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La salud de los muertos
Fecha Viernes, 20 de Enero del 2006 (17:19:24)
Tema La Casa


Palabras del escritor David Viñas en la Inauguración de la Edición 47 del Premio Literario Casa de las Américas, el pasado lunes 16 de enero en la Sala Che Guevara

por David Viñas

Quisiera una forma de explicar, quizá de justificar, el privilegio que implica tomar la palabra aquí en la Casa de las Américas. Quiero decir, es un privilegio y correlativamente condiciona una actitud categóricamente responsable. Quiero ser muy preciso en el manejo del tiempo y, como se dice allá por el Río de la Plata, voy a apretar el bandoneón, tratando de elegir los casos más significativos, para no abusar de ustedes ni de este privilegio al que aludía.

En primer lugar quiero acordarme de una persona: del negro Eusebio. ¿Quién era el negro Eusebio? Era la persona responsable en la Casa de las Américas, cuando yo vine por primera vez a este país, allá por el año 61 ó 62, que nos traía “buchitos”. Es decir, me vinculaba a la cultura del café en este país. Quiero subrayar especialmente este recuerdo, porque notoriamente ni en el Río de la Plata ni en Buenos Aires, hay una presencia fuerte de la cultura negra, por razones que se pueden explicar: toda esa zona, en el Virreinato de la Plata, era muy pobre, si es que confrontamos con lo que era Lima, México, o incluso La Habana.

Era un lugar donde el diablo perdió el poncho. Pues bien, la presencia de la cultura negra, la presencia de los negros, lamentablemente, era precaria, porque el tipo de industria no requería una concentración como podía ser, en la de la cultura de ingenio, la concentración de mano de obra. Y repito, a eso se sumaba la precariedad de los medios en el Río de la Plata para adquirir eso que entonces era un equívoco y ambiguo privilegio: el tener esclavos. Pues bien, yo no tenía contacto con la cultura negra en Buenos Aires. Eso me lo describió Eusebio.

Aquí no estoy proponiendo la comunión de los santos, está claro para los que me conocen que no es un género que yo practique con eficacia ni con cierta frecuencia. Estoy tratando de rescatar la alta dignidad del negro Eusebio. Una cultura que se podía verificar, cuando nos servía “buchitos”, en las falanges, las falangitas y las puntas de los dedos. En cada una de estas partes había una porción de cultura negra que yo desconocía. Quiero aprovechar esta circunstancia privilegiada para recordar al negro Eusebio.

En segundo lugar ―porque son tres personas distintas para un solo Dios verdadero― quiero hablar de José Lezama Lima y de un compatriota considerable, que era Ernesto Guevara. Tres personas distintas para un solo Dios verdadero: la alta dignidad de la gente. Esto nos lo enseñó a nivel latinoamericano la Revolución Cubana.

A Lezama Lima, algún escritor latinoamericano adjetivó como “aceitoso”, “oleaginoso”. Yo nunca hubiera utilizado este adjetivo para referirme a Lezama Lima, hubiera dicho “abacial”. Tenía un aire “abacial”. Incluso, entre los recuerdos que se me traspapelan, sigo insistiendo, de manera frustrada, que nos recibió, a Leopoldo Marechal y a mí, en su casa de la calle Obispo. No vivía en la calle Obispo, pero para mí sí; para mí su aire abacial era correlativo a su vivienda, como en las novelas de Balzac. Una proyección de José Lezama Lima era vivir en la calle Obispo. Pues bien, él sostenía, entre otras cosas —son muchas las cosas, porque son muchos los años—, que los mejores habanos cubanos eran Por Larrañaga. Es decir: Eusebio, la cultura del café; Lezama Lima, la cultura del tabaco. Ese es mi aprendizaje cubano.

