Escritos en el aire

Roberto

RobertoRoberto Burgos Cantor (Cartagena de Indias, 1948-Bogotá, 2018)

Roberto Burgos Cantor era un hombre de cabello salpimentado cortado casi al rape y ojos achinados, atrincherados detrás del marco rectangular de unos lentes de pasta café. Con una estatura que rozaba el metro sesenta, tenía pinta de oriental: podría haber sido confundido con un viejo tibetano. Además del físico le ayudaba su actitud: sereno, calmado, de mirada tranquila y el andar sosegado y el mar de sabiduría de un Dalai Lama. Era un hombre de trato amable, elegantes maneras —como de aristócrata, como de diplomático—, y de verbo afinado. Tenía un reconocible pero exquisito acento costeño muy marcado, tanto por el lenguaje que usaba como por el ritmo y la manera como lo enfatizaba: ni se comía las letras ni cantaba las frases, como es común en la gente de su tierra. Conversaba de forma proustiana, como echando un cuento al que lo habitan muchos recovecos.

Hablando de la Cartagena de su infancia, por ejemplo, contaba:

“En esos años en que estaba toda la zona histórica cayéndose, con la madera comida por el comején, el olor a podredumbre… Recuerdo que de los primeros gobiernos del Frente Nacional, sobre todo después de Valencia, el empeño era rescatar eso. Estaba lo histórico, pero en ese entonces el turismo iba a ver un templo de un curita que curaba lamiendo las llagas a los esclavos y el mar. Esa era toda la aventura. Incluso Bocagrande no existía. Solo estaba el Hotel Caribe, porque hicieron como modelos de hoteles. ¿Has visto que, como el Caribe, el Prado de Barranquilla y el Nacional de La Habana, cada uno en distintos tamaños, son muy parecidos? Parecen sacados del mismo molde. Y estaba la isla de Manga con esa arquitectura que se estaba haciendo en el Caribe. Ese barrio tenía un tranvía. Cuando se publicó El amor en los tiempos del cólera, López Michelsen le preguntó a García Márquez por qué mencionaba una flor, no recuerdo ahora si eran violetas o lilas. Pero en ese lugar no era entendible que hubiera esa flor. Y Gabriel le contó que Manga tenía un acueducto que venía en superficie desde Turbaco y era muy rico en cálcico y ese calcio era útil para que se diera esa flor que ya no existe”.

A pesar de vivir en Bogotá desde 1965, Roberto parecía siempre haber dejado atrás su ciudad natal hacía apenas un par de semanas: como un caribeño que se negaba a acachacarse, vestía con doble media y usaba camisilla, camisa y suéter incluso cuando permanecía dentro de su propia casa.

Aureliano

Al interior de Colombia se estereotipa al caribeño como alguien mamagallista, desabrochada, de camisas floridas y mirada musical. Guardan en el imaginario los rasgos fuertes, impulsivos y apasionados de un José Arcadio, olvidando el carácter mesurado y reflexivo, la voluntad inamovible y el punto de tristeza en la mirada de un Aureliano. Si hubiera sido un Buendía, Roberto hubiera sido como el coronel: la vida no le apretaba. Así fue siempre. Desde niño, cuando ya sabía que el destino le tenía los hilos marcados y nada hizo para contrariarlo.

Nació en la Clínica Vargas, en el barrio a espaldas del castillo de San Felipe, entrando por El Cabrero hacia Torices, donde habitaban mulatos de clase media, educados y con cierta concepción de vida e independencia económica. Era el mayor de los hermanos. Le siguen Sonia, que nació un año después que él; Beatriz; Javier Alonso, que vive en Francia; y otra mujer, María Consuelo. Todos dedicados hoy a la docencia.

Los Burgos, tan comunes en las sabanas de Bolívar, descienden directamente de una española llamada Manuela que llegó al país en calidad de “sobrina” de un cura de apellido Berástegui, quien con el tiempo montó un ingenio azucarero en cercanías a Ciénaga de Oro. Fals Borda se refiere a ambos en Historia doble de la costa, dejando constancia de que, antes del Burgos, esta parentela debería llevar el Berástegui.

