Los mitos femeninos en las tres novelas de Gioconda Belli

Los mitos femeninos en las tres novelas de Gioconda Belli

Según esta definición, las tres novelas de Gioconda Belli (Nicaragua, 1948-), La mujer habitada, Sofía de los presagios y Waslala, tienen elementos de esa búsqueda de la religión, pero en este caso, de la religión mítica de los autóctonos del istmo centroamericano, una religión que se basa en la importancia de la figura femenina. Cada novela presenta algún personaje femenino mítico, es decir, una figura que ayuda al personaje femenino real de la narración a cumplir su pasaje en la novela. Sin embargo, cada elemento mítico femenino que presenta Belli es una parte única del conjunto mitológico que buscaba establecer un equilibrio generalizado.

En La mujer habitada, su primera novela, el personaje de Itzá se reencarna para exponer el paralelo entre su lucha contra los conquistadores y la de la protagonista sandinista Lavinia. Los elementos míticos de la segunda novela, Sofía de los presagios, son del presente novelístico y nos los presentan como brujas, es decir personajes que conocen los poderes inherentes a la naturaleza. Las brujas de esa novela, Xintal y Doña Carmen, ayudan a Sofía a salvar los pasajes difíciles de su vida y cumpir con su destino. En la tercera novela, la protagonista, Melisandra, busca, en el futuro, el mundo utópico mitológico de Waslala en el cual las mujeres tienen un papel muy diferente del de la sociedad en la que vive la protagonista. Cada presentación de elementos mitológicos de las novelas de Belli nos demuestra la necesidad de la protagonista de rodear a sus personajes femeninos con aspectos de la mitología para mejor demostrarles su papel en la sociedad.

Itzá

La mujer habitada (LMH), publicado en 1988, narra la toma de conciencia de una mujer a favor de la lucha contra un dictador. En la primera novela bastante autobiográfica de Belli, la protagonista es Lavinia, una arquitecta recien licenciada que empieza su vida, rompiendo con los estereotipos de la sociedad machista en la que vive, es decir viviendo independientemente en su propia casa y con nuevo empleo. Lavinia es una mujer típica del siglo veinte al estilo norteamericano, con preocupaciones e ideales modernos. En contraste con ella, el lector conoce al personaje de Itzá cuya historia, más breve pero tan importante como la de Lavinia, se nos revela al medida que se desarrolla la novela. Al final las dos mujeres se unen, física y mentalmente, y sus luchas del pasado y del presente se transforman en una única lucha, la de la mujer por un mundo mejor.

Se nos presenta a Itzá en el primer capítulo de la novela. Su cuerpo ha ido desenmarañándose en la tierra desde su muerte hace cuatrociento años y el momento de su vuelta a la vida coincide con la independencia de Lavinia. La llegada de Itzá tiene lugar por la tierra en un naranjo, árbol de origen español, lo que muestra el mestizaje de la sociedad a la que llega Itzá, sociedad que aún tiene raíz precolombina puesto que la tierra del istmo nutre el árbol. Este acontecimiento es el renacimiento espiritual que se le había prometido a Itzá al morir pero su nueva encarnación como árbol la sorprende: “el árbol ha tomado mi propio calendario, mi propia vida; el ciclo de otros atardeceres. Ha vuelto a nacer, habitado con sangre de mujer”(10). Al renacer en el árbol, Itzá empieza a narrar los detalles del pasado, y de su primer nacimiento y los ritos religiosos de la sociedad en la que había nacido en el siglo dieciséis.

Es interesante que Itzá tenga como madre a la tierra, elemento de la mitología precolombina, la mujer que da vida a todo puesto que Itzá será también la madre de la toma de conciencia de Lavinia. La guerrera hace la observación siguiente: “una oculta sabiduría nutre mi propósito. Dice que ella y yo estamos a punto de encontrarnos” (48). Al ingerir el zumo de las naranjas que contienen el espíritu de Itzá, Lavinia se dejará envolver completamente en la lucha contra el gobierno militar. Además, Lavinia no tiene buena relación con sus padres, y el rol de Itzá en la formación del carácter de Lavinia es muy maternal, es decir, Itzá cuida a Lavinia como a la hija que nunca tuvo, dándole el ímpetu necesario para la lucha. El crítico Jorge Paredes, en un estudio de la novela le da a Itzá dos roles distintos pero unidos, “como madre cultural y mítica, y como maestra de las realidades históricas y filosóficas de América Latina” (102).