Decía Lezama Lima que estos habanos se hacían en la zona de Pinar del Río. Como con la calle Obispo, se me mezclaban los papeles, y llegué a suponer que lo de Por Larrañaga era en realidad un invento mío. Pero los otros días entré a una tabaquería en La Habana, pregunté por Larrañaga, me dijeron “sí”, y me dieron, en un intercambio de solidaridades, vamos a decir, esta estampa. Repito, Lezama Lima decía Por Larrañaga y fumaba y soltaba el humo, repito también, con un aire abacial. Paladeaba el tabaco. (Muestra la estampa al público.) Evidentemente, debe haber sido intermediario, y dada su capacidad mercantil notoria, Lezama Lima le hacía el caldo gordo a Larrañaga, porque él, con cierta condescendencia, habló de Romeo y Julieta y de otros tabacos cubanos más conocidos, pero insistiendo de manera obstinada en que los mejores tabacos para su percepción del sabor, del perfume, eran Por Larrañaga.

Quiero decir también por qué estábamos con Marechal en esa vivienda de la calle Obispo. Recuerdo entre otras cosas que Marechal decía: “el viejo Lezama Lima”. Marechal era mayor, pero en una especie de capoteada le adjudicaba este privilegio cronológico a Lezama, y él eludía lo que ineludiblemente se le venía encima, que era el tiempo, como diría Alberto Girri: “El tiempo que destruye”. Era despiadado Alberto, era un gran poeta… “el tiempo que destruye”.

Pero, ¿por qué Lezama Lima? Porque en la Argentina, lamentablemente, no había un personaje ―lógicamente, en mi tiempo, antes había estado Macedonio Fernández, a quien conocí solo de cruce, en la confitería La Perla, frente a Plaza Once― que nos sirviera de gurú no complaciente, sin ningún tipo de complicidad, como para llevarle cosas, discutir con él… no existía. Eventualmente podría haber sido el viejo Martínez Estrada, pero por una serie de razones no estaba en Buenos Aires. Estuvo en Cuba, luego estuvo en el Sur, allá por Bahía Blanca.

En realidad la única persona, eso que se llama intelectual crítico, al que hubiéramos podido acudir la gente de mi generación era un hombre que venía de la política —incluso fue traidor a su clase, porque era un señorito—, que era Lisandro de la Torre, muy poco conocido, presiento y corroboro, fuera de la Argentina. Inobjetable personaje político que intentaron asesinar en el Senado de la nación por las denuncias que hacía. En el orden específicamente cultural, Lisandro de la Torre tuvo una polémica memorable con un cura precario, módico, que era director de la revista Criterio. En la Argentina se conoce, entre otras cosas, la polémica entre Alberdi y Sarmiento; pero la polémica entre Lisandro de la Torre y el cura director de Criterio es mucho más conocida, pero tengo la convicción de que, en lo que hace al contexto del siglo XX, era fundamental.

El negro Eusebio, José Lezama Lima... El tercero de este triángulo simbólico —y viva la masonería— era un compatriota. Son cosas que uno recupera poco a poco, porque ha pasado mucho tiempo. Quien intervino, quien me llevó a verlo fue Rodolfo Walsh.

Subimos con Rodolfo Walsh a un edificio de oficinas, en cuya puerta había un miliciano. Quien servía de Virgilio en este recorrido era Rodolfo, abrió la puerta y este compatriota estaba sentado al borde de la cama con los pies desnudos y cortándose las uñas. Qué acontecimiento trascendental. En este escenario cargado de precariedad y de límites, con un miliciano en la puerta, la conversación entre Rodolfo Walsh y este compatriota sobre la presencia de un campeón cubano de ajedrez, Capablanca. Recordaban, de una manera u otra, cómo Capablanca había estado en Buenos Aires y la significación que había tenido entonces la presencia del maestro en Buenos Aires.

De Capablanca y el ajedrez pasaron a escandir una serie de versos en los que entraron en discusión: que si yambos, que cómo venía la cesura, etcétera. Tanto Rodolfo como este compatriota hicieron alarde de su conocimiento. Rodolfo Walsh citaba de corrida versos, cosas de Guillermo, cómo se llama, un inglés que le decían el Cisne de Avon, yo prefiero llamarlo Guillermo abusando de cierta familiaridad. Versos y cesuras en Shakespeare, Rodolfo era un experto y este otro compatriota lo seguía con mucha atención, aunque siempre discrepando. Había una discrepancia subyacente permanente, tanto es así que en un momento dado me preguntó —fue la única vez que se dirigió a mí―, “¿Tú eres argentino?” “Sí”. “¿Porteño?”. “Sí”. “Se nota”, dijo.

