Emilio Jorge Rodríguez y la interculturalidad caribeña

Emilio Jorge Rodríguez y la interculturalidad caribeñaEmilio Jorge Rodríguez como jurado del Premio Casa 2018.

No hubo sorpresa alguna en la entrega del Premio de Estudios sobre la presencia negra en la América y el Caribe Contemporáneos, como parte del Premio Casa de las Américas de 2017: Emilio Jorge Rodríguez, uno de los más prestigiosos investigadores de la cultura caribeña en nuestro país, lo obtuvo limpiamente con un libro extraordinario: Una suave, tierna línea de montañas azules. Nicolás Guillén y Haití (Ed. Casa de las Américas, La Habana, 2017).

Además de su impresionante solidez investigativa, de la bien seleccionada inmensidad de información alcanzada y dispuesta en función del discurso ensayístico, este libro se presenta como uno de los raros momentos en que la crítica nacional ha concedido atención a uno de los fenómenos más apasionantes y característicos de la hora actual en el planeta. Me refiero a los estudios de interculturalidad.

Si bien la filología comparatística —no tan antigua aún— tuvo sus ecos entre nosotros en el siglo XIX, tampoco ella ha sido del gusto del mundo académico cubano, demasiado anclado todavía —a pesar de los esfuerzos de especialistas tan valiosos como Desiderio Navarro, Maggie Mateo, Salvador Redonet Cook y Nara Araújo, por citar solo algunos— en modalidades críticas sumariamente comentadoras, anecdóticas y, con mucha frecuencia, según es fácil observar en demasiados textos de este tipo, más cercanos de lo que, en mis lejanos días de estudiante de preuniversitario, eran sumariamente llamados “composiciones”. Debo decir que, cuando comenzaba a perder esperanzas de que esta situación cambiara, empiezo a creer que sí hay un porvenir crítico-literario nacional, y que la Generación 0 está ayudando a forjarlo con el ímpetu de la juventud.

Sin embargo, un experimentado investigador como Emilio Jorge nos deslumbra con un libro de fuerte perfil contemporáneo, donde desentraña, a veces desde muy hondo y siempre con precisa inteligencia, un océano de interrelaciones culturales entre Cuba y Haití. Desde su costado valorativo, el ensayista arroja luces nuevas y convincentes sobre la estatura literaria de Nicolás Guillén. Pero desde el punto de vista de la cultura como enorme y complejo sistema de comunicación de valores, Una suave, tierna línea… está nada menos que contribuyendo con fuerza al trazado, todavía muy pendiente, de la múltiple, enigmática y fascinante unidad cultural del Caribe, una aspiración que, en su día, marcó también, desde una óptica diferente, un libro capital sobre el Caribe que nos enorgullece por su autor cubano: La isla que se repite, de Antonio Benítez Rojo.

Sin embargo, el libro de Emilio Jorge Rodríguez, más condensado en sus miras, bien estricto en su campo de acción, se permite conclusiones específicas, construcción de nociones menos sujetas a discusión. Es, en una palabra, un estudio limpiamente construido sobre bases de incuestionable inteliencia. Me fascinó que el ensayista supiera apelar no únicamente a sólidos discursos de la sociología del s. XX, sino también a su profundo sentido de la metáfora. Cita una maravillosa de Clifford Geertz, cuya gracia irónica no debe hacernos olvidar su certeza y su necesaria aplicación: “Como la nostalgia, la diversidad ya no es lo que solía ser”. Y, en efecto, se nos aplica: los estudios sobre el Caribe tampoco son ya lo que acostumbraron ser durante la mayor parte del s. XX. No podemos continuar por las mismas vías, repetitivas y cómodas. Con frecuencia escucho personas, de uno u otro nivel, quejarse de que nos faltan esas “nuevas tecnologías” cibernéticas que, en efecto, son tan necesarias. Me deprime mucho oír solo eso y nunca una reflexión sobre que estamos careciendo de sincronía con la hora actual de la investigación cultural y humanística en el planeta, mientras hay quienes se quejan de que “ya no se lee”, pero pensando en que se siga leyendo lo mismo de hace cincuenta o sesenta años.

