Diego Sánchez, actor y amigo, presente

Diego Sánchez, actor y amigo, presenteDiego Sánchez junto a Vivian Martínez Tabares y sus compañeros de jurado del Premio Literario Casa de las Américas 2018

El artista colombiano Diego Sánchez, actor, músico, director y miembro del Teatro Matacandelas, murió el pasado domingo 29 de julio. El dolor se transfunde en la marca imborrable que deja en nuestra memoria de espectadores y en el recuerdo cotidiano de su presencia entrañable.

Lo conocí hace veinticinco años en Cádiz, cuando su grupo presentaba Juegos nocturnos de Jean Tardieu en el Festival Iberoamericano de Teatro, y él ya se había ganado un espacio fundamental en Matacandelas como actor y músico inefable, alma del grupo, mitad y visible contrapunto de liderazgo en dúo natural con Cristóbal Peláez, el director. Nuestra amistad echó raíces en encuentros en Bogotá y otros mapas del teatro. Cuando miro atrás, no puedo recordar la singular cadencia de su voz sino marcada por la alegría, y su mirada noble chispeante de agudeza y vitalidad.

En 2002 Matacandelas fue invitado por primera vez por la Casa de las Américas a Mayo Teatral y Diego se entregó al público cubano con todo brío en Pinocho, en una función tórrida en el Anfiteatro de La Habana, como en Angelitos empantanados, con la que nos reveló parte de sus vivencias a través de la obra de Andrés Caicedo. Recuerdo cómo en cada encuentro posterior, solía imitar mis palabras de bienvenida en teatralísima parodia, y cómo siempre, con la mirada brillante, me preguntaba por compañeros y colegas de la Casa. Por lo significativo de la presencia del grupo en nuestro evento y por su imparable actividad creadora, con noticias de nuevas creaciones, en 2004 regresaron con Medea y La chica que quería ser Dios, y en 2010 con Fernando González, velada metafísica. Como inquieto Matacandelas, en La Habana y en otras ciudades, Diego tejió lazos e hizo amigos, amó a Cuba, y en una inauguración del Premio Casa se nos apareció en la Sala Che Guevara porque, de paseo por la Isla, no podía dejar de estar con nosotros en tal acontecimiento.

Poco después, él mismo integraría el jurado de teatro del Premio, y en sus mañanas habaneras dedicó tiempo a impartir un taller sobre la música en la escena para Impulso Teatro, el grupo de su colega cubano Alexis Díaz de Villegas. Ahora que se ha ocultado --como dijo en poética del dolor la nota que publicó Matacandelas el pasado domingo--, otra de sus compañeras en el jurado, la crítica argentina Olga Cosentino, lo recuerda así: “…sonrisa franca, juventud, vitalidad, humor, inteligencia, delicadeza, talento y coraje para adentrarse en la selva amazónica con un montaje escénico y para asombrarnos después con el relato, ternura y sencillez para empujar mi silla, criterio y hondura para analizar textos dramáticos con compromiso de jurado en el último Premio Literario Casa de las Américas y así seguir, casi hasta el infinito”.

Recién, reencontré a Diego y a Matacandelas en el Festival El Gesto Noble, en El Carmen de Viboral. El pasado viernes, luego de una función de O marinheiro en el Cementerio de El Carmen de Viboral, me tocó verlo con sus compañeros, casi a la medianoche, recogiendo escenografías y equipos bajo un aguacero descomunal, y fue Diego quien nos impidió a Maricarmen Cortez, a Pacho Lozano y a mí salir a la lluvia. Regresamos con el grupo, apretujados con la carga en un pequeño camión, y riéndonos nerviosos al bamboleo por las callecitas del pueblo. La tarde-noche siguiente, en cierre de fiesta, aprecié su energía inagotable en Hechizerías entre los avatares del profesor Jaiver Van Helsing, “arqueólogo, geólogo, explorador, navegante y cazador de brujas y duendes”. Y luego reímos juntos durante una cena compartida con Margarita, Chaba, Jonathan, y Tatiana, que sería última, como la foto que pedí que nos tomaran antes del abrazo de despedida, en plena esquina, pues el grupo regresaba enseguida a Medellín. Cuál no sería mi desconcierto, al leer el post de Matacandelas pocas horas después a punto de tomar mi vuelo.

Diego permanece en muchos de nosotros. Sus hermanos y hermanas de la familia Matacandelas y sus muchos amigos y amigas llegados de todas partes lo abrazaron en su escenario, rodeado de los trajes con que dio vida a tantos personajes –“Faustroll, Joe Flannegan, Pinocho, Lucas de Ochoa, Wilhem Grimm, Crispín, Chorrrillo Siete Vueltas, Nando, Reinel Robayo, Don Manoplas, Jaiver Van Helsing, Presbítero León Villegas, El Pretendiente, El Mico, El Astrólogo Coroconcholus, Padre Ubú, Pomenchón... una multitud” y el tecladista brechtiano que cierra La casa grande--. Juntos, cantaron para él y siguieron cantando en el trayecto final. Como esa noche, hoy y siempre, pensamos en Diego con la belleza y la ternura que nos entregó en cada uno de sus actos. Gozó la vida hasta el final y vivió el teatro de todas las maneras posibles. Por eso, no hay adiós.

 

Comentarios

  • cafebabel.comcafebabel.com publicado el 12/08/2018 06:19 #

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