Elogio de la caza infinita

Elogio de la caza infinita

La dualidad crítico-artista vuelve a aparecer de un modo sofisticado, mediado por una “música metafísica”. Recuerdo inevitablemente “El escritor fracasado” de Roberto Arlt, que con su fiereza irónica tan particular, muestra la dualidad y el fracaso de un artista que sugestivamente se hace crítico profesional.

Aunque Bruno, el crítico de jazz, muestra su mala fe, su labilidad, sojuzgado al mercado editorial y con su ansia de gloria, no deja de decir algunas verdades ante lo necesario de la tarea de la crítica, que existe sin ninguna duda.

El esfuerzo de Bruno de dar caza a la particularidad de Johnny, a su existencia itinerante, puede ser el eco desesperado del intento de caza de Johnny respecto de esa nada en perpetua fuga. Lo dice entre paréntesis, dice de su imposibilidad en su “(yo ya no sé cómo escribir todo esto)”, escritura que le permitirá continuar con lo que sí puede contar.

El cierre del cuento, cruel, pone punto y aparte al personaje Bruno, le da coherencia a su queja: un hombre expectante a la satisfacción de su mujer. La pregunta es por dónde iba él mismo en su propia búsqueda.

La imagen de “una liebre que corre tras de un tigre que duerme” con la que representa a Johnny, es magnífica y me recordó a la paradoja de Aquiles y la Tortuga, a la que he vuelto sumida en la lectura del Seminario 20 de Jacques Lacan. Porque el tigre dormido no puedo representarlo sino en movimiento, porque algo se filtra en este relato y es el perpetuo movimiento de lo deseante.

Vuelve a presentarse como cuestión el síntoma y la obra de arte. En un punto, el síntoma puede ser la caza incesante de lo real. Y la creación también, en tanto Johnny o cualquier ser humano que haya nacido con el “don de crear” sin conciencia de cómo lo hace, resulta en un perseguidor de lo real.

El tiempo se hace innecesario en la creación, porque la creación es alrededor de un sintiempo en fuga permanente. Este colapso del tiempo también puede encontrárselo en “Las babas del diablo”, en la pregnancia de la escena que captura al fotógrafo.

El personaje Johnny Carter es merodeado por el narrador, intentando dar con la palabra que no logra nombrar. Es conocida la lectura de Bruno como el crítico que en un momento del relato descubre que también él se torna necesario para el artista, sin liberarnos de la condena de sus malas intenciones editoriales. ¿No hay en Bruno una tentativa de auxilio desde las palabras, desde el modo en que retrata a Johnny, en la búsqueda desesperada de aquello que persigue?

Esta ficción, que excede la extensión del cuento clásico, altera nuestro tiempo de lectores, nos lleva y nos trae por la historia, discretamente en un artificio que retrata mucho más la dificultad estructural de dar cuenta de la creación que de una psicología de los personajes. Nos deja atisbar el otro lado, con las disculpas de Bruno, narrador y culpable declarado de unas cuantas cobardías.

La genuina pregunta que anima al texto, irrespondible, distinta de quién es el perseguidor, quién es Cortázar en sus personajes, es qué es lo que se fuga, tal vez sea aquello de lo que cualquier artista se vuelve un cazador incesante.

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