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Nuevos caníbales y calibanes
Fecha Martes, 15 de Marzo del 2005 (14:13:11)
Tema Literatura


Breve diálogo con Carlos Jáuregui

por Maité Hernández-Lorenzo

Canibalia. Canibalismo, calibanismo, antropofagia cultural y consumo en América Latina, Premio Casa 2005 en la categoría de ensayo artístico literario, es con seguridad uno de los títulos que motivará el debate de ideas entre críticos y estudiosos, cuando su edición circule entre nosotros el próximo año.

El jurado —Rubén Ríos Ávila, Alberto Rodríguez Carucci, Luis Chitarroni, Monique Lemaître y Nelson Herrera Ysla— tuvo a bien señalar, por unanimidad, que “Canibalia traza con aliento y autoridad las recurrencias de la figura del caníbal en la cultura latinoamericana, desde Cristóbal Colón hasta Caetano Veloso. Por su capacidad, sobre todo, de mover la discusión del canibalismo del campo estético al terreno social y político, llevando la metáfora al plano de la venta de órganos en los países pobres, este libro constituye un aporte al campo de los estudios culturales.”

Hoy La Ventana recupera un diálogo sostenido con el profesor y autor de Querella de los indios en las “Cortes de la Muerte” (1557) de Michael de Carvajal (México, UNAM, 2002), después de un interrumpido y dilatado cruce de mensajes.

Su libro retoma un tema que para el ensayo latinoamericano ha sido de gran importancia: ¿en qué sentido estima que su texto dialoga con los demás calibanes y traslada el tema a una discusión contemporánea?

—Calibán es una de los cuatro tropos que estructuran el ensayo (siendo los otros el canibalismo, la antropofagia cultural y el consumo). Canibalia comienza con los “Calibanes” anteriores a Shakespeare —como los caníbales que responden el Requerimiento diciendo que el Papa debía estar borracho cuando hizo la Bula a favor de España, o aquel que se queja en una obra de Antonio de Guevara del maltrato, el robo y la deshumanización del colonialismo imperial— y termina con un Calibán-caníbal que reinstala la categoría del trabajo (abandonada por gran parte de la crítica cultural contemporánea) y discute la colonialidad que persiste en la “colonización de la persona,” la explotación y la miseria contemporáneas.

Entre estos dos Calibanes estarían los salvajes insurrectos del romanticismo y, por supuesto, los Calibanes de fin de siglo XIX. En el Capítulo IV entro en diálogo con el paradigma arielista en sus dos variantes más importantes: el monstruo tragaldabas del antimperialismo modernista y las aprensiones del nacionalismo elitista frente a las “muchedumbres democráticas.” En el arielismo el tropo caníbal sufrirá un adelgazamiento: la alteridad —en el espacio nacional (la multitud) y en el geopolítico continental (los Estados Unidos)— fue representada con imágenes afines al caníbal (i.e.: avidez y monstruosidad) pero re-acentuadas en el personaje conceptual de Calibán. La visión de los EE.UU. como Otro y de las muchedumbres como caníbales / Calibanes de la modernidad latinoamericana obedece por partida doble a las configuraciones del imperialismo y a los procesos de proletarización en Latinoamérica; en últimas, a la colonialidad. Durante la primera mitad del siglo XX, las insurgencias calibánicas en el espacio nacional, ponen en jaque la identificación latinoamericana con Ariel y evidencian una concepción elitista de la cultura en un momento de grandes agitaciones y luchas sociales, cuando el despreciado y temido Otro calibánico—el enemigo interno que “nos habita” como decía Diez de Medina—convulsiona, fragmenta y desafía políticamente la hegemonía cultural y política de las burguesías nacionales y los regímenes de explotación del trabajo, propiedad y tenencia de la tierra.

La irrupción del marxismo como herramienta de pensamiento y de crítica del imperialismo y del (neo)colonialismo, las revisiones historiográficas en países en proceso de descolonización, la avanzada contracolonial caribeña después de la Segunda Guerra Mundial, y la Revolución cubana, produjeron una segunda ola de metáforas políticas y apropiaciones simbólicas de The Tempest: el calibanismo; tema del capítulo VI.

Estas apropiaciones, por supuesto, tienen que ver menos con Shakespeare que con sus lecturas en la periferia colonial y (neo)colonial, y con circunstancias políticas que determinan tendenciosamente, si se quiere, la significación simbólica de sus personajes. Harold Bloom, notablemente exasperado, señalaba: “Estamos ahora en la era de Calibán [...]. Ahora Calibán es un héroe de nuestra contemporánea escuela del resentimiento, que lo ha convertido en una alegoría antiimperialista. [...] Calibán es un rebelde inauténtico, una parodia del explotado, el insultado, el injuriado.” Como en el Calibán de Roberto Fernández Retamar, en Canibalia interesan más las pérfidas lecturas y apropiaciones de la escuela tercermundista del resentimiento que los impecables ejercicios filológicos de los estudios shakesperianos.

El Capítulo VI dialoga así de algunas de las más importantes y representativas resemantizaciones que tanto irritan a Bloom; es decir, de las versiones contra-coloniales de The Tempest en Latinoamérica y el Caribe; a saber: la revisión historiográfica —de matriz calibánica— de la Revolución haitiana y su articulación a la crítica contra el (neo)colonialismo en el Caribe (C.L.R. James); los discursos contra-coloniales de re-narración de la historia, y la proposición de Calibán como personaje conceptual de la identidad poscolonial afrocaribeña (George Lamming, Aimé Césaire); el calibanismo latinoamericanista de la Revolución cubana en la difícil coyuntura económica y política de finales de los años 60, representado por el que Gerald Martin llama “el último gran ensayo nacional latinoamericano antes de los desencantos de la posmodernidad”: el Calibán (1971) de Fernández Retamar. Yo trato de dialogar con este ensayo y sus contextos.

