Presencia teatral chilena

Presencia teatral chilena

El volumen, el número 20 de la Biblioteca de Clásicos de la Casa Editorial Tablas-Alarcos, permite acercar al lector cubano a las claves más recurrentes de la dramaturgia del chileno: su carácter lúdico, la visibilidad de la creación de escenarios de evasión, la dramaturgia como sacrificio y resistencia.

Su editor, Ernesto Fundora, relató la idea de hacer el libro cuando el autor de La secreta obscenidad de cada día —pieza que el público cubano ha podido disfrutar en varias escenificaciones, la más reciente interpretada por el autor junto a León Cohen— visitó Cuba durante Mayo Teatral de 2006 e impartió un taller sobre escritura dramática. Desde entonces, Fundora y Teresina fueron construyendo este libro que desde hacía mucho tiempo la industria editorial cubana le debía a De la Parra.

Reinaldo Montero, dramaturgo y uno de los que compartió el taller de De la Parra hace más de dos años, leyó un breve texto que fue “fragmentado” su visión sobre la más reciente entrega de la colección Biblioteca de Clásicos. En un constante juego de palabras donde reconstruía y resignificaba no solo la propia dramaturgia del chileno, sino también una zona de la tradición literaria y dramática de ese país, Montero puso al descubierto el reverso juguetón y absurdo de una figura imprescindible de la escena chilena y latinoamericana contemporáneas.

Para terminar sus intervenciones, Teresina y Marco Antonio leyeron un fragmento de La vida privada que fue, sin duda, una invitación atractiva a la lectura y a la puesta en escena de estas obras.

Por su parte, Vivian Martínez Tabares presentó el volumen del Fondo Editorial Casa de las Américas que recoge una muestra de la producción más reciente del teatro chileno. De ahí que el segundo momento de la sesión, se instalara con naturalidad y fluidez cuando llegaron a la mesa representantes de una nueva generación de autores que hoy actúan sobre los escenarios chilenos y que, como bien pronunciara después uno de ellos, son herederos de De la Parra.

La estudiosa y crítica chilena María de la Luz Hurtado tuvo a su cargo el prólogo y los trabajos de selección compartidos con Tabares. Si desde el pasado año había comenzado a circular, en la Feria Internacional del Libro, la compilación que hiciera el dramaturgo Ramón Griffero, esta vez la Casa pone en nuestras manos una muestra de la producción más reciente —las obras fueron escritas después del año 2000— de una joven hornada de creadores.

Tabares observa claramente los ecos de una generación formada en los años duros de la dictadura, de ahí que se desprenda también una tendencia por el no realismo en los textos, por acudir en mayor o menor medida a operaciones poéticas en muchos de ellos.

Para Hurtado los rasgos comunes que ella observa son: “otro modo de abordar lo político el ideario (o su falta), y de vincularse con la contingencia y con la memoria; una reelaboración de los modos de dar voz, cuerpo y recorrido diegético al sujeto marginal urbano; la construcción de metatextos y el uso de hipotextos como sustrato referencial de la ficción dramática y escénica; la cita, los anacronismos, la inescapabilidad de la recurrencia a la tecnología virtual; y la máxima economía de recursos a su hiperbolización”.

Como anuncia el libro “En estas obras hay un pensarse a sí mismas como lenguajes, una autorreflexión explícita acerca de sus propios mecanismos constructivos como obras teatrales y como escenas, en la inextricable y paradojal relación entre representación/realidad, palabra/cuerpo y ficción/verdad escénica…”

Por su parte, los dramaturgos Juan Claudio Burgos, Ana López y Manuela Infante comentaron sobre su práctica escritural, su acercamiento a la escena chilena, sus operaciones y estrategias estéticas y formales, y su diálogo con la tradición y sus contemporáneos.

El volumen contiene obras de Burgos, López, Infante y, además, de Luis Barrales Guzmán, Guillermo Calderón, Andrés Kalawski y Benjamín Galemiri.

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FABULACIONES SUBLIMES

por Vivian Martínez Tabares

Conformar, junto con la crítica e investigadora chilena María de la Luz Hurtado la selección de obras que compone la Antología de teatro chileno contemporáneo, propuesta por mí al Fondo Editorial Casa de las Américas con motivo de esta XVIII Feria Internacional del Libro de La Habana, fue un apasionante proceso de intercambio cibernético a varias voces. El antecedente había sido la antología preparada el año pasado en Chile por Ramón Griffero desde la Universidad Arcis, que revelaba un conjunto muy atractivo de obras pero limitada a un círculo específico de autores, lo que motivó la curiosidad hacia otras zonas.

En el diálogo con la colega chilena y con la obra de los 12 autores que originalmente me propuso, descubrí, más allá de regularidades y rasgos personales, un poderosísimo discurso autorreflexivo, signado por amplia referencialidad teatral y cultural, conciencia del proceso creativo como fuente de sentido también desde los propios procedimientos de composición y raigal vocación política.