Este ensayo excepcional de Emilio Jorge nos hace sentir que la situación no es absoluta, que se pueden cambiar y se transforman los lentes de análisis y comprensión de nuestro mundo cultural. Y hay una buena prueba de ello: Una suave, tierna línea... ha recibido la única Honourable Mention del Premio Gordon K. and Sybil Farrell Lewis que otorga la Caribbean Studies Association (Asociación de Estudios del Caribe) para 2018.

Es un premio anual, académico y honorífico. Lo importante de esta distinción es que, desde la existencia del Premio, nunca habían entregado Premio o Mención de Honor a un libro publicado en español o por una casa editora del mundo hispano (es un universo más bien propio de las universidades anglófonas, principalmente las norteamericanas, pues en la CSA participan profesores e investigadores de 200 universidades, buena parte de ellasde Estados Unidos, y tiene miembros de más de 60 países. Es interesante que entre los criterios que sustentan la convocatoria a ese Premio se encuentra la contribución teórica a nuestra comprensión del amplio terreno de la cultura caribeña. Pero nada de lo que yo diga aquí tendría el valor del diálogo con el autor.

Tienes una amplia obra ensayística sobre el Caribe y libros de gran importancia. Este, sin embargo, es muy distinto en su concepción y su factura. ¿Nos explicas de esa peculiaridad de Una suave, tierna línea de montañas azules.Nicolás Guillén y Haití?

Debo reconocer que eres muy observador en cuanto a las características de otros libros míos, y no puedo olvidar ni dejar de agradecer que la primera reseña crítica sobre el más antiguo de ellos fuera escrita por ti, hace muchos años. Los libros anteriores, en primer lugar, están armados a partir de una reunión de ensayos con cierta coherencia temática, o de motivaciones. De ellos se pueden sacar consecuencias  generales a partir de deducciones del lector, al menos esa ha sido mi pretensión.  Este libro, si nos atenemos a una frase manida, tiene un mayor aliento, pues parte de la idea de demostrar ciertas tesis asentadas en la observación del fenómeno literario caribeño, así como exponer un modelo de trabajo multidisciplinario y algunas nociones que para mi entender no resultan descabelladas pero no dejan de ser una manera personal de abordar la literatura y la cultura regional con herramientas muy variadas. Por otra parte, el libro posee una dualidad: mientras se ocupa (aparentemente) de un simple estudio de caso, procura llegar a unas conclusiones más generales, como obra de investigación humanística que es. Tomar un hecho biográfico apenas investigado antes por nuestra exegética (la visita de Nicolás Guillén a Haití en 1942) sirve de ejemplo paradigmático o modelo de análisis, a la vez que de pre-texto para entrar en otras honduras.

Por este camino podemos volver ahora a tu pregunta, pues la diferencia en este libro se encuentra en el intento de trazar estrategias para una mirada multidisciplinaria con la cual se pueda ensanchar el conocimiento del Caribe como una entidad o construcción eminentemente cultural. Para lograr ese propósito me ha parecido imprescindible ejecutar una fusión de distintos elementos, pues solamente así se logra comprender la riqueza de la región. El libro, además, se explica como un desprendimiento de mis trabajos previos que en ocasiones solamente menciono al paso o en una referencia al pie, pero allí se encuentra precisamente su engarce epistemológico, para decirlo rápido. Esos tanteos anteriores me han conducido a la exposición de conceptos que elaboro en Una suave, tierna línea… con conocimiento de causa, pero debo confesar que una vez terminado y publicado el libro, he tenido la preocupación de no haber sido lo suficientemente explícito en esas referencias de textos míos anteriores a los que sería preciso acudir para ensamblar tales ideas. Así sucede con ensayos que publiqué hace años sobre Walter Adolphe Roberts, el estudio del enfrentamiento ciguapa-galipote como metáfora para explicar la narrativa dominicana en la frontera dominico-haitiana, las ideas sobre la construcción de una axiología literaria caribeña, o el prólogo de mi compilación de crónicas caribeñas de Alejo Carpentier, todos ellos aparecidos en libros que ya no se encuentran en librerías.

