Retrato del artista como editor

Retrato del artista como editor

Sería porque su padre, además de maestro y poeta, en su juventud había editado y dirigido una revista literaria, y el mundo de los tipos y las galeras era casi su hábitat natural, y quiso trasmitirle aquel día, a su hijo menor, algunos de los secretos del oficio, o tal vez revelarle el único, verdadero misterio de la profesión. Así que lo tomó de la mano, salieron a la ciudad que despertaba de la siesta y unas cuadras más tarde, después de un refrescante guarapo que, Heras León sostiene, ya no hay manera de conseguir ni en los recuerdos, entraron a una imprenta.

Para Heras León aquel mundo era tan reciente que, muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Caminaron cada rincón de la imprenta; se sentaron en los linotipos; un cajista les enseño a armar una página en la rama; hicieron una prueba de galeras; y finalmente asistieron a la impresión de unas páginas. Allí, junto a la máquina impresora, el padre le dijo que ahora iba a conocer un prodigio. Le pidió que cerrara los ojos, y puso en sus manos algo que parecía ser un libro. Después, ceremonioso y tierno, acarició la cabeza de Heras León y le ordenó: ¡Huele! Desconcertado por aquella extraña sensación que penetró por sus fosas nasales y donde se mezclaban algunos conocidos olores como la gasolina, el guarapo, la goma de borrar, la cola, el barniz y la guayaba, Heras León sostiene que aspiró profundamente, y en medio de una alegría desconocida se atrevió a murmurar: "Es un dulce". "No", lo corrigió su padre. "Es tinta". Embriagado por la evidencia del prodigio, el pequeño Heras León abrió los ojos, miró con devoción a su padre y exclamó: "Es el olor más maravilloso que he olido en mi vida".

Pido perdón a Antonio Tabucchi y Gabriel García Márquez, por parafrasear algunos de sus textos o por emplearlos en una operación que llaman ahora intertextualidad, para narrar una escena absolutamente verídica, el inicio de un posible libro de memorias sobre mi vida que bien podría titular, con perdón esta vez de Joyce, Retrato del artista como editor. Porque tal vez fue ese olor maravilloso de la tinta uno de los fantasmas que alimentaron una zona de mis secretas vocaciones que luego, con los años, se hicieron evidentes: maestro, escritor, editor.

Hoy estoy aquí, con ustedes, gracias a la generosidad de un jurado que decidió premiar una de esas tres vocaciones a la cual he dedicado gran parte de mi vida; pero sobre todo gracias a muchas personas que a lo largo de cuarenta años me conocieron, me enseñaron, me quisieron: mi padre que me inició en la poesía de la profesión; mi madre, que educó mi sensibilidad; mis maestros, mis viejos queridos maestros Leopoldo García Oña, Adela García Villareal, Elvira Deulofeu, Cira Soto Palenque, Ernesto García Alzola, Ofelia García Cortiñas, José Antonio Portuondo, Mirta Aguirre, Lucía Sardiñas, Nuria Nuiry, Federico Álvarez, Roberto Fernández Retamar, y tantos otros que ahora se escapan de mi memoria, que me dieron la cultura y la formación profesional; y a mis amigos maestros de la edición, Ambrosio Fornet y Luis Rogelio Nogueras, que son mis dioses tutelares en el diario bregar con los libros. Todos ellos, en tiempos y espacios diversos, me hicieron editor; todos ellos fueron creando en mí esa corriente subterránea de sentido que no puede explicarse con palabras, que sin uno saber cómo, va penetrando cada rincón de nuestra sensibilidad para definirse de repente, en la exacta valoración de un texto, en la elección de la mejor cubierta, en la corrección de una imagen gastada, en la redacción de un mejor párrafo, o en la jubilosa aceptación de una obra.

Los editores lo sabemos: ese tierno cosquilleo con que acariciamos el original terminado, esa conflictiva, tensa, inolvidable relación con cada libro, muchas veces tema obsesivo de nuestros sueños y pesadillas, que a ratos amamos y odiamos, es la propia raíz de nuestra vocación, a la cual, pese a todo, no podemos renunciar.

Yo lo supe desde los inicios. Desde el estremecimiento por el olor de la tinta a mis diez años; desde el estremecimiento social que a los dieciocho me lanzó por los caminos de la Revolución y me hizo tomar las armas para defender lo que nos había cambiado para siempre. Allí, en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, después del fragor de los combates de Playa Girón y el Escambray, donde me inicié como combatiente, también me inicié como editor. Tuve el honor y la suerte de editar los primeros libros de la Artillería, que había ayudado también a traducir, los reglamentos con los que estudiaron, y las tablas de tiro con las que dispararon los artilleros en Argelia, Angola, Etiopía y en tantos otros lugares donde su necesitó nuestra ayuda internacionalista.

