Escritos en el aire

Tanteando las fronteras entre realidad y ficción

Tanteando las fronteras entre realidad y ficciónSusel Gutiérrez y Rodrigo Rey Rosa

Cuando acepté presentar El material humano, primera obra del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa que se publica en Cuba, entendí que contraía con ello la responsabilidad de incorporar para el lector cubano a uno de los más destacados autores contemporáneos de nuestras literaturas latinoamericanas y caribeñas a las filas de la mejor narrativa en lengua española escrita desde esta y otras orillas del mundo, donde comparten sitio nombres como Juan Villoro, Horacio Castellanos Moya, Roberto Bolaño, Mario Bellatin, Rodrigo Fresán, Héctor Abad Faciolince, William Ospina, Carmen Boullosa, Alan Pauls, Adolfo Méndez Vides, Ana Cristina Rossi, Mayra Montero, Eduardo Lalo, Fernando Iwasaki o Evelio Rosero.

He leído a Rey Rosa desde perspectivas diferentes, desde sus ficciones, desde las entrevistas concedidas a lo largo de los años y desde los textos críticos que complementariamente he venido ordenando. Todas esas aristas arrojan un elemento común: la presencia del “azar” como hacedor de destinos. La confirmación de esta idea llegó de la mano del propio Rey Rosa en su charla inaugural de la Semana de Autor, cuando se refirió la relación azar/escritura y a los muchos azares conectivos que han perfilado el cielo protector de su vida y su carrera literaria. Porque su vida, como casi todas las vidas, pudo ser otra.

A inicios de los años ochenta, tras una aleatoria consecución de episodios[1], el joven guatemalteco tomó la decisión de dedicarse a escribir, aun a pesar de su padre, quien le advirtió que no financiaría su camino al fracaso. Este testimonio en forma de anécdota me hizo pensar que otro sería el panorama de nuestras literaturas si el entonces veinteañero Rey Rosa lo hubiera escuchado. Por fortuna no lo hizo, y esta rebeldía marcó el inicio de un destino en las letras que se formó al calor de Borges y del diálogo y la amistad con el escritor estadounidense Paul Bowles en el lejano Tánger.

El resultado es, como sabemos hoy, una seria aventura literaria con una veintena de títulos publicados, que lo han hecho merecedor del Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias en 2004, y del Iberoamericano de Letras José Donoso en 2015, amén del respeto de un amplio público lector y de no pocos intelectuales, críticos y colegas escritores.

En su confesional texto “Bowles y yo”, Rey Rosa recrea sus primeros tanteos en las arenas movedizas de la escritura y alude a un tipo de sueño que experimenta ocasionalmente, al que llama “la presencia invisible”. Esa presencia invisible, transfigurada a ratos en enigma, inquietud, violencia, miedo, incertidumbre, paranoia, amenaza, o simplemente en algo siniestro o perturbador, es precisamente la sustancia tensiva que, como una suerte de adrenalina, produce en distintos grados su obra literaria. Una línea se diluye, una imagen se torna borrosa y la atmósfera se enrarece, se vuele ominosa, implacable, opresiva. Ya sea en clave fantástica, de thriller, de policial o de indagación en la distopía social que afecta las conductas humanas, los relatos de Rey Rosa exploran encrucijadas vitales que escapan a una aprehensión tradicional de lo cotidiano.

Acaso un legado del viajero que es, cada nuevo libro depura el sobrio estilo que con plena certeza podemos acuñar “reyrrosiano”, a la vez que incorpora cartografías diversas: el Petén, Tánger, Nueva York, Madrás, o Ciudad Guatemala, y en ellas capta los sueños, las tentativas y los infiernos de los seres humanos que las pueblan.

