De María Regla a Sisi: Todos somos maquillaje

De María Regla a Sisi: Todos somos maquillaje

María Regla es un mujerón que cada noche recorre, travestida, tres municipios: comienza por La muralla, o sea, en Habana vieja, continúa en El Cerro, y termina en 10 de octubre. Yo le pregunto: “María Regla, de dónde sacas toda esa energía para ser hombre y mujer, médico y taxista”, a lo que ella responde: “Recuerda siempre, Rufo, una canción de Marta Valdés que se llama En la imaginación”.

Como tiene un nivel cultural considerable, María Regla está en condiciones de entender que es la imaginación lo que le permite ser todo, todo a un tiempo. No conozco a Sisi, una de las testimoniantes de Abel Sierra en su libro Del otro lado del espejo. La sexualidad en la construcción de la nación cubana, pero veo que, con ella, el autor arriba a conclusiones similares. Cuando Abel le da la voz a Sisi, esta nos confiesa como “quisiera que me operaran y que me hicieran una mujerona, para casarme cuando ya sea una mujer”. [1]

Pero cuando el autor toma la voz se, nos pregunta: “¿Qué garantía tenemos de que Sisi no era una mujer antes de poder llegar a serlo? ¿El género es una esencia, un sello cultural estático?” (173, 174).

Del otro lado del espejo… es un libro que pretende comprender, y compartir con el lector, el montaje cultural que se halla en las mentes, en los imaginarios, de Sisi y de María Regla. Esto es: un texto que aspira a entender el comportamiento íntimo y social del sujeto contemporáneo. La interpretación del sujeto que interesa a Sierra abandona cualquier linealidad, para abrazar el pensamiento complejo, a tono con lo multiforme de seres que no responden ya, en absoluto, a las identidades cerradas o definitivas. Allí donde hubo simulación de identidad sellada se encuentra hoy labilidad, ruptura de todos los lindes, imaginario complejo.

Lo presumía incluso Fernando Ortiz, quien, a pesar de toda su carga moral, positivista y en alguna medida higienista, llegaba a comentar en La santería y la brujería de los blancos: “Vida sin pecados era vida sin deseos. O lo que es igual, vida inhumana”. [2] Valdría hacerle al sabio apenas una acotación: No es que resulte inhumana la vida sin pecados, sino que resulta inhumana la vida sin placer. ¿A qué sustituir placer por pecado, cuando sabemos ya hoy que el objeto de deseo es multiforme, que dista de ser uno solo o de expresarse en forma homológica?

No hay vida sin la asunción multiforme del placer, parece decirnos Abel. Unos despliegan esa multiforma sólo en su imaginación, y la sobriedad monogámica con que se ubican en sociedad merece respeto, como respeto merecen aquellos que tienen el coraje de desplegar públicamente, sin inhibición, todas las facetas de su imaginario.

Uno de los grandes valores de este libro reside en la asunción del concepto moderno de identidad desde una óptica relacional. La identidad no puede rozarse siquiera si no se pretende en relación trabada con la alteridad, con la otredad, con su variación misma en otro ser u otro comportamiento. Comenta Sierra que “la identidad nunca es idéntica a sí misma, sino que hay que concebirla como una relación, o como un conjunto de identidades relacionales” (221).

La identidad contemporánea se manifiesta como un atentado perenne a la definición. Por eso Abel se permite una sospecha medular: “Donde hay género, debe haber también travestismo” (164). Desde luego, diría yo. Y comprendería, sin el menor problema, el testimonio de Alejandra: “Al final todas somos maquillaje” (252). Todas, todos, somos maquillaje, juego de espejos y de máscaras, puro teatro, histrionismo, gesto, performatividad.

Celine, por ejemplo, se niega a reprimir su multiforma, su esencia cambiante, su posibilidad de ser otro y otra continuamente. Celine se enamora de una lesbiana, y sus colegas llegan a comentar, entre la sorpresa y la sorna: “Una lesbiana era su marido” (247). Celine, que se comporta como un hombre trocado en mujer, se enamora de una mujer que tal vez quisiera trocarse en hombre. Eso resulta fantástico: apoteosis de la mutación. Se diría que es alta literatura; pero no, es la vida. Celine es feliz con su lesbiana, y se la montan de maravilla. Entiende Abel que “esta variante del deseo de Celine sugiere que lo que llamamos orientación sexual no es tan estable como a veces se supone; la sexualidad es más volátil de lo que este concepto o cualquier otro pudiera explicar” (247).

La sexualidad ha dejado de ser un campo o un recinto acabado; somos cuerpos sexuados, todo lo más, que funcionamos según las circunstancias, las oportunidades, la vocación del deseo y la estética del histrionismo.

