Entre líneas e hilos, más allá de un pasatiempo

Entre líneas e hilos, más allá de un pasatiempo

se me revelaba con un lenguaje que me permitiría ir más allá de leerla con letra de imprenta o acompañarla a hacer realidad algunos sueños caribeños. Había descubierto a la Nancy, amante del arte, feliz punto de partida para un reencuentro.

No me atrevería a leer su obra plástica desde el vicio de la definición del crítico de arte, amarrándola a un estilo o encasillándola en uno u otro lenguaje. La sutileza de su simbolismo lírico, su capacidad metafórica y la mirada poética que habita en sus papeles no me lo permiten; sus señales me invitan a otro recorrido; sus elementos significantes me conducen más bien a lo que el crítico francés Alain Jouffroy, refiriéndose a la obra del cubano Agustín Cárdenas, denominara continente emocional.

La inclinación de Nancy hacia el arte se hace visible en toda su poesía, y va más allá de la evocación o de la pretensión por establecer puentes; es una especie de conciliación consigo misma, la certidumbre del encuentro a plenitud con un universo con el cual quiere compactarse. En una mágica simbiosis dibuja a la poesía y viste de poesía al dibujo.

Ana Mendieta reaparece en sus cuadernos a la manera de Chagall, como un papalote planeando sobre los techos rojos de las casonas del Cerro antiguo; Rene Portocarrero en el aliento de una Flora suya, las leyes de la flor contempla Flora; Antonia Eiriz sonríe y el flautista de Hamelin ya la viene a buscar y los dos saltan, saltan, como dos buenos reyes frente a sus huestes embrujadas; Brueghel pinta la soledad del alma; en su red de jaulas y de nylon, hablando con Juan Gris, duermen pimientos. Desde la mediación simbólica, la memoria de Wifredo Lam, Loló Soldevilla, Marcelo Pogolotti y Martinez Pedro atraviesan sus versos.

Como retazos de su vida, la más íntima, la de extrema espiritualidad, la que evade la convulsa experiencia cotidiana, cobran vida desde hace unos años, compartiendo el tiempo de la palabra_ en dibujos sobre papel_ una galería de pierrots, cemíes y ciudades imaginarias; apuntes de un mundo esperanzador.

Sus personajes, deudores de la iconografía lorquiana, melancólicos y solitarios, transpiran silencio y calma, navegan un espacio inventado, intemporal, portando secretos, vibrando en lo ilusorio, tal como cuando la propia artista nos mira fijamente pero no pertenece a nosotros sino a la espesa trama de sus sueños

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