Rayuela: la magia de Cortázar

Rayuela: la magia de Cortázar

Lento, sonriente, con su barba y aire juvenil, el mismo de siempre, un porteño simpático, más cercano a un ex basquetbolista, a un viejo actor de los años 30, que al mágico autor de Rayuela, Bestiario, Las armas secretas, Final del juego y el Último round, entre otras.

El boom literario había estallado en América latina y Cortázar formaba parte de esa espectacular promoción de nuestra literatura y aunque se pusiera en tela de juicio el objetivo de ese marketing global, este argentino nacido en Bruselas, tenía todos los méritos para estar en primera plana. Cortázar regresó a los cuatro años a Banfield, un suburbio de Buenos Aires y contaría que su primera novela la concluyó a los nuevo años, pero no las tuvo todas consigo porque la editorial Losada le rechazó El examen.

Con su cuento El perseguidor y Rayuela, Cortázar conquistó a sus lectores en Chile, los que éramos en ese entonces, aprendices de escritores y periodistas, bohemios de chácharas infinitas nocturnas, que deambulábamos como Oliveira y la Maga. Paris, Buenos Aires, la gran ciudad para estos provincianos santiaguinos, grises, aun no por el smog, pero sí por la narrativa, la manera de vestir, vivir, de dejarse borrar por el fin del mundo, la insularidad y una manera de ausentarse del bullicio, de la historia, de las grandes tragedias políticas de América latina.

Cortázar, un rebelde que no se hacía notar, mago de las palabras, rey huérfano del existencialismo, hace 40 años nos empujó hacia un laberinto de libertades. Eso es Rayuela para mí, la excentricidad de la vida que nos habla Cortázar, en nuestro propio mundo. Ingresamos al subterráneo del alma, pero nos comprometemos con los personajes, los sentimos, caminamos sus pasos, porque Cortázar nos enseña a quererlos, ellos son la realidad detrás de la realidad, lo cotidiano y verdadero. Novela, antinovela, Cortázar desató la polémica, se enfrascó en el ojo de la tormenta con los "regionalistas", el señor urbano, "afrancesado", porque eran los polémicos, debatidos, democráticos, dorados años sesenta y comienzo de los setenta, hasta que se derrumbó el sueño en una buena parte de América latina. Su calidoscopio se abrió potente frente a las estrellas y las siguió multiplicando.

El escritor argentino que vivía en París no abandonaría la polémica, el sentir latinoamericano, los social, y la propia Argentina, ya en su galopante y devastadora dictadura militar. Hombre de compromisos, los asumió hasta el final de sus días. Pero, sin duda, su mayor lealtad era con la escritura, la literatura, la palabra, lo que éstas decían más allá del enunciado. Él mismo lo reconoció más de una vez. No se conformaba con la palabra madre, investigaba qué quería decir, por qué, qué había detrás de ella. Así era Cortazar, la realidad real no le convencía. Y, pienso, afortunadamente para nosotros sus lectores y la literatura.

Ello me tiene, 40 años después de ser publicada Rayuela, hojeando con nostalgia una edición de 10 mil ejemplares, que compré en una larga cola en La Habana, en 1969. Salvada de los incendios y allanamientos pinochetianos, esta Rayuela ha mostrado su verdadera cara y color amarillo, con un gran ribete rojo, luego que se le cayera, más de 30 años después, su forro de papel café de envolver pan y paquetes. Entre medio, se me perdieron dos Rayuelas, una en Chile y otra en Panamá, en los misterios que imponen algunos tránsitos. El Prólogo de José Lezama Lima, es otra novela dentro de la novela, como sabía hacerlo ese monstruo barroco devorador del tiempo y de los espacios que se desayunaba pantagruélicamente con los griegos, latinos y clásicos de todos los tiempos.

Para Lezama, el virtuoso tropical de Trocadero, Rayuela posee infinitas compuertas, sucesivos crujidos, como el ordenamiento arenoso de la piel de la cebra. Sus círculos, señala, sus variantes y reencuentros de páginas, surgen de esas infinitas defensas sicilianas, dándole un intransferible relieve a las figuras que terminan por coincidir, después hablar, después soplarse. Cortázar, continúa Lezama Lima su propio universo rayuela laberíntico, señala a su manera esas compuertas donde convergen orientalismo, bromas megáricas, eleatismos: vacío original, primer vacío, segundo vacío, el vasto vacío, el extensísimo vacío, el seco vacío, el vacío generoso, el vacío delicioso, el vacío atado, la noche suspendida, la noche fluyente, la noche gimiente, la hija del sueño intranquilo, la alborada, el día permanente, el día brillante y por último el espacio.

Este es Lezama, desmesurado, Rayuela dentro de la rayuela. Y nos apunta hábil y magistralmente con sencillez: Cortázar nos hace visible cómo dos personajes sin conocerse pueden contrapuntear una novela. Después se conocen y se niegan a formar parte de la novela. Lo anterior a su coincidencia, subraya Lezama Lima. Lo anterior a su coincidencia, que es lo que desconocemos siempre, forma la prueba de las verdaderas novelas.

