Algunas claves para atravesar el espejo

Algunas claves para atravesar el espejo

Pero más allá de su apariencia física y su discurso, Abel es un académico con suerte. Apenas tres décadas de vida acumulada y ya ha ganado un premio Casa de las Américas por un ensayo histórico-social que ha venido a introducir nuevas claves en el debate sobre la sexualidad en la construcción de la nación cubana.

Del otro lado del espejo es un libro a destiempo que ha obtenido un reconocimiento a tiempo. El destacado intelectual Carlos Monsiváis opina que es uno de esos “indispensables de la nueva etapa latinoamericana de búsqueda de los prejuicios que tanto impiden las libertades esenciales”; en tanto, el antropólogo Guillermo Núñez lo percibe como uno que recupera lo mejor y más actual de las teorías de género y diversidad sexual para mostrar el subtexto sexual de los procesos de formación del Estado moderno.

No resulta extraño entonces que Abel haya despertado muchas inquietudes. ¿Acaso es posible historiar fenómenos que suceden en la realidad más inmediata? ¿Qué hace un historiador hablando de trangéneros y travestis?

¿Por qué escogiste abordar el tema de las homesexualidades y los homoerotismos dentro de la producción historiográfica cubana?

—Cuando empecé a acercarme a la historia, tuve una gran crisis disciplinar. Llegué a ella con una visión estrecha, casi adolescente, marcado por su épica y la acumulación de conocimientos que tenía a partir de la lectura de los libros de campaña y caballería. Al entrar en la disciplina, me di cuenta de su complejidad, de que no se trataba del mero hecho de historiar. Llegué a pensar: “Bueno, si para ser historiador hay que escribir los ladrillos que escribe esta gente, hay que hablar como habla esta gente, hay que responder a este canon académico, si me tengo que dedicar a esto toda la vida, me voy de taxista, me salgo de la universidad porque esto no me interesa. Voy a buscar algo más atractivo”.

Me gustaba la sociología, la antropología. Pero estas disciplinas habían estado muy sesgadas en Cuba, por lo tanto, no existía una tradición de la escuela sociológica cubana como sí la había de la histórica. Me fui de la universidad un año para ver lo que iba a hacer con mi vida. Y en ese tiempo que uno tiene para pensar, un amigo se puso a hacer un inventario de su librero. Un día me dice "mira el libro de este francés a ver qué te parece”, y era nada más y nada menos que la Historia de la sexualidad de Michel Focault. El impacto intelectual fue muy fuerte. Pensé en buscarle a la historia otro atractivo, en hacerla una disciplina incómoda como la sociología, la antropología y el periodismo, y empezar a cuestionar, a deconstruir procesos disímiles.

Después de esa lectura, me percaté de que en la historiografía cubana existían líneas temáticas que habían tenido en el tiempo una determinada organicidad, una linealidad (pensemos por ejemplo, en la plantación azucarera, la esclavitud, las guerras de independencia, el postcoloniaje norteamericano). Supuse que también existía otro tipo de historia. Me acerqué a la escuela francesa de las mentalidades, le incorporé a la historia elementos sociológicos, me fui armando de herramientas teóricas y metodológicas hasta llegar a una versión arreglada de mi tesis de licenciatura. Me refiero a La nación sexuada.

Este primer texto se concentra en el siglo XIX y su postulado fundamental es que al tiempo que se construye la nación por la elite criolla de aquel momento, se va construyendo también la sexualidad que se quiere para la nación cubana. En ese estudio, analicé varios fenómenos como los matrimonios interraciales, el rapto, el estupro, el adulterio y la sodomía o pederastia, que entonces rompían con el boom temático tradicional de la historiografía cubana. Así empezó todo.

Confiesas en la introducción de tu libro Del otro lado del espejo. La sexualidad en la construcción de la nación cubana que tratas de subvertir lo que Borges llamó “el pudor de la historia”. ¿Qué obstáculos enfrentaste durante esa búsqueda?