El papá de Roberto trabajaba como juez cuando Eduardo Lemaitre le propuso fundar el departamento de Humanidades de la Universidad de Cartagena, donde permaneció hasta su muerte a pesar de conservar una oficina de abogado para satisfacción profesional. La mamá, quien se educó para ser maestra pero nunca ejerció, era de Turbaco de ascendencia cundinamarquesa. El matrimonio era amigo cercano de Zapata Olivella y de Rojas Herazo, escritores frecuentes en el hogar de su niñez. Era la época del Grupo de los Quince, cuando el francés Pierre Daguet escogió quince alumnos —Cogollo, Guerrero, Morales…— que luego descollaron en el arte local y nacional.

El padre de Roberto era buen lector. Tenía una extensa biblioteca con obras del existencialismo francés, de Joyce, de Fray Luis de León, Cervantes y Lope de Vega. Y había también literatura contemporánea: “Kafka, una preciosa novela de Pasolini que se llama Muchachos de la calle, y bastantes poetas: Neruda, Zalamea, Gaitán Durán, Cote Lamus, León de Greiff”.

Había en su casa, en fin, un ambiente intelectual. Como también en su entorno: en quinto de bachillerato recibió clases extras de trigonometría con el maestro Jaime García Márquez. De carambola, conoció a su hermano Eligio, quien de inmediato se convirtió “no en mi mejor amigo sino en mi propio hermano”. Fue así como tuvo acceso a la biblioteca que Gabriel García Márquez legó a su hermano menor, a quien trataba como a su hijo mayor. En ella Roberto conoció a “Virginia Wolf, a Dos Passos, a Faulkner, a Rulfo, a Vargas Llosa y a un autor argentino ahora en alza: Daniel Moyano”.

Cartagena

Para entonces los Burgos Cantor vivían en El Cabrero, el barrio al margen del Corralito de Piedra que un siglo antes acunó a Rafael Núñez y ahora mostraba decadencia. Incluso a la ermita se le había roto la torre, por lo que la misa dominical había que celebrarla en la sala de la casa de quien fue cuatro veces presidente de Colombia.

Como esos escritores que, antes que de la imaginación echan mano de una memoria esplendente, Roberto también recuerda del barrio donde creció: “Había unas cinco casas grandes, con patios que daban al mar; un par de casas más contemporáneas, con pisos de granito y dos plantas. Y a un personaje que parecía llegado de Haití o Jamaica, el único varón que salía al malecón, desplegaba una mesa al lado del carbón hirviente y planchas de hierro. Era cobrizo, muy moreno, creo que era sastre. Todas las tardes salía a planchar sin camisa. Allí también había un embalsamador, el señor Giacometti, y unos muchachos que en las mañanas salían a la playa a vender fritos que hacía en un solar del barrio una negra llamada Agripina. A ellos, les prestaba mi bicicleta y a cambio me regalaban un frito. La vida era muy democrática. No había entonces eso que ocurrió después: el factor excluyente, discriminatorio”.

Cartagena era entonces una ciudad silenciosa de casonas abandonadas y paredes blancas pintadas con cal. Luego todo cambió y pasó a ser un cruce de calderetas, convirtiéndose en esa especie de apartheid que padece ahora, donde conviven al tiempo los palacios más costosos junto a la pobreza de tragedia. Esto sucedió estas últimas décadas, cuando Roberto ya no habitaba entre sus calles tras de partir a Bogotá a estudiar Derecho en la Universidad Nacional.

Desde entonces escribir era lo que quería. No lo hacía para combatir el aburrimiento o la infelicidad de la cotidianidad sino porque era lo que el cuerpo le pedía: una necesidad natural que no necesita razones ni explicaciones. Su padre lo sabía luego de leer, por infidencias de su madre, una serie de cuentos que Roberto escribió en el bachillerato. Uno de ellos, sobre la violencia en el campo, Zapata Olivella lo publicó en la revista Letras Nacionales y fue conocido por Policarpo Varón, un escritor bogotano que le alabó a Roberto la factura impecable. Otro fue publicado en Cali, en una antología de cuentistas.

