Un elogio (prohibido) para Federico Álvarez

Un elogio (prohibido) para Federico Álvarez

Como observé un cierto rictus de desilusión, y para que no se fuera con las manos vacías, le dije: “Mira, lo que yo puedo hacer es hablar de mis recuerdos de Fede, de la universidad, de aquellos años inolvidables de finales de los 60, de todo lo que mi generación le debe, en fin, de esas cosas”. “Pues mira”, dijo Pocho, “no había pensado en esa posibilidad, pero la idea me parece excelente”. Eso explica, pues, mi presencia aquí.

Escribir un par de cuartillas sobre esos recuerdos universitarios, me pareció tarea fácil, aunque todo se complicó días después, cuando hablando con Fede por teléfono, le pareció muy buena la idea de unas palabras mías, pero muy serio y yo diría que con cierta fría sequedad, casi me exigió: “Eso sí, nada de elogios”.

Advierto entonces que con semejante limitación, mi tarea se ha complicado enormemente. Llamé a algunos de mis amigos escritores para pedirles consejo. Pero ninguno pudo expresar más que un par de lugares comunes, que en nada han facilitado mi labor.

Decidí venir a esta presentación y exponerles con toda sencillez los obstáculos insalvables que el propio autor del libro presentado me ha impuesto.

Porque, compañeros, yo pensaba simplemente decir que Federico Álvarez fue uno de esos profesores universitarios tan inolvidables, que más de cuarenta años después hablamos de sus clases, como si vivieran en un eterno presente; que cada clase suya era como una fiesta que esperábamos día tras día para alimentar nuestra aspiración de convertirnos en escritores; que para mí era lo más parecido a como debió ser James Gardner, el maestro de Bradbury y de Raymond Carver. Yo quería decir esas pequeñas verdades, esos inevitables elogios, pero Fede me ha prohibido elogiarlo, y por supuesto, Fede es un hombre que yo respeto profundamente.

No hubiera dicho muchas más cosas de él. Eso sí, me hubiera gustado subrayar que era un profesor que poseía una modestia innata, que penetraba en el tejido de la clase para hacernos creer que era uno más de nosotros, que no poseía la verdad absoluta del tema que impartía, y que valoraba en su justa medida cualquier observación inteligente de un alumno, para después abrumarnos con la insondable profundidad de sus conocimientos, complementados con las maravillosas tarjetas que a veces podíamos leer a espaldas suyas, y que eran un pequeño tesoro de teoría e historia literaria, de citas, frases, epígrafes, observaciones, escritas con una letra “prolijita” como diría mi esposa uruguaya. A partir de esa fecha, nosotros también nos enviciamos con las tarjetas tipo Federico, que llevábamos después en los bolsillos de las camisas y los pantalones como verdaderos precursores de Wikipedia. Hubiera podido expresar aquí esos pequeños elogios, pero ya he dicho que Fede me ha prohibido elogiarlo, y por supuesto, Fede es un hombre que yo respeto profundamente.

Era absolutamente necesario referirme, en esta actualización de los recuerdos, a aquel inolvidable Taller nocturno que Fede organizó, a fines de los sesenta, en el Habana Libre, en un local que ocupaba el Departamento de los Cuadernos Populares del ICL En aquellas sesiones discutimos un libro de Giorgy Lukács, Significación actual del realismo crítico, particularmente el ensayo “¿Franz Kafka o Thomas Mann?”. Fede me pidió que hiciera un resumen expositivo del ensayo para propiciar la discusión, de los participantes entre los que recuerdo a Rogerio Moya, Germán Piniella, Jaime Sarusky (que nos divertía muchísimo cuando pronunciaba con marcado acento agudo:Lukács), Luis Rogelio Nogueras, el inolvidable Wichy, Raúl Rivero, Renato Recio, tal vez Magaly Silva, y el que les habla. Fueron días que no pueden olvidarse, porque ese taller valía por todo un curso de corrientes literarias del siglo XX, que era el nombre del curso que él nos impartía en la universidad.

Las sesiones de ese taller quedaron para siempre en la memoria, y quedaron estas dos cuartetas que Wichy Nogueras y Raúl Rivero escribieron a cuatro manos:

Federico es el gallego

que nos enseña a escribir,

pero no suelta el secreto

de cómo sobrevivir.

Con guachipupa y croqueta

con huevo duro y ají,

no sobrevive un poeta,

¡Que me lo cuenten a mí!

Como ven, mencionar estos elogios merecidos hubiera sido inevitable, pero no puedo porque Fede me lo ha prohibido, y a Fede yo lo respeto profundamente.

Por último, me gustaría compartir, sin elogiar, por supuesto, aquel momento, para mí memorable, en que le hice llegar a Fede el original de mi libro La guerra tuvo seis nombres. Fue la primera persona que consultaba. Le pedí que lo leyera y me lo comentara, pues pensaba enviarlo al concurso David 1968. El día que me citó para conversar sobre el libro, yo me aparecí tembloroso y aterrado, a escuchar el veredicto. No recuerdo, claro está, todas y cada una de sus observaciones. Solo una, la más importante, se quedó en mi memoria agradecida. Era sobre el último cuento “Eduardo”. Había un pasaje en el cuento, donde el narrador habla del cruce de Jagüey Grande en la oscuridad y la aparición de una luz en el pueblo casi muerto: era una viejita que movía un pequeño farol y un pañuelo blanco que nos conmovió a todos los que íbamos en aquel camión. Pues bien, en el momento de escribir la escena, me dejé llevar por su tono poético, y se me fue la mano en la descripción de aquella viejita y el lenguaje se me volvió tal vez un tanto romanticón, y sentimentaloide, y Fede no me perdonó. Me dijo: “Oye, en este último cuento, la escena de la viejita, ella con su farolito, y su pañuelito, qué linda la viejita, ¿eh?, el pañuelito, el farol, la viejita, qué linda, ¡qué mierdita!”, y tomando un lápiz me tachó medio párrafo. Y después, tal vez al verme un poco deprimido, me preguntó: “¿Lo vas a enviar al David?”. Le dije que sí. “Creo que te lo sacas”, profetizó. Unos meses después, aquella opinión se hizo realidad.

Por último, apenas unos días antes de marcharse a España y posteriormente a México, conversamos en su pequeño escarabajo VW, cuando apenas estábamos en los días iniciales del tenebroso Quinquenio gris, y me hizo dos o tres observaciones que fueron como chispazos de luz para mi carrera literaria y en consecuencia para toda mi vida. Me dijo: “No importa que lleves meses sin escribir. Tal vez demores años, pero ten la seguridad de que vas a seguir haciéndolo”. Me dijo: “tú eres un cuentista nato”. Me dijo: “a lo mejor intentas una novela, pero si lo haces te va a costar mucho trabajo porque te repito que tú eres un cuentista”. Y refiriéndose a aquellos momentos angustiosos para la cultura, me dijo: “Todo esto pasará: los hombres pasan, la obra queda”.

Esos consejos, el abrazo que nos dimos, la amistad entrañable que se mantiene a lo largo de más de cuarenta años, son los mejores elogios que yo hubiese querido expresar aquí ante mi maestro, mi amigo, mi hermano mayor. Pero no hay remedio. Y pidiéndole permiso a Shakespeare por última vez, debo repetirles que Fede me ha prohibido elogiarlo, y a Fede yo lo respeto profundamente.

Gracias

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