—Muchos. Insertar una línea temática diferente al canon historiográfico tradicional de las guerras, de los movimientos sociales, fue muy difícil. Había esbozos a finales de los 90 de varios historiadores que comenzaban a hacer una historia social en Cuba. Estaban los casos de María del Carmen Barcia o Marial Iglesias, entre otros, quienes habían introducido determinados conceptos como vida cotidiana en los estudios históricos, pero nadie se había propuesto colar el tema de la sexualidad en la academia cubana, salvo Víctor Fowler con sus maravillosos ensayos sobre literatura y sexualidad.

Por otra parte, yo traté siempre de romper con la metodología, con esos grandes objetivos y megaobjetivos, y superhipótesis, no inventándome un aparataje metodológico ni teórico, sino trabajando con las herramientas y a partir de las fuentes, cuando lo que estaban haciendo muchos historiadores era adecuando la fuente a su metodología. Me interesaba deconstruir y analizar, a partir del modelo de grandes escuelas de pensamiento, el contexto cubano tratando de imprimirle un sello propio.

Han dicho que Del otro lado del espejo... es un libro que habla. ¿A qué atribuyes ese criterio?

—Eso lo dijo José Quiroga, un puertorriqueño-cubano-norteamericano que da clases en la Universidad de Emory, autor de un libro muy importante, Tropics of Desire (Los trópicos del deseo), que desde los estudios gay-lésbicos de la academia norteamericana, se ha acercado al tema de la estética de lo queer. Él dice esto por el tono dialógico, a veces coloquial, que tiene el ensayo.

Una de las cosas que me molestó de esta primera edición, es que en ocasiones aparece “nuestro trabajo” y yo siempre trato de hablar en primera persona, porque quiero asumir una responsabilidad con el texto. Me parece más impersonal hablar en tercera persona: “nuestro trabajo” o “nuestra investigación”. No. Es mi investigación, incluso cuando hablo de elementos polémicos trato de que el lector sienta mi responsabilidad, mi compromiso.

Es un libro que se sustenta en el diálogo, en el poner a hablar a los personajes, de manera que no sólo estoy hablando yo, sino que hay varios discursos: el mío, el de los otros (yo me considero también un otro, en dependencia del lugar donde nos ubiquemos, la otredad es muy relativa), el de la imagen, (el libro está cargado de imágenes que hablan por sí solas) y, por último, el de la teoría y de la metodología que encauza y articula el texto.

Hiciste un viaje a lo que has calificado como “La Habana oculta”.

—Varios viajes, disímiles viajes...

¿Cómo lograste acercarte a quienes viven en esa dimensión?

—Muy complicado. En antropología y sociología existe una cosa que se llama observación participante. Esta técnica te permite insertarte con más facilidad en ceremonias religiosas, comunidades campesinas, pero cuando se trata de algo tan íntimo, tan oculto, es mucho más complicado. Hay que buscar los modos de hacerse confiable, creíble y demostrar que no se quiere jugar con sus vidas, sino que se va a hacer algo serio, algo que puede ayudar a cambiar su modo de ver las cosas y cambiar al otro, cambiar los esquemas que tiene el otro con respecto a ellos. Se necesitan una convicción y una fe en el trabajo increíbles.

Los lugares a los que tuve que ir rayan con lo inverosímil. Tengo muchísimas anécdotas de esa Habana oculta. A nadie se le ocurre pensar que si uno va a estudiar el alcoholismo o las drogas, uno tiene que ser alcohólico o drogadicto, pero cuando te acercas al tema de la sexualidad y más específicamente, al de los homoerotismos, la gente indudablemente piensa que eres gay o que hay un interés morboso detrás del asunto. A mí me pasó. Tuve que soportar asedios, hacerlos entender que mi interés era solamente académico, profesional. Fue difícil. Hubo seducciones de diverso tipo, encantamientos, brujerías (se ríe a carcajadas), mangos y otras frutas encantadas...

En fin, hace falta un trabajo de mucha constancia para lograr que te acepten en su espacio y en su intimidad. Las entrevistas nunca fueron en un parque, nunca fueron en mi casa, siempre fueron en su contexto natural, por decirlo de alguna forma.

¿De qué prejuicios tuviste que desprenderte para situarte del otro lado del espejo?