A pesar de la vocación, su papá le aconsejó adelantar alguna carrera de la cual pudiera vivir mejor. Se decidió por el derecho en tiempos cuando esta facultad “incluso tenía cursos de literatura, no opcionales sino obligatorios. Recuerdo las clases sobre Gogol y sobre Dostoievski, con un profesor joven recién llegado de Francia, de apellido Posada, que era del Valle. Y en el entorno estaba Marta Traba, Francisco Posada, Carlos Rincón. Cada semana había un debate sobre temas que iban desde Baudelaire hasta Bertolt Brecht. Era un mundo muy rico culturalmente… Y ahí estaban la residencia, la cafetería, el cine en el centro Nariño, en el gran momento del cine europeo, con Bergman, con toda la nueva ola francesa. Uno vivía como en un micromundo”.

Los disturbios vinieron después. “Tengo la imagen de unos días tristes. En uno de ellos, unos discursos entre los comunistas jóvenes y los comunistas chinos jóvenes, que terminaron tirándose piedra, y una cosa estremecedora que fue una mañana en que llegamos a clase y habían puesto encima de la cafetería central el cadáver del estudiante Carvalo. Eso nos marcó mucho. Lo habían tiroteado en el centro, acusado de ser un enlace del ELN. En ese momento algo se quebró, algo comenzó a dañarse”.

Estudiando abogacía conoció a Dora Bernal en la facultad de Física. Los casó el párroco de la universidad, Alfonso Rincón, quien era el ayudante de Camilo Torres. Fueron 48 años de matrimonio sobre las olas de muchos naufragios. “Cuando sacamos cuentas, en el entorno de amigos hay muchas separaciones o separaciones que nunca volvieron. Lo de las uniones estables es más del Caribe que de Bogotá, tal cual se lo escuché un día a Ramiro de la Espriella cuando le dijo a alguien que se estaba separando: ‘Ustedes están locos, eso de separarse es de cachacos’”.

Ya casado hizo unos semestres en Filosofía, los cuales coinciden con la fecha en que engendró a su hijo mayor, Javier Alejandro, quien —casualmente— veinte años después se graduaría como filósofo (también es poeta, y hoy hace parte de un programa con el Distrito). Luego vino Pablo Nicolás, que estudió Cine en la Nacional, hace documentales y trabaja con Rocío Londoño en un tema de memoria nacional. Ambos muchachos ya están casados. “Soy un abuelo fértil”, sonreía orgulloso Roberto al mencionar a sus tres nietas.

Primero estuvo la literatura

En 1969 ganó su primer premio literario: el Concurso Nacional de Cuento convocado por el periódico Pizarrón de la Javeriana. Cuatro años después se alzó en Cúcuta con el Premio de Cuento Jorge Gaitán Durán. Pero la literatura no le daba para la cuchara, de modo que entró a la burocracia estatal. Antes pensó en ser maestro, como todos sus hermanos, pero se dio cuenta a tiempo que el trabajo podría consumirlo, impidiéndole dedicarse a lo que realmente quería hacer: escribir. Fue entonces cuando un amigo de su padre, Jaime Angulo Bossa, lo llevó a la nómina de la Superintendencia de Notariado y Registro. Allí logró organizar el tiempo para regresar temprano a casa a leer y escribir. Cuando pensó que estaba listo para jalarle a una novela, al poco tiempo de arrancar se quedó sin gasolina.

Debió esperar hasta principios de los ochenta, con tres periodos vacacionales acumulados, para finalmente aunar fuerzas, encerrándose en el apartamento desocupado de una de sus hermanas en Barranquilla y concentrarse en la escritura, “Anunciándolo con bombos y platillos a todos los amigos para obligarme a regresar con un trabajo entre las manos”.