Las siete obras seleccionadas para este libro han sido escritas después del año 2000, lo que garantiza su vitalidad dentro de los procesos actuales de la escena chilena, y muchas de ellas han sido probadas en la representación. Cinco de los siete autores tienen menos de 35 años y dos de ellos son mujeres, representativas de una postura que también ha ocupado un espacio significativo en su realidad sociocultural.

Singulares en su impronta personal, las obras están unidas también por una sensibilidad que se emparienta en notables rasgos. Dialogan con la tradición teatral chilena y latinoamericana desde nuevas coordenadas, que se expresan en la absoluta libertad en el manejo del espacio y el tiempo, ya sea desde una postura disociativa, fragmentaria, rearticulada con preeminencia de una voz monológica y con variadas perspectivas metadiscursivas para examinar las relaciones internas entre realidad/ficción, textualidad y lenguaje de la representación, palabra como acción y acción corporal.

Un rasgo común es el rechazo a las nociones ortodoxas del drama realista, signado por la coherencia del sentido y la organicidad de la progresión, a la acción estructurada según una lógica causal y verosimilitud, para dar paso a una reinvención de realidades, complejas y múltiples, que se revelan profundamente políticas y reprocesan la memoria histórica, personal y colectiva, sensorial y factual, articulada con la contingencia, lo provisorio y lo efímero, la invención y lo onírico o fantasmagórico de un pasado complejo.

Aflora la huella de traumas, dolores, desgarramientos y marcas dejadas por la dictadura en el inconsciente colectivo, que se revela como una narrativa inconclusa, en pleno proceso de definición, como traducción imaginal del camino de búsquedas que tiene lugar en el concierto colectivo de la sociedad chilena. Y se procesan por medio de infinitos juegos de referencialidades asumidas con total libertad: el teatro clásico, el cine, la cultura popular, la televisión, entre muchas otras. Las narrativas hipervinculan el discurso oficial de múltiples signos ideológicos con lo marginal, la tragedia inscrita con sangre en la memoria con la revisión paródica.

La proyección política no se adscribe a caminos transitados por fuerzas sociales sino que se inventa una manera nueva, descarnada y dolida pero también desacralizadora. Se trata de siete caminos de una dramaturgia cuyo lenguaje se relaciona con el performance en su recurrencia en el cuerpo dolido, muerto y fragmentado, un cuerpo que es individual y a la vez re/presentación de la nación lacerada.

Ironía devastadora y desfachatada insolencia en Benjamín Gallemiri. Sublimación y suficiencia de la palabra, como curiosa narraturgia del cuerpo ausente en Juan Claudio Burgos —que me recuerda al argentino Ricardo Sued y su Caramelo de limón. Metadiscursividad, teología y política fabulada en Manuela Infante. Revisión antropológica y causal, ampliamente democrática en Luis Barrales. Revancha poscolonial y formalización descolonizadora en el juego de otredades de Kalawski. Develación implacable e impúdica de los descalabros del ejercicio arbitrario del poder en Ana López Montaner. Y deconstrucción de la teatralidad —como metalenguaje de la creación escénica— y recuperación de la utopía liberadora en Guillermo Calderón.

El brillante prólogo de María de la Luz Hurtado estudia a cada uno inserto en su medio teatral, cultural y sociopolítico con erudición y los pone a dialogar con otros nombres y títulos de la dramaturgia chilena precedente.

A propósito de Neva, la obra de Calderón que tuve la oportunidad de redescubrir en la escena —única que hasta ahora he podido ver—, me reafirmó las potencialidades de estos discursos para seguir generando sagas, multiplicándose en expresiones insospechadas. Y pude constar de manera mucho más viva la fértil articulación de varios contextos y universos cargados de subjetividad: el modo juguetón y teatralisimo en que los tres actores discuten su desempeño profesional y técnico, interconectado con la realidad política de San Petersburgo en 1905, y la conciencia latente del presente sociopolítico de Chile, visto con agudeza critica y humor.

Tres planos de acción que revelan un agudo debate sobre el teatro y la revolución, la historia viva y la ficción posible, estados del lenguaje que en esta, y en todas las piezas de la Antología… se erigen como entidades propias, ingeniosas, de exploración de la palabra y su polémico rol. Fabulaciones sublimes de la subjetividad que es hoy Chile y que puede ser buena parte del mundo.

Si nos atenemos a sus méritos, a la fuerza de sus entes —no siempre personajes— y a sus contundentes urdimbres, deberíamos verlas, muy pronto, en nuestros propios escenarios insulares.

Intervención de Vivian Martínez Tabares en la presentación de Antología de teatro chileno contemporáneo

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