—Primero, de los prejuicios personales, romper con mi canon de sujeto varón-masculino, con todo lo que implica. Es decir, distanciarme de toda una educación, toda una tradición masculina que cargo a mis espaldas. Siempre utilizo el término machangada. Me ha molestado toda la vida, esa ostentación de la masculinidad o de la feminidad. Me gustan las mujeres que rompen con el canon y los atributos de la Barbie y establecen una configuración auténtica. Cada quien configura su itinerario, su psiquis y su cuerpo como estima conveniente, pero cuando se cuestiona esa machangada o esa masculinidad cubana también era una especie de reto político.

Tras el trabajo de todos estos años, lo asumo, no como una pose, sino como una oposición política también de género. Porque todos tenemos una ideología de género, y dentro de esa ideología, los cánones siempre me chocaron. Me parece que la sexualidad y el género son categorías matizadas, diversas y amplias que van más allá de encasillar dicotómicamente lo masculino y lo femenino en dos extremos, en dos polos completamente opuestos. En definitiva, hay una gama infinita de visiones y relaciones.

Después, tuve que desprenderme de los prejuicios disciplinares y hacerme de herramientas para ver fenómenos que a simple vista, frontalmente, no se distinguen, porque no estamos entrenados para decodificar algunos códigos.

En tu ensayo se advierte una revisión crítica de los documentos históricos. El proceso de abstracción y análisis que precede a la elaboración de los juicios de valor, ¿fue más complicado con las fuentes históricas más antiguas o con las más recientes?

—Con las más antiguas fue un poco más difícil desde el punto de vista disciplinar. Los documentos del archivo son viejos, algunos no están en buen estado, porque en Cuba no hay condiciones materiales para conservarlos como se deben, por limitaciones económicas de todo tipo. Cuando el investigador va al archivo, tiene el privilegio de leer el documento, cosa que no sucede en el mundo porque todo esta microfilmado. Por cuidadoso que se sea, cada vez que se saca un expediente se deteriora. Incluso te puedes enfermar, tal como me pasó a mí. El otro escollo que tuve fue la caligrafía, la letra, que requiere de mucha calma y paciencia.

Ahora, con los documentos actuales sucede algo muy curioso. Son la memoria más reciente, hay personajes que aún viven, hay gente que puede hacer determinados juicios. Nadie va a venir desde el siglo XIX a impugnarte un juicio sobre un documento, aunque sí, lo pueden hacer, depende. Pero cuando se trata de fenómenos históricos mediatos, es más complicado. Esa es otra barrera con la que trato de romper en este libro.

Me explico: la academia considera que los historiadores sólo se dedican a los estudios del pasado, que para que un fenómeno sea historiado, tienen que pasar por lo mínimo cincuenta años, porque se pierde la llamada objetividad, etc. Por lo tanto, en el terreno disciplinar se les deja a otras disciplinas, como la antropología o la sociología, el estudio del presente más inmediato, porque para los historiadores el tiempo tiene que decantar determinados procesos.

Yo me opongo a esa visión. El mundo va muy rápido y cada vez se hace más obsoleto hablar de historia, sociología y antropología puras. Se está ubicando la investigación histórica y social junto a la teoría y la crítica social, partiendo de una perspectiva transdisciplinar. No me parece que ninguna disciplina hoy tenga las suficientes herramientas para abordar ningún fenómeno, cualquiera que sea, si no integra determinadas herramientas metodológicas, teóricas, de investigación.

¿Cuáles son los riesgos que se corren cuando se trata de construir la historia de Cuba en aras de complementar un enfoque tradicional, lineal y lleno de zonas de silencio?

—Muchos riesgos. Si lo haces bien puedes triunfar, si lo haces mal, te pueden execrar. Execrarte completamente y mandarte al ostracismo más horrendo. Sólo hay que tener confianza en el trabajo.

Pero a ti te fue bien. ¿No crees que el premio Casa de las Américas de alguna manera le abrió las puertas al libro?