Pero bien, sería necesario explicar más la peculiaridad de este último libro. Tal como los abogados de causas perdidas, durante años he disfrutado de buscar los temas o asuntos extraviados, poco conocidos o divulgados, en buena medida con una pretensión de servicio o de iluminación de una faceta oscura. Ese es el caso que nos ocupa, como expliqué anteriormente. A lo cual debería añadir que siempre me he interesado más por realizar estudios dentro de la esfera de la literatura comparada, de gran utilidad para abordar temas caribeños por la maraña de confluencias y divergencias que coexisten en esta región. En esa línea fue que encaminé la investigación, pues el ámbito de la comparatística es eminentemente interdisciplinario, no se sostiene exclusivamente sobre la literalidad de los textos. El destacado investigador brasileño Eduardo Coutinho señalaba hace quince años la relevancia del método comparatístico para América Latina, pues “pasa de ser un estudio mecánico de fuentes e influencias a una disciplina de abordaje del fenómeno literario capaz de desencadenar un verdadero diálogo de culturas”.

Con mucha más razón resulta válido para el Caribe, donde se ha producido una mayor concurrencia de culturas. Para desarrollar el estudio me impuse una disciplina inicial de revisión de toda la obra crítica sobre Guillén, aunque apenas la utilizo en el libro. Creo que las lecturas que tengo procesadas, digitalizadas y con comentarios alcanzan para otro volumen sobre el poeta, aunque no es mi intención realizarlo. A continuación tuve varias etapas de búsqueda en archivos y bibliotecas, empezando por Haití, pues era lo de más difícil acceso. A partir de esa pesquisa se desencadenó un indudable entusiasmo, al encontrar una enorme documentación en los periódicos haitianos que aportaban una dimensión extraordinaria sobre debates muy importantes que se producían en la sociedad haitiana justamente en el momento de la visita del cubano, etapa además muy llamativa pues se trataba nada menos que de la segunda Guerra Mundial.

La intríngulis de lo que vivió Guillén en su visita, así como sus reacciones, me fueron conduciendo no solo a la prensa cubana, sino al Archivo Nacional de Cuba, donde la documentación encontrada engrosaba la investigación con lo que he denominado los WikiLeaks del pasado, pues trabajé con los legajos de la correspondencia de los diplomáticos cubanos acreditados en Haití, no solo la correspondencia diplomática ordinaria, sino también la confidencial. Ese cúmulo de documentación hallada me permitió mostrar la forma en que el campo artístico o literario y el campo de poder interactúan en un momento dado de la historia, cuando se produce un acercamiento entre ellos debido a razones coyunturales. Además, pude estudiar las interrelaciones entre campos literarios de dos países donde existen confluencias y divergencias históricas y culturales, pero que tienen en común una horizontalidad regional caribeña, con su historia de exposiciones a la relación centro-periferia. Esto no implica una adhesión estricta apreceptos “a lo Pierre Bourdieu”, sino que toma en cuenta el aspecto esencial de sus ideas y herramientas en lo concerniente a una mirada a actores humanos y sus motivaciones. Sucede a menudo que los estudios de transnacionalización en el Caribe contribuyen a mostrar la expansión de las culturas más allá de las fronteras administrativas nacionales, pero una importante vertiente suya se ha dedicado a examinar dicha elongación vertical hacia las metrópolis como ejemplo por antonomasia de fenómenos “globalizados” (internacionalizados). Por el contrario, una mirada a la transnacionalización caribeña centrada en estudios intra-regionales puede demostrar la forma en que la construcción de identidades ha moldeado nuestras respectivas culturas.

Para ello es necesario tomar en cuenta la existencia de un diálogo horizontal caribeño relevante. Desentrañar la naturaleza de ese diálogo a través de un análisis sobre la vida cultural, específicamente la producción literaria y los vínculos entre creadores, es inherente al método operacional con el que he trabajado en el libro.

¿Cuáles fueron los momentos más difíciles y angustiosos de una investigación tan ambiciosa como esta?

