“Casi una adolescente ambiciosa sin llegar a ser millenial todavía”

“Casi una adolescente ambiciosa sin llegar a ser millenial todavía”Nelson Herrera Ysla y la revista Casa de las Américas 291

Hace mucho tiempo trato de recordar aquel texto de Bertolt Brecht que aludía a una cierta y sana envidia por los estadios de fútbol cuando aclamaban a sus ídolos cada vez que colaban el balón en la portería contraria. Gigantescas voces rugientes se escuchaban durante segundos interminables por los que Brecht decía sentir sana envidia y se lamentaba preguntándose cuándo las multitudes harían lo mismo por un poeta, un escritor, un artista, un actor.

Ha pasado hoy en tiempos de competencias de fútbol en Rusia en los que sentimos, de cerca o lejos, la pasión por ese deporte, por esos jugadores, por esos países que disputaron alzar la Copa Mundial en alto para regocijo y lágrimas de sus seguidores, sociedades y gobiernos en vilo hasta alcanzar la consumación del hecho luego de cuatro años de espera casi infinita.

Ahora, desde este minúsculo espacio institucional, de liliputienses dimensiones comparadas con aquellos pantagruélicos espacios deportivos, podemos sentir otra suerte de emociones al asistir al lanzamiento de un nuevo número de la revista Casa de las Américas, solo que ahora nos sobrecogen también las efusiones cotidianas generadas por la tecnología digital que cobran forma en pequeños teléfonos celulares que nos acompañan día y noche como celosos guardianes de nuestra intimidad y que nos convocan constantemente, donde quiera que estemos,con sus timbres de diversas cualidades y registros bajo la admonición de esos símbolos ya hoy sagrados de facebook, twitter, instagran, whatsapp.

Casi 80 años después de aquella poética lamentación de Brecht, nos arrebatan hoy estas formas atrayentes, al parecer inmortales, las cuales hacen que sienta una especie de rubor  dinosaurio o espasmos antediluvianos, perplejo ante tanta modernidad y el avance imparable de la ciencia de la información y las comunicaciones.

Son tiempos difíciles para entusiasmarnos con un libro, una revista, un periódico impreso pero aquí estoy, aquí estamos como miembros disciplinados de esa tribu que se desplaza lenta y silenciosamente por otros territorios de la vida y la cultura, por tantos campos del espíritu humano con total conciencia y sentido de pertenencia a una clase que para muchos ya se encuentra en extinción, tal como deben haberse sentido tantos pintores y dramaturgos con las apariciones sucesivas de la fotografía y el cinematógrafo en el siglo xix y los albores del XX.  Aquí estamos, sin temor a esa feroz sensación de desplazamiento y marginación que pudiera alguien sentir en medio del torbellino político y social actual, de la confusión de ideas que giran y giran de año en año y de las controvertidas prácticas que exploran cada día los límites del conocimiento humano.

En lo que a mí respecta tengo, entre otros defectos, el de ser un hombre del siglo XX. Nacido y crecido entre dificultades de todo tipo, formado cultural y emocionalmente en tiempos más que difíciles (si recordamos levemente las décadas de los años sesenta y setenta) le dije de inmediato que sí a Roberto Fernández Retamar cuando me pidió presentar este nuevo número de la revista. Porque él es también, me atrevo a especular, un hombre del siglo XX, como lo son Aurelio Alonso, subdirector, y el ya no tan joven Jorge Fornet, acorralado además por ese apellido que tanto significado tiene para nosotros los cubanos. Tres especies intelectuales que esperan con temblor y ansiedad la llegada del ejemplar impreso de la revista a sus oficinas para verla y manosearla, tal como en otros momentos esperamos la llamada de la casa editorial para decirnos que tienen ya el ejemplar del libro nuestro que nos arrebató el sueño en tantos años preciosos de nuestras vidas.

La revista Casa nació en el siglo XX, 60 años atrás. Y se ha convertido en una institución cubana y latinoamericana, hija fiel de esa grande institución que la cobija y mantenido, en el sentido literal de las palabras, contra vientos y mareas sin perder aquel rumbo fundacional dirigido hacia la difusión de los mejor del pensamiento y las letras de nuestro continente.

Sólo 18 años lleva editándose en el siglo XXI. Es joven entonces, casi una adolescente ambiciosa sin llegar a ser millenial todavía, que no teme perseverar en la publicación de ensayos, notas críticas, reseñas y ficción en algo más de un centenar y medio de páginas, a la espera de ser incluida en la diversa, copiosa y compleja lista del Parque Jurásico al cual pertenezco o pertenecemos muchos.

En la misma entrada de este número 291 me asombra la franqueza y lucidez de Atilio Boron al convocarnos a librar otra intensa batalla en los campos de la educación superior latinoamericana y romper lanzas contra cierta neutralidad en los ámbitos del conocimiento y del ejercicio académico en época de sobrecogedora crisis moral. Nos llama a alzarnos en ideas tal como sucedió hace 100 años en Córdoba, Argentina, en aquel movimiento de reforma universitaria que tiene todavía la capacidad de seducirnos por su similaritud con el contexto actual y que él defiende con profundidad y amplio manejo del conocimiento histórico de Nuestra América y el papel de los intelectuales, tanto de derecha como de izquierda. Boron me hace recordar a nuestro Pablo de la Torriente Brau arengando con su verbo elocuente, sus consignas, sus textos incendiarios, a los españoles en los frentes de guerra para defender la República del fascismo entonces corriente. Igual que Pablo, no es esconde pues se hace ver en cada texto suyo, en cada libro, en cada intervención pública de cualquier foro internacional.