—Hoy te lo digo: sé que si el libro no hubiera obtenido el premio Casa de las Américas, en Cuba no lo hubiera publicado nadie. Lo hubiera tenido que sacar de Cuba, enviarlo a un premio internacional, porque en Cuba ninguna editorial lo asumiría. Igual sucede con el artículo de los travestis en la revista Temas. Este es un texto del año 2003 y había envejecido dos años antes de ser publicado. Como dice un sabio proverbio yoruba: “lo que se sabe, no se pregunta”. Aunque trates de romper con eso, aunque trates de colarlo, al final es como un boomerang: regresa con sugerencias y tienes que elegir entre retirarlo con dignidad o publicarlo para que no siga envejeciendo.

Señalas que la identidad del sujeto homoerótico cubano ha sido pensada desde una perspectiva higiénica, analogada a posturas o actitudes apocadas que atentan contra la soberanía, la estabilidad, el progreso y la defensa de la nación. ¿Qué implicaciones ha tenido esa concepción en la sociedad cubana?

El tema de la sexualidad ha sido un problema cíclico. Cuando la nación lo ha necesitado, cuando se han puesto en crisis los modelos o la legitimidad de la nación, el tema de la sexualidad, paradójicamente, ha venido a colación. Las elites y el discurso popular construyeron la masculinidad heterosexual nacional a partir de ese otro (que ya no era ajeno o foráneo, sino interno) en aras de legitimar estructuras jurídicas, políticas, médicas, educativas, familiares, domésticas. Se le veía como lo patológico, lo enfermo, lo atravesado por el estigma de la locura y la delincuencia, susceptible a las políticas de normalización y control. Se pensó una nación desde una masculinidad heterosexual melancólica, añorante de un pasado.

Cuando uno lee el artículo “Extraña peña en el Malecón” en el periódico Tribuna de La Habana, se percata de que se trata de un discurso en busca del rescate de los valores de esa masculinidad melancólica, de esa masculinidad abstinente, impoluta, intachable. Cuando comenzó la Batalla de Ideas, se apeló a la Protesta de Baraguá, al canon mambí. La vida de hoy se concibe en constante guerra. Se desata una epidemia de dengue y, ¿cuál es el símbolo que identifica la campaña? Una mirilla telescópica con un mosquito en el medio.

Estamos expuestos al discurso de la guerra en todos los niveles sociales y eso marca. ¿Quiénes van a la guerra? Hay un canon de combatiente, un canon de la épica, que excluye una serie de configuraciones que caen en el plano de lo abyecto, de lo raro, de lo patológico.

Cuestionas uno de los arquetipos más sólidos y resguardados de las guerras de independencia: el mambí. Esa imagen que propones y que dista de representaciones teatrales y efectistas, ¿qué polémica ha generado en tu círculo?

—Cuestionar el centro historiográfico de producción de conocimiento conlleva a analizar la historia oficial. Fui leyendo entre las líneas de los diarios de campaña, pero no estaba hablando yo, hablaban los mambises. Extraje fragmentos y los fui organizando para poder hacer una lectura de la historia de las guerras que no fuera la Primera carga al machete o la Batalla de las Guásimas. Me interesaba descubrir lo que comían, en que situación estaban, su concepción de la vida, su ideología cotidiana. Fue un tema muy discutido durante mi maestría.

Traer estos temas a colación cuando la nación necesita determinada legitimidad en un contexto determinado, ante un fenómeno o ante una contingencia, suele ser muy complicado. Siempre hay un mito construido y reconstruido desde el presente en función de legitimar determinados valores como la hidalguía, la moralidad y la hombría.

¿Cuáles son las causas de que, a pesar del paso del tiempo, las expresiones lésbicas sigan teniendo menos tolerancia social que la homosexualidad masculina?

—La visibilidad y la invisibilidad. La homosexualidad masculina tiene una mayor visibilidad, y cuando esto ocurre, de alguna manera, rompe, subvierte, logra educar, porque enseña a la convivencia y eso de alguna manera ayuda a cambiar estructuras de pensamiento.

Con el tema de la sexualidad lésbica sucede otro fenómeno, porque forma parte de muchas fantasías sexuales del másculo, del varón, y en el interior de esas configuraciones, de esas identidades, la sexualidad se vive un poco más cerrada, más desde el guetto. Muchas de mis amigas lesbianas no tienen un interés político, no tienen ningún interés de ciudadanía sexual. Sólo aspiran a que no las molesten. Se forma entonces una guerra de configuraciones identitarias: los homosexuales de configuración muy masculina critican a la llamada loca, y la loca critica al travesti, y el travesti a la mujer, y así sucesivamente. Deviene una guerra discursiva en función de una legitimidad que al final es absurda.

