Matilde Pérez, artista cinética

Matilde Pérez, artista cinética

Por tratarse de una artista excepcional, la primera invitada a presentar una muestra individual ha sido la chilena Matilde Pérez (Santiago, 1920), y este miércoles la presidenta de Chile, Michell Bachelet, cortó el listón en un acto que fue, a la vez, el primero de una serie de actividades que se realizarán en Cuba durante los próximos días de la Feria Internacional del Libro de La Habana, con Chile como país invitado.

Matilde Pérez recorrió su exposición el lunes pasado, cuando todavía estaba en proceso de montaje, y del brazo de Lourdes Benigni, directora de artes plásticas de Casa de las Américas, observó maravillada el trabajo del equipo de Casa y del curador quien vino especialmente desde Chile para trabajar junto con ellos, Ramón Castillo, experto en la obra de Matilde Pérez y curador del Museo de Bellas Artes de Chile, de donde proviene la única pieza de la exposición que no está en la colección personal de la artista: el collage en madera titulado Composición Número 20.

Ramón Castillo, presente en este recorrido, nos muestra los detalles de cada cuadro, algunos hechos en papel, otros en metal y uno más en madera. Lo abordamos con una pregunta:

¿Cuáles son los valores estéticos más importantes de la obra de Matilde Pérez?

—Una combinación de elementos racionales, matemáticos y geométricos duros con la intuición. Ella tiene un pensamiento directo muy intuitivo y muy espontáneo, y en su obra se nota eso también: hay piezas que son misteriosas, pero no porque tengan una tremenda teoría detrás, sino porque Matilde mezcla su propia teoría con la sensibilidad. Por eso algunas obras son muy simples. Ella busca efectos ópticos.

Considerada la principal exponente del cinetismo en su país, Matilde Pérez comenzó su formación artística en 1938 con Pedro Reszka, y en 1960 obtuvo una beca para estudiar en París, donde se produjo en ella un cambio de actitud: “se me fijaron las reglas del juego para otro estándar de vida, otra manera de versar”.

Matilde Pérez camina con pasos cortos. Hoy tiene una dolencia en el brazo derecho. Se queja. En cuanto ve a Ramón Castillo endereza la espalda. Se planta firme. A él no le gusta verla encorvada, posición en la que su cuerpo suele estar naturalmente, a causa de su edad.

La exposición la integran 30 obras en varios formatos (esculturas, gráfica y técnicas mixtas realizadas desde los años sesenta hasta el 2007), de un valor monetario alto si consideramos que recientemente un cuadro suyo se vendió en una subasta de Sotherby´s en 40 mil dólares. Al respecto, opina Ramón Castillo:

“Los chilenos nos quedamos impresionados, y a partir de este boom han llegado a su casa coleccionistas muy agresivos dispuestos a comprarle a cualquier precio, pero ella no vende por ningún motivo. Su obra es su vida, y ha tenido una lucidez muy grande para permitir que finalmente accedamos a ella, primero en Chile y ahora aquí en la Galería Latinoamericana de Casa de las Américas”.

Matilde Pérez explora las formas geométricas, los colores y los efectos ópticos para crear una ilusión de movimiento, corriente en la que se inició bajo la influencia del Groupe de Recherche d´Art Visuel y el artista Julio Le Parc.

Ramón Castillo da un perfil exacto de la artista en pocas palabras: “Alguna vez le pregunté cuál era tu teoría del color. Se me quedó mirando un rato y respondió: ‛¡Ninguna! Junto un color con otro y ahí veo si se matan o no se matan entre sí’”.

Matilde Pérez fundó el Grupo Cinético de Chile en 1969. Al año siguiente incorporó el efecto de movimiento real en sus obras mediante artefactos móviles y focos luminosos. Piezas de estas características están incluidas, por supuesto, en la retrospectiva que se exhibe en Casa de las Américas en ocasión del 50 Aniversario de su Premio Literario.

Por ser una mujer mayor de complexión delgada, pelo canoso, ojos azules y semblante tierno, Matilde Pérez inspira dulzura. Sin embargo, su conversación delata un carácter estricto y una verticalidad aplastante. Diría, incluso, que es agresiva, y Ramón Castillo está de acuerdo: “Está convencida de que su trabajo es su obra, y no las relaciones públicas ni la fama”.