Llamo la atención por igual sobre Texturas en La Habana, de Giuliana Bruno, texto en que analiza con asombrosa claridad y ternura ese “teatro viviente de la memoria (…) y ese tejido de la historia que tiene una vital presencia material que se expresa en calles y museos…” y que es nada menos que La Habana, ciudad a la que define como “…textura utópica desvaída, tejido urbano deteriorado y energía metropolitana transformadora…” ejemplarizada, según ella en dos edificaciones, en apariencia antagónicas: el Museo de Artes Decorativas y el Museo de la Revolución.

Se apoya en el diario de Anäis Nin y el efecto poderoso que tuvo la ciudad sobre ella al permitirle acceder a tejidos íntimos de su propio paisaje imaginario al desembarcar en sus calles en el ya lejano 1922. Hechizada igual que Anäis, esta urbe, esta “otra ciudad en ruinas” le permitió sorprenderse por los “estratos de historia depositados (…) congelados sobre la superficie de su fantástica arquitectura…”, ideal para percibir un intenso movimiento de “sonidos culturales”, que nosotros mismos, habaneros y cubanos en general, en ocasiones pasamos por alto.

Una ya tradicional sección como Páginas salvadas, imponente por suconocido rescate de textos trascendentes de nuestra historia, pensamiento y literatura regionales, transmuta en esta ocasión hacia Flechazos para ofrecernos la opinión de jurados del Premio Literario Casa de las Américas 2018 acerca de lo que salvarían desde su condición creadora en el caso de naufragar un día, y avisados previamente del desastre, sabe Dios dónde. Estos flechazos devienen documentos de idolatrías, vanidades, gustos, perfiles de todo, gracias a Marta Aponte Alsina, Rodrigo Hasbún, Ariel Urquiza, Daniel Díaz Mantilla.

Aunque en esta ocasión la revista nos anuncia una irreparable pérdida para la cultura cubana y latinoamericana, la triste noticia deviene cálido homenaje a quien fuera “una de las más queridas colaboradoras y amigas de la Casa…” ,Adelaida de Juan, por sus inteligentes contribuciones en diversos ámbitos de la historiografía, la crítica de arte y el pensamiento teórico contemporáneo. Su continuada ydiversa imbricación enlos pormenores artísticos de esta institución dejó huella permanente a través de vasta bibliografía, cubana y extranjera, y decenas de textos publicados en la revista que fue, sin dudas, su revista también.

Hacia el final con notable síntesis y un delicado sentido del humor se acercan Eugenio Marrón, Aurelio Alonso, Fernando Rodríguez Sosa, Maité Hernández-Lorenzo, Roberto Zurbano. Arístides Vega Chapú, Rodolfo Alpízar Castillo y Zuleica Romay a diversidad de librosen lo que constituye un mosaico singular en tanto sección de crítica literaria del más alto nivel al abordar libros premiados en los concursos Casa de las Américas.

Habiendo solo destacado aquí los textos que me entusiasmaron más, no todos por supuesto, al hojear la revista por cualquiera de sus principios y finales, termino con una observación que va más allá de lo literario para entrar de lleno en lo visual: es decir, en su imagen gráfica como objeto de papel que es y seguirá siendo.

Para ser una revista del siglo XXI creo que es hora de reformular su visualidad. Fue una de las más atrayentes revistas latinoamericanas en el siglo XX  por su audacia gráfica alrededor de un círculo que fue perdiendo vigencia, claro está, con el avasallador paso del tiempo. Aún con predominio del blanco y el negro en los límites de cada página, pienso que la tipografía y la variedad de imágenes gráficas están llamadas a erosionar su, en ocasiones, seriedad excesiva y ese cierto perfume académico que la retrotrae a muchos años atrás cuando las revistas apenas gozaban de competitividad visual. Hoy no podemos desconocer esos cantos de sirena emitidos por las redes sociales y la fabulosa tecnología digital que circula por internet,pues son tan reales como verdaderos y ciertos. Nada virtuales ni de míticos tienen ni de fábula cantada para engañar al insensible lector. Son hermosos en muchas ocasiones, deslumbrantes como para no desconocerlos. Y hay que andar tras ellos para no quedar a la zaga de tanta belleza circulando hoy por el mundo de mano en mano, de librería en librería. De ahí mi llamamiento, no tan radical quizás como el de Atilio Boron, y que pudiera haberlo realizado tiempo atrás pero esta es la oportunidad que encontré para hacerlo.

Los calados sobre cartulina que la ilustra pertenecen a Patssy Higuchi, notable artista peruana que exhibe por estos días su obra diversa en la Galería Latinoamericana de la institución. Estos estos calados y otras técnicas utilizadas por la artista, aunque se limitana servir de cierre a tantos textos y secciones nos increpan con fuerza, nos incitan y motivan y hasta alegrarnos que hayamos adquirido el ejemplar. Es la otra manera que tiene el arte latinoamericano de mantenerse vivo en nosotros antes que, como hubiese dicho Eliseo Diego, vaya a parar a las oscuras manos del olvido.

Nacida en el siglo XX, la revista Casa debe responder, según modesta opinión, a este siglo XXI con mayores riesgos y emociones gráficas capaces de contener los impulsos enérgicos de sus textos ensayísticos, de sus poemas, de sus críticas y narraciones. Hay más tiempo que vida, reza un refrán popular. Y habrá más revistas Casa esperando nuestras respuestas.

 

Julio 19 de 2018, La Habana

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