Pero la mujer lesbiana está atravesada por el doble estigma: por el estigma de la homosexualidad y el estigma femenino. La mujer siempre aparece como una figura subalterna, colateral, despersonalizada y cuando se le toma en cuenta, es en virtud de que ha hecho algo sobresaliente.

Una de las reflexiones más críticas de tu ensayo surge del análisis de una entrevista a la directora del CENESEX, Mariela Castro. ¿Cómo la asumió la institución?

—Hasta el momento no ha aparecido ningún comentario, por lo tanto, no sé si lo ha asumido o no.

Reconoces en la falta de cultura de activismo político, un obstáculo a la consolidación de un movimiento homosexual que exponga un proyecto sólido e irrefutable dentro de los parámetros de nuestro sistema social. ¿Cómo explicas este fenómeno?

—Las mismas relaciones de poder condicionan la voluntad. El poder es tan sinuoso y genera tantos mecanismos que se hace hasta invisible. Nadie ha dicho que no se pueda. Las mismas acciones normalizadoras han invalidado las buenas intenciones de instituciones como el CENESEX. El tema de la normalización remite siempre a un esquema: bueno-malo, normal-anormal, enfermo-sano, permeable-impermeable. Si se parte de la idea de que el discurso para el activismo de la ciudadanía sexual tiene que pasar por una normalización, se están acentuando de antemano determinados estigmas, se está situando a los travestis, por ejemplo, en el terreno de la otredad.

Ese desfasaje teórico ha llegado a entronizarse en las mentalidades de los propios homosexuales que tienen poder de decisión para establecer y configurar una futura coalición. Muchos piensan que ahí está el proyecto y no se dan cuenta de que por esa vía se busca desvertebrar y mediatizar cualquier intento por constituir un movimiento de activismo socio-político en Cuba. Instituciones que no se cuestionan las estructuras jurídicas en relación a la sexualidad, ¿cómo van a plantear un programa de transexuales? Por muy loable, por muy humano que sea el programa, limita y condiciona el diálogo, que sólo es posible por la acción colectiva.

La negociación cultural es medular. No estoy hablando de que tenga que haber una organización. Estoy diciendo: “ojo con términos como gay, queer, comunidad, barrio”. Esos son elementos que seducen: seduce una discoteca gay, una tienda gay, un barrio gay, pero eso es mucho peor. En Estados Unidos los barrios gay están puestos en función de una clase media adinerada, consumista, para legitimar un estatus de minoría.

¿Por qué el tema de los afro-norteamericanos? Porque mantienen un estatus de minoría étnica y social: se les da dinero, becas, determinadas garantías en el Parlamento, pero siempre en función de una minoría blanca adinerada, con negocios e inversiones en ese tipo de comunidad. El negro gay pobre del Bronx o el queer de Mannhattan que no tiene nada en el bolsillo, no la pasan bien en la gay community o en el neighborhood.

¿Qué perjuicios trae el que los travestis, los transgéneros y los transexuales sean invisibilizados como grupo en el espacio público cubano?

—El CENESEX contrató a un diseñador, a un peluquero, a un maquillista, para enseñarlas a caminar, a vestirse, a hablar, a utilizar los cubiertos. Es loable, no cuestiono ese discurso ni ese espacio, pero lo que si no puede pasar es que se cierren y se invisibilicen otras posibles configuraciones y caminos para quienes no se sienten cómodos con ese modelo. Ese programa está en función de un género que se quiere fabricar. Un travesti nunca va a ser una mujer. El travesti y el transgénero siempre van a ser eso: un travesti y un transgénero. El transexual, en determinadas condiciones, es el que puede llegar a convertirse en una mujer, porque está interpelado culturalmente, siente que nació en un cuerpo que no le toca. Si continúan los intentos por invisibilizar al travesti y al transgénero, continuará el orden heteronormativo, las redadas policiales en 23 y L, las contradicciones entre el discurso oficial y accionar político cotidiano. Lo primero que debemos hacer todos es aprender a pensar la sexualidad humana no en masculino ni en femenino, ni en función de una salud sexual reproductiva.

