Órbita

Las Mujeres podrán libremente consagrarse al periodismo (II)

Las Mujeres podrán libremente consagrarse al periodismo (II)Las Mujeres podrán libremente consagrarse al periodismo

¿Qué hay que conciliar?

Junto al infrecuente acceso a los puestos directivos de las periodistas emerge el asunto de la conciliación laboral y de la maternidad. ¿Es posible desarrollar una carrera profesional en el periodismo siendo, a la vez, madre, y no morir en el intento? Parece una tarea realmente compleja. Y eso explica en cierta medida que las mujeres, aun cuando ya son mayoría en las redacciones, no alcancen todavía los puestos directivos. En una entrevista realizada por Iñaki Gabilondo a Michelle Bachelet, el periodista comenta la precariedad de las medidas actuales para la conciliación laboral porque «una mujer no puede llegar muy lejos a tiempo parcial, tiene que trabajar mucho. La solución del tiempo parcial es una solución coyuntural, no es una solución». Y confiesa: «Una cosa que me ha marcado toda la vida es que nunca he tenido que optar entre ser periodista y ser padre. Yo nunca me planteé: “no sé si quiero ser periodista o padre”. Y he vivido rodeado de compañeras que se han preguntado muchas veces si tienen que ser periodistas o madres».

Charo Zarzalejos, en 2014, en el congreso al que se aludía arriba realizaba la siguiente declaración: «Lo que nos distingue a los hombres de las mujeres es que las mujeres tenemos una relación distinta con el poder. Los hombres son más ambiciosos, la mujer si sale ambiciosa no tiene límites, es verdad. Pero a la hora de ascender, de asumir responsabilidades, creo que nuestra escala de valores, por lo menos la de mi generación, era bien distinta a la de los hombres. Siempre nos han podido más los afectos que el poder. Siempre nos hemos sentido especialmente responsables de nuestros hijos. Creo que es este sentido el que explica que pudiendo haber tenido ciertas cotas de poder, algunas hemos renunciado a ellas, porque equivocadamente o no (en mi caso, no, me ha compensado), teníamos una escala de valores distinta. Y a todo no se puede estar».

A las dificultades comunes con las que se enfrentan las mujeres en todos los sectores profesionales, hay que sumar las especiales características del trabajo periodístico: disponibilidad horaria total, trabajo en fines de semana y festivos… En esta profesión, como en tantas otras en las que la «productividad» parece estar por encima de lo racional, si no puedes prolongar la jornada es como si no existieras. Muchas mujeres solicitan reducción de jornada porque es la única manera de tener un horario cerrado y poder organizarse con cuidadores, guarderías, colegios… Pero esta opción reduce también toda posibilidad de ascenso o promoción. Esto contribuye a explicar la brecha salarial que hay en el sector, puesto que las reducciones conllevan una drástica reducción del sueldo (muy por encima, en algunos casos, de la reducción horaria, puesto que se eliminan automáticamente del sueldo los pluses y otras compensaciones).

Por otra parte, pese a que el trabajo periodístico permite el teletrabajo  —con un móvil y un portátil está todo resuelto—, las empresas periodísticas no lo fomentan. Es más, siguen premiando el «presentismo». Y la organización del trabajo tampoco ayuda, pese a que ha habido avances. Una cosa son los sucesos, los acontecimientos imprevistos, y otra, que la organización del trabajo demore el día a día. Además de optar por reducciones de jornada, son muchas las mujeres que intentan cambiar de ocupación  en el sector, y abandonan los medios, para aspirar a un trabajo más ordenado: en gabinetes de instituciones, empresas, y otras entidades, o bien optan por hacerse autónomas.

Anna Grau añade que las mujeres suelen ser menos ambiciosas en líneas generales y «cuando descubren que el periodismo es un oficio endemoniado de conciliar con la vida familiar y los hijos, normalmente pringan más por este lado. En todos los matrimonios de periodistas que yo conozco, cuando llegan los hijos y las complicaciones, ella, suponiendo que no llegue a dejar el trabajo, reduce las expectativas y pecha mucho más que él. Estoy simplificando y generalizando… pero creo no estar equivocándome mucho».

June Fernández, directora de la revista feminista Píkara Magazine, amplía el campo a lo que denomina el «peso de los afectos» que recae sobre las mujeres en general. No ya la conciliación con la maternidad, que se da por supuesto, sino también las relaciones que si bien dan, también restan energía vital y hacen que no te plantees irte lejos, o que te sientas culpable si te pasas todo el día trabajando y no tienes tiempo para tu pareja, para tus hijos o tus padres. Hay una incomprensión en el mundo familiar si es la mujer la que no encuentra el tiempo para los otros. No se estimula lo material, el empoderamiento, que seamos ambiciosas y nos movamos por el mundo. «Mi idea es que las mujeres recibimos más mensajes que minan nuestra iniciativa personal y que nos atan a un contexto y una vida determinados por los afectos», subraya. 

