El Premio Casa: un patrimonio de Cuba y de Latinoamérica

El Premio Casa: un patrimonio de Cuba y de LatinoaméricaTrinidad Pérez.

Trinidad Pérez, especialista del Centro de Investigaciones Literarias (CIL) durante 1969-1979, su directora desde 1979 hasta 1986, y jurado del Premio Casa, ofrece su testimonio desde la cercanía al concurso y a una figura como Mario Benedetti, fundador del CIL.

“Cuando yo comienzo a trabajar en la Casa de las Américas, en 1969 con Mario Benedetti, la primera tarea  fue el Premio Casa.  Para mí fue una revelación ver toda la estructura que tenía esa actividad en la Casa que era el centro mismo de la vida de la institución. Ya el Premio estaba estructurado por un equipo extraordinario organizado por Haydee Santamaría, integrado por Mariano Rodríguez, Roberto Fernández Retamar, Manuel Galich, Marcia Leiseca, María Rosa Almendros, Martha Terry, Silvia Gil, Chiki Salsamendi y por tantos otros compañeros.

Nos insertamos en esa estructura a partir de  las tareas que Benedetti nos asignó  como investigadores.  No fue  difícil, no nos costara trabajo porque era como  un mundo que se abría para nosotros.  Éramos jóvenes y comenzábamos a conocer la literatura latinoamericana con sus protagonistas, de manera directa.

Entramos en un momento muy especial, entre finales de los 60  e inicios de los 70. Un momento del que se ha hablado mucho, cuando América Latina comenzaba  a tener una situación política de mucha represión, pero, a la vez, de una explosión de todas sus expresiones culturales.  Es el momento de la nueva narrativa latinoamericana, del teatro de creación colectiva, de las obras como las de Roberto Matta, Julio Le Parc, Alejandro Obregón; de la canción protesta, del arte popular como el de Solentiname.  Todo eso era la Casa y todo eso se reflejaba, según mi opinión,  en el momento mismo del Premio Literario, cuando llegaban todas esas figuras extraordinarias de la literatura cumbre de aquella etapa.

Los investigadores trabajábamos por áreas geográficas, asignadas por Bendetti.  Allí estaba Pedro Simón, con quien trabajé el cono sur,  incluido Brasil.  Pedro era mi gran amigo, un gran conocedor de la literatura latinoamericana.  También en esa época estaba Raúl Hernández Novás, quien trabajaba  el área andina, y Jorge Emilio Rodríguez, dedicado al Caribe. Teníamos el año entero para trabajar el Premio. Hacíamos unas fichas larguísimas por autor, diseñadas por el mismo Bendetti.  Cada especialista proponía  escritores para el jurado.  En la Biblioteca recibíamos todos los materiales y leíamos a muchos escritores, compartíamos criterios, buscábamos a los jóvenes. Una vez, Hernández Novás estuvo tres meses haciendo una ficha de un autor, y fue casi un libro lo que hizo.  Benedetti llevaba las propuestas al Consejo de dirección, y allí era donde se decidían los jurados que finalmente venían. Creo que fui una privilegiada, me aportó un mundo de lo ‘real maravilloso’.

Nosotros no entrábamos en contacto directo con los jurados hasta que no íbamos para la provincia donde sesionaba el Premio. Teníamos siempre un entusiasmo tremendo.  Me acuerdo que Inés (Casañas)  y yo nos escondíamos a veces detrás de una columna y decíamos: ‘Mira, ese es Onetti, y mira, Cortázar’. Como éramos tan jóvenes, bromeábamos: ‘Vamos a escoger cuál es el más apuesto de este año’.  Luz, la esposa de Benedetti, me decía: ‘Qué horror, no tienes gusto ninguno’, porque yo siempre señalaba el menos agraciado.

Creo que fueron los mejores años de mi vida por la oportunidad de trabajar con Mario Benedetti. No tengo palabras para describirlo. Y, además, el hecho de haber tenido un profesor en la Universidad como Roberto Fernández Retamar, y, luego, tenerlo en la Casa fue un privilegio. Y Haydée, ella lo era todo. 

