Rayuela cósmica y laberíntica

Rayuela cósmica y laberíntica50 años después, llega la segunda edición de Rayuela, también por el Fondo Editorial Casa de las Américas

En 1969, hace cincuenta años, Casa de las Américas –que ya había publicado una selección de los cuentos de Julio Cortázar– realizó una edición de Rayuela en su colección de clásicos de la literatura latinoamericana. En ese momento la novela, que había aparecido por primera vez bajo el sello de la editorial Sudamericana, con una tirada de tres mil ejemplares, era un libro de una resonancia espectacular. Según los datos recopilados por Ángel Rama, esa modesta cifra inicial había sido rebasada ampliamente en cinco años, hasta arribar a la nada despreciable cantidad de noventa y cinco mil ejemplares. La novela de Cortázar había protagonizado un peculiar fenómeno de recepción: en un inicio, fue la insaciable demanda de los lectores, en particular la de los jóvenes, y no las opiniones o sugerencias de la crítica, la que convirtió el libro en un best-seller, a pesar de las dificultades que entrañaba su lectura. Según Cortázar:

Cuando yo escribí Rayuela pensaba haber escrito un libro para la gente de mi edad. Cuando el libro se publicó en Buenos Aires y comenzó a ser leído en América Latina, mi gran sorpresa fue que empecé a recibir cartas, centenares de cartas, y si tomas cien cartas, noventa y ocho eran de jóvenes, de gente muy joven, incluso adolescentes en algunos casos, que no entendían todo el libro. De todas maneras habían reaccionado frente a al libro de una manera que yo no podía sospechar en el momento en que lo escribí. La gran sorpresa para mí fue que la gente de mi edad, de mi generación, no entendió nada. Las primeras críticas de Rayuela fueron indignadas.

Esa primera respuesta de la crítica –más que indignada, agresiva– fue variando, desde luego, hasta alcanzar altisonantes tonos laudatorios. Una extensa bibliografía que abordaba el texto desde las más diferentes perspectivas se fue acumulando en muy poco tiempo. Es en este contexto que tuvo lugar el café conversatorio celebrado en esta misma institución en 1965, sobre el cual comentó Cortázar a Paco Porrúa:

Me escriben que en Casa de las Américas hubo lo que llamaron un “conversatorio” (especie de mesa redonda) sobre Rayuela. (…) Me llenó de alegría saber que dos de los que presentaban y comentaban el libro eran Lezama Lima y Fernández Retamar. Vos sabés que para mí Lezama es uno de los monumentos del barroco americano: que le haya gustado mi libro me parece una recompensa como pocas.

Pero mayor aún es su alegría cuando conoce, año y medio después, que Casa de las Américas ha decido hacer una tirada de Rayuela. Así, comenta en otra carta a su editor argentino:

(Incidental y regocijadamente: los cubanos, con su insensatez habitual, editan Rayuela este año, con un estudio de Lezama Lima. Un loco contra otro, eso va a ser extraordinario. Lezama está que se sale de las casillas por hacer el estudio, y yo me relamo los belfosimaginándome todo lo que va a decir, desdelos eones faraónicos hasta la deuda que me ha descubierto con Proust, of all names!)

Quizás no se ha valorado lo suficiente, hasta el momento, la importancia histórica de esa publicación cubana de Rayuela que ahora aparece reimpresa a partir de la versión de 1969. No solo desde el punto de vista de lo trascendente que fue para los lectores de la isla el contacto con una de las obras más sobresalientes del escritor argentino –sobre todo para aquellos que iban a la biblioteca a copiar a mano algunos de sus capítulos–, sino desde la perspectiva de lo que representó entonces para el autor y para el conocimiento de su obra el prólogo de Lezama que la antecede. Aquella voluminosa edición, con sus tapas amarillas y su título encuadrado en rojo, fue convirtiéndose en símbolo de las increíbles confluencias y de la profunda amistad entre estos dos grandes maestros de la escritura. También lo fue del entrañable amor del porteño hacia la isla que marcó un importantísimo giro en su experiencia vital y en su acercamiento a la realidad latinoamericana. Por fin, en abril de 1969, llega a manos de Cortázar la edición cubana del libro. Como le comenta entonces en una carta a Retamar:

(he recibido) “para mi enorme alegría, el ejemplar de Rayuela tan cariñosamente dedicado y firmado por Lezama, Mariano y tú mismo (…). No sé cómo ni con quien me enviaron el ejemplar, que fue misteriosamente entregado a la portera de mi casa; pero puedo decirte que el sobre estaba tan roto que ya desde lejos se adivinaba el contenido, cosa que como comprenderás, me llenó de emoción. (…) por el momento me limito a mirarlo ahí sobre mi mesa, con su faja amarilla y su general fosforescencia…

Desde el año 1957, cuando Cortázar escribió su primera carta a Lezama expresándole su admiración por los fragmentos suyos leídos en un ejemplar de Orígenes, hasta la muerte del autor de Paradiso en 1976, había ido creciendo esa admirable amistad entre espíritus afines que, más allá de sus diferentes poéticas y sus disímiles sintaxis –dislocada y asmática la una, rigurosa y correctísima la otra–, comprendían la literatura y la poesía en una dimensión a la que solo unos pocos pueden acceder. La complicidad entre ellos, en ese nivel tan difícil de alcanzar, era el lazo más fuerte, complementado por otras confluencias de la mayor importancia, tanto en el nivel de lo cotidiano como en las coordenadas esenciales de su humanismo.

El gordo cósmico, el inmenso cronopio, el gran chamán, el poderoso fumador de cigarros metafísicos, el lento volcán de palabras, el gordo trimegístico, Flash Gordon, el gran pastor, encarna a la vez el receptor, cómplice e ideal, al que aspiraba Cortázar para su obra. Así, a partir de un comentario sobre los poemas de Último round, le dice: “Tú, por supuesto, tienes el oído interior puesto en la tierra como el araucano que oye venir la caballería enemiga a muchos kilómetros de distancia –pero es para oídos así para los que yo escribo…;” y a partir de la lamentable tesis de un profesor de La Sorbona sobre Lautreamont le comenta, con el desenfado de quien sabe que se dirige a alguien que comparte en secreto un lenguaje común: “Una vez más, un rinoceronte pretende comprender la conducta de una abeja o de un delfín. (…) Los asaltos de los mediocres contra la verdadera poesía forman parte consciente o inconsciente de una agresión generalizada en todos los planos contra los valores más auténticos del hombre.”

Dos núcleos principales constituyen la médula de “Rayuela y el comienzo de la nueva novela”: laberinto y antropofanía, nociones que se solapan, se complementan y superponen en el lúcido acercamiento del poeta de Trocadero a lo esencial de la obra. El laberinto que como un rombo en movimiento incesante va adquiriendo los más diversos sentidos, pasa a ser omphalos, peldaño posible, paralelismo y entrecruzamiento, Orplid, espacio hialino, mandala y otras figuras, hasta finalmente transmutarse en argentina lamapaguala, serpiente que, en su sueño creador, logra la confluencia de lo distante y disforme.

La antropofanía, vocablo de invención cortazariana, ya había sido mencionada por Lezama desde el conversatorio en Casa de 1965:

Al final de la novela es muy significativo que la palabra que suena sea antropofanía. La divinización del hombre. Esa antropofanía se fundamenta en el paideuma de la niñez. (…) ¿Y qué cosa es el paideuma? Lo que nos vuelve suscitantes y creadores, lo que hay en cada hombre de infantilidad, de niño; algo que algunos hombres tienen la dicha de prolongar mucho tiempo.

Con su aguzada sensibilidad –oído mapuche– Lezama advierte desde su primera lectura de Rayuela la importancia de esa voz escrita por Morelli e irá identificando después, en su ensayo, las vías de acceso, los posibles caminos que conduzcan a ese espléndido encuentro del hombre con lo mejor de sí mismo: la ruptura de las concatenaciones causales a través de las excepciones y el azar –los ojos irritados, la mirada cejijunta con que se contemplan la causalidad y lo incondicionado–, la “absurdidad que el hombre tiene que asimilar para no ser el irreconocible sobreviviente de una especie extinta”,  la Maga como “anticuerpo de las categorías kantianas”, la liberación de la ratio y, desde luego, la unión de lo real y lo irreal a través de la poesía hasta llegar a la imago.

La confluencia de estos dos núcleos es expresada en una afirmación tajante e iluminadora en su escuetísima brevedad: “En el laberinto se presenta una infinita, indetenible antropofanía. Destino propuesto por los dioses, por la fatalidad, al asumirlo el hombre, se iguala con aquellos.” Más adelante afirma el autor de “Muerte de Narciso”:

Pero su laberinto no es un entretenimiento del domingo matinal o de la ringlera nocturna. Es, en primer lugar, una escala de Jacob, una densa corriente onírica entre lo telúrico y lo estelar; luego, es un dictado del logos okulos, el móvil en la distancia y lo que se ve críticamente de ese recorrido. Una distancia entre cielo y tierra, recorrida y acariciada por el simbolismo de la progresión numeral, como una infinita arborescencia derivada de la rayuela infantil, a cuyos laberintos nostálgicamente nos remite la imponente Rayuela de su madurez.