Sin embargo, es importante apuntar aquí que el aspecto religioso en esta novela es una tela de fondo para el desarrollo de la protagonista. Itzá da testimonio de la herencia de las culturas precolombinas de la manera siguiente: “nuestra herencia de tambores batientes ha de seguir latiendo en la sangre de estas generaciones. Es lo único de nosotros […] que permaneció: la resistencia” (102). Sabemos que Itzá es un personaje del pasado precolombino pero los ritos religiosos y las creencias no son lo más importante en su papel de generadora de la toma de conciencia de Lavinia, lo esencial es su espíritu de guerrera y la creencia en el poder de la mujer para cambiar el mundo.

Itzá desenmaraña también los estereotipos de la lucha de los autóctonos contra los conquistadores puesto que ella es una guerrera que luchó al lado de su amante, ella admite : “nuestras madres […] sólo tenían como trabajo el oficio de la casa y con eso era suficiente” (31). Yéndose a luchar al lado de su amante porque “es destino de mujer de seguir al hombre” (124), Itzá destruye los mitos de la pasividad femenina de esa época de la historia y expone los acontecimientos con una mirada femenina. Merece mención el relato de por qué algunas mujeres no tuvieron hijos: “nos negamos la vida, la prolongación, la germinación de las semillas” (25) para no “parirle esclavos a los Españoles” (136). Este papel de Itzá tuvo aspectos negativos puesto que sufrió la desaprobación de su pueblo: “había desafiado lo que es propio para las mujeres […] era considerada una ‘texoxe’ bruja” (73). Itzá duda también de su poder y de sus acciones: “llegué a pensar que estaba hecha de una sustancia extraña; que no provenía del maíz. O quizás, me decía, mi madre sufriría un hechizo cuando me llevaba en su vientre. Quizás yo era un hombre con cuerpo de mujer. Quizás era mitad hombre, mitad mujer” (143). El relato que hace Itzá de su vida refleja al mismo tiempo las preocupaciones de Lavinia y muestra la repetición de los círculos temporales de la religión precolombina.

La narración de la historia de la guerrera sirve también para mostrar otro círculo, el aspecto repetitivo de la historia, o sea que aunque hayan pasado cuatrociento años y que la sociedad haya cambiado mucho, ciertas cosas, como el papel de la mujer en la sociedad y la necesidad de la mujer de luchar contra los estereotipos, siguen existiendo. En efecto, la descripción que se hace de la guerrera, contradice de la historia oficial de la conquista en la que las mujeres no fueron partícipes en la lucha contra los conquistadores. Belli se sirve de la historia de Itzá para desmitificar la conquista y mostrar la participación de las mujeres autóctonas que hicieron actos heroicos como negarse a los hombres para no parir hijos mestizos. Además, en una escena de la novela, una partícipe, Flor, amiga de Lavinia, le cuenta el mito de las mujeres guerreras y la historia les sirve como antepasado a su papel en la lucha. En este caso, el pasado se mezcla con el presente.

El mito de Itzá representa el pasado, influye en el presente de la protagonista y, por ella, cambia el futuro al buscar una situación mejor.

Xintal y Doña Carmen

En Sofía de los presagios, la importancia del aspecto religioso de la presentación de lo mítico es muy importante. Si en Itzá nos encontramos con un personaje femenino cuyo aspecto principal es el histórico, en la segunda novela de Belli, publicada en 1990, se nos presenta a personajes que actúan de manera directa en la realidad temporal de la novela. Dos mujeres son de mayor importancia, la bruja Xintal y la adivina Doña Carmen, pero solo interceden en la historia para provocar un cambio en la vida de Sofía. Un tercer brujo, Samuel, es también interesante pero no tiene el mismo rol que las figuras femeninas en la vida de Sofía.

