Es nuestra Haydee, Esther

Es nuestra Haydee, EstherEsther Barroso durante el rodaje, al frente del equipo de realización

Cuando le pregunté a Esther Barroso qué le había proporcionado la realización del documental Nuestra Haydee, me respondió: “Sentir que me quedan cabos sueltos, y quizás este es el comienzo”. Y le creo. Siempre salta otra historia, una anécdota, un afecto, un papel, una carta, una idea, una imagen.…

En 2009 la Casa de las Américas cumplió su primer medio siglo de vida. Me correspondió diseñar una estrategia de promoción que quiso celebrar justamente la vitalidad de una institución que, también asaeteada por las sucesivas crisis económicas, sociales y de todo orden, seguía siendo un referente para el campo cultural e intelectual de un continente. Esa energía se había forjado desde su propia fundación en 1959 de la mano de Haydee Santamaría, quien continúa siendo una guía espiritual para los que trabajamos en la Casa, aun cuando muchos de nosotros nacimos en las décadas posteriores al triunfo de la Revolución y a su propia muerte en 1980.

A Haydee Santamaría, la Casa de las Américas le debe mucho. Nunca será suficiente un homenaje, una mención, un tributo, un recordatorio. Es una deuda placentera y justa a la altura de su dimensión humana. Y llama la atención que la Casa no exhiba ninguna foto o frase que la pondere en sus paredes. Esta idea abre el documental Nuestra Haydee, una realización de Esther Barroso, en una coproducción de la Casa de las Américas y Cubavisión Internacional.

El verdadero respeto a su pensamiento, acción y vida ha estado en otro sitio, profundo y, a la vez, a flor de piel. Ha estado quizás en las más pequeñas cosas, en los detalles que, unidos, arman un fresco completo de su pasión, entrega y compromiso humanos por los demás y por la Casa. Sus historias, sus angustias, sus afectos, permanecen vivos en la oralidad de los que la conocieron y compartieron con ella lo humano y lo divino: una receta de natilla, disfrazarse en el Premio Casa o los tiros del quinquenio gris.

El documental estuvo desde el primer momento en esa intensa campaña que concluyó con la primera edición de Casa Tomada, colmando 3ra y G de gente joven que se quedaba hasta la madrugada con ganas de más.

Entrevista con Roberto Fernández Retamar

Conformamos un pequeño grupo de trabajo, seleccionamos a los entrevistados según nuestros intereses en destacar zonas de su personalidad y vida: su dimensión humana, su participación en la gesta antes de 1959, y la Casa de las Américas. Sobre estos ejes fundamentales se fue tejiendo la historia que nos contarían sus compañeros, amigos, cercanos testigos de su compleja e intensa existencia. Dificultades de todo tipo fueron entorpeciendo y ralentizando el proceso, al punto que transcurrieron cinco años hasta su estreno este 28 de abril. En ese ínterin, el equipo de trabajo cambió, algunos rumbos se desviaron, y en un momento determinado lo dimos por perdido a pesar de que teníamos de nuestra parte una veintena de grabaciones filmadas por René Arencibia.

En 2012 la Casa de las Américas comenzó a emitir su programa América en la Casa para Cubavisión Internacional. Un proyecto antiguo que tomaba cuerpo por primera vez gracias al apoyo de ese canal televisivo y a la entrada de la periodista Esther Barroso como su directora. Pudiera exagerar un poco al decir que conozco pocas personas tan insistentes y sistemáticas como Esther. Habíamos coincidido en la Facultad de Periodismo durante nuestros años universitarios, de manera que compartíamos una querida memoria de lo que siempre se considera “los mejores tiempos”. Eso nos unía, además de su fidelidad a la Casa, adonde siempre había venido, aun de estudiante, para consultar la biblioteca, en sus prácticas preprofesionales y luego como trabajadora de la Redacción Cultural del Sistema Informativo.

Gracias a ese contacto con la Casa por casi tres décadas, Esther conoció de primera mano muchos de sus escritores preferidos. A Mario Benedetti, de quien recuerda vívidamente, tanto como yo, su recital de poesía en los primeros noventas, en una sala Che Guevara abarrotada de público tirado en el piso o recostado a las paredes en unos años en los cuales aquel acto de fe en la poesía salvaba todas nuestras hambres jóvenes. Entonces, a Mario, decía, Esther dedicó un embrionario documental.

Fue Esther Barroso el nombre que propuse cuando estábamos empujando para que aquellas horas filmadas no se perdieran en el camino. Para mí estaba claro desde el inicio. Era Esther. En la Casa se aprobó mi propuesta y echó a andar un diálogo activo, propositivo en el cual las ideas viajaban de un lado a otro constantemente, intentando encontrar un punto común entre nuestra idea y la de Esther que cada vez se adentraba y comprometía más. Se convirtió entonces en un proyecto compartido, una aventura colectiva que se sostuvo gracias a la ayuda de muchas personas e instituciones.

