Desde una “isla” que se llama Brasil

 Desde una “isla” que se llama BrasilIsis Barra Costa, jurado de literatura brasileña de la edición 60 del Premio Liteerario Casa de las Américas

La profesora brasileña Isis Barra Costa (Belo Horizonte) forma parte del jurado que tendrá a su cargo la evaluación de los libros publicados (ficción) en ese país durante el pasado año.

Doctora en Literatura Comparada en la Universidad de Nueva York, imparte Literatura Brasileña Contemporánea y de Estudios Culturales en The Ohio State University. Sus estudios incluyen, entre otros temas, acercamientos interdisciplinarios entre la literatura y la cultura brasileñas con las de Norteamérica y el Caribe hispano y anglófono, en performance, artes visuales, literatura y poemúsica/oralitura afrobrasileña, así como en políticas de identidad, género y raza en las literaturas de las Américas. En estos momentos, su libro Mnemonic Maps of the Afro-Brazilian Diaspora se encuentra en proceso de edición. Vísperas de su llegada a La Habana, responde por correo a La Ventana.

 

La Casa de las Américas ha proyectado desde su fundación, hace sesenta años, la inclusión y la integridad de la cultura, literatura y pensamiento social brasileño como parte esencial del continente. El primer libro que inauguró la colección de literatura de clásicos del Fondo Editorial en 1963, fue Memorias póstumas de Blas Cubas y en 1980 incluyó la literatura brasileña como una categoría permanente en su premio literario, que está al cumplir 60 ediciones. ¿Cómo ha sido para la literatura y las artes de Brasil el diálogo con el resto de la cultura continental?

 

Cuando reflexiono sobre la relación entre la Casa de las Américas y la literatura brasileña, lo más impactante que me viene a la mente es el reconocimiento que recibió Ana Maria Gonçalves en el 2007 por la novela Um defeito de cor. Celebré otros escritores brasileños que habían sido premiados, como los grandes João Almino y Alberto Mussa, pero el premio de 2007 tuvo un significado especial para los que trabajamos con literatura afrobrasileña.  Son muy pocos los escritores afrobrasileños reconocidos dentro y fuera de Brasil. Conceição Evaristo y Ana Maria Gonçalves son dos excepciones. En el 2006, yo estaba en Río de Janeiro por una conferencia de la Asociación Brasileña de Literatura Comparada (ABRALIC), cuando Ana Maria Gonçalves (en esa época desconocida por casi todos) distribuyó anuncios impresos del lanzamiento de su  primera novela. Allí nos dirigimos nosotros, el grupo del simposio interno de literatura afrobrasileña, a conocer y a buscar las novecientas y pico de páginas que darían un giro al desarrollo de la literatura y del arte afrobrasileños contemporáneos. Que los jurados del 2007 hayan reconocido de inmediato la importancia de esa obra, fue de una significación única.

Es difícil evaluar el impacto del premio del 2007. En la tradición histórica de la posición insular de las artes brasileñas, tienen una importancia tremenda los premios literarios y sus consecuentes traducciones al español como lengua franca. La efervescencia de las artes literarias y visuales afrobrasileñas que vivimos en el momento actual, se debe, en parte, al reconocimiento cubano de una de las obras clave que sirve de inspiración y brújula a las nuevas generaciones.

 

En su opinión, ¿cómo los estudios culturales han revelado ese diálogo y si, de algún modo, esa devolución crítica ha influenciado en la producción de ambos territorios?

Las divisiones territoriales me tienden a desorientar. Por vivir y dar clases en los Estados Unidos tiendo a tomar una posición casi defensiva cuando se hace referencia a continentes. El concepto de continentes difiere de lo que traigo de mi formación en Brasil. Los cinco anillos de los juegos olímpicos, para los norteamericanos, no se corresponden con los cinco continentes. Cuando usted me pregunta sobre el Brasil y la cultura continental, sobre la idea de dos territorios, me pierdo y no sé más por dónde comenzar. Comienzo por mi pequeño comienzo. Mi padre fue geólogo. Crecí rodeada de rocas y fascinada por conceptos cosmológicos. Una de mis primeras epifanías fue la visión de las placas tectónicas. Tengo la costumbre de bromear con que me gustaría apretar el botón de “rebobinar” el tiempo y hacer que las placas fusionaran de nuevo el Brasil al Caribe y no a la América Latina continental. Imagino que los diálogos habrían sido mucho más frecuentes y fructíferos. ¿Qué compartiríamos y qué no con nuestros vecinos? ¿Qué nos lleva a dialogar? La cuestión de las fronteras culturales se presenta paralela a las fronteras disciplinares. Los estudios culturales vienen desafiando desde hace mucho la dicotomía dentro/fuera. Entre los estudios culturales y los estudios literarios me pregunto qué fue lo que los primeros aportaron a los segundos. La ampliación de las fronteras nos permitió imaginar de nuevo lo literario. A partir de allí vemos no solamente nuevos desarrollos de la producción literaria, sino también una vasta reevaluación de nuestra tradición histórica como un todo. Menciono aquí como ejemplo la literatura oral afrobrasileña, que hasta poco tiempo atrás vivía en el territorio exclusivo de la antropología. Vuelvo al congreso en Río de Janeiro de 2006 al que aludo en la respuesta anterior. En aquel momento yo presentaba mi investigación sobre los “pontos riscados” de la cosmología afrobrasileña y los aproximaba, por un lado, a la poesía visual del concretismo brasileño y, por otro, a la tradición literaria anglosajona de los “poemas altares”. En el mismo trabajo incorporaba las “firmas” y “vèvès” de cosmologías afrocubanas y haitianas. Mi abordaje causaba cierto espanto a los antropólogos e intelectuales presos de los cánones hegemónicos. Eso ya cambió. Más que nunca escuchamos el término “intersticial”: la diáspora wifi y su gran tejido de culturas trasnacionales o consideradas minoritarias permite a los nuevos artistas y críticos una libertad y un empoderamiento extraordinarios. Independientemente del momento político que vivimos en Brasil, tal diálogo y expansión de fronteras es más fuerte que nunca. Tanto teóricos como artistas (frecuentemente habitando los mismos cuerpos) están forjando nuevas herramientas.