Incansable en la búsqueda de formas diferentes de narrar, la vaguedad de sus obras iniciáticas derivó luego hacia relatos más fríos, desconcertantes y perturbadores de una mayor precisión estilística, así como novelas breves. Después de ensayar con sus primeras colecciones de cuentos cortos en la década de los ochenta, El cuchillo del mendigo (1986) y El agua quieta (1990), centrados en el mundo interior y simbólico de los protagonistas, Rey Rosa se arriesga con relatos más extensos: Cárcel de árboles (1991), El salvador de buques (1992) y Lo que soñó Sebastián (1994), novelas o nouvelles que abren la década del noventa con las huellas y deudas, en mayor o menor medida, de sus declaradas influencias literarias: Jorge Luis Borges, Bioy Casares y, por supuesto, Paul Bowles.

Es Cárcel de árboles la pieza que prepara el camino a una narración posterior de más largo aliento. Sin desligarse totalmente del afecto por el relato breve, el texto se construye a modo de bloques narrativos yuxtapuestos dentro de un macrorrelato en el cual la conexión entre los acontecimientos presentados aparece difusa, fragmentaria y elíptica, quebrando la cómoda linealidad de la narrativa tradicional, al tiempo que los episodios se enlazan mediante personajes recurrentes o núcleos temáticos. Tal es el fenotipo de Cárcel de árboles, Que me maten si… (1996), Piedras encantadas (2001), Los sordos (2012) o El material humano (2009).

Estas novelas comparten, además, la característica común de representar el horror de la violencia con una asepsia inquietante que no pretende explicitar el sentido o las causas que la originan, ni conmover por sus consecuencias, sino mostrar los límites de la naturaleza humana por medio de la exploración de episodios desligados de sus posibles interpretaciones. Así puede entenderse el carácter cíclico de un entramado de personajes que funciona con muchos parecidos al margen de temporalidades y geografías. 

Deudor de la escuela norteamericana, Rey Rosa muestra en El material humano las mejores virtudes de su prosa: economía de recursos, precisión del lenguaje, elegancia y una cierta frialdad, señalada no sin razón por la crítica, que le permite narrar de manera distanciada pero bella al mismo tiempo, el horror y la violencia. Esa violencia inevitable que se desliza por los textos, alterna con el juego literario reyrrosiano de tantear las fronteras entre realidad/ficción.

En la nota introductoria a Imitación de Guatemala (2014), volumen compuesto por las novelas El cojo bueno (1995), Que me maten si… (1996), Piedras encantas (2001) y Caballeriza (2009), Rodrigo confiesa que «La tendencia a la llamada autoficción es gradual y un poco alarmante. La proliferación de rasgos autobiográficos puede resultar caprichosa; escribirlos se me hizo tan natural como necesario.»

Es bajo esta luz que descubrimos rastros y rostros del autor en Juan Luis, el protagonista de El cojo bueno, quien esboza la tesis del perdón como única vía para romper el ciclo irracional de la violencia. Juan Luis, después de sobrevivir a un secuestro en Guatemala que le arrebata un pie, viaja a Tánger, donde conoce y entabla amistad con el autor de El cielo protector. Más tarde entreveremos a Rey Rosa acaso agazapado tras el yo del narrador-protagonista de Severina, un librero que sufre los percances de una pasión ligada al hurto de libros.

El juego ambiguo entre realidad/ficción que Rey Rosa venía ofreciendo en atisbos desde obras anteriores regresa en Caballeriza (2006) hasta asentarse por completo en El material humano, donde el narrador-protagonista es un alter ego del autor, de nombre Rodrigo y también dedicado a la literatura. Aquí el narrador guatemalteco se propone, al menos de manera implícita, una reflexión sobre los límites y contigüidades entre la historia, el testimonio, la crónica, la autoficción y la literatura —es decir, entre los territorios de la no-ficción y la ficción—, así como una propuesta del rol que puede asumir un escritor en nuestros días.