Así nació Lo amador. Siete cuentos que narran la historia de esos personajes (boxeadores, mecánicos, modistas, reinas de belleza) con los que Roberto solía toparse y esos sitios por donde cada tarde se aventuraba al desplazarse entre su casa de El Cabrero y el Liceo La Salle, donde estudiaba: “Aquí donde usted me ve cuando yo vine esto no era barrio ni era nada y el teatro qué vaina tan linda para el llanto y para el sueño una sala grande descubierta que en el verano fresco de enero empezaba la vespertina a las siete porque no oscurecía antes y si uno recostaba la cabeza contra el espaldar de una silla veía las estrellas moviéndose por el cielo o la luna de julio que estaba encima de la sala al comenzar la nocturna”.

Según escribió Edgar Sierra en Coralibre, “un libro que le tuerce el pescuezo a la retórica, que rompe con la tradición conservadora para buscar lo propio y un nuevo lenguaje”. El hoy director de Planeta, Juan David Correa, no se quedó atrás en elogios en sus tiempos como director de la revista ARCADIA: “Lo amador se sigue reeditando y comentando como uno de los libros más importantes en la Colombia de los últimos treinta años”.

Eliminando lo que él llamaba “la posdata social”, a partir de entonces Roberto supo combinar la burocracia que le dio de comer con la escritura que lo llenó de placer. Lo fácil sería decir que lo hizo de forma kafkiana, dando a entender la vida triste del escritor que debe padecer de la burocracia para sobrevivir, pero es hora de torcer el cuello a esta mirada: tristes más bien son los burócratas que carecen de esperanzas para subsistir.

De esta forma, como en el eterno retorno, por la Superintendencia de Notariado y Registro entró y salió en tres épocas diferentes de su vida. No fue su único cargo público. Trabajó en la ESAP, bajo la dirección de Marino Henao; en Focine, bajo órdenes de María Emma Mejía durante el gobierno de Belisario; y estuvo un par de veces en la nómina diplomática: dos años en Panamá y tres en Viena.

Se dice que hay dos clases de escritores: los que escriben bajo un impulso, se sientan y hasta que no acaban la novela no vuelven a levantarse (“como le ocurría a Sábato  —tal cual recuerda Roberto—, que solo trabajaba cuando le llegaban las ideas”) y otros que tienen una rutina y lo hacen día tras día. Y ahí están Vargas Llosa y García Márquez, “con esa lealtad a la escritura que ya sabemos cuán agradecida les ha resultado”. Roberto también hace parte de este segundo clan.

Para escribir El patio de los vientos perdidos, su primera novela, se encerró durante dos años en los que vivió de los ahorros, las cesantías y la complicidad de Dora, su mujer. La olla se raspó antes de terminarla, de modo que durante los capítulos finales debió volver a emplearse. Luego vino un libro de cuentos, De gozos y desvelos, y otra novela, Pavana del ángel, a la que le dedicó todas las tardes cuando vivió en Panamá, mientras que durante la estancia en Viena escribió la colección de cuentos Quiero es cantar. “Me gusta mucho escribir cuentos, pero uno entra a veces en esa necedad de darle contenido utilitario a los gozos. A ese gozo con el cuento le encontré algo que ha resultado muy útil: como es un trabajo muy preciso, de relojería, me sirve para apretar las novelas”.

Toda la obra de Roberto narra un universo propio donde los protagonistas son siempre Cartagena y el lenguaje Caribe. Lo que marca la cresta de su ola literaria, hasta el momento, es La ceiba de la memoria, Premio Casa de las Américas José María Arguedas 2009. Fue publicada con un tiraje inicial de 25.000 ejemplares, y va en su cuarta edición.

Ahora que no ejercía ningún cargo burocrático había variado su horario de trabajo: era un hombre disciplinado y riguroso que escribía de lunes a viernes entre las ocho y media de la mañana y la una en punto de la tarde. Prefería esta hora porque la mañana tiene la ventaja moral de quitarnos la angustia de no haber hecho nada en el día, y porque luego ya uno puede hacer lo que quiera. Decía: “Disciplinar el tiempo de la escritura tiene una enorme ventaja: la rutina es agradecida”. Y decía también: “El escritor no puede dejar enfriar la mano entre un libro y otro porque corre el riesgo. Y a veces el riesgo gana”.