Periodismo «cipotudo»

Por otro lado, según afirman bastantes profesionales, parece seguir vivo un periodismo de «machos». «Incluso entre periodistas hombres que hablan ante periodistas mujeres con mucho más recorrido», señala Alba Muñoz que apunta además lo triste y ridículo de esta situación. «Eso da pie, por ejemplo, a que una cagada de un redactor haga gracia, ya que completa el genotipo de reportero viril y trasnochado que la lía de vez en cuando. Un fallo femenino se considera mala praxis, falta de profesionalidad. El trato de los jefes hacia ellos recuerda a un encuentro en el bar. Con ellas, en cambio, se genera la atmósfera de una entrevista de trabajo. En un mundo que sigue dirigido por hombres, sigue imperando la masculinidad». Lucía Lijtmaer subraya que, pese a la apariencia de «feminización» de las redacciones (en las caras visibles), nada afecta esto a la agenda, a los temas. Y añadiríamos que ni al tratamiento de los temas. Por ejemplo, hoy en día un informativo puede abrir con un feminicidio, y la prensa escrita también se ocupa de la violencia de género y le da relevancia en el medio.  Precisamente la crónica de sucesos es uno de los géneros que más se ha «feminizado» en este sentido en los últimos años. El problema no es que se hable poco de ello, sino que los modelos discursivos que lo describen se centran siempre en la «debilidad de la mujer» y su fragilidad «connatural». Tamara Marbán contempla que «la mayoría de las dificultades, discriminaciones, violencias e invisibilidades a que estamos sometidas las periodistas vienen de antiguo, es decir, no llegan cuando nos instalamos en el oficio, sino que forman parte de una lista machista tenebrosa de heridas antes de la muerte a las que hacemos frente en el periodismo y fuera de él». La precariedad que nos ha regalado el neoliberalismo salvaje y la incertidumbre por el cambio en el modelo de negocio de los medios exacerba la sensación de inseguridad.

June Fernández lleva este asunto hasta las redes informales de poder y de decisión, en donde las mujeres periodistas, se han sentido excluidas de manera  más o menos sutil de los espacios en los que «se corta el bacalao». «Por ponerte un ejemplo, cuando yo curraba en un periódico, un chico de mi edad se fue de concierto con los jefes. Yo ni lo hubiera contemplado. Ese compadreo con los jefes (hombres) es mucho más difícil cuando eres mujer, sobre todo sabiendo que si estrechas confianza te expones a que te sexualicen. Puede ser el partidito de fútbol, quién se va de cañas con los jefes, el sentido del humor que se maneja en la redacción… Lo mismo con los políticos. O en el caso de las corresponsales, ese ambientillo nocturno que, por ejemplo, describe Manuel Jaboisen el prólogo de Novato en nota roja, de Alberto Arce». 

La happy hour la denominaba y temía una colega de profesión de Anabel Díez, según comentó en el congreso de 2014, ese tiempo en el que los hombres se iban de copas y compadreo y en el que todo se decidía porque, cuando volvían a la redacción, ya estaba pensado qué se publicaba y dónde. Isabel San Sebastián señalaba esta capacidad de medrar e irse de copas con el jefe y apuntalaba: «los hombres dedican más tiempo a medrar y la mujeres a trabajar».

Parece cierto, aunque pueda a veces dar la impresión de lo contrario por la mayor visibilidad de ideas y pseudoideas feministas, que, como expuso Íñigo F. Lomana, estamos en una era de «prensa cipotuda», de estilo rimbombante y de exuberante virilidad. Y en este punto, acierta otra vez Alba Muñoz en su perfil de Facebook con respecto a la polémica que generó esta publicación en las redes:

«Los cipotudos me gustan si son buenos en lo suyo, del mismo modo que me gustan algunos pintores fascistas. Hay cipotudos a los que les gusta pensar y a mí me gusta leer pensamiento, por aquello de abrir ventanas al cerebro para luego cerrarlas si eso. La relación entre talento e ideología es la que es y cada uno la gestiona a su manera». A este respecto entre «ética y estética» o «ideología y estilo», el artículo de Alberto Olmos publicado en El Confidencial recoge una defensa de la «prosa cipotuda», inserta en una tradición literaria española que también hay que tener presente.

«Pero a los cipotudos les envidio una cosa —continúa Alba Muñoz—: la armadura invisible que hace que sus palabras pesen más y que muchas balas les reboten. Da la sensación de que todo lo que escriben suena más sabio, reflexivo, importante. Termina siendo más influyente que lo que escribimos las mujeres. Y no solo porque sean más en las tribunas y en los consejos de dirección. Es como si a nosotras se nos leyera con el balido de una oveja y a ellos en una iglesia vacía que resuena». Habrá que pensar despacio por qué ellos suenan acertados y rotundos y nosotras dubitativas. En igualdad de condiciones, señala Ana Grau, suele tener más credibilidad la información de un hombre…«a no ser que la mujer adopte un rol marcada y hasta agresivamente masculinizado. Estoy generalizando y simplificando, pero no me estoy alejando mucho de la verdad». Emilia Landaluce, con su singular ironía, apunta que «todo son ventajas» si eres mujer y periodista, y exclama: «¡Las periodistas coñudas no existimos!». Quizá esta falta de reconocimiento y audición de las voces de las periodistas guarde cierta relación con el «síndrome de la impostora» que atemoriza a la periodista Tamara Marbán. Síndrome que es en cierta medida representativo: «el miedo a destacar, a levantar la mano y la voz, a no pedir permiso, a no callar y a no conformarse… por si te descubren. Sentir ese vértigo del no debería estar acá, no me lo merezco, mi voz no es importante. Ese no querer/poder ocupar el sitio que se nos antoje a nivel laboral es el microscopio meridianamente claro de cuánto el mundo, con sus cruces históricos, nos atenaza».

Histeria digital machista

La prensa digital parece que reproduce y amplifica en algún sentido los agravios comparativos entre hombres y mujeres. Mariluz Peinado se preguntaba, a raíz de una investigación que The Guardian publicó el pasado mes