En Del otro lado del espejo…, Abel Sierra consuma un acucioso rastreo del funcionamiento del Estado cubano, durante casi tres siglos, sobre la base de la exclusión del diferente sexual, del que quiere vivir o pensar de manera diferente. Ya sabemos que el concepto mismo de diferencia, como el de tolerancia o el de aceptación, constituye una engañifa: ¿Por qué el homosexual ha de ser el diferente y no el hetero? ¿Por qué la marca de normatividad tiene que establecerse desde el hetero? Incluso antes: ¿hasta cuándo vamos a operar con marcas de normatividad? ¿Qué diablo es “lo normal” en un mundo donde Sisi y María Regla son felices, sin pliegues, sin dobleces? Con todo, esa perspectiva favorece un buceo impresionante, desde otro posicionamiento, acerca del proceso de forja y consolidación de la nación y la cultura cubanas.

A lo largo de ese trayecto analítico, Sierra posee, como investigador y ensayista, dos virtudes fundamentales: una, la organicidad con que combina el rigor del dato histórico (sin fetichismo pero con puntualidad) y el alcance interpretativo de sus especulaciones y juicios personales, en total compromiso de la opinión y la postura de vida. Dos: el alcance epistemológico que le confiere a sus detenimientos analíticos, donde mezcla estamentos muy diferentes del saber, de la sociología a la psicología, de la antropología a la semiótica, del psicoanálisis a la crítica cultural. En tiempos fragmentarios, de continuos desdoblamientos, Abel no le teme al juicio totalizante. Obsérvese la integridad de la siguiente inmersión en el tránsito de la escena colonial a la republicana:

    Durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, la institución matrimonial se privilegió como un espacio de reproducción, de economía doméstica y de transmisión patrimonial, y no como un espacio de placer sexual. En esos tiempos el placer femenino constituía un tema velado; incluso la sexualidad masculina se describía en términos de erección y de eyaculación, pero no de orgasmo, que en el caso de las mujeres se asociaba al histerismo, una enfermedad considerada como exclusivamente femenina, cuyas causas se atribuían o a frigidez o a desinterés respecto del coito heterosexual relacionado con desviaciones sexuales y tendencias al lesbianismo (109).
Se disfruta enormemente la lectura del libro porque, entre otras cosas, todo el tiempo se lo pasa uno localizando imágenes mentales que pueden graficar a la perfección las abstracciones de Abel. Digamos, el análisis anterior es cabalmente aplicable a la novela La esfinge, de Miguel de Carrión, del mismo modo que a su variación fílmica, la notable película Amada, de Humberto Solás.

Pero otro elemento que sin duda vuelve gozoso el libro es la sabrosura, mima, tremenda expresividad, con que Abel descaracteriza un recorrido de visiones excluyentes, soberbias e ignorantes a patear. Con determinados autores republicanos, Abelito hace zafra, se descubre a su aire.

Por ejemplo, el periodista Sergio Carbó, quien llegó a escribir que “tirando trompetillas se hace patria” (84). Eso parece cómico pero es patético. Ni trompetillas ni huevos; así no se hace patria. Aquel cretino no entendió nunca que no hay patria que pueda sobrevivir de la trompetilla al que no se ajusta al manual o a la carta de regimiento. No hay patria que viva de la mofa de sus hijos reacios a la represión o el fingimiento. En algún otro soplo, se refiere el vergonzantemente célebre Carbó a “los pepillitos, esos impúdicos mamarrachos que están robando a la patria toda su tradición de enérgica virilidad” (85). Desconoce Carbó que así como vive la patria del mito y el emprendimiento de la virilidad, vive también de la humedad. No hay patria sin humedad, sin flexibilidad de la vida social, sin espacio para el transformismo y la mutación.

Ahora, del mismo modo que la emprende Sierra contra todos estos periodistas empíricos que trataron y tratan de hacerse los graciosos sobre la base de demonizar al Otro (cuando sabemos que si sangran es porque hay herida), en otros casos, todavía más sabrosos, Abel pone de vuelta y media a ciertos teorizantes que, la verdad, dejan boquiabierto al lector.

Por ejemplo, ese autor que pudo escribir como “la homosexualidad es propia del capitalismo posmoderno” (201). Tamaña vulgarización del engarce entre la sexualidad y los vectores de la época resulta tan simpática que mueve a imaginar locuras como la que sigue: la modernidad era el espacio del machito vigoroso y cabalgante, de los “bugas”, en lo que la posmodernidad es el tiempo de las muchachitas, las loquitas de carrozas, el espíritu queer, en fin. Hay segmentos del libro donde el autor carnavaliza su relación con las fuentes, pero créanle: no es para menos.