Después la literatura. Después a crear bellezas junto con los escritores, en la maravillosa aventura de editar un libro. Después aquel manuscrito de Luis Felipe Rodríguez, El negro que se bebió la luna, con el que tuve casi que inventar una novela con dos originales distintos; con aquella comedia de Luaces que hubo que rehacer de un original ilegible y que pudo estrenarse gracias precisamente a esa labor de arqueología y carpintería editorial que me llevó meses de trabajo, o la hermosa carta de Raúl Roa agradeciéndome mi trabajo con sus cartas cruzadas con Pablo de la Torriente Brau; o tantos abrazos de emocionados afectos de tantos autores con los que trabajé, con los ojos iluminados de un joven escritor que no sabe cómo expresar su gratitud por una frase de aliento. Sé que todos los editores que me escuchan tienen historias parecidas, porque nuestras experiencias son comunes; sólo he querido mencionarlas para compartir con ustedes algunos recuerdos gratos junto con la alegría del premio que se me otorga hoy.

Esa ha sido mi vida de editor: la de un hombre que se comprometió con su tiempo, y que sigue comprometido con su Revolución, su país y su literatura. Que sabe que ningún homenaje personal vale tanto como ese hálito inefable, mágico, de un libro organizado, construido, en una palabra, editado por nosotros mismos. Nada puede compararse a la insólita sensación de verlo y tocarlo. Ah, y por supuesto, olerlo.

EN TINTA PROPIA

por Roberto Fernández Retamar

Yo siempre había entendido que el Chino se llamaba Eduardo Heras León y hoy me entero que se llama Chino, alias Eduardo Rafael. Me alegra mucho que la tarde me depare esa gota de sabiduría. A mis años cada una de esas gotas es muy preciosa. En realidad, no vengo a hablar aquí del Chino como el maestro que no soy. El Chino ha tenido la extremada generosidad y delicadeza -propia de él-, de mencionarme como tal. Pero vengo como autor agradecido por haberme beneficiado con su trabajo editorial, haber apreciado en carne propia, en papel propio, en tinta propia, lo que significa el privilegio de que un libro de uno sea editado por el Chino.

Yo estaba pensando en lo que significó en el orden editorial la Revolución, es decir, la creación de una verdadera industria del libro. Un premio como éste no hubiera podido darse porque, en rigor, si no estoy equivocado, no había antes editores en este país, como tampoco existían los derechos de autor. Yo lo sé bien, porque tengo 71 años, viví parte de mi vida antes del 59. Entonces, no sólo no había derechos de autor, sino que había deberes de autor. Cuando un autor publicaba un libro -Pablo Armando Fernández no me dejará mentir; el año que viene, recordaba él, se van a cumplir 50 años de su primer y ya magnífico cuaderno de versos Alterio y lamentación- cuando uno publicaba un libro tenía que pagarlo, y además de pagarlo, tenía que mandarlo por correo a los amigos, y raras veces obtenía uno cartas aunque fueran de agradecimiento. A veces sí se obtenían cartas muy hermosas. De manera que así como no había antes de la Revolución derechos de autor, sino deberes de autor, en rigor no había editores. Los editores éramos nosotros mismos y hasta los diseñadores de los libros. Entre tantas cosas buenas que ha creado la Revolución, creó el editor y el editor es algo fundamental como sabemos los escritores. El Chino ya recordó que tiene tres áreas de trabajo fundamental. Tiene más, pero por lo menos tiene esas: es maestro, escritor, editor. Yo también soy un poco editor y también un poco maestro, pero ahora voy a hablar, les decía, como agradecido escritor en relación con la tarea extraordinaria que el Chino ha desempeñado y de la que yo he sido beneficiario.

Además me tocó ver muy de cerca la extraordinaria tarea de editor que Rafael, Eduardo Rafael, el Chino Heras León, desempeñó en la Casa de las Américas, llevando una extraordinaria calidad a la editora, hasta el punto de que hemos dicho que, en cierta forma, es a partir de él que en rigor puede hablarse de una editorial de la Casa de las Américas, como es a partir de Silvia Gil que puede hablarse de una biblioteca moderna en la Casa de las Américas. La Casa de las Américas tiene muchos años, tantos años como la Revolución, pero eso no quiere decir que todas y cada una de sus partes hayan nacido al mismo tiempo, porque no fue así. Se iniciaron, hubo balbuceos y finalmente alcanzaron madurez. En el caso de la editorial, es con el Chino que esa editorial que ahora está en las manos de Pablo Armando alcanzó realmente madurez. Por lo tanto, con respecto a esto que estoy diciendo, no creo que me sea posible pensar en editores en Cuba, rigurosamente hablando, antes de la Revolución. De tal manera que nosotros tenemos una confusión enorme, porque no tenemos una palabra, utilizamos la palabra editor, pero no tenemos una palabra que distinga al que imprime el libro, etc. y al que realiza la tarea de editor, palabra que en otros idiomas existe.