Al momento de presentarse a sí misma, Matilde Pérez me contó que desde muy niña decidió dedicarse a la pintura. Entonces le pregunté:

¿Cómo reaccionó su familia?

—La reacción importante fue la mía. Es la que vale. Yo me puse como meta ser pintora a los 5 ó 6 años de edad, ¡tan chica! y cuando cumplí los 18 dije “¿qué espero?” Ahora tengo la obligación de cumplir, y me metí de cabeza a estudiar pintura en serio, con todas las reglas del juego. Nada fue improvisado. Fueron cosas planeadas, pensadas y encaminadas a llegar a un buen fin. No sé si llegué o no, pero aquí estamos.

¿Cuál es su filosofía pedagógica?

—Estudiar arte es una cosa, y estudiar mentalmente el desarrollo del arte, es otra. Una cosa es lo que aprendes como loro, y otra aprovechar ese punto de partida para un desarrollo futuro. Eso ya es un problema bastante mayor. La capacidad mental la tiene uno adentro, no se da con receta de amigos ni de nadie.

Da la impresión de que su trabajo es muy racional.

—¿Y cuál es el pero de eso? A los 6 ó 7 años empecé a pensar como pintora, y a partir de ahí fui buscando cómo darle mayor fuerza y mayor realidad a las formas. Así me fui metiendo en una y luego en otra pintura...

¿Qué significa pensar como pintora?

—Empieza por no ser tonta, y saber que lo que eliges tiene una razón de ser. No dudar. Soy pintora porque dediqué una vida a desarrollar una mentalidad determinada. Eso es bien distinto a decir “soy pintora” y quedarse sentadita esperando que algo le caiga.

¿Cómo fue su primera exposición, qué repercusión tuvo?

—No mucha. La hice cuando tenía 18 años y fue en el Banco de Chile, una sala bastante común y bastante segundona, ahí dentro del banco, pero me marcó; y a los dos o tres años hice otra, en ésta estaba mucho más desarrollada... hasta que fui haciendo otra y otra, y después dije “para qué hago más, ya este disco lo rayé”.

¿En sus años de formación viajó lo suficiente?

—No mucho, porque no tenía un peso para nada, ni para el puchero, pero en cuanto pude me presenté y me saqué una beca para estudiar en Francia. Un año entero con todo pagado. Después, a los dos años, volví a tener otra beca, y así se me fueron fijando las reglas del juego: otro estándar de vida, otra manera de versar.

Ha tenido una vida muy productiva, pero ¿hasta qué punto se siente satisfecha con su obra?

—Nunca. Siempre estoy en un compás de espera tratando de llegar a donde quiero llegar.

¿Qué importancia tiene para usted el color en contraste con la forma?

—No tienes que hacer enredos de color y forma, sino saber amarrar ese total de cosas en una sola que tenga fuerza en su propia existencia.

¿Qué momentos considera los más valiosos en su vida profesional?

—Ninguno. No hay un momento determinado, es una búsqueda continua de la existencia. El desarrollo mental se gesta lentamente, y uno persigue la perfección.

¿Le importa la reacción del espectador ante su obra? A mí me causa un fuerte efecto.

—No, no le llega a la mayoría. No la entienden. No ven que se mueve. No se dan cuenta de las posibilidades futuras y del destino que tienen las cosas.

Bueno, ahora que lo menciona, el arte cinético se ha calificado como futurista, ¿verdad?

—Esos títulos me importan un rábano. Ni futurismo ni no futurismo, sino pensante. Una persona pensante discurre, inventa, y eso es lo importante. La gente oye, ve y sabe, pero no recibe...

Usted trabaja para usted misma, entonces.

—Tengo que hacerle así, de otra manera ¿para quién trabajo, para el que no sabe nada, para el que tiene la cabeza vacía?

¿Se considera una persona cinética?

—Lo soy.

¿Qué significa ser una persona cinética?

—No significa nada. Es una actitud mental frente a las cosas.

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