En el primer capítulo de la novela, como en el título mismo, se nos anuncia la importancia del aspecto religioso de la narración. Después de dar una descripción del “pueblo de brujos” (9) donde tendrá lugar la novela, Xintal “la bruja vieja que habita en el Mombacho siente un aire de presagios en el ambiente”(11). El abandono de Sofía, hija de un gitano cuya raza es “del paraíso terrenal donde una gitana anterior a Eva encantó a Adán y parió una raza de hombres sin pecado original” (9)¸ es el acontecimiento principal. Ya se muestra la diferencia con la religión cristiana donde se cree sin hacerse preguntas en el cuento del Génesis. Como Lavinia en LMH, Sofía que se quedó huérfana en Dirià, es una mujer que crece sin padres, aquí sin padres biológicos pero con padres de adopción. Cuando deja a su marido bastante tradicional, Sofía se va al volcán Mombacho en la montaña para ocultarse con Xintal donde la bruja le da “influjo maternal” (122).

Es allí donde Xintal le enseña sus creencias, para ella, así como para las religiones autóctonas del ismto, “la tierra es la mayor de las divinidades, la madre de todos los frutos y de toda la vida” (121). Xintal le explica también su papel en la sociedad donde “las brujas están encargadas de conservar la sabiduría ancestral de mujeres, que desde tiempos remotos […] veneraban la tierra y conocían el secreto de las buenas cosechas” (121). Xintal vive lejos del pueblo, en la naturaleza donde fomenta su sabuduría y su conexión con la naturaleza y la Diosa-Madre Tierra. Entonces, Xintal le da a Sofía el poder de “aprender de la vieja el oficio de las mujeres antiguas” (121), le da la posibilidad de conocer algo más que la situación tradicional de la mujer que tenía con su marido. Xintal respeta la tradición antigua de hacer pasar la sabiduría de una persona a otra.

Otra bruja importante no solamente en la vida de Sofía sino en la comunidad es Doña Carmen, una adivina conocida que es la que les dice a los de Dirià que la niña Sofía quedará huérfana. Doña Carmen tiene el poder de comunicar con los espíritus y es ella quien inicia la comunicación con la mujer que conocía el misterio de la orfandad de Sofía. Actúa así para quitarle a Sofía los demonios del abandono y también porque “como mujer, no podía dejar de ayudarle” (102). El lazo entre las mujeres es muy fuerte, y Doña Carmen trata de suavizar las relaciones entre la gente. Manipula a la gente para mejorar las situaciones y, por ejemplo, le da un filtro de amor a la mejor amiga de Sofía que está enamorada del marido de ésta. Doña Carmen se sirve también de las cartas para adivinar el futuro de la gente del pueblo, hecho interesante puesto que la gente no tiene confianza en Sofía porque es gitana pero a la vez respetan una tradición gitana europea.

Juntas, Zintal y Doña Carmen crean un ambiente propicio para el paso tranquilo de la vida de Sofía, para mejorar su lugar natural en el mundo.

Engracia, Melisandra y su mamá

En la novela futurística Waslala, Belli presenta la búsqueda épica de una comunidad utópica creada por un grupo de poetas del istmo, que

    “recurriendo a las posibilidades de la imaginación, de la mitología acumulada, de la experiencia colectiva encontrada en la literatura humanista y en la poesía de todos tiempos, se proponían crear un modelo de sociedad totalmente nuevo y revolucionario, basado en una ética que repudiaba el poder, la dominación y concedía a cada individuo la responsabilidad de la comunidad” (59).

Melisandra, la nieta de Don José, un fundador de la comunidad, sale con un periodista en busca de Waslala que no se puede encontrar fácilmente y que se ha vuelto una leyenda porque cuando la buscan, a veces la gente no regresa. Según la filosofía de la creación de los poetas, lo que buscaban era un mundo tradicional que respetara las leyes de la naturaleza. Ese mundo se parece mucho a las comunidades precolombinas del istmo que seguían una estructura matriarcal y como veremos, aunque no tiene una estructura puramente matriarcal, deja un lugar muy importante a la mujer.