La respuesta es muy sencilla: los momentos de forzoso abandono del proyecto. El material de la prensa haitiana lo localicé durante una de mis visitas a Haití, nada menos que en 1999. Gracias a amigos haitianos como Frantz Voltaire y el poeta Georges Castera, así como Jacky y Nicole Lumarque, conté con la logística para permanecer un corto pero fructífero tiempo en el país, dedicado enteramente a buscar y fotocopiar cuanto documento necesitara, no solo de la prensa sino cualquier texto sobre literatura haitiana. Al regreso, la Fundación Nicolás Guillén abrazó la idea y me otorgó una beca de investigación anual, principalmente para indagar en el Fondo Nicolás Guillén del Instituto de Literatura y Lingüística. Pero, luego de cumplir con las investigaciones en esa institución, debido a motivos personales y compromisos profesionales, tuve que dilatar el estudio, hasta el punto de publicar por el camino otros libros de ensayos y antologías. No sería hasta 2011 y 2014 que podría disponer nuevamente de tiempo para reanudar la investigación, en ese caso en el Archivo Nacional de Cuba y las bibliotecas cubanas. Pero la angustia mayor, para seguirte la rima, era no disponer de tiempo y posibilidades para continuar la investigación, con tanta documentación procesada e ideas por desarrollar.

Me resultó particularmente interesante lo que escribes sobre construcción de patria y diálogo caribeño. ¿Podrías extenderte más en tus ideas al respecto?

Como propongo en mi libro, en la construcción de la patria cubana, esa con una concepción moderna como la quería Martí, no solamente estaba presente la lucha anticolonial y el dictum “cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro”, sino además una visión de la antillanidad necesaria (hoy se diría caribeñidad). Es decir, la propuesta para la construcción de patria tenía una dualidad: mientras se basaba en la oposición vertical a la administración y dominio colonial, contaba con el imprescindible diálogo horizontal, precisamente un diálogo grancaribeño, como premisa para su existencia.

Hay varias instancias para esta afirmación, si la observamos con múltiples vectores e instrumentos de análisis.  Si nos apartamos de prejuicios y chovinismos estrechos, además. Sería imposible agotar este tema aquí, pero al menos mencionemos algunos elementos. Para los forjadores de esa cubanidad moderna, la suma de voluntades, aportes financieros, acopio de pertrechos y combatientes se configuraba en un poliedro cuyas caras de movilidad estaban delimitadas desde Panamá hasta Honduras, para enlazarse con Tampa y Cayo Hueso, y continuar con Haití, República Dominicana, Puerto Rico y Jamaica por el Sur. Para ellos, el espacio del Gran Caribe de las ciencias sociales de hoy era el área orgánica y espiritual para construir la patria desde la diáspora.

Paralelamente, la solidaridad para esa lucha independentista se manifestaba, en primer lugar, en una instancia caribeña, que abarcaba desde los propios combatientes de la región incorporados a esa lucha hasta la labor de apoyo y convencimiento realizadaa través de todas las expresiones de las “bellas letras” y el periodismo. 

Para añadir otras variables caribeñas en ese proceso, yo diría que el par antagónico “temor-ejemplo haitiano” va a conformar polos de reacciones humanas durante todo el siglo XIX que configuran la nacionalidad cubana, mientras el modelo que denomino de semihaitianización sobreimpuesta (plantación occidental) y el afrancesamiento (Revolución Francesa, tecnología desplazada de Haití) va a incidir en el desarrollo económico e ideológico que conduce a las nociones de confluencias de identidades y nación. Visto desde ese ángulo, las dos Cubas de Juan Pérez de la Riva son las dos caras de influencias/pervivencias franco-haitianas. Tal nacionalidad, al igual (y diferente) que en el resto de la región, no se produce en aislamiento, sino en diálogo con los espacios circundantes.

