Cuba en Carlos Pellicer (II)

Cuba en Carlos Pellicer (II)

En Cuba bailé un danzón / —impresión de baño de mar—, / adivinad: punto y guión. / La Habana / con su abanico suave / y su mujer imposibilitada / para ser Beatriz. / (Allí han estado Cleopatra Faraona / y Teodora Emperatriz.) / El que de Roma va pierde su Roma. / Cigarro y hembra viva; madrigal de Hafiz.

Pellicer reflejó aquel primer acercamiento a Cuba en su revelador libro Piedra de sacrificios. Confirmó su capacidad de observación y síntesis, su voluntad de juego formal y no poco humor hiriente. En la música popular que conociera en el puerto habanero —ese danzón que México hiciera suyo—, en el rocambolesco pintoresquismo insustancial y envolvente, imponía su reino un folklorismo paternalista plagado de concesiones a una frugalidad inconsecuente.

Como la España de pandereta impugnada por Machado accedía a arquetipos acariciadores de lo más insulso, la Cuba de entonces lo era de maracas y bongó, de turismo soez y bullanguería carnavalera elevada a rango de fatal idiosincrasia. El poeta supo ver la vergonzosa tragedia de una entrega demasiado brutal para disimularla con sensualidades. En su extenso "Poema iberoamericano" precisó la mirada, como quien achina los ojos para arrancarle al entorno fragmentos de cruda verdad.

Llegado a Cuba por aguas marítimas que resultaron vasos comunicantes para enriquecerle pálpito, mirada, cauce y plena dimensión a su sensibilidad, era previsible la cercanía del poeta Carlos Pellicer al entorno umbrío y floreciente de un paisaje visto desde la precisión labrada de su poesía. Alentado por su pasión americanista, relación íntima y decantada con asuntos que marcaron los avatares del Continente, fue previsible que a su delectación vinculara dolores y esperanzas, una historia que por demasiado tiempo dejó heridas sin cicatrizar. Hallaría una Habana, "naval y bailarina", cuyos enigmas desentrañó a un golpe de ojos.

No lo engañó la apariencia sonriente de un país donde muchos observadores perdieron brújula: "Tu azúcar endulzó mi sed marina", escribió en diálogo de sabia intimidad con el paisaje, pero supo que aquel "galeón de atesoradas maravillas", de cuya "alta proa sale el sol", era un "bello navío pirateado / por un pacífico ladrón". Cálido buque de los trópicos, / tórrido signo de pasión / ? cuyas? palmeras inflamadas / un sol de ocaso abanderó, / ? lo? estranguló con mano higiénica / el yanqui cínico y brutal. En un panorama de guaracha y tamboreo, golpes de caderas portuarias y los mil artilugios de una sensualidad a flor de piel, demasiado encarecida incluso por "pensadores" de aquel momento cubano (1925), mitad de una década de solemnes vanguardias soslayadas por una realidad en extremo ingrata, Pellicer dejó una observación insoslayable. Con drástica pincelada de razonamiento caló en una realidad que se presentaba esquiva: Civilizáronte y perdiste / tifo, alegría y libertad. Sin soslayar la alegría contaminante ("En Cuba bailé un danzón..."), vio detrás de la martilleante fanfarria: Entre el danzón de tu apogeo / corre la sombra de tu ruina.

Otros acercamientos tuvo Pellicer a la Isla en su poesía, varias visitas alimentaron su percepción poética. Como hiciera con los significados trascendentes de América, en Cuba buscó la historia, la almendra viva de nuestra nación. Su poema "Las estrofas a José Martí" (1953), sumó evocación, homenaje y meditación. Vio a Martí en su derrotero, que resultó ejemplarizante, en un designio que arrastraba ingratitudes y no se presentaba más promisorio en su futuro: Todo el mar de la Isla se congrega / al hilo de tu nombre. Lo acercó a su pecho. Lo sintió cercano: "¡Qué idioma que entre diamantes sacas!" Martí entraba por derecho propio en su cosmos, aunado a lo mejor del entorno americano.

En 1974, invitado a participar en una evocación de Rubén Darío, Pellicer accedió a un "convite de sonidos" que le hiciera José Lezama Lima. Se trataba de entrar en la estructura de la décima, tan cara a poetas cubanos. Fue, posiblemente, su única incursión en terrenos de Espinel, según información de Carlos Pellicer López (febrero de 1987). Se incorporaba a una tradición insular y allí, por imperativo del paisaje y por fijación a sus temas entrañables, estaban de nuevo el mar, la amistad, la observación del entorno y la primera persona poética que tanta hondura dio a su obra. La décima, sin que sobresalga en la valiosa obra pellicereana, reúne sus elementos: Toda la arena del mar / y contada una por una / sería cosa ninguna / para ponerse a alabar / lo que aquí se ve y se siente, / pues al hablar con la gente / todo parece cambiado, / de tal manera que el mar / que me golpea la frente / me canta lo no contado.

Como siempre, impuso la forma y el rigor para controlar el verbo —algo que cuarenta y nueve años antes, como conveniente exigencia, encomiara el Vasconcelos prologador de Piedra de sacrificios. En la Isla, y entre poetas amigos que evocaban a otro grande de América, Rubén Darío, observó una encrucijada de salitre, recurrió a sus aguas persistentes y nutricias, "el mar que me golpea la frente" y asumió la tarea de "cantar lo no contado". Fue gentileza y bonhomía de Carlos Pellicer acercarse a nuestro entorno de trópico desde sus propios y genitores trópicos.

Tomado de Juventud Rebelde

Comentarios

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