Escritos en el aire

Vida en La Pirámide

Vida en La PirámidePortada de Arrecife, de Juan Villoro, editado por el Fondo Editorial Casa de las Américas

Pasé la primera parte de mi vida tratando de despertarme y la segunda tratando de  dormirme. Me pregunto si habrá una tercera parte». Así se cuestiona Antonio (Tony) Góngora al inicio de Arrecife, y es precisamente en esa tercera parte de la vida de su protagonista donde tiene lugar la trama de esta novela del escritor mexicano Juan Villoro, merecedora en 2014 del Premio de narrativa José María Arguedas, que otorga anualmente la Casa de las Américas.

 

Conocido ya por los lectores cubanos, la destreza narrativa de Villoro, su detallado juicio ensayístico y su exquisita crónica periodística le han valido numerosas distinciones –entre las que destacan el Premio Herralde por su novela El testigo en 2004, el Premio Internacional de Periodismo Vázquez Montalbán por Dios es redondo en 2006, y el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso en 2012– que sitúan su   nombre en lo más alto de las letras hispanoamericanas contemporáneas.

 

Entre hoteles semidesiertos, en las costas de la ficcional ciudad Kukulkán –ubicada en la Riviera maya– se levanta La Pirámide, paraíso artificial que, con el miedo como recurso natural, ofrece a sus huéspedes experiencias de riesgo con peligros controlados, pero que los acercan al México siniestro de las noticias con «cuerpos mutilados, rostros  rociados de ácido, cabezas sueltas, una mujer desnuda colgada de un poste, pilas de cadáveres» (60), convertido ahora en exótica atracción turística para hombres y mujeres hastiados que se recrean con minidosis de salvajismo, pero siempre desde la seguridad que ofrece el simulacro.

 

La aparición del cuerpo sin vida de un buzo altera la cotidianidad del lugar y funciona como detonante que descubre una extensa red de corrupción contada en primera persona por la voz de un atípico narrador que ha perdido gran parte de sus recuerdos por el abuso de las drogas.

 

Mientras un investigador de homicidios indaga el crimen en clave policiaca, Tony lo hace en clave moral. Así, nuestro desmemoriado narrador no solo va dando sentido a las pistas dispersas que esclarecerán los secretos ocultos, sino que recupera retazos de su pasado, a través de conversaciones con su amigo Mario Müller, que resultan un método de cuestionable legitimidad para implantar memoria.

 

La Pirámide, especie de microcosmos sustraído del entorno, ofrece numerosas posibilidades expresivas. Y es que la estrategia de delimitar el espacio narrativo a ámbitos muy definidos y concretos no es ajena a Villoro; lo hace, sin ir más lejos, en su primera novela, El disparo de argón, circunscrita a una clínica oftalmológica de la

Ciudad de México. Este recurso, herencia quizá del / homenaje al Cortázar de  Los premios, donde un crucero que reúne a sus pasajeros con el pretexto de un sorteo se torna espacio narrativo por excelencia, le permite vigilar de cerca –por así decirlo– a sus personajes: al dúo de amigos compuesto por Tony y Mario, otrora miembros del grupo de rock Los Extraditables, rezagos de la contracultura de los años sesenta, convertidos uno en musicalizador de sonidos para peces, en gerente el otro; al resto del personal del hotel, desde su dueño, el Gringo Peterson, marcado por los tintes trágicos de un destino dejado a una suerte que lo maltrató con triunfos, pasando por Sandra, la profesora de yoga y coreógrafa de pretendidos secuestros y falsos encuentros con la guerrilla, hasta llegar al antipático jefe de seguridad, Leopoldo Támez, típico oportunista y escalador social; sin olvidar a los extravagantes y algo estereotipados huéspedes de paso.

 

Novela futurista sin ciencia ficción, como la ha calificado el periodista mexicano Carlos Puig, Arrecife desprende un hálito que la emparienta a ratos con narraciones distópicas.

A medio camino entre realidad y símbolo, la atmósfera de la novela se asocia a la representación de la violencia, simulada o no, y desde ese trasfondo reflexiona  sobre la búsqueda del miedo como paranoia recreativa, la ecología como negocio rentable en el mundo contemporáneo, nuevas formas de colonialismo sustentable, el narcotráfico y el lavado de dinero en sociedades alienadas. De la mano de estos argumentos, surgen atemporales temas de la condición humana como la ética, la frontera entre el bien y el mal, el camino a la redención, el valor de la amistad contra toda adversidad y la nostalgia de la familia –constante en la obra del autor– como fuerza salvadora, baluarte último de resistencia ante la devastación y el caos.

 

Los habitantes del resort, ya sean trabajadores o huéspedes, tienen en común una discontinua relación con el pasado, con lo que ya fue: «Resultaba insólito hablar del pasado en La Pirámide. Todos estábamos ahí porque algo se había jodido en otra parte. Una de las más agradables convenciones del hotel era que nadie sentía curiosidad por la vida anterior» (15). Sin embargo, Mario rompe con ese protocolo de acción, con esa ley no escrita cuando trata de implantar a Tony recuerdos recuperados –y acaso algo falseados– desde su propia memoria. Lo hace con la urgencia agónica de los moribundos llamados a cumplir una meta; la suya, salvar al amigo, retribuirle lo que en su temprana juventud Tony hiciera por él. Como resultado, Góngora sufre un cambio de piel; el «Hombre de Confianza» (73), el gris musicalizador de peces desdeñosos de la vida, adopta a Irene, la hija de Müller, y se convierte en alguien necesario, elevándose como personaje gracias al deber ser impuesto por el amigo y a la familia que este le regala como acto último de amistad.