Y ahora estoy pensando en un editor particular. Ustedes recordarán que esa novela de Hemingway que nosotros los cubanos consideramos con particular cariño, y estimamos que es la más cubana de las novelas de Hemingway, El viejo y el mar, está dedicada a dos personas, y una de las personas es Maxwell Perkins. La tarea como editor de Maxwell Perkins es tan importante en la literatura del siglo pasado en los Estados Unidos como la tarea de un escritor. Yo recuerdo un texto testimonial ensayístico de Thomas Wolfe, el gran escritor estadounidense, que desgraciadamente hoy no disfruta de la nombradía que merece, murió muy joven a los treinta y tantos años. Es un texto que se llama The history of a novel, (La historia de una novela), donde él cuenta como terminó su primera novela y se marchó a Europa. No quiso saber que pasaba con ella. Lo que ocurrió fue lo siguiente: la novela, en rigor, no era una novela. Me acordaba cuando el Chino evocaba los manuscritos de El negro que se bebió la luna de Luis Felipe Rodríguez. Lo que había dejado detrás de sí Thomas Wolfe era una loma de papeles del tamaño del mundo y Maxwell Perkins convirtió esa loma de papeles en una novela memorable. Y lo hizo con muchísimos otros de los grandes autores estadounidenses. Evidentemente, también en el caso de Hemingway, sino Hemingway no le hubiera dedicado esa novela suya.

Afortunadamente, Cuba cuenta hoy con figuras parangonables con Maxwell Perkins y creo que ese, sin duda alguna, es y será cada vez más el destino del Chino, lo que no excluye otras virtudes: sus virtudes de escritor, de maestro. Ahora estaba escuchando a la compañera cuando hacía el elogio tan merecido y tan simpático del Chino en el que decía que lo había conocido en 1979. Bueno, yo conocí mucho antes al Chino, pero no lo conocí a él personalmente, sino que lo conocí como escritor cuando leí La guerra tuvo seis nombres, que me impresionó muchísimo. Era un libro que revelaba la alta calidad de un escritor entonces emergente. Debido a mi edad he visto emerger muchos autores en nuestro país, y aquí hay varios. Aquí está Víctor Casaus, por ejemplo, que es un caso similar y que tan vinculado se encuentra al Chino y muchos otros; varias generaciones cuyas primeras obras, o casi primeras obras, yo tuve la dicha de ver.

Además, me doy cuenta que tengo una responsabilidad grande. Cuando Los pasos en la hierba recibió mención en la Casa de las Américas -como yo formo parte de ella- se me pidió que leyera el libro para ver si debía publicarse o no. En aquella época teníamos más dinero del que tenemos ahora en la Casa de las Américas, como es natural, y a veces publicábamos las menciones y otras veces no. A mí me correspondió leer ese libro y ser quien opinara sobre él. Y dije, por supuesto, que era un libro magnífico que debe publicarse. Se publicó y le cayó un temporal absolutamente injusto al Chino. Y una de las cosas -que no es una profesión, como la de maestro, la de escritor, la de editor, por las que yo admiro mucho al Chino, y por lo que me alegra poder decir estas palabras-, es por la dignidad con que recibió esa injusticia que se cometió contra él y por la firmeza de sus convicciones ahora reveladas o ratificadas por sus palabras. Tengo un gran respeto por quien sabe sufrir. Martí le escribió a María Mantilla: "No tengas miedo de sufrir, sufrir por una causa justa es bueno". El Chino ha sabido sufrir y nos ha dado una de las grandes lecciones de su vida con esa dignidad que quiero agradecerle otra vez, -ahora en público-, en este instante de gloria.

Quiero también recordar, que él apenas lo rozó, que entre las cosas magníficas del Chino está el haber sido instructor militar, por ejemplo, de Carlos Fonseca. El Chino está en la raíz de la Revolución cubana y de la Revolución latinoamericana. Y por todas estas razones, y por muchas más, está y estará siempre en lo más profundo de nuestros corazones.

La Habana, 16 de febrero, 2002

Comentarios

  • Aly ChimanAly Chiman publicado el 30/08/2018 15:45 #

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