de la Federación de Sociedades Autorales (Fedra), que agrupa a organizaciones de escritores de Brasil, Argentina, Chile, México y Uruguay, y en septiembre de 2002 ocupó el cargo de vicepresidente de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores (CISAC), que agrupa a 199 agrupaciones autorales de cien países.

Entre otros cargos, también formó parte del Consejo Consultivo del Instituto Mexicano de Cinematografía, del Consejo Consultivo del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Rascón Banda recibirá hoy (viernes primero de agosto) un homenaje de cuerpo presente, en el teatro Wilberto Cantón de la Sogem (José María Velasco, 59, colonia San José Insurgentes), en punto de las 10 de la mañana y una hora después sus restos viajarán a Chihuahua.

Tomado de La Jornada

 
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