Pues bien, el miliciano que estaba en la puerta insistía, intercalando de vez en cuando: “Van a ser las doce, tenemos una reunión”. La épica del corte de las uñas iba concluyendo. Hubo una cierta expansión hacia la zona creo que de Aragón, en ese momento, al que lo calumniaron de manera sistemática, tanto Rodolfo Walsh como yo lo calumniamos con fervor, como suelen calumniar los intelectuales. Y este compatriota, cuando nos íbamos, a Rodolfo lo abrazó, a mí me dio la mano.

Son tres personas distintas y solo un Dios verdadero. Son tres personas muertas en diferentes circunstancias. Quizá retomando lo que insinuaba al comienzo: una cita, tres personas muertas. Puede entonarse como de algo macabro esta conversación, ineludible. Pues bien, el negro Eusebio, José Lezama Lima y Ernesto Guevara, muertos: “Polvo serán, mas polvo enamorado”.

Después de este desahogo, con inspiración nostálgica quizá, me corro hacia la diatriba… probablemente sea más eficaz en el campo de la diatriba por muchas razones que van dejando de lado las sombra o los fantasmas del espacio más o menos fúnebre o quizá macabro.

La palabra imperialismo, sobre todo en la década del noventa, tuvo una especie de deterioro semántico, digamos, con cierto énfasis. En algunos lugares uno decía imperialismo, y lo miraban como si fuera una especie de marciano: ¿Quién es este caballero que osa decir imperialismo? En Argentina, así como nos referimos al imperialismo general, tenemos que ir desmontando las mediaciones del imperialismo, si no la palabra probablemente sea intimidatoria.

Una de las mediaciones más significativas del imperialismo en la Argentina es el diario La Nación. En este diario colaboran dos distinguidos intelectuales latinoamericanos. Uno es el señor Andrés Oppenheimer, colaborador del Miami Herald, y el otro un vástago que se llama Vargas Llosa, pero no Mario, aunque podría ser, sino Álvaro, autor de un libro siniestro que se titula El idiota latinoamericano: lógicamente, es una autobiografía.

Para ir acercándonos a esta mediación del imperialismo que es el diario La Nación, diré que se inscribe en una colección de diarios, que como dicen en Cuba es una piña, es una mafia: El País, en Montevideo; El Mercurio, en Santiago; El Comercio, en Lima; El Tiempo, en Bogotá; El Nacional, en Caracas, y así… El más benemérito de todos y el más próximo es La Nación, un diario católico, pero a partir de su catolicismo podemos detectar el doble discurso. Todos los días La Nación saca el santoral, escrupulosamente recuadrado. Es decir, tiene una actitud, no religiosa, sino beata. Es escrupulosamente clerical, en el sentido en que la masonería lo utilizaba en el siglo XIX. Cotidianamente saca, por ejemplo: “Santa Genoveva, abadesa, mártir… ora pro nobis”. Eso es una inflexión del doble discurso de La Nación. La otra inflexión se encuentra en el capítulo 23 de los avisos clasificados. Allí aparecen bajo el rubro de acompañantes, por ejemplo: “Colitas, de las 14 horas a las 17”; “Paraguayita tierna, teléfono tal y tal, para especialistas”, “Negritas recién importadas de Alemania”… Intercalan, son eclécticos, además del doble discurso. Es apasionante la sección 23 de avisos clasificados. Con la distinción, hay que subrayar, de que estos vehementes textos son redactados por empleados de La Nación que les cobran a la rubia, o a la apasionante japonesita, es decir, son un ejemplo de práctica escrituraria. Por un lado, San Matías, abad, siglo XVII, y por el otro esta otra inflexión más o menos amena.

