El recurso del supremo patriarca

El recurso del supremo patriarca

Antes que nada una aclaración: el título de este trabajo (que obviamente va a tratar de tres novelas: El recurso del método, de Alejo Carpentier; Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos y El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez) no es mero juego de palabras. Por algún extraño azar, estos tres notables narradores apelaron al mismo recurso: narrar la vida de un dictador latinoamericano, ese supremo patriarca que en un caso (el de la obra de Roa Bastos) tiene nombre y apellido, y en los otros dos es algo así como un ente promedial.

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En el primer cotejo quien sale extraordinariamente favorecido es Augusto Roa Bastos, ya que el saldo cualitativo que va de su obra anterior (por cierto muy estimable, en especial la novela Hijo de hombre) a Yo, el Supremo, es sencillamente notable. De ser un buen novelista local, este paraguayo se eleva ahora (entre otras cosas, por haber profundizado en su esencia y raigambres nacionales) a la categoría de un escritor latinoamericano de primerísimo rango.

Aunque el juicio pueda parecer irreverente, estimo que, desde Pedro Páramo, la excelente narrativa latinoamericana no producía una obra tan original e inexpugnable como Yo, el Supremo. En ese lapso se publicaron por lo menos diez o doce grandes novelas, notables en algunos casos por su nivel estrictamente literario, en otros por la oportunidad del tema o el carácter testimonial, y entre otros más por su propuesta experimental. Pero quizá ninguna como la de Roa sea a la vez un excepcional logro literario, un testimonio apasionante y una obra de vanguardia.

Me atrevo a decir que Yo, el Supremo pasará a integrar la todavía magra lista de nuestros clásicos, siempre que concedamos a esta palabra sus connotaciones de obra maestra, garantizada permanencia, solidez estructural y expresión artística de todo un pueblo.

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Tampoco en Roa Bastos había sido el humor un recurso primordial de sus narraciones anteriores. Ahora, en Yo, el Supremo, sin llegar a constituir una primera prioridad, el humor es, sin embargo, un elemento esencial que el autor pone al servicio de su tarea mayor: el tratamiento (y desecación) del mito del poder absoluto. En medio de ese colosal fárrago de ideas y delirios que es el gran monólogo del Supremo, Roa apela a un humor que es creación verbal: «almastronomí», «panzancho», green-go-hom», «clerigallos», «historias de entretén-y-miento», «uno rasga la delgada terita himen-óptera», «contra la cadaverina no hay resurrectina», etc., son apenas algunas de las incontables invenciones verbales, solo comparables a las que Joyce primero, y Guimaraes Rosa después, incorporaron al consumo literario. Pero el humor del Supremo es sobre todo imparable escarnio. Su monumental discurso eleva de pronto el libelo a la categoría de obra maestra. Pocas veces se ha visto en la literatura universal, y menos aún en la latinoamericana, un manejo tan artísticamente logrado del agravio, el sarcasmo y la blasfemia.

Quizá la clave de esta proposición, que también es estética, la haya encontrado la hispanista británica Jean Franco, quien al comentar la novela, señala que «el purgatorio del dictador es que solo vive en el lenguaje de los otros, de modo que aun su autojustificación es apenas una respuesta a las acusaciones». Ese carácter de respuesta es probablemente el que mejor explica el rencor de la invectiva. Testigos verídicos, pero también cronistas semiveraces y hasta calumniosos, sembraron la historia paraguaya y las notas viajeras de contradictorias imágenes del doctor Francia, el Supremo.

El propósito de Roa Bastos consta en una entrevista que concedió en Lima: «Yo creo que la manera de leer la Historia exige una serie de exploraciones nuevas a cada lectura [...] Creo que la Historia está compuesta por procesos y lo que importa en ellos son las estructuras significativas: para encontrarlas, hay que cavar muy hondo y a veces hay que ir contra la Historia misma. Eso es lo que yo he intentado hacer y es lo que más me costó en la elaboración del texto: este duelo, un poco a muerte, con las constancias documentales, para que sin destruir o anular del todo los referentes históricos, pudiera, sí, limpiarlos de las adherencias que van acumulando sobre ellos las crónicas, a veces hechas con buena voluntad pero con mucha ceguera.»

La del autor es, por lo tanto, una doble faena: rehacer de alguna manera la verdadera historia, y otorgar a la reconstrucción una dimensión rigurosamente novelesca. La hazaña de Roa es haber triunfado sobre el desafío que él mismo se impuso.

Es interesante releer ahora unas reveladoras palabras del protagonista-testigo de Hijo de hombre, la anterior novela de Roa: «Mi testimonio no sirve más que a medias. Ahora mismo, mientras escribo estos recuerdos, siento que a la inocencia, a los asombros de mi infancia, se mezclan mis traiciones y olvidos de hombre, las repetidas muertes de mi vida. No estoy reviviendo estos recuerdos, tal vez los estoy expiando».

¿No podría ser esta una adecuada síntesis del gigantesco monólogo del Supremo? ¿Qué cosa es esta novela sino una Gran Expiación, un largo y pormenorizado recorrido por las repetidas muertes de una vida? De los tres grandes personajes que considero en este trabajo, el Supremo me parece la única figura (a pesar de los rasgos de oscuro humor antes señalados) que tiene una indudable dimensión trágica. Más que la influencia de otros novelistas, del pasado o del presente, veo aquí la presencia de los grandes trágicos griegos.

