Julio Cortázar, un continente y un libro

Julio Cortázar, un continente y un libro

Debo rememorar esta historia por Julio Cortázar, por nuestra América Latina, por mí mismo. Las declaraciones del inmenso escritor conmueven y vibran tres décadas después. Dijo Julio: “Estuve a verlo en la medida que se trata de un escritor que viene a visitar a otro que admira. Estaba al tanto de quien era Galarza Zavala en París, pues allí conocí su obra poética y especialmente su libro sobre el petróleo, que me conmovió, porque es una defensa de la soberanía ecuatoriana. Leyendo ese libro le admiré. Por eso, de paso por Quito, me pareció elemental conocerlo y establecer un contacto personal con él, estrecharle la mano”.

Julio se quedó en mi celda toda esa tarde, en que también se hallaban presentes familiares míos y un par de amigos. Hablamos de muchas cosas, me refirió la dura situación de Argentina bajo la dictadura militar que la oprimía y desangraba, mencionamos libros, planes literarios, hice para él un resumen oral de algunos cuentos de nuestro Pablo Palacio, cuya obra no conocía y que le inspiró una amarga reflexión sobre el continente, dijo: nos desconocemos los unos a los otros; somos países balcanizados.

Cuando abandonó mi celda, tuve la seguridad de que yo había ganado para siempre un verdadero amigo y que Julio, en su conducta solidaria, era diferente a otros escritores que conocía, temerosos o mezquinos en sus sentimientos. No me equivoqué. Durante cerca de dos años, hasta mi excarcelación en noviembre de 1974, recibí innumerables muestras de su singular amistad. A su gestión se debió, por ejemplo, una carta abierta al General Rodríguez Lara que, aparte del mismo Julio, la suscribieron, entre otros, Gabriel Garcìa Márquez, Miguel Angel Asturias, Mario Vargas Llosa, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Regis Debray; carta en la que se expresaba: “Jaime Galarza es el autor del libro El Festín del Petróleo, que muestra con abundante documentación y datos los peligros que se ciernen sobre el Ecuador, frente a las tentativas extranjeras para monopolizar la inmensa riqueza petrolífera del país...Jaime Galarza tiene que continuar libre su destacada labor.”

Uno de los más hermosos y decididos gestos de Julio, en este mismo rumbo de solidaridad, fue su tentativa de visitar en Buenos Aires, luego de Quito, a otro prisionero político, Francisco (Paco) Urondo, poeta, ensayista y periodista argentino, acusado, él también, de actos subversivos. Los sabuesos de la dictadura no lo permitieron, por lo cual Julio publicó en el periódico Liberación una epístola titulada Carta muy Abierta a Francisco Urondo, en la que dice: “Si a vos no se te puede ver, resulta que a otro sí. Me las arreglé en Quito, hace apenas dos meses, para ir a pegarle un abrazo a Jaime Galarza. Hablamos largo del Festín y de otros petróleos de este continente, yo aprendí algunas cosas, que acaso serán útiles cuando vuelva a Francia... Ahora sé de veras quién es Jaime Galarza, ahora me siento más fuerte porque su prisión, las cicatrices de la tortura en sus muñecas, serán, como otras tantas, parte de mi fuerza”.

Julio no pudo ver libre a Paco Urondo. Liberado al cabo de unos meses, la dictadura intentó detenerlo nuevamente; esta vez el valeroso argentino defendió a tiros su libertad, que era la de su pueblo, pero cayó acribillado. Julio sufrió mucho por esta muerte, que también a mí me marcara con fuerza, aunque nunca conocí a este hermano en el dolor y la esperanza de América Latina. Hermano que, curiosamente, había nacido en el mismo año que yo naciera, padecía el mismo mal de las letras y combatía por los mismos sueños.

Después de la caída de Paco Urondo, Julio redobló sus esfuerzos en Europa contra las dictaduras que asolaban al continente, bajo el doble signo del fascismo y la CIA. En todo aquel trajín acompañado por su compañera de entonces, Ugné, la loca lituana, como la llamaba Julio, y a quien mucha gente en el mundo le debe solidaridad, especialmente los propios lituanos, a varios de los cuales encontré en casa de ella, en París, en 1988, quejándose amargamente del exilio real al que vivían sometidos a causa de la dominación soviética sobre su pequeña Lituania.

La última vez que nos encontramos con Julio fue en Roma, en noviembre de 1975, durante la sesión del Tribunal Russell convocada para juzgar los crímenes de las dictaduras de América Latina. Con el apoyo de Julio y de García Márquez pude también yo exponer el carácter represivo y reaccionario del triunvirato que se había instaurado en el Ecuador, bajo la presidencia del Almirante Alfredo Poveda y las ambiciones sin límite del General Guillermo Durán Arcentales. Mi exposición aclaraba el panorama político del Ecuador contra la increíble versión , llegada a Roma desde acá y publicada en Unità, diario del Partido Comunista Italiano, según la cual el golpe militar que acababa de derrocar al gobierno de Rodríguez Lara, era un “golpe hacia la izquierda”.

Dos años después, en 1977, un hecho programado por la Casa de las Américas , de la Habana, nos unía, sin que nos encontráramos, en una obra singular: un par de discos con poemas dedicados a Ernesto Che Guevara, en las voces de sus autores, donde los dos decimos nuestros versos; él con su voz cálida, transparente, grave:

    Yo tuve un hermano.

    No nos vimos nunca

    Pero no importaba.

    Yo tuve un hermano

    Que iba por los montes

    Mientras yo dormía.

Pasaron varios años de esta historia. Un día de febrero de 1984, en medio de penosos sucesos familiares, al hojear un diario en un hospital de Quito, me enteré que Julio Cortázar había fallecido la víspera. Sentí como nunca la injusticia de la muerte, que nos privaba de tan valeroso defensor de la vida. Hoy, a los 30 años de aquella sorprendente visita de Julio, sus gestos, sus libros, su abrazo continental forman parte de mi fuerza.


*JAIME GALARZA ZAVALA: Escritor y periodista ecuatoriano, autor de una veintena de libros.

Tomado de Rebelión

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