Calavereando

Calavereando

Vasos de cubalibre, ron en strike y refresco de cola, iban y venían entre miradas, comentarios y bromas. Al ratico, las bandejas empezaron a escasear.

—¡Hay tibieza!, dijo el artista, dirigiéndose al pantry.

Tibias, peronés, radios, cúbitos, fémures, costillas, cráneos... esqueletos íntegros, con ropas o sin ellas, parecieron escoltarlo hasta la mismísima puerta. Ellos, los primeros en llegar, tenían asegurado lo suyo. Y contemplaban, ajenos y sin dejar su sorda, inaudible diversión, cómo a los vivos se les terminaba lo (el) material, eso que ellos disfrutaban eternamente en el "otro mundo".

Apresado en ese medio ambientado con figuras grabadas, me creí asaltado por cierta revelación. Por primera vez veía en la obra de Julio César Peña un alcance más trascendental. Ni las enormes dimensiones de los grabados en madera que exhibió en La Joven Estampa, en 1999; ni otros de la misma temática que había visto en La Huella Múltiple de este año y en el Encuentro de Grabado anterior, me habían parecido más cargados de sentido que ese contrapunteo relativista entre la vida y la muerte, una cadena existencial donde el público que asistía a la inauguración participaba en una suerte de performance reproduciendo, tal vez sin darse cuenta, lo que el arte (y la "no vida") prefiguraban desde la pared.

Se potenciaba nuevamente el humor negro de Julio César Peña, cuya obra recuerda mucho a la del grabador José Guadalupe Posada, cronista satírico de la Revolución mexicana, creador de raíz y proyección popular que fue muy admirado por los muralistas coterráneos. Su famosa Katrina, esqueleto vestido de mujer, fue homenajeada por Diego Rivera en un fresco cuyo principal foco de interés comparte con José Martí, Frida Kahlo y el propio pintor (niño).

No obstante, Julio César Peña afirma que cuando empezó a representar sus esqueletos humanos en actitudes mordaces, no conocía las xilografías del Posada mexicano. Fue el reconocido grabador cubano Antonio Canet, en 1995, el primero en comentarle sobre la similitud, en el momento en que J. C. Peña ingresó en su taller Carmelo González, en La Habana Vieja. A partir de ahí, este holguinero nacido en 1969, que solo hacía dibujos y pinturas de manera casi autodidacta, integró el grupo UPA (Unidos Por el Arte). Y tras la mención alcanzada en 1997 en el encuentro para jóvenes grabadores latinoamericanos organizado por Casa de las Américas, fue admitido en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana; institución que celebra sus cuarenta años con una exposición antológica (no retrospectiva), en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Sin embargo, Peña, que ha incorporado varias técnicas del grabado (litografía y colografía), reconoce alguna influencia de Posada en esas crónicas sociales que hace. Sin su preciosismo lineal, aun cuando emplea la misma técnica (la xilografía), Peña traslapa la mirada desenfadada del pueblo mexicano hacia la muerte y la enlaza con lo más alegre de nuestras tradiciones e idiosincrasia: la rumba, lo campechano, la exageración, el carnavaleo, el reírnos hasta en las peores circunstancias.

Ya en 1999, el prestigioso jurado de La Joven Estampa le entregó el premio único e indivisible del concurso por Entre amigos y Coge tu anchar aquí, "donde se observa la fuerza de unas imágenes de rica tradición latinoamericana renovada con virtuosismo técnico y aguda significación, demostrando que el grabado como ventana crítica abierta con economía de medios, descarna nuestra realidad y sigue siendo un recurso tan ético como estético".

Hoy es un artista reconocido que tiene en su haber, además, una mención en la XIII Bienal del Grabado Latinoamericano y del Caribe (San Juan, Puerto Rico, 2001), y el Gran Premio en la Trienal Internacional de Grabado de Kunagawa (Japón, en el mismo año); y que, luego de varias exposiciones en Cuba y en el extranjero, con el mismo título y tema, sigue "calavereando".

Tomado de Juventud Rebelde

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