 

El idioma ha sido sin dudas una barrera para la expansión y la contaminación de las literaturas continentales y caribeñas. Sin embargo, en otras manifestaciones del arte, la música, las artes visuales, esos flujos han sido más permeables. ¿Cómo valora esa interacción en la producción cultural contemporánea?

 

La formulación de esa pregunta me hace volver a mi respuesta anterior. Cuando visualizo el mundo caribeño rodeado por el mundo continental, reconfiguro mi localización espacial. El universo de islas rodeadas por los mares y el universo de países fronterizos cortados por los ríos. Con este sesgo veo al Brasil como una gigantesca isla que a veces se esfuerza por establecer un diálogo con los países vecinos y a veces lo rechaza. Una isla que, si yo pudiera, haría  fluctuar. Por cierto, existe el obstáculo lingüístico, pero el que más traba el flujo es el cultural. A lo largo de mi vida como investigadora académica y como extranjera, encuentro con frecuencia una fluidez mucho más inmediata al encontrarme con las poéticas caribeñas que con las provenientes del mundo continental latinoamericano. Veo desde siempre una gran permeabilidad entre el universo caribeño y el brasileño.  Me sorprende sobre todo la facilidad de comunicación con colegas caribeños, la conexión espontánea. Claro que se trata de una generalización, pero muchas veces, a pesar de la diferencia de idiomas, siento que hablamos la misma lengua. El sentido del humor, la vivencia de vínculos afectivos, el  modo de imaginarse en el mundo.  Hay algo esencial que hace percibir al Brasil como parte del Caribe.

En cuanto a los flujos de la cultura contemporánea, pido que se dirija la atención hacia el arte visual y performático que se viene produciendo en estas dos primeras décadas del siglo XXI. Un arte con características propias que construye significados a través de diálogos que se entrelazan y potencian en ambientes digitales. Al lado del uso y lenguaje de la diáspora wifi, de la organización de colectivos y del afroactivismo digital, la trayectoria de los artistas de la nueva generación acompaña el proceso de legitimación de demandas históricas de movimientos negros. El arte contemporáneo imbuido de las referencias cosmológicas y políticas afrodescendientes, viene rediseñando la cartografía artística brasileña. Desde el continente africano hasta el europeo o hasta las Américas,  las manifestaciones visuales y performáticas circulan y se entrelazan con una riqueza y potencial que nunca habían sido imaginados.

 

¿Qué expectativas le despierta ser jurado de la edición 60 del Premio Literario Casa de las Américas?

 

Cuando recibí el correo electrónico de la presidencia de la Casa de las Américas, pensé que sólo se podía tratar de alguna especie de spam. Demoré unos minutos en creer que esta extraordinaria invitación era real. Hace más de veinte años encontré a Roberto Fernández Retamar en Nueva York, en una presentación que hizo con Kamau Brathwaite. Los dos hablaban “a través de Calibán” y celebraban los 500 años del personaje shakespeariano. El paradigma de los conceptos-metáfora desarrollado a partir de la isla de Sycorax (o de Próspero) me orientó por el resto de la vida. Fue en aquella ocasión, en la Universidad de Nueva York, que descubrí al poeta e historiador de Barbados, que sería mi mentor. Más de veinte años después, recibo la invitación firmada por Retamar para ser jurado de la edición 60 del Premio Literario Casa de las Américas. ¿Cuáles son las expectativas que me genera ser jurado de esta  institución fundada un 28 de abril (por casualidad el día de mi nacimiento) hace 60 años? ¿Qué expectativas me crea visitar la isla que habita mi imaginario desde siempre? Siento que como mínimo será una divisoria de aguas. Me siento muy honrada; la invitación llegó como una fantasía, y continúa siéndolo. Consciente de la importancia de este premio, me preocupo por participar de la mejor manera posible en la toma de decisiones. Sé que tenemos mucho trabajo por delante. No veo la hora de que nos encontremos y comencemos a trabajar juntos.

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