Quiero decir con esto que el diario La Nación es un diario proxeneta. Probablemente no tenga el monopolio, pero me encarnizo con él porque cotidianamente lo leo con obstinación, subrayando todas estas alternativas. Para completar, si cabe esto del doble discurso, en primera página, como acontecimiento internacional, aparece la discusión en el Vaticano, no sobre el infierno ni sobre el purgatorio —en los que como todos saben, desde el siglo XVI, por medio de intercambios monetarios, se pueden hacer ajustes―, sino sobre el limbo, que es prioritario como discusión, certificado por el diario La Nación en primera plana, en las discusiones del Vaticano. Con este doble discurso el diario benemérito ―y ya no es cuestión de meterse con el general Mitre, digamos, es casi un lugar común en el Río de la Plata, meterse de manera vehemente con el General Mitre, ya no es con el general Mitre, eso nos llevaría a historiar La Nación, esta es una empresa concreta, una sociedad anónima― se encarga de matar a la Historia.

La Nación liquidó la historia. La historia ha muerto. Después, o de manera superpuesta, anunció La Nación que las ideologías también han muerto. En tercer lugar, de manera empecinada, distribuyó la muerte del sujeto a diversos niveles. La Nación se ha convertido en una especie de verdugo sistemático de las cosas más considerables: la historia, las ideologías, el sujeto. También, en este orden de particularidades y como parte de sus artimañas, de su poética, aparece una foto de Chávez cuyo epígrafe no dice: “Chávez hablando”, sino “Chávez gesticulando”; con lo quieren decir que Chávez no tiene el don de la palabra, no habla, sino que gesticula. Cotidianamente descubren una nueva enfermedad del compañero Fidel Castro, anunciando, preanunciando con certeza su próximo devenir. Es un experto como diario en este tipo de entonación funebrera.

Pero acontece que pese a que La Nación divulgó la muerte de la historia, la historia sigue funcionando, como es notorio especialmente en la América Latina. Decimos Cuba, decimos Venezuela, y para no abundar, pasamos por Bolivia y Evo Morales. Se llama Evo. Yo asistí al postoperatorio del “Evo” en la Argentina: Evo-Eva, de qué estamos hablando... Yo le tomé el voto después de su operación, poco antes de su muerte, al Evo de la Argentina. ¿Está confuso? Evo-Eva.

El último de estos capítulos es Chile, y una mujer también, Michelle, que lo primero que dice es: “Yo no me olvido de mi padre”, leal a Salvador Allende, y que Pinochet metió preso, torturó y finalmente asesinó. Y Michelle dice: “Yo no me olvido de mi padre”. Porque, no sé en Chile, quizá no, pero en la Argentina nos enseñaban el verbo amar como paradigma de la primera conjugación, y nos enseñaban de manera frustrada: “tú amas” —en Argentina decir tú es un chiste, es una cursilería, y no les cuento si para amar hay que apelar al segundo del plural, “vosotros amáis”, si dices en la Argentina “vosotros amáis”, uno se vira para ver quién está hablando. Pero “amar” en esa perspectiva del “tú” escolar convencional, era relativamente fácil, hablo de Argentina. La propuesta es odiar. Tenemos que distribuir odiar, que es mucho más difícil. Michelle odia, y no por venganza sino por justicia. Yo trato de odiar, no por venganza sino por interés de justicia. Ella no se puede olvidar de su padre asesinado. Personalmente, bajando la voz, yo no me puedo olvidar de mis dos hijos asesinados. ¿Amar? “Mi querido Pinochet, aquí vengo a poner la otra mejilla”. ¿De qué estamos hablando? “Pinochet, yo te odio”. Bien, Michelle.

Muerto el negro Eusebio, muerto José Lezama Lima, muerto Ernesto Guevara, presuntamente muerta, según La Nación, la historia; las ideologías muertas; el sujeto muerto. La cita sería: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.


(Transcripción conjunta de La Jiribilla y de La Ventana)

Sitio del Premio Casa de las Américas







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