Desde la primera página una frase intrigante nos anuncia que «Aunque no lo parezca, aunque no quiera parecerlo, esta es una obra de ficción». La novela, publicada por primera vez en el 2009 por la editorial Anagrama, llega ahora al lector cubano bajo la colección La Honda, del Editorial Casa de las Américas y surge a partir del descubrimiento en el 2005 de un archivo secreto de la Policía Nacional, al explotar un viejo edificio militar en la Ciudad de Guatemala, episodio que avivó la secuelas del trauma provocado por la represión militar entre los años setenta y ochenta.

En medio de ese contexto, Rodrigo Rey Rosa, el personaje, comienza a visitar estos archivos. Con el objetivo de reunir materiales para escribir una novela, documenta sus descubrimientos y experiencias en cuadernos de notas. Poco a poco ese material recopilado y apenas sin procesar, se convierte él mismo en esta novela que hilvana la historia a través de impresiones personales del autor y reflexiones sobre la historia del país, antes y después de la guerra intestina que lo sacudiera.

La violencia, siempre implícita, golpea ahora brutalmente en las listas de personas fichadas por la policía; listas que alternan con una larga y variada serie de infratextos y misceláneas: citas de autores, de periódicos antiguos y contemporáneos, episodios cotidianos de la vida del narrador asociados a su familia, amistades y colegas o lecturas que lo han marcado, como el Borges de Bioy Casares. De esta forma, las múltiples entradas de El material humano parecieran ofrecer, a la vez, un material escriturario, cual rizomas que intentan violentar las clasificaciones genéricas: novela, diario personal, autoficción, testimonio.

Síntoma otro de la alternancia entre realidad/ficción que recorre la ¿novela? es el binomio realidad/sueño aparejado a ella, relación difusa que se manifiesta cuando los sueños comienzan a enredarse con la realidad, tanto como las pesadillas lo hacen con la violencia cotidiana. Amenazadoras llamadas en medio de la noche e inciertos motivos que le impiden al narrador continuar su investigación en el Archivo imprimen a la narración un aire kafkiano que refuerza la idea de una presencia invisible, experimentada como inquietud, de la que hablábamos al inicio.

La cuidada edición, presenta en poco más de doscientas páginas las múltiples manifestaciones de la violencia en un país que tuvo una cruenta dictadura. El dato lo ofrece la propia novela: 45 mil desaparecidos y 150 mil ejecuciones en treinta y seis años. Las políticas de exterminio contra los pueblos originarios, secuestros, asesinatos y magnicidios que afloran de una forma u otra en el texto, se condensan en la ilustración de cubierta, a cargo Roilán Marrero, para acentuar la cartografía de una Guatemala oscurecida y manchada por la sangre de su pueblo.

“Escribir es escarbar”. Me apropio de las palabras del autor. Eso precisamente hace Rey Rosa: escarba. Y en el proceso, produce una obra que a decir de su coterráneo Javier Payeras, dentro de su entropía, condensa una extraña carga poética que convierte El material humano en una lectura necesaria para quienes emprendan la aventura de conocer, o reencontrarse, con la producción literaria del guatemalteco.

A modo de conclusión, quiero insistir en la ya conocida anécdota: a inicios de los años ochenta, tras una aleatoria consecución de episodios, el joven guatemalteco tomó la decisión de dedicarse a escribir, aun a pesar de su padre, quien le advirtió que no financiaría su camino al fracaso. Este testimonio me hace pensar cuán distinto sería el panorama de nuestras literaturas si el entonces veinteañero Rey Rosa lo hubiera escuchado. Por fortuna no lo hizo.



[1] Viaja como mochilero por Europa, emprende y posteriormente abandona los estudios de Medicina en su país, lee a Borges, decide ser escritor, asiste a las clases de literatura que dictaba el catedrático español Salvador Aguado en Centroamérica, viaja a Nueva York, conoce a Paul Bowles en Táger, Marruecos.

Comentarios

  • asbubbdncueasbubbdncue publicado el 11/06/2016 15:45 #

    http://buyprovera.in.net/ - provera http://ciprofloxacin.trade/ - ciprofloxacin http://glucophageonline.science/ - buy glucophage

    Responder
Cancelar respuesta