El arpa que canta

El arpa que cantaVerónica Valerio en su concierto para arpa y voz

Esta es una breve crónica de agradecimiento por partida doble o triple. Me explico. Hace algunos años atrás, más de los que quisiera, llegó a mi oficina, tomada de la mano de su tía, una muchachita, una doncellita que nos dijo que estudiaba música, y dentro de ella, el arpa. Era la jovencísima Verónica Valerio, de quien Inés Casañas recuerda su imagen caminando por el malecón con su arpa a cuestas.

Venía acompañada de su tía, Eugenia Montalván Colón, periodista, gestora, promotora y soñadora mexicana que se hizo amiga de la Casa, tan amiga que publicó, con su presupuesto y más con sus esfuerzos, un hermoso libro por los cincuenta años del Premio Literario, cuya presentación se realizó un año después de esta celebración. Eugenia había llegado,  a su vez, de la mano de Joan  Duran y su atrevido y peculiar proyecto Landings, que potenciaba el arte emergente en Centroamérica y el Caribe y que tuvo su estancia habanera, en la Galería Latinoamericana, en octubre de 2007. Ella, su esposa entonces, trabajaba en el proyecto como periodista y comunicadora. De manera que si halamos el hilo de estos años, efectivamente, mi agradecimiento, en nombre de la Casa, es triple: Joan, Eugenia y ahora Verónica.

La edición 60 del Premio Literario la invitó a que ofreciera un concierto para arpa y voz. Verónica llegó justo el día antes. Una semana atrás, ya su pareja, Adrián Curiel, estaba en Cienfuegos leyendo las novelas en concurso. Otra vez, Verónica estaba en La Habana. No era la estudiante, sino la intérprete que despertaba muchas expectativas en el público. El arpa y la voz.

Verónica me sorprendió. No solo por verla después de tantos años, vuelta una mujer hermosa y segura, sino porque se me reveló como una gran artista que pese, a su juventud, un lugar común al que siempre acudimos, mostró un gran dominio escénico, del instrumento. Pero lo que más me sorprendió – y que conste soy una persona sin oído musical y me resultaría imposible escribir una crítica o reseña que enuncie un juicio especializado – fue saber que los temas interpretados habían sido, en su gran mayoría, compuestos por ella.

La cadencia de su voz, el tono y su naturaleza melancólica que me recordó el fardo o un bolero lento, un tango o un cante jondo que aflora desde lo más profundo, revelaba una autenticidad en su interpretación, una verdad que solo una artista puede trasmitir.

Un arpa que canta, una trasmutación entre la voz y las cuerdas y una poesía de gran sutileza, a veces, desde el humor y la ironía, y en ocasiones joyitas de la más hermosa canción de amor y desamor.

Verónica me hizo escuchar no con mi oído anti-musical, sino con mi corazón.

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