En la última década, como te decía antes, se han producido valiosos estudios que corroboran los aciertos de una óptica comparada y horizontal de la literatura y cultura caribeña. Para mencionar solamente uno muy encomiable, que quiero destacar precisamente porque hace un ejercicio de visión horizontal a través de una frontera terrestre (para Cuba, las fronteras son marítimas, y las más significativas a lo largo de la historia han sido Haití, la Florida, Jamaica y el Caribe mexicano) lo es el libro On the Edge (Al límite) de la investigadora italiana María Cristina Fumagalli, publicado en 2015. Es un texto que analiza la escritura y las artes visuales de la frontera entre Haití y la República Dominicana con un arsenal de instrumentos muy amplio y una extraordinaria documentación.Al mismo tiempo, buena muestra de la relevancia que adquieren estos temas son las numerosas conferencias internacionales convocadas al respecto; la más próxima tendrá lugar el 22 de junio en la Universidad de Londres, con el tema de “Dominicanidad global: política, economía y producción cultural”.

Menciono estos datos, porque ese diálogo con los pueblos colindantes –de lengua, etnia, geografía e historia compartida o dispar– también es una instancia modificadora en su alteridad horizontal como espejo que permite denotar la cubanidad. Varios agentes se pueden detectar en la relación Haití-Cuba que modificarán el programa o proyecto de unidad nacional, en tanto comparación, signos de diferenciación, estratificación social, búsquedas para rectificar y enunciar una coherencia discursiva. Es algo que atraviesa la historia cultural de Cuba durante más de dos siglos de su vida, y continúa vigente aún. No quiere esto decir que ese diálogo, fértil y doloroso al unísono, sea único, sino que indagar en él puede constituir una vía para otras posibles consideraciones espacio-temporales, como el de las sucesivas migraciones cubanas a través del tiempo, y así ampliar el radio de las definiciones. Uno de los dilemas cubanos ha sido el de una incorporación/inserción regional que mostrara coherencia con su historia precedente y con su ubicación geográfica: la doble condición de latinoamericana y caribeña constituía una de las incógnitas a desentrañar en Cuba que no ha dejado de mantenerse latente. Ello sería motivo de preocupación y toma de decisiones en la creación personal y axiología ideo-estética para algunos de los escritores y artistas más lúcidos en las primeras décadas del siglo XX: Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Wifredo Lam y Carlos Enríquez, entre otros.

En conclusión, a la tan estudiada dependencia y el enfrentamiento vertical colonia-metrópoli que parece omnipresente en la historiografía y fuente de definiciones en la ideología insular, es necesario añadir las interconexiones horizontales. La aplicación a investigaciones transcaribeñas forma parte de la propuesta de un modelo para meditar. El avance de las ciencias sociales en esta dirección, apuntalado por una visión humanista de los fenómenos, puede producir sorprendentes consecuencias.

¿Crees que nuestra diversidad/pluralidad caribeña ha cambiado de manera sustancial a como la percibían los estudios del Caribe en las décadas del setenta y el ochenta?

Considero que los estudios sobre literatura caribeña han ampliado su rango de acción, aunque todavía es una grave dificultad la escasa existencia de especialistas que trabajen con una dimensión plurilingüe y por tanto puedan ofrecer aportes en el terreno de aquella comparatística que se ocupa de producciones en lenguas diferentes de territorios distintos. Sin embargo, desde la década de los ochenta del siglo pasado, grupos de especialistas en varios países —algunos de ellos localizados fuera de la región— acometieron trabajos de investigación que condujeron a la publicación de panoramas y estudios con una óptica pancaribeña. Para mi beneplácito, el área de estudio se ha ampliado en ciertos casos, para abarcar el espacio de una geografía cultural que se extiende hasta el ya mencionado Gran Caribe de las ciencias sociales, principalmente el de la historia y la politología. Aunque, en honor a la verdad, hubo adelantados en el sector de las letras que avizoraron esta concepción del Caribe ampliado, como fuera el caso del cubano Alejo Carpentier. Esta visión del Caribe es la que suscribo y constituye la aspiración suprema de una definición que se enmarque en lo cultural, pues en otras esferas el Caribe como proyecto de integración regional, salvo escasas excepciones de organizaciones internacionales, ha sido una entelequia sin firme sustentación, y de ahí los descalabros de esos intentos a lo largo de la historia. 

Esa concepción del Caribe en el ámbito de la geografía cultural ha tenido excelentes textos publicados en la última década. Para mencionar solamente uno de ellos, pero de relevancia, citaré el volumen colectivo Trans(it)áreas: Convivencias en Centroamérica y el Caribe de 2011, coordinado por el eminente investigador alemán Ottmar Ette y otros colegas enfrascados en un simposio transareal que se enfrentó a esas articulaciones acaecidas en el Gran Caribe.