La primera intervención para ayudar a Melisandra a encontrar Waslala se hace por Engracia, que “semejaba una diosa antigua, terrible y magnánima, recién llegada de un viaje astral” (192). Esa “líder sin liderazgo de los comunitaristas, ilusos seguidores del supuesto legado de Waslala” (92-3) es la jefa de un próspero negocio de reciclaje de basura puesto que el país en el que nos encontramos se ha vuelto a la vez basurero y fuente de oxígeno de todos los demás. Engracia salva a la tierra por su tarea de reciclaje, demuestra un profundo respeto al equilibrio precario del mundo. Esa mujer, antes de morir para salvar a su comunidad de los traficantes de drogas, le deja una carta a Melisandra con las informaciones explícitas para llegar a Waslala. En su posición de poder y antes de morir, quiere dejarle a Melisandra la suerte de llegar al lugar que buscaba, con la certidumbre de que su joven amiga llegará allí.

Al acercarse a la comunidad tan buscada, Melisandra “sentía como nunca la ausencia materna, la punzante sensación física de vínculo roto en el ombligo” (301). Se da cuenta al entrar de que la única persona que queda viviendo allí es una mujer, su mamá, que había desaparecido al salir en busca de la comunidad. La madre le da toda la información necesaria para entender a la comunidad y lo que le pasó. Además, al irse Melisandra de la casa, su madre le lega los anales de la comunidad para que aprenda de los éxitos y los fracasos de Waslala y quizás cree un mundo mejor. Le dice “confío en vos, hija […] confío Waslala a tu sabiduría, a tu imaginación” (327).

Melisandra, a lo largo de la novela, es la que aprende, como vimos en los ejemplos anteriores. En este caso, tras haberse criado sin madre con sus abuelos, decide por sí misma salir a buscar el pueblo legendario del cual se le había hablado tanto. Pero a lo largo de su viaje logra sólo con la ayuda de Engracia y su madre encontrar el lugar mitológico escondido y realizar la importancia del descubimiento para la sociedad. La búsqueda de un mundo mejor, aún en el futuro con todos los cambios tecnológicos que dicen mejorar la vida, nos lleva a un mundo en el cual el respeto de la persona y de la naturaleza se convierten en los aspectos más importantes. Así, en la novela, al buscar un mundo mitológico, se encuentra otro mundo que busca un equilibrio más mitológico, y en el caso de la sociedad que analizamos, nos lleva a las religiones precolombinas del istmo.

Las tres novelas de Belli propician una mirada muy fecunda para el análisis del mito femenino. Cada elemento que presenta Belli, si no nos lleva de manera directa a la búsqueda o al encuentro de un mundo más justo, por lo menos nos mueve a mejorar una mala situación por una toma de conciencia como hacen sus protagonistas, con la ayuda, directa o indirecta, de las figuras mitológicas femeninas. Así, cuando las respuestas no se encuentran en el desarrollo lógico de una situación (acordémonos que se dice que las mujeres son más emotivas que los hombres) se tienen que buscar, según las novelas de Belli, con el espíritu abierto a los cambios que suceden alrededor de uno y pensando en la posibilidad de que una fuerza ajena influya en los acontecimientos.


Bibliografía

Belli, Gioconda. La mujer habitada. 6a ed. Tafalla, Navarra: Txalaparta, 1988.

_____________. Sofía de los presagios. Managua, Nicaragua: Vanguardia, 1990.

_____________. Waslala: memorial del futuro. Barcelona: Emecé, 1996.

Paredes, Jorge. “Discurso cultural y posmoderno en la novelística de Gioconda Belli: Itzá versus las metanarrativas europeas.” IXQUIC: Revista hispánica internacional de análisis y creación. Melbourne, Australia: Department of Hispanic Studies, 1, 1999, pp95-112.

© Sophie Lavoie

Sophie Lavoie es profesora de la Université de Provence, Francia.

Con este artículo continuamos la temporada de reflexiones sobre el tema de género "En el Año iberoamericano de la lectura, encuentro con escritoras iberoamericanas", que consta de trabajos presentados en distintas ediciones del Coloquio Internacional sobre historia y cultura de mujeres latinoamericanas y caribeñas que organiza y celebra anualmente, en la Casa de las Américas, el Programa de Estudios de la Mujer.

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