Rayuela fue calificada por algunos en su tiempo, de novela intelectualoide, narrativa de café, una especie de camisa importada, en Nuestra América mestiza. Un porteño afrancesado, alejado de nuestras realidades, inventor de mundos inexistentes, jazzista inconcluso, en fin, no en vano la infancia de Julio Cortázar había transcurrido en Banfield, en los suburbios del sur de la ciudad porteña, y después haría clases de literatura en la universidad de Cuyo, Mendoza. Vivió en Argentina desde 1918 al 51, tiempo suficiente para sentirse latinoamericano, y sobre todo vivir nuestro ambiente político, económico y social. Hoy sus pares viven en Londres, Madrid, México y París, desde luego, la ciudad luz.

Nadie dice que la novela no sea universal, que no tenga comienzo ni fin. Borges, que nunca salió de su biblioteca, recorrió el mundo, fijó su capital y domicilio en Buenos Aires, y dio unos buenos tirones de oreja a la literatura universalmente argentina, hasta que se fue a dormir para siempre a Suiza. Cuando se inició Cortázar en la literatura con su poema dramático Los reyes, en 1949, Borges ese año editaba El Aleph, un referencial borgeano.

Dos años más tarde, Cortázar escribiría Bestiario y se iría a establecer a París con una beca. Había comenzado su meteórica carrera de escritor de "primera línea", aunque estaban por escribirse el texto fundamental de su obra: Rayuela, esta obra caótica, aparentemente, sin comienzo ni fin, que nos vendría a decir que la novela soporta todo, y que es la realidad detrás del espejo.

Se instalaría en París con su repertorio bonarense, el muchacho de Banfield. Desde la capital intelectual, mítica soñada, amada por los artistas, Cortázar construyó su mundo, un imaginario, pero lo extendió a Buenos Aires, no se quedó en las luces de la ciudad luz, sino nos nostalgeó con la ciudad porteña.

En Rayuela está el Cortázar residenciario, y él lo reconoció, con esa modestia que le caracterizaba, la profundidad de sus nostalgias, el sabor de su propia historia universalizada, latinoamericanizada, y de alguna manera le quitó el corsé a la novela, la cabalgó de punta a punta, sacó varias cabezas gardelianas, y no se montó en ningún show, cuando hizo literatura dentro de la literatura, ficcionó la historia o contó las cosas sin pelos en la lengua. Rayuela se quedó en el inconsciente colectivo de nuestra generación en lo sesenta y algo, y también en la de los setenta, y como referencial de la literatura latinoamericana.

Ya la narrativa no sería igual. Sé que es una mala frase y que tal vez no le gustaría a Cortázar, si la leyera, pero es real. Le quito anteojeras a esta insularididad del subcontinente, como Rulfo, Carpentier, García Márquez, Onetti, Borges, desde luego, y no están todos los de atrás y los que vienen, pero para no extendernos. Levantó la pesada costra provincial de Latinoamérica, con el perdón de quienes suponen que esto es un insulto, cuando se trata de un reconocimiento al gigantón desgarbado con cara de niño bonachón, que se mantuvo fiel a sus ficciones y realidades.

Rayuela es como una caja de Pandora, qué frase cliché, pero afortunada por lo real, la dimensión de lo que quiere decir, que siempre es más, para fortuna del lector, que puede poner un pie y la mirada en cualquier página y disfrutar su lectura, atravesar sonriente el vacío con boleto de ida.

No es mala la comparación la que hace Luis Harss con Ulises, de Joyce; de ninguna manera deja de ser interesante leer a Carlos Mosiváis cuando nos dice que en esta obra hay nostalgia y evocación, presencia y augurio, y Angel Rama sostiene que estamos ante un escenario de despilfarro de invención para contar.

Abro el azar, para comprobar mi Caja de Pandora amarilla, editada por Casa de las Américas, de Cuba, y sale la página 479:" Las vidas que terminan como los artículos literarios de periódicos y revistas, tan fastuosos en la primera plana y rematando en una cola desvaída, allá por la página treinta y dos, entre avisos de remate y tubos de dentífrico". El destino del dedo, del acierto es increíble, el de Julio Cortázar, por supuesto, para hablarnos de la Argentina pos Menem, sin proponérselo, como debe ser en una novela no escrita para el viento.

Rayuela nos vino a llenar un espacio de nuevas realidades, condenadas al olvida, expuestas en la vereda de la vida, contravía, humeantes en un café o club, donde la sombra y el cuerpo se mimetizan, los objetos relucientes alcanzan su verdadera dimensión y lugar. La novela es una gran noticia, parodiando a mi manera a Pound, y lo recomendable es leerla, ahora que acaba de cumplir 40 primaveras.

Tomado de La Insignia

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