Implícitamente, propones una reformulación del Código Penal cubano al calificar de “sumamente ambiguo” el apartado de la ley que define el llamado “estado de peligrosidad”. A tu juicio, eso es lo que ha permitido a las autoridades identificar al travestismo como un estado peligroso.

—Las detenciones que a veces se realizan amparadas en ese acápite, tan abierto y tan ambiguo, responden a un canon, a un arquetipo construido del delincuente en el que entra inevitablemente el travesti. Se le analoga al vago social al que hay que sacar, readecuar, reorientar. El Código Penal ha de ser pensado en función de un grupo de fenómenos sociales que han venido surgiendo. Originalmente se diseñó en función de un sujeto que ya no existe; el sujeto social cubano ha cambiado.

¿Qué te hace pensar que una institución genuinamente homosexual podría brindar posibilidades dialógicas con las instituciones estatales y la sociedad civil para promover cambios en las estructuras jurídicas contemporáneas?

—Existen muchos riesgos, incluso desde la misma esencia humana: el arribismo, el ansia de protagonismo, de poder. Como dice Judith Butler, ¿qué garantías tenemos de que esas mismas categorías que en un momento sirvieron, se vuelvan igualmente normativas? Hay que apelar entonces al error necesario de la identidad, fundarla y refundarla constantemente. Un desfasaje espacio-temporal no ha permitido que exista esa cultura de activismo, ese diseño estratégico a todos los niveles sociales, empezando por las estructuras jurídicas. Una cosa puede cambiar por ley, pero en la cultura es más complejo. Cambiar esquemas, mentalidades, herencias, visiones, hábitos, lógicas de pensamiento, es siempre más difícil.

Muchos homosexuales piensan que al irse de Cuba, van a poder, por ejemplo, caminar por la Quinta Avenida de Nueva York como lo hacen por 23. Y no es así. En Estados Unidos, las leyes en este sentido son mucho más violentas. En ciertos estados todavía se está hablando de sodomía. Son escandalosas las cifras de travestis asesinados en Buenos Aires, en Río de Janeiro, en Lima, en el D.F, en Ciudad Juárez y en los propios Estados Unidos. Cuando uno revisa las leyes, están descontinuadas. Lo que sucede con Cuba es que existe una contradicción con la postura humanista de un sistema político que se supone sea el más justo, democrático y equitativo.

Yo no soy un activista político, no estoy proponiendo un nombre para esta organización u organizaciones. Mi compromiso es con la disciplina y sé desde la teoría, la práctica cotidiana y desde la crítica social, lo que no se debe hacer y lo que se está haciendo fallidamente.

¿Qué te han dicho sobre tu propuesta acerca de la creación de una organización homosexual?

—Que no es una propuesta de este tiempo, y yo también lo pienso así. Este es un libro a destiempo, que está insertado en la utopía y en lo que Gramsci llamó “el intelectual orgánico”. Paradójicamente, la crítica y la teoría social que se hacen hoy en Cuba en el plano académico están distanciadas de la realidad. La literatura, el cine, la música, son las corrientes de vanguardia en este sentido. Estoy tratando entonces de que los académicos se sientan más comprometidos con la realidad social que los circunda, aunque reconozco que esto no puede lograrse desde la individualidad.

Además del alcance de derechos civiles y la esfera de representación, ¿cuáles son esas otras propuestas políticas que los homosexuales en Cuba han de hacer para transgredir las relaciones de dominación y exclusión?

—Pienso que deberían cuestionarse la normalización y la elección de configuración que desean. Ellos no tienen que normalizarse porque son normales. Vivimos en un mundo donde el cuerpo funciona como una camisa de fuerza, como un terreno delimitado de fronteras. Estamos adaptados a pensar la sexualidad genitalmente. Pero la sexualidad es mucho más amplia, existen muchas zonas sin explorar todavía en el cuerpo y la mente. Se han creado contornos ilusorios de algo inmenso, profundo y creativo.

¿Qué fronteras le reconoces a tu ensayo?