Terminado el documental, luego de precisar detalles, subir el puntaje de los créditos, arreglar un sonido aquí, revisar nuevamente cada letra, hacer una prueba de proyección frente a un puñado de trabajadores de la Casa que lograron colarse en la Sala Che Guevara, Esther y yo conversamos, haciendo balance, quizás, de cómo nos fue.

Y quiero empezar por el principio. ¿Cuál fue tu primera impresión al pedirte que lo hicieras?

Sentí un susto inicial, no al tema ni al trabajo que tendría que enfrentar, sino al compromiso que eso conllevaría y a la posibilidad de no satisfacer, conociendo el cariño de la Casa por Haydee, las expectativas de la institución. Algunos de ustedes la conocieron, otros fueron más que compañeros de trabajo: fueron amigos. Por otro lado, sabía (y sé) que algunas de esas personas han ido construyendo su propio documental que tendría, seguramente, puntos de contactos con el mío, pero también divergencias.

Me sentí orgullosa de que confiaran en mí. Yo había entrado a la Casa cuando tenía 19 años de la mano de un intento de documental sobre Mario Benedetti. Y ahora con Nuestra Haydee, ¿puedo aspirar a formar parte de esta gran familia?

Durante el rodaje de Nuestra Haydee

¿Cómo fueron evolucionando las ideas en torno a la edición, a la presencia de Ana Niria?

Lo primero fue no subvalorar lo que habían hecho tres colegas antes de que el proyecto llegara a mis manos: Xenia Reloba, René Arencibia y tú. Si bien las condiciones técnicas de esas catorce entrevistas no eran las mejores y algunas no se pudieron utilizar, fue un material muy valioso, pues se trataba de reflexiones y hasta confesiones de inestimable utilidad para ayudarme a comprender a Haydee y a orientarme por dónde buscar lo que faltaba o lo que necesitaba.

Lo segundo, en orden cronológico —porque en realidad constituyó para mí lo más importante—, fue sumergirme en Haydee, escucharla, porque —quizá una sensación medio mística— sentí que quería decirme muchas cosas y que yo tenía la obligación de atenderla. Y así, leí y releí todos los documentos a los que tuve acceso. Miré sus fotos una y otra vez, porque cada expresión, postura, la ropa o el peinado que llevara, me podían decir algo. Recorrí sus lugares entrañables, y ellos —aparentemente silenciosos— me develaron misterios, me esclarecieron dudas.

Luego me planteé qué tipo de documental quería, independientemente del que soñara la Casa. Entonces, de inmediato pensé en hacer un audiovisual no para quienes me lo estaban pidiendo, sino para mis hijas o para mis amigos y amigas jóvenes. Es así que surge la idea de crear un personaje ficticio-real, un alter ego mío, una Esther próxima a aquella que había hecho el modesto documental titulado Mario más de 25 años atrás. Por eso aparece Ana Niria Albo como narradora, un excelente ser humano que se involucró en este proyecto como no lo hubiera hecho ninguna actriz o locutora, pues ella es parte de esta historia que se edifica desde la Casa. Por eso aparece Wilma Alba, una todavía más joven compositora que hoy se sabe de memoria hasta la más sencilla frase hablada o cantada del documental. Ya tenía garantizada la juventud en la editora con quien desde hace casi cuatro años trabajo en América en la Casa y otros materiales de la institución en una armoniosa y fructífera relación profesional y de hermandad. El resto del equipo es una cuadrilla de cuarentones recalcitrantes y apasionados.

¿Cómo llegas al final?

Cansada. Fue un trabajo intenso, se extendió demasiado tiempo entre imprevistos, necesidades, aspiraciones no logradas. Ahora, a punto de estrenarse, sigo sintiendo que no lo he terminado. Llego regocijada. No porque considere que he hecho una gran obra, no. El regocijo se debe a la manera en que disfrutamos lo que hicimos y con absoluta seguridad hablo en nombre de todo el equipo. Lloramos, reímos, nos entendimos y, algo no frecuente en este tipo de trabajo, discutimos poco.

¿Qué ha dejado en ti acercarte desde esta perspectiva a la vida de Haydee? ¿Cómo el documental ha cambiado tu visión sobre ella?

Entender su suicidio y, probablemente, entender el suicidio. Yo fui de aquellas niñas que crecieron escuchando a los adultos decir que estuvo mal que Haydee pusiera fin a su vida. Valorar en toda su dimensión quién fue esta mujer para Cuba, cuánto nos ayudó y cuánto nos puede ayudar todavía.

Esther Barroso al frente del equipo de realización

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