Emerio Medina: El cuento es el reto del narrador

Emerio Medina: El cuento es el reto del narrador

Lo vi cuando volvió de la capital, luego de recibir el lauro. Se encontraba frente al Centro de Promoción Literaria Pedro Ortiz, festejando con algunos amigos escritores. Vestía un pulóver de dos colores y su cuerpo descansaba sobre el borde del contén en los portales coloniales de la Plaza de la Marqueta. Es un hombre discreto, de 43 años y mil oficios para ganarse la vida, aparentemente ajenos a la literatura. Su aspecto común lo delata: es un hombre del campo.

“Mi familia es obrero-campesina, sin ninguna raíz cultural. Puro campo. Mi padre era obrero de la industria del níquel. Mi madre es ama de casa. Nos moriremos allí”.

Hace algunos años Emerio despuntó como de los más prometedores escritores del territorio. En 2006, ganó el Premio de la Ciudad con Rendez-vous nocturno para espacios abiertos (Ediciones Holguín, 2007), ahora reeditado por el Instituto Cubano del Libro y la colección La puerta de papel. Su primer libro, Plano secundario (2006), fue incluido en la colección Comunidad, de la misma editorial.

Su piel es quemada de tanto sol que aguanta. Sus brazos son macizos, sus manos toscas. Habla con la espontaneidad y sencillez de la gente del campo, pero hay un aspecto en él que descubre su interior cosmopolita. En algún momento le pregunté:

¿Qué necesitabas expresar para decidirte por la literatura?

—La literatura es para mí, específicamente la narrativa, el medio más eficaz para decir cómo uno ve el mundo, la gente, el entorno, para evocar las anécdotas, las cosas que viste, oliste, leíste, encontraste en una película… en cualquier parte. Siempre me preocupó el aspecto estético de la vida. La forma que encontré para decirlo fue escribiendo. Y el cuento me permite hablar de cualquier cosa con profundidad. Es el género que me atrae más.

¿No podías haberte expresado de otra manera: cantando, pintando…?

—Uno tiene habilidades naturales. Las mías no eran cantar ni bailar. Soy pésimo bailador. No sé cantar ni dibujar. Mis habilidades eran mirar y oír. Yo miro el mundo. Escribir es mi forma de digerirlo. Tengo un miedo escénico garrafal, gélido...

Me dices que siempre fuiste un gran lector, ¿cuándo empezaste a leer literatura?

—Aprendí a leer a la edad que aprende a leer cualquier niño. Tenía interés y muy buenos maestros en la escuela primaria rural donde estudié, la Eraides de la Cruz Sánchez, nombre de un mártir local de Franco, la localidad donde se encuentra situada. Fabulaba con las lecturas de Salgari, Julio Verne y Alejandro Dumas. Después, fui a estudiar al IPVCE José Martí, de Holguín. La Vocacional tenía una biblioteca muy grande y podías encontrar desde Dumas hasta Washington Irving, con sus Cuentos de la Alhambra.

«Quizá, mi avidez por la lectura comienza con La Ilíada, texto de cabecera durante la Enseñanza Media. Pero, sobre todo, con la versión martiana de La Ilíada. La considero una lectura obligatoria para esa edad. Por aquellos tiempos, disfruté la lectura de El cantar del Mío Cid.

«Después llegó a mi vida la ciencia ficción: Bradbury, Asimov, Verne. Buscaba los libros de ciencia ficción y aventuras. Lo que había visto en La Ilíada era la aventura y fue lo que busqué después. Rechazaba la llamada “literatura seria”: Balzac, Sthendal, Cervantes. Era lógico. Sin embargo, leí Los miserables».

¿Cómo llegas a la Ingeniería Mecánica?

—Yo había pedido traducción de idioma inglés, pero mi papá murió y la familia no estaba bien económicamente. Opté por la Ingeniería. Así llegué al Instituto de Automóviles y Carreteras, de Tashkent, capital de Uzbekistán.

¿Qué recuerdas de Tashkent?

—De Tashkent me gustó la vegetación… Llegué en verano. Era una ciudad con mucha vegetación, arboledas frondosas. También me impresionaron las luces, ver tanto alumbrado fue espectacular… venía del campo. Ese fue mi primer impacto. Estoy escribiendo una novela sobre eso. Se nombra Las luces de Tashkent.

¿Qué hacías para espantar las noches de invierno de Tashkent?

—Hacía lo que todo el mundo: tomaba vodka con los amigos, estaba con una mujer, leía… Me casé con una rusa que disponía de una buena biblioteca en su idioma. Allí leí mucho. Estuve cuatro años viviendo con ella. Luego, vino conmigo y estuvo un tiempo aquí en Mayarí. Esa experiencia estará en la novela, pero no es una biografía. La he empezado a escribir tres veces, pero la abandonaba por no encontrar el tono correcto. Los personajes de “Los días del juego” están en esa novela.