—El contexto, porque puede ser una camisa de fuerza, puede ser muy adverso. Las lecturas del libro hasta el momento han sido sumamente favorables. Pero me interesan los destinos del libro, aunque sé que tendrá su vida y recorrerá sus propios caminos.

¿Escribiste pensando en un lector ideal?

—No escribo para uno o dos lectores, escribo para todos. A veces me detengo en un punto para esclarecer, profundizar, porque pudiera no entenderse lo que digo y objetarse o invalidarse, pero nunca escribo pensando en un lector ideal, porque me parece que no existe. Siempre he pensado en que los lectores pueden llegar a sorprender. Puede que te pongas a pensar, y el lector para el que escribes, seas tú mismo o sea una ilusión. Amén de que hay zonas del libro muy complejas para quien no está familiarizado con determinadas teorías, está escrito para que lo entienda un tornero, una ama de casa y un adolescente.

Aseguras que está colmado de interrogantes, pero, ¿cuál sería la que distinguirías?

—Creo que el libro en sí es una gran interrogante. Pero si tuviese que elegir una me quedaría, con que la de que la gente se preguntase hasta qué punto pudiese ser viable o no ese proyecto propuesto, que se cuestionaran el libro en sí mismo para llegar a otros caminos. En este libro, la sexualidad es el pretexto, uno de los tantos que he encontrado, para analizar la sociedad cubana.

¿Vas a seguir entonces por esta línea que te has trazado?

—Hay varios textos que se quedaron fuera del libro. Uno de ellos pienso publicarlo próximamente. Ya lo tenía, pero no estaba listo. Es un ensayo de cuarenta páginas sobre las relaciones homoeróticas en baños públicos y lugares periféricos de La Habana. Me interesa analizar el graffiti como elemento articulador de esas relaciones. También pienso abordar el fenómeno del pinguerismo, es decir, el sexo-servicio masculino. Me ha sido muy difícil insertarme en esta zona. Me ha puesto a prueba como investigador y me ha bajado la autoestima a ritmos acelerados. Es muy complejo lidiar con hombres que no se creen homosexuales, que viven de un negocio, insertados en una economía marginal, peligrosa, violenta. Y por último, pretendo hacer una lectura de género hacia el interior de la sociabilidad religiosa.

La similitud entre las actitudes plasmadas en muchos de los documentos desempolvados y las que se asumen hoy en torno a estos temas, te han asustado. ¿Qué habría que hacer para empezar a desterrar lo que has denominado “el orden sexista y homofóbico” de las bases de la nación cubana?

—Desconfiar intelectual y políticamente de la realidad tal como se presenta. Por eso, le dedico el libro a mi generación y a todos los que estamos viviendo en Cuba, porque decidir quedarse a vivir aquí tiene su precio. Este es un país donde los jóvenes están debatidos en el cruce de orillas, imbuidos en el escepticismo, al tiempo que la población envejece y las posturas se hacen cada vez más ortodoxas. Una telenovela es capaz de generar escozor, temor, al punto de que tenga que pasarse a otro horario televisivo en función de una mayoría ruborizada con el tema de la homosexualidad. Eso deja mucho que desear.

Parece que las distancias temporales nunca se hubiesen borrado. Se supone que se aprenda de la historia, partiendo de que es un arma para pensar el futuro. Los documentos del siglo XIX son en extremo conmovedores, pero cuando uno lee los del siglo XX, advierte un paralelismo. Si no existe una nota al pie que aclare que se trata de un texto actual, independientemente de los cambios semánticos y los registros lingüísticos, te parece que están articulados bajo el mismo eje. Más aún cuando la diversidad es un concepto que se ha puesto de moda y se ha erigido como un slogan, una especie de cliché. ¿Qué es, por ejemplo, la diversidad cultural? La verdadera aceptación.

Eso es lo que, precisamente, pretende ese libro: que el lector atraviese el espejo, que se asome a él y trascienda esa neblina, esa cortina de humo. Yo trato de que el sujeto social cubano se cuestione su mismo centro, para que nuestros hijos crezcan imaginando un mundo menos estrecho, mucho más diverso y placentero, sin previsiones ni etiquetas. Vamos a ver qué pasa.

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