Julio Cortázar, la maravillosa condición humana

Julio Cortázar, la maravillosa condición humana

Con su aire de eterno adolescente, con una inocencia natural, como un Rip Van Winkle recién emergido de su prolongado letargo, Julio Cortázar cuestionaba, preguntaba, debatía.

Sus años de intensa dedicación a la literatura en Francia, su alejamiento de las cosas de su tierra, lo habían distanciado del mundo concreto en el año en que lo conocí, exactamente en 1963.

Rehuía dar asesoramiento, como si esa asistencia pudiese extraerlo de su modestia, de su reservado decoro, de su tímido recato; no deseaba convertirse en un maestro, en un pontífice doctrinario.

Siempre advertí en él un cierto desasimiento de su contexto, una curiosidad inacabable, un tierno candor pueril unido a un apasionado interés por la justicia.

En carta fechada en 1967 confesaba autocríticamente que era un intelectual que había permanecido dieciséis años fuera de Latinoamérica, escribiendo con el solo fin de su regocijo personal.

Cortázar, efectivamente, emigró en 1951 de la Argentina, su patria, (había nacido en Bruselas, en 1914), y cortó sus vínculos con su continente hasta que triunfó la Revolución cubana.

Le ocurrió lo mismo que a Carpentier en la década del treinta, quien después de haber quemado sus naves descubrió su gran vocación de latinoamericano. Ambos pudieron ver desde una óptica supranacional, prescindiendo del nativismo y del color local, los problemas y contornos reales de su continente. Se convirtió en un hombre 'para quien los libros debían culminar en la realidad'.

Cortázar había creído que Paul Valery era el más alto exponente de la cultura occidental: un intelectual que transcurrió una vida consagrada a la meditación y a la creación, ignorando los desastres de la circunstancia humana.

Y súbitamente tomó conciencia de que el verdadero camino de un escritor era enfrentar a lo que él llamó 'su pobre y maravillosa condición de hombre entre hombres', es decir, ser testigo de su tiempo, aceptar su responsabilidad de participar en el destino histórico inmediato del ser humano.

Alto y magro, sumamente delicado y gentil, parecía un eterno adolescente, cualquiera diría que no iba a morir nunca. Estaba dotado de una inocencia natural que lo hacía preguntar con candor: poseía una curiosidad inagotable por cuanto le rodeaba.

El contacto con él dejaba una impresión determinante: se trataba de un ser profundamente ético, obsesivamente perseguido por la razón moral de su comportamiento.

Por ello escribió, como involuntario testamento, las palabras siguientes: 'En lo más gratuito que pueda yo escribir asomará siempre una voluntad de contacto con el presente histórico del hombre, una participación en su larga marcha hacia lo mejor de sí mismo como colectividad y humanidad.

Estoy convencido de que solo la obra de aquellos intelectuales que respondan a esa pulsión y a esa rebeldía se encarnará en la conciencia de los pueblos y justificará con su acción presente y futura este oficio de escribir para el que hemos nacido.'

En todas sus obras la sobriedad de su estilo va acompañada de un gran ingenio verbal, de una desbordante fantasía, de una firme voluntad de evadir lugares comunes, frases trilladas, de buscar siempre la frescura de su expresión, la novedad de cada vocablo electo.

Nos vimos en París, en la Maison de l'Amerique Latine, en junio de 1983, su penúltimo año de vida, durante una lectura que realizó de algunos de sus más recientes relatos. Lo vi por última vez en Nicaragua. Charlábamos en largas tertulias de sobremesa.

Tenía muy subrayados su ademán pausado, su lenta elocución, que indicaban al animal herido. La noticia de su muerte no nos sorprendió: la esperábamos desde hacía tiempo pero seguimos y seguiremos escuchando su voz.

Terminó su concierto con dignidad, como Madame Trepat, solo que esta vez ninguno distribuirá caramelos tras el cierre del telón

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