La valentía de Abel toca fondo; no vayan a creer ustedes que se contenta con el juicio descolocador de los excesos republicanos. Llega a nuestros días, como tocaba, e impugna el hecho de que determinadas leyes del código penal se refieran, de modo dudoso, a “vicios socialmente reprobables” (191).

Denuncia Abel la realidad de que “las prácticas travestis son interpretadas con frecuencia como antisociales, categorías equiparadas a las de los ladrones, vagos y delincuentes” (191). Al leer a Sierra, sigue recordando el lector. Hace apenas unos meses un artista plástico hizo circular por e-mail una foto sobre una manifestación callejera en los días del éxodo por el Mariel, y en el cartel se leía: “Que se vayan: el lumpen, el homosexual, la escoria”. Las prácticas de poder y sus resonancias en el imaginario social han contribuido a que el homosexual sea visto al par que la escoria, como estorbo de la Historia, que habría que barrer con una escoba profiláctica, higienista.

Por eso el autor estima como tan importante la legitimidad jurídica del homosexual, el travesti, el transgénero y el transexual en el contexto sociopolítico de la Cuba de hoy. Sierra se pregunta:

    Si las mujeres en Cuba cuentan con una institución, la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que además de representarlas políticamente, sirve de soporte para el desarrollo de estrategias de enfrentamiento a la violencia y a la discriminación contra ellas, ¿por qué no puede existir una(s) institución(es) genuinamente homosexual(es) que pueda(n) canalizar sus expectativas y brinde(n) posibilidades dialógicas no sólo con las instituciones estatales, sino con la sociedad civil en general para promover cambios en las estructuras jurídicas contemporáneas? (194).
Abel piensa que la comprensión no puede quedarse en el nivel melodramático de la compasión o la asimilación de quienes “integran” como si perdonaran la vida de los Otros. Resulta imprescindible la generación de mecanismos jurídicos, legales, que protejan la expresión del Otro, porque no puede seguir ocurriendo que la labor altruista de Mariela Castro y demás especialistas del CENESEX suban a los transformistas a un escenario oficial, y horas después no pocas redadas policiales suban a los homosexuales a las patrullas y los conduzcan al calabozo, con lo cual desautorizan la labor democrática del CENESEX y sumergen al país en un doble discurso: legitimación por un lado y palo por el otro. Cuántos de esos policías conocerán que la homofobia no es más que el temor a ser descubierto.

La mayoría de los travestis de Quinta avenida refieren que los padres de familia que noche tras noche detienen sus carros para montarlos, lo primero que hacen es tirárseles desesperadamente al pene. Esos padres de familia son travestis también, travestis mentales, travestis de armario. Ellos van a buscar a quienes tienen el valor de asumir socialmente su condición. Ellos van a buscar la emancipación de su propia conciencia. Pero si, al día siguiente, encuestamos a esos padres de familia, las respuestas serán sin duda homofóbicas: ellos desprecian lo que son a escondidas. Entonces, no es sólo lo que ves.

Tenemos otro caso: en este instante, no pocos jóvenes cubanos adoran a un reguetonero cuya vida homosexual es fama. Hay que ver las filas de hombres y mujeres —que lo tienen por igual como todo un símbolo sexual; un nuevo, híbrido y descomplicado símbolo— para rozarle la ropa o que les firme un autógrafo. Hombres y mujeres que adoran, y desean, al andrógino, sin el menor problema. Entonces, ¿se han movido los paradigmas, o no se han movido?

En medio de este juego de espejos, Abel, que no Caín, termina su libro —y lo titula— con una frase, con una idea semiológicamente peligrosa. Él confiesa que “los verdaderos protagonistas de este libro (…) me invitan siempre a que me sitúe del otro lado del espejo” (276). Parece una metáfora fácil, cuando no lo es. ¿Qué quiere decir situarse del otro lado del espejo? Como diría un amigo, ahora sí que sí.

Hacia el final de su texto, Abelito convierte su propia fe en una sospecha abierta a los poderes de la metáfora, pero como yo temo caer aquí en un psicoanálisis de cupé, o de cuplé, me limitaré a señalar que, en mi modesto criterio, Del otro lado del espejo… representa un aporte inestimable a la historia de la nación y de la cultura cubanas.

Rufo Caballero

Septiembre de 2008.

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Notas:

1.- Cf. Abel Sierra Madero: Del otro lado del espejo. La sexualidad en la construcción de la nación cubana. La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2006, p. 172.

2.- Citado por Sierra, ob. cit., p. 80.

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