¡Julio!, los cronopios te saludan

¡Julio!, los cronopios te saludan

Después, y en la buena compañía del duende de Trocadero, volvíamos a él, y estábamos en silencio, mientras le escuchábamos el "vos" y el jadeo asmático de Lezama Lima sólo se aplacaba gracias a los nebulizadores que el narrador argentino le proporcionaba. Eran días de sueños, utopías y polémicas.

Nacía Paradiso para que Julio Cortázar la prologase. Y devorábamos a Rayuela, emprendiendo los caminos de sus múltiples lecturas, las que indicaba el propio autor, con un sentido lúdrico colmado de travesuras, y todos nos proponíamos, también, encontrar otras variantes no sospechadas por su autor.

De la mano de la Clocharde recorríamos todos los puentes del Sena, vivíamos el ascéptico cinismo de Horacio Oliveira mientras tratábamos de comprender que "un pez era la exacta sombra de una nube violeta".

Todos los que escribíamos entonces, y emborronábamos las primeras cuartillas, teníamos a Julio como el supremo juez, conociese él o no nuestros "trascendentales" aportes a las letras del continente. Vivíamos en el "boom" aunque también, y afortunadamente, muchos preferíamos desandar los caminos de Boedo a Florida y toparnos con Marechal, el imprescindible Sábato y llegar a Borges, siempre de la mano de Cortázar.

Rayuela fue el detonante. Después de leerla ningún podía escribir en el pasado, el juego de la caja china encontraba su resonancia, y se traducía en reto para la mente y la escritura entre la muchachada del setenta.

En El Caimán Barbudo, revista literaria y cultural, entonces polémica y batalladora, no exenta de yerros, y en aquel número enigmático de enero de 1971, donde se editó todo integro con lo que entonces era la novísima poesía cubana, aparecieron mis "5 variaciones sobre un tema: Rayuela", es decir, los poemas a Rocamadour, a la Maga, a Pola, y también a Horacio y la Clocharde.

La sensualidad y el sexo, desde la desmitificación del pecado, como expresión natural de la especie, se sumaba a la música de los Beatles como asidero de una renovación cultural que debe, en mucho, su mayor impulso a aquellas páginas de su Rayuela: "siempre/ascendiendo/sin saberlo/como un zig/zag del uno al/diez rayitas y/en el blanco", como me apresuré a afirmar en mi poema "Horacio".

Otros podrán acercarse al Cronopio con ínfulas académicas, que no desdeño. Prefiero hacerlo desde la emotividad de mis recuerdos. Desde la apropiación personal que hicimos de aquella obra y de aquel hombre, verdaderamente nuestros para siempre, no como el comodín de una moda de circunstancias, sino como legítima expresión de una cultura.

Muchos fueron los nombres del panteón del Boom, y leímos a Vargas Llosa, a Carlos Fuentes, a García Márquez, al magnífico Roa Bastos, pero entre todas, sobresalía la de Julio, que nos llevaba de la mano a una "tanguedia" que sólo volveríamos a ver cuando el Pino Solanas nos regaló las imágenes de Sur.


Tomado de CubaAhora

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