El aliento

En Señas particulares cuenta la historia de su estadía en Bogotá y retrata a los amigos que más alentaron su vocación de escritor. Como su papá, quien murió cuando finalizaba la escritura del libro, más cuatro importantes escritores: Ernesto Sábato, Álvaro Mutis, José Viñals y, por supuesto, García Márquez, a quien Roberto siempre menciona como Gabriel, es decir, como alguien de quien no necesita presumir cercanía llamándolo Gabo por la gran amistad que los unía.

Lo conoció de la mano de su hermano Eligio. “Antes de que saliera Cien años de soledad me pidió que acompañáramos a Gabriel a recoger un cheque en Buchholz, que le entregó Nicolás Suescún, como pago por un fragmento de la novela”. Pero lo que selló la amistad fue la publicación de Lo amador, ocurrida al regresar García Márquez de Estocolmo. En un almuerzo en casa de Roberto, mientras le echaba mano a una bandeja de patacones, Gabriel le dijo: “Ningún escritor dijo de mi primera libro que era bueno, y menos si ese escritor era un Nobel”.

La amistad con Sábato, en tanto, surgió porque Eligio quería entrevistar al gran narrador argentino sobre el tema de la ciencia. “Entre ambos hicimos un cuestionario kilométrico al que yo le adicioné preguntas literarias. Después de eso, por algún tiempo conservamos una correspondencia muy fluida”.

Álvaro Mutis ya era amigo suyo cuando salió publicada su novela El patio de los vientos perdidos, cuyo manuscrito Roberto le había enviado cuando aún no la terminaba. En un encuentro casual en la Biblioteca Nacional, Mutis le dijo: “Tengo que pedirle una cosa. Yo quiero hacer la nota de contratapa porque este es un país que conozco muy bien y lo primero que van a decir es que esa novela es garcíamarquiana, y no tiene un carajo que ver. Pero eso no lo puede decir usted sino yo”.

Y así se hizo.

Roberto a secas

De Roberto se dice que es un autor de culto; que era de pocos amigos, pero muy amigo de sus amigos; que era un hombre generoso con los recuerdos positivos; que tiene una hija en Argentina, a la que desconoce su esposa Dora; que tiene un gran amigo que se llama Arnulfo y una amiga entrañable que se llama Adriana; que a pesar de los tantos años de habitar en Bogotá, lo seguía deslumbrando la comida de su tierra —los pescados de mar, el arroz con coco, el mote de queso—; que tenía una deformación que bien pudo haberle costado la expulsión eterna de Cartagena: considerar como el mejor dulce la pasta de mango que hacen las Goenaga en Santa Marta; y que era sobrecogedoramente tímido ante los medios.

En fin.

Se decían pocas cosas de Roberto Burgos Cantor porque era alguien arisco para las páginas sociales: nunca lo deslumbraron los focos ni las bambalinas. Vivió como de tapadillo, haciéndole el quite a las polémicas y evitando cazar peleas con intención de atraer los flashes. Tampoco le interesaron los entresijos del poder. Era más bien un hombre casero dedicado a su trabajo y a la escritura que desde niño asumió como su razón de vida. Este año ganó el Premio Nacional de Novela con Ver lo que veo. Tuvo así la fortuna de ser homenajeado en vida. Pero el conjunto de su obra merece una visita: una y otra más.

Ha muerto ahora y deja un enorme vacío entre sus amigos y un dolor que no se va y el corazón desmigajado de sus familiares. Deja además, por fortuna, un valioso legado literario que, como escribió Marino Canizales en Aurora boreal, “Supera con creces el lugar común de que la literatura es lenguaje”. Y deja también la enseñanza de quien se supera siempre a sí mismo: el respeto y la admiración por Roberto tienen de poso no solo el trabajo que se hace a pulso, con dedicación y disciplina, sino también la elegancia del amor, la sencillez del que es grande y la decencia del hombre en paz consigo mismo.

 

Comentarios

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