Roberto Fernández Retamar, paradigma de lucidez y poesía en nuestra América

Roberto Fernández Retamar, paradigma de lucidez y poesía en nuestra América Roberto Fernández Retamar, Haydee Santamaría y Mariano Rodríguez.

Eran los tiempos en que intelectuales y artistas formaban brigadas para ser parte del trabajo voluntario en la Cuba que anunciaba la utopía, siempre inconclusa, de la justicia y plenitud del ser humano. El poeta se conmueve ante esa realidad social que hay que transformar; la realidad de esa clase social a la que no pertenece porque no es parte de su historia de opresión, pero frente a la que su palabra se transforma, se vuelve solidaria y hace del verso una ética de vida, con la vergüenza de no cargar los mismos dolores de aquel pueblo del que forma parte, pero aún desconoce: «Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela. / Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo, / pero los hombres y los muchachos que en sus harapos esperaban / todavía me dijeron señor». Al final del poema, el poeta reafirma el recuerdo de su amada en medio del trabajo voluntario, en medio de ese aprendizaje de la solidaridad: «No hay momento/ en que no piense en ti. / Hoy quizás más, / y mientras ayude a construir esta escuela / con las mismas manos de acariciarte».

Roberto Fernández Retamar (1930 – 2019) es un corazón generoso que albergó una lucidez, heredera y estudiosa del pensamiento martiano, que divulgó la obra de Martí; la misma lucidez que nos replanteó el sentido de la imagen de Calibán en la antinomia civilización y barbarie, e iluminó la mirada de la literatura de nuestra América desde la construcción de la palabra crítica propia. Al mismo tiempo, Retamar es un espíritu de la poesía que emerge desde la contemplación de lo cotidiano y que reivindica el “deber y derecho de escribir sobre todo”: «Para ti, para este instante, para este poema / que se escribe gracias al aliento exhalado por Miranda o por Jenofonte, / con un trozo sobrante de Casiopea.»

La vigencia de la Casa de las Américas, como centro de pensamiento y creación artística y literaria, es el testimonio de la tarea cultural que Fernández Retamar lideró durante gran parte de su vida, confiando siempre en la juventud y llenando la Casa de la frescura de nuevas propuestas creativas, al tiempo que mantuvo y trabajó en la memoria y la tradición de una literatura continental. Y, no digo más, porque sé que estas palabras mías hubiesen abrumado al poeta, que nos legó algunos versos para su epitafio: «Se equivocó más de una vez, y quiso sinceramente hacerlo mejor. / Acertó, y vio que acertar tampoco era gran cosa. / De todas maneras, llegado al final, declaró que volvería a empezar si lo dejaran».

Nos enseñó la ética de la vergüenza del poeta, aquella que enfrenta la inutilidad de la poesía para las tareas prácticas, esas tareas que algunos escriben con mayúsculas. Y, sin embargo, también nos enseñó que el poeta persiste en su escritura por esa necesidad de que la poesía exista por sí misma, sin justificaciones, que la poesía exista para sobrevivir al horror del mundo y para vivir en la belleza del mundo. «Nosotros, los sobrevivientes, / ¿a quiénes debemos la

sobrevida? / ¿quién se murió por mí en la ergástula, / quién recibió la bala mía, / la para mí,

en su corazón?».

 

Envío: a Roberto Fernández Retamar, cuyo espíritu es parte de mis calles habaneras y sus cenizas yacen en el cielo de aguas profundas del Caribe. «Es lo mismo de siempre: / ¡Así que este hombre está muerto! / ¡Así que esta voz / delgada como el viento, hambrienta y huracanada / como el viento, / es la voz de nadie!». Pero yo no estoy escuchando un disco de Benny Moré como tú, sino escuchando otro disco, ese en el que los poemas hablan con tu propia voz, que ya es la voz de nadie, pero también es la voz de la permanencia de ti en tu poesía, que, en medio de la diversidad, pervive «…toda temblor, toda ilusión».

 

 

Tomado de Blog Acoso Textual

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