Mas es en la interpretación lezamiana de los momentos finales de la novela (donde a su juicio se encuentran sus “páginas decisivamente excepcionales”) cuando aparece con mayor densidad la noción de antropofanía. La superposición de la Maga y Talita tiene su clímax cerca de la fuente, al borde de la rayuela dibujada en el piso, cuando la sombra luminosa que viene desde la muerte alcanza a confluir con el cuerpo sensible –el sonido del agua impulsando la unidad de las imágenes, corporizando a la ausente. Este momento adquiere para Lezama un sentido revelador: “Oliveira logra situarse en una perspectiva donde la Maga sigue viviendo, donde se ha logrado liberarse de la mortalidad. Y esa antropofanía que nos brinda tendrá que empezar por ahí, donde el existir no sea, según la expresión de Valery, una enfermedad en la pureza del no ser.” Es decir, también en sus propias palabras: “…esos nuevos sentidos traerán la nueva sacralización del hombre, es decir, la antropofanía o el hombre dueño ya del centro de su laberinto”.

 Muchos años después, en una entrevista de 1979, Cortázar esclarece el sentido de la palabra:

… antropofanía significa la aparición del hombre, pero justamente de ese hombre ideal que yo veo, que yo deseo, que es mi ideal en mi proyecto de humanidad; es decir, cuando yo hablo de una antropofanía me refiero a ese momento en que el hombre haya podido superar las limitaciones que lo ponen por el momento más acá de lo que verdaderamente él podría ser, y llegue a ser lo que puede un hombre en el momento en que dé el máximo de sus posibilidades, ese día se descubrirá a sí mismo, se verá aparecer a sí mismo, habrá una antropofanía…

“Cortázar y el comienzo de la nueva novela” marcó un hito, advertido por muy pocos, en el acercamiento crítico a Rayuela, develando claves esenciales: lectura relampagueante de un poeta que ilumina fugazmente los núcleos duros de significación de la obra de otro poeta que escogió la narrativa y no el verso para fijar sus imágenes. Las dificultades que entraña la lectura del prólogo de Lezama –que desde los mismos inicios establece asociaciones que desconciertan al lector y en ocasiones lo dejan en suspenso ante un discurrir cuyo sentido parece darse a la fuga– han contribuido, sin dudas, a la poca resonancia que tuvieron sus juicios sobre Rayuela. No resulta sorprendente, sin embargo, que el autor de Salvo el crepúsculo sí haya podido apreciar la raigal importancia de la interpretación lezamiana. Al comentarle su texto en una carta de julio de 1968 expresa opiniones que por su alcance merecen ser citadas en extenso:

¿Qué podría yo decirte que no fuera, una vez más, esa sensación de maravilla, esa presencia de lo numinoso en la palabra que trae todo lo que escribes? Con dos codazos, con un simple empujón, sitúas de entrada la cosa en su terreno más entrañable, dejando de lado la hojarasca “crítica” (sobre la cual tengo ya montañas). Tú entablas el diálogo con las Sombras, tú te pones desde la primera línea en el punto de visión del minotauro, de la gran araña cósmica, tú ves. Y entonces esos enlaces que has hecho con mis otras cosas no solamente iluminan Rayuela sino que me revelan a mí las claves de mi tarea. Las últimas páginas, cuando indagas en el descenso de Oliveira a la morgue refrigerada del manicomio, son de una lucidez aterradora, porque eso es exactamente lo que yo hubiera tenido que saber cuando lo escribí, y es evidente ahora que lo sabía de la mejor manera, es decir, en el nivel del misterio y la creación, sin programa previo, sin el menor esquema. A ti puedo decirte esto: por primera vez he sentido un orgullo demoniaco frente a mi libro, y ese culpable (?) sentimiento te lo debo a ti. No cualquier texto engendra páginas como las que has escrito. Ahora ya me puedo morir.

Esos dos grandes espíritus siguen dialogando aquí, desde la palabra impresa, en esta nueva edición de Rayuela, símbolo de la hermosa y extraordinaria amistad de esas almas gemelas unidas por el azar a través de la literatura.

Comentarios

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