Algo que no voy a olvidar era el rigor, no solo para seleccionar los jurados, sino en el anonimato de los concursantes, en el hecho de no intervenir en la decisión de los jurados.  Eso era un programa ético presente siempre.  Nunca vimos que algún jurado cubano  o latinoamericano interviniera a favor de una obra, porque fuera de alguien importante.

Todo lo hacíamos con mucha alegría, la alegría de la edad que teníamos: preparar las cajas de libros, trasladarlas, salir a provincia con losjurados. El Premio iba acompañado de grandes exposiciones que, en aquellos años, las preparaba Lesbia Vent Dumois junto a Arquímedes Nuviola, El Gordo, fundador de la Casa. También el Premio  se acompañaba de música. A veces, Haydée llamaba a Silvio, Pablo y a Noel, entonces muy  jóvenes, para que intercambiaran con los jurados. Nosotros estábamos allí y lo veíamos como parte de la vida cotidiana, sin tener conciencia todavía de lo grande que eran como artistas, así escuchamos muchas de sus canciones por primera vez.

Creo que Benedetti aportó mucho, la  forma en que nos condujo en las investigaciones,  la manera en que nos hizo ver la literatura de aquel momento, lo riguroso que era siendo, a la vez, tan bondadoso, un ejemplo de sencillez. Cuando él salía de Cuba por alguna razón, el Centro se quedaba triste, pero dejaba todo organizado para que siguiéramos esa ruta, y fue la ruta que seguimos, no hubo otra, hasta siempre. 

Hay muchas anécdotas y situaciones que se nos presentaron, lógicamente.  Recuerdo un año que Pedro Simón y yo propusimos a Chico Buarque como jurado y la idea no fue aceptada.  Muchos dijeron que no, porque era básicamente un cantautor, pero ya Chico tenía una obra literaria. Llamamos a Silvio, no sé si él se acordará de eso, y nos dijo que él hablaría con Haydée y, al final, Chico fue jurado del Premio. 

Hubo un suceso que nos ocurrió  a la compañera Inés y a mí con Juan Almeida.  Generalmente, los libros eran anónimos, y no se sabía el autor hasta el último instante.  Pero, a veces, por el estilo o el tema, los  jurados podían llegar a sospechar quién lo había escrito.  Alguien se percató de que había un testimonio  de Juan Almeida. Nosotras nos pusimos muy nerviosas con aquel libro y dijimos: ‘Hay que cuidarlo, porque si no gana, tenemos que devolverle el original y las dos copias’, como se hacía con todo el que lo pedía. No se nos podía perder, de ninguna manera, ese específicamente.  Entonces, Inés le decía al libro la brasa. ‘Cuidado que ahí, en esa caja está la brasa’, decía.  El libro no ganó, pero, unos años después, Almeida obtuvo el Premio en el género de testimonio.

En  1981, mi hermano, Fernando Pérez, ganó el Premio Casa.  Pero él no me dijo que estaba concursando. Cuando anunciaron el ganador, yo misma dije: ‘¿Será mi hermano, Fernando, o es otro Fernando Pérez?’.  Somos muy unidos, pero creo que de lo que menos hablamos es de nuestros trabajos.  Después, cuando el libro se publicó, recibí opiniones de que era un excelente testimonio, y, entonces, lo leí. Se conoce poco ese libro de Fernando.

No nos podemos aferrar a cómo fue el Premio  hace 60 años, entonces no sería la vida; todo cambia, todo se transforma.  Hay que asumir el desarrollo, las nuevas tecnologías, los cambios que sean necesarios para hacer crecer ese árbol.  Ya no puede ser como lo hacíamos nosotros, que podíamos estar hasta tres meses elaborando una ficha de un autor.  Creo que todo lo que sea renovable, está bien, como lo hicimos nosotros también, porque el Premio fue cambiando cada año y, de ahí su valor.

Cuando ha pasado tanto el tiempo, y veo que el Premio se mantiene, que tiene la misma vigencia, pienso que el Premio es un patrimonio no solo de los cubanos, sino de América Latina. Así debe mantenerse, porque ahí está recogida toda la historia de la Literatura, de las grandes y profundas polémicas teóricas, que marcaron al continente, y se vivieron en esos encuentros con los jurados, en las conferencias y en los debates que se hacían.”

 

* Testimonio ofrecido a América en la Casa, programa de TV de la Casa de las Américas y Cubavisión Internacional

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