Otra forma de leer tu pregunta está relacionada con las acciones que se han incrementado para sortear la balcanización lingüística en cuanto obstáculo para un diálogo entre las partes que constituyen el conglomerado regional, al menos en la esfera de la literatura. En algunos aspectos puede ser decepcionante, al comprobar (para acudir a un ejemplo relacionado precisamente con Una suave, tierna línea de montañas azules...) que los contactos entre escritores cubanos y haitianos en la década de los cuarenta del siglo pasado solían ser más intensos y amistosos que los existentes en la actualidad, a pesar de las facilidades que proporcionan los medios de comunicación.

Acerca de los acercamientos que se han logrado a través de la educación para contrarrestar la incomunicación lingüística, podemos afirmar que el área que comenzó a tener una visión más allá de su lengua nacional lo fue el Caribe anglófono, al incorporar en sus planes de estudio a escritores cubanos, por ejemplo, desde temprana época. Con posterioridad se haría en Cuba, a finales de los sesenta, cuando el profesor estadounidense Samuel Goldberg introdujo la literatura del Caribe anglófono en el programa de estudios de la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana. Entre sus alumnos estaban Blanca Acosta Rabassa e Ileana Sanz, quienes siguieron esta línea de trabajo al graduarse. Ellos tres prepararon una antología de cuentos del Caribe para ser publicada por la Universidad de La Habana, que finalmente se hizo viable a través de la Editorial Casa de las Américas, gracias al interés que le prestó Antonio Benítez Rojo, a la sazón su Director. Ese libro, titulado Cuentos del Caribe: Barbados, Guyana, Jamaica, Trinidad-Tobago (selección e introducción de Blanca Acosta, Samuel Goldberg e Ileana Sanz) se publicó en edición bilingüe español-inglés, en la Colección Literatura Latinoamericana en 1977. Las traducciones de los catorce autores incluidos estuvieron a cargo de Blanca Acosta, Esther Muñiz y Esther Pérez. Más adelante, Blanca Acosta propuso y estableció como una nueva asignatura la literatura caribeña en lengua inglesa en el Instituto Superior Pedagógico de Lenguas Extranjeras (ISPLE) de la Universidad de La Habana. Allí preparó un libro que consistía en una antología de autores del Caribe anglófono con presentación, comentarios y ejercicios sobre La materia de estudio: The Literature of the English-Speaking Caribbean, publicado en 1988 (en inglés) por la Editorial Pueblo y Educación.

Por otra parte, en el Departamento de Literatura y Lengua Francesa de la mencionada Facultad de Lenguas Extranjeras comenzaron a impartirse también cursos de literatura caribeña en 1976. Los inició Emilio Hernández Valdés, y al salir él de la Universidad, los continuó Silvia García-Sierra, quien publicaría en 1986 una Anthologie de littérature caribéenne d’expression française, editada por el Ministerio de Educación Superior con una tirada de 300 ejemplares exclusivamente y escrito totalmente en francés. En las palabras de presentación se declaraba una voluntad: “Promover entre los estudiantes el conocimiento de los países francófonos del Caribe, a los cuales estamos unidos por lazos históricos indisolubles y sentimientos de confraternidad, es una necesidad.” En 1982 iniciaría Margarita Mateo Palmer los cursos de literatura caribeña en el Departamento de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Artes y Letras. Estas fueron acciones en el campo pedagógico que contribuyeron a ensanchar la visión sobre la literatura caribeña en nuestro país.
  
Tales referencias o evocaciones las realizo porque forman parte de la necesaria memoria histórica de esos inicios que es justo rescatar. En cuanto al ámbito de las proyecciones pancaribeñas de las investigaciones en Cuba y en otros países, por distintos colectivos de autores, están mencionadas someramente en Una suave, tierna línea de montañas azules…, pero sería abusivo enumerarlas aquí. Solamente me resta agradecerte por la paciencia y la disposición a realizar esta entrevista.

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