A veces olvidamos que “Calibán” no redefinió simbólicamente The Tempest con un ánimo filológico, ni para proponer una teoría poscolonial como se desprendería de la comparación que Jameson hace entre Retamar y Said, ni para inaugurar la “escuela de Calibán” y la corriente de análisis subalternista, sino en función de los problemas de la hora de la Revolución cubana. De igual manera revisito la complementaria representación afro-calibánica de la Revolución cubana (Miguel Barnet, Tomás Gutiérrez Alea, Nancy Morejón). Este diálogo incorpora ciertas críticas al calibanismo, como los reparos feministas al “calibanismo heroico,” así como varias de las tercas reapariciones calibánicas de los últimos 20 años. Reapariciones que van del teatro o el ensayo a la crítica cultural y la llamada “cultura popular.”

El último capítulo, “Del ca(n/l)ibalismo y la antropofagia, al consumo,” plantea diversas intersecciones de los tropos del canibalismo, el calibanismo y la antropofagia cultural entre sí y en relación con el consumo, tropo eje de los discursos culturales contemporáneos. Ahora que, como señala Martín Barbero citando a Durham, la “óptica del mercado permea no sólo la sociedad, sino también las explicaciones sobre la sociedad,” los alegatos calibánicos parecerían —como alegan algunos— cubiertos por la tenue niebla de la obsolescencia.

En este contexto opaco reviso varios textos como el monólogo teatral Caliban de Marcos Azevedo (1998), una versión antropofágica brasileña del drama de The Tempest en la que encontramos a un Calibán de los excluidos de la fiesta del Brasil global; un Calibán que a partir de su propia obsolescencia posmoderna se pregunta por la continuidad del colonialismo y la explotación del trabajo por el capital. Este calibán antropófago —fiel y pérfido a Andrade, a Césaire y a Fernández Retamar— insistirá en la categoría “otrificadora” del trabajo y en la metáfora gótico-marxista de su consumo vampírico.

También intento un diálogo crítico con algunos discursos críticos sobre el consumo cultural (Jesús Martín Barbero, Néstor García Canclini). El consumo cultural —abracadabra de las identidades posmodernas— describiría un proceso en muchos sentidos similar a la Antropofagia y al calibanismo (en cuanto apropiación de bienes simbólicos), pero que operaría mediante una razón comunicativa diferente. Por otra parte, no es gratuito que el énfasis político-cultural contemporáneo en el consumidor y el consumo coincida con la desvaloración del trabajador y el trabajo. El consumidor de bienes simbólicos y el cuerpo consumido por el capital —aunque aparecen habitantes de diferentes universos— se encuentran en ciertas pesadillas culturales, presentes en la literatura, el cine, las artes plásticas, y en la más amplia esfera de la vida cotidiana donde el caníbal regresa una y otra vez. Así sucede, por ejemplo, en los numerosos y constantes rumores de robos de órganos de las décadas conocidas como del “capitalismo salvaje” y el desmonte del Estado protector (80s y 90s). Contradichos una y otra vez por investigaciones y catalogados como histerias culturales, estos rumores constituyen verdaderas contranarrativas sobre la devoración y desposesión del cuerpo, que rearticulan los miedos a ser comido con los que se inaugura la modernidad latinoamericana. Son, podríamos decir, alegatos calibánicos en un registro no letrado.

¿Cómo surgió la idea de su escritura?

—Una estudiante en la Universidad de Pittsburgh —donde hacía mis estudios de doctorado— me preguntó qué quería decir la palabra Caribe. Bajo la apariencia de una pregunta fácil había una cuestión endiabladamente complicada que me internó en la biblioteca y en infinidad de lecturas. La crítica uruguaya Mabel Moraña me animó a profundizar en el tema. De “la mano del caníbal” por tres años encontré no sólo infinidad de caníbales sino ciertas conexiones importantes entre los estudios coloniales y ciertos debates de la crítica, la historia cultural y los llamados estudios culturales. Después de hacer el doctorado en Pittsburgh, continué por cerca de cuatro años con estas investigaciones en la universidad de Vanderbilt, donde enseño. Estos estudios fueron trazando una cartografía cultural que finalmente llamé Canibalia para responder extemporánea y escurridizamente aquella pregunta inicial.

¿En qué medida cree que el Premio Casa toma el pulso del ensayo latinoamericano actual?

Casa de las Américas es un generoso espacio intelectual como no hay igual en Latinoamérica. Lo digo por su revista, las publicaciones, los seminarios, las conferencias y actividades culturales y, sobre todo, por el protagonismo mayúsculo de la Casa en la historia cultural latinoamericana, inimaginable sin esta institución. Durante sus ya casi 50 años, la Casa le ha dado cabida a los más variados y cruciales debates políticos y culturales, y ha sido el hogar intelectual de un sinnúmero de escritores y escritoras, y artistas de primer orden. Respecto al ensayo, no sólo el Premio sino la revista Casa, constituyen uno de los proyectos más consistentes de producción y divulgación ensayística y crítica cultural.

Cuando se habla del “ensayo latinoamericano” creo que es necesario reconocer las muchas tradiciones del ensayo que no podemos ni siquiera empezar a enumerar. Pero incluso descontado el problema de su heterogeneidad, creo que tomarle el pulso al ensayo latinoamericano actual es muy difícil. Para continuar con el tropo cardiológico, yo creo que el pulso de Canibalia es arrítmico, enredado en una época de incertidumbres y desalientos por una parte, y de renovados ímpetus de resistencia y lucha por la justicia, por otra.







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