«Llegué a la “literatura seria” gracias al ruso. Leí Espartaco, de Howard Fast; Gengis Kan, de Vasili Yan; Faraón, de Boleslav Prus. También leí a Sholojov. En ruso, choco con Pushkin. El idioma me abre las puertas de Latinoamérica. Así llego a García Márquez. A los cubanos los había leído antes, crecí en la época esplendorosa del policiaco, y leí a Chavarría, Luis Rogelio Nogueras…

Además del ruso y el español, ¿dominas otro idioma?

—Hablo inglés. Lo aprendí en las vacaciones de décimo grado, en la Vocacional. También me defiendo en el francés.

¿Qué ocurre cuando regresas a Cuba?

—Vine en los 90. Durante unos años mantuve avidez por la lectura. Leí a García Márquez, Vargas Llosa… y hasta ahí. No leo más. Mi vida tuvo derroteros extraños.

«En el 2000, me leí unos cuentos de Cortázar, O’ Henry. Ya había leído a Poe. Comencé a buscar a Hemingway y Mark Twain. Leí a Onetti, Maupassant. Trabajé como profesor de inglés durante un año en un Politécnico, en Valle-dos. Luego, me puse a trabajar en la industria del níquel, en la ECRIN.

«Entre el 2003 y 2005 devoré unos cien libros. Hice relecturas de Saramago, Carpentier, García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Onetti. No leí nada más que no fuera latinoamericano. También me adentré en lo cubano: Padura. Leí lo que me recomendaban amigos como los escritores Mariela Varona y Rubén Rodríguez, oportunos en mi vida. Me acerqué a ellos en el momento justo. Fue una vacuna a tiempo.

«Ahora reevalúo la situación. Soy selectivo. Releo. Lo último fue un libro de Javier Marías. Me mantengo actualizado de lo que se publica en Cuba, en Holguín. He leído los libros de Lourdes González, de Manuel García Verdecia. Me ha gustado mucho una novela de Geovannys Manso que se titula Isla inmersa».

¿Qué impulso te llevó a escribir el primer cuento?

—No hubo impulso. El cuento llegó solo. Trabajaba en un contingente de la construcción en La Habana antes de regresar a Mayarí, en el 2002, donde me puse a trabajar de profesor de inglés en el Politécnico. Ahí comienzo a escribir. Dos años después escribí mi primer cuento “La propuesta”, aún inédito.

«Tengo escritos unos cien cuentos y cuatro novelas. Prefiero el cuento. Es el reto del narrador. La novela es el pasatiempo. En el cuento me siento bajo presión, cómodo. En la novela me siento más libre, pero prefiero la exigencia del cuento. Si tuviera que vivir de algo, viviría del cuento».

¿Cómo escribes los cuentos?

—No hay una fórmula. Casi siempre logro ver la escena. La literatura es como el cine. Algunas veces los cuentos tienen una sola escritura. Otras veces me detengo, lo reescribo y cambio las historias para que provoque el efecto que me interesa causar. Prefiero el absurdo, pero también escribo cuentos sucios, existenciales, del llamado realismo mágico. Siempre se desarrollan en una geografía identificable. Mis símbolos son cubanos.

«Trato de jugar con las palabras, que sean ellas las que decidan su lugar. Nunca uso diccionarios. Las palabras que utilizo son las que tengo en la cabeza en el momento de creación. Prefiero las palabras. La literatura se compone de palabras».

Si pudieras señalar una especie de obra cumbre en tu producción, ¿cuál sería?

—Mi obra cumbre, lo que podríamos llamar así, es la novela infantil-juvenil: Viaje a la orilla de un cuento, compuesta por cinco partes. Ahora Ediciones Holguín está a punto de publicar la primera. Es el único texto donde he entregado parte de mi vida. Tiene una aspiración mayor porque es una fantasía heroica que ocurre en una Cuba paralela. Es mi proyecto más ambicioso. Trabajaba en La Habana, en la construcción, en La Macumba, cuando pensé en el tema. Tal vez la vegetación me provocó esas ideas. Tardé tiempo en escribirlo. Hay una filosofía vital en la historia. Es el bien y el mal mediante seres mágicos como el güije y otros inventados por mí, o reinventados, como el Rafo y el diablito. No digo más. Es el libro que siento más valioso. Lo demás lo he hecho porque me gusta escribir.

¿Cuándo escribes?... ¿es difícil desde Valle-dos?

—Escribo cuando tengo algo que decir. No oigo nada ni a nadie cuando escribo. Y es muy fácil escribir desde cualquier lugar mientras quieras hacerlo. Ha sido fácil escribir desde Mayarí porque he logrado desprenderme de cosas molestas. He logrado hacerme de ciertas cuestiones elementales para escribir. Se escribe igual en Mayarí y en Hong Kong. No hace falta nada más que las ganas.

Tomado de La Jiribilla

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