 

Esa negación del pasado que se experimenta en las instalaciones turísticas, aisladas por cercas electrificadas camufladas por naturaleza artificial, se opone a la visión de México exhibido como un «país que se parece demasiado a sí mismo. Ofrece pasado, pasado y pasado. Guitarras, atardeceres y pirámides» (59). De ahí la original idea de Mario de ofrecer a los nuevos turistas algo completamente novedoso, algo que los demás no hayan visto ni experimentado y los llevara a soñar, anhelar y sentir cosas distintas.

 

De igual manera que el protagonista se enfrenta a episodios que no llega a ubicar del todo en su memoria bajo las categorías de sucesos reales, implantados por Mario o imaginaciones delirantes producidas por el efecto de las drogas, se difuminan también las fronteras entre ilusión y realidad en los acontecimientos presentados en el hotel, escenario de una especie de realidad alterna donde no todo es lo que parece, o mejor, donde lo que parece no es siempre todo lo que es.

 

La novela está signada por esa teatralidad, por las apariencias, por el pretending. Todos desempeñan un rol y actúan de acuerdo a él: Mario es a un tiempo el entrenador de la memoria de su amigo y el Der Meister del orden, del control y del miedo en el hotel; Tony es el Hombre de Confianza, cuya mera presencia es tranquilizadora; los huéspedes participan en simulacros, acaso felices de ser engañados en encuentros con actores pagados para interpretar narcos y mercenarios. En La Pirámide, incluso las serpientes adoptan disfraces, máscaras que les permiten ser lo que realmente no son. «Hasta las víboras actúan» (66), pensó Tony en una excursión al ver una falsa coralillo imitar los anillos de especies venenosas para lograr sobrevivir. El hotel mismo se disfraza bajo símbolos venerados y la ciudad bañada por las costas del mar Caribe adopta el nombre de la deidad maya Kukulkán.

 

Organizada en torno a pasajes continuos con pequeñas divisiones entre sí, los constantes diálogos, inteligentes y dinámicos, otorgan a la novela un pulso narrativo y un ritmo que la hacen avanzar casi cinematográficamente, aunque su escritura no alcance la complejidad narrativa y la profundidad argumental de El testigo ni sus personajes cobren vida propia, como los más entrañables protagonistas de sus crónicas. Sí cumple, no obstante, la ardua responsabilidad de recrear anécdotas serias con la dosis justa de hilaridad, como cuando describe con las señas del absurdo el totalmente verosímil encuentro entre Tony y el guardia de una base militar:

 

–¿Ode va? –preguntó como si no tuviera lengua.

En ese sitio solo se podía ir a un lugar, pero tuve que decir que iba a la base. El soldado solicitó mi nombre.

–Antonio Góngora, servidor –respondí, con amabilidad arcaica.

El soldado sacó un cuaderno arruinado por la humedad. Anotó las placas del vehículo y mi nombre. Pidió que deletreara «servidor». Dije que no era un apellido sino una fórmula de cortesía. Me vio con la desconfianza de su oficio. Me resigné a deletrear «servidor» [144].

 

Con su acostumbrada brillantez en el tratamiento del lenguaje, Villoro consigue una  narración entretenida, con rasgos de policial y novela negra, plagada de referencias a la cultura contemporánea, a sucesos de la historia reciente y episodios capitales de la historia de México como la matanza de Tlatelolco y las hazañas del subcomandante Marcos. No se ausentan ciertos guiños intertextuales que conectan la lectura con otros de sus textos. Los Extraditables hacen pensar irremediablemente en la banda homóloga, Fusifingus Pop, mencionada como elemento autobiográfico en Tiempo transcurrido. Crónicas imaginarias; el joven que llevaba consigo dinero para préstamos de urgencia en épocas anteriores a la aparición de los cajeros automáticos parece antecedente directo del personaje que anima la deliciosa crónica «El prestamista», incluida en el volumen

¿Hay vida en la Tierra?

 

En Arrecife nada queda suelto, ningún elemento es gratuito. La trama consigue unir todos los personajes y situaciones por medio de sutiles lazos y relaciones de causa-efecto, como la que involucra al buzo muerto y a su verdugo, descubierto hacia las últimas páginas de la novela, aunque hacerlo no signifique necesariamente castigarlo o apresarlo, sino compartir con el narrador interrogantes morales como la posibilidad de sentir simpatía por un asesino.

 

El final, que algunos podrían llamar feliz, parece más bien un gesto de esperanza. La muerte de Mario representa también la muerte simbólica de Tony y, a su vez, un nuevo comienzo. No es interés de Villoro develar lo que sucede más allá de la última página cuando Tony, la pequeña Irene y Laura, la niñera –personaje que aparece de forma tardía y destaca el papel de las redes de solidaridad que se están creando en albergues y refugios para mujeres víctimas de violencia–, toman un avión rumbo a los Estados Unidos.

 

Laura dio unos pasos hacia los bultos. Luego se detuvo y se volvió hacia mí, interrogándome con la mirada.

–Estoy muerto –le dije.

–¿Otra vez? –sonrió.

–Para siempre –contesté, y fui con ella [225].

 

La ilusión irrumpe de la mano de esta familia formada, accidentalmente, por miembros débiles y lastimados que se las arreglan para seguir adelante. Si bien es cierto que no hay felicidad en la novela, al menos se anuncia como una posibilidad, como esa de la que habla el epígrafe de Malcolm Lowry y que anuncia un mañana mejor en una tierra corrompida hasta la ignominia.

Comentarios

  • asbubd4h1rbasbubd4h1rb publicado el 22/06/2016 01:59 #

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