Con sus contradicciones, con su sentido absoluto del poder, con sus constantes desafíos al destino, el Supremo podría haber sido un personaje de Esquilo o de Sófocles. Y hasta ese retorcido escriba Patiño (a quien podría aplicarse sin desperdicio el retruécano que, en la novela de Carpentier, consagra Ofelia a Peralta, el amanuense del Primer Magistrado, cuando este lo llama «Maquiavelo de bolsillo» y ella retruca: «Ni eso: si acaso el bolsillo de Maquiavelo») cumple a veces la función de coro griego.

Hay un lenguaje sobrehumano en ciertas constancias del Supremo: «YO no soy siempre YO», «YO no me hablo a mí», «YO he nacido de mí», «YO no escribo la historia. La hago», y particularmente este párrafo impecable: «Estar muerto y seguir de pie es mi fuerte, y aunque para mí todo es viaje de regreso, voy siempre de adiós hacia adelante, nunca volviendo ¿eh? ¡Eh! ¿Crecen los árboles hacia abajo? ¿Vuelan los pájaros hacia atrás? ¿Se moja la palabra pronunciada? ¿Pueden oír lo que no digo, ver claro en lo oscuro? Lo dicho, dicho está. Si solo escucharan la mitad, entenderían el doble. Yo me siento un huevito acabado de poner.»

Varias veces se ha hablado, a propósito de El otoño, de «la soledad del poder». Pero tal vez no exista (al menos, en la región literaria) un poderoso más solo, más obstinadamente solo, que el Supremo. Hasta Sultán, el perro viejo que lo acompaña con hostil lealtad, es, como él, «misógino y cascarrabias». Allá por la página 156, el Supremo recuerda una frase del Aya, que es un prodigio de síntesis: «Nadie sabe desertar de su desgracia».

El poder es (entre otras cosas) la desgracia del Supremo, una malaventura de la que desertará solo con la muerte, cuando Él (en una dualidad que es también formidablemente teatral) venga a llevarse al YO: «Está regresando. Veo creer su sombra. Oigo resonar sus pasos. Extraño que una sombra avance a trancos tan fuertes. Bastón y borceguíes ferrados. Sube marcialmente. Hace crujir el maderamen de los escalones. Se detiene en el último. El más resistente. El escalón de la Constancia, del Poder, del Mando». Desertará del poder con la muerte, pero el poder lo acompañará hasta el último escalón de la desgracia. Eso se llama revolución, claro.

Algo que de alguna manera avizoró Roa Bastos, cuando expresó en relación con su novela última: «Yo, el Supremo me acercó a uno de los hallazgos más fértiles de mi vida de escritor: que solo importa el libro que hacen los pueblos para que los particulares lo lean. Yo, el Supremo es, aunque suene extraño, una objetivación del subjetivismo, o sea, la historia de un subjetivismo llevado a extremos casi inverosímiles (hay trozos en que solo la historia, presente en los documentos al pie de página, les da patente de credibilidad) y esa monstruosa suma de poder acaba siendo una resta: la tremenda disminución del no-poder.

La lucidez con que el Supremo ve, en ciertas instancias de su vida, las claves de transformación política capaces de convertir a su dolido Paraguay en una nación hecha y derecha (como simple curiosidad, vale la pena citar este fragmento de El recurso, donde el Primer Magistrado parece tenderle una mano, o quizá una garra, al Supremo colega: «Si, por caprichosa voluntad del Todopoderoso, las carabelas de Colón se hubiesen cruzado con el Mayflower, yendo a para a la isla de Manhattan, en tanto que los puritanos ingleses hubiesen ido a parar al Paraguay, Nueva York sería algo así como Illescas o Castilleja de la Cuesta, en tanto que Asunción asombraría al mundo con sus rascacielos, Times-Square, Puente de Brooklyn, y todo lo demás») no alcanza a justificar, ni mucho menos a hacer plena su existencia. El poder, con todas sus tentaciones de arbitrariedad, de injusticia, de crueldad, de corrupción, de omnipotencia, nubla y perturba esa lucidez, desgasta y finalmente deteriora aquella generosa voluntad de servir, convierte al portavoz de un pueblo en la aguardentosa voz de un viejo agonizante y rencoroso.

Por eso, las verdades manifiestas (por ejemplo, la tan compartible que figura en la pátina 385: «He dicho y sostengo que una revolución no es verdaderamente revolucionaria si no forma su propio ejército; o sea, si este ejército no sale de su entraña revolucionaria. Hijo generado y armado por ella») dejan paso a los odios, al rencor incubado y crecido, a la egolatría sin freno.

Uno de los más evidentes méritos de Roa ha sido no caer en el primario sectarismo de algunos historiadores, que satanizan o angelizan a las figuras de cierta dimensión temporal. El novelista paraguayo pone sobre el tapete los datos de que dispone, y sobre esos datos monta su aparato imaginativo. Pero el lector no tiene nunca la impresión de estar asistiendo a una prodigiosa mentira, sino tan solo a la provocativa, inteligente prolongación de las coordenadas de la realidad.

Tomado de Casa de las Américas. No 98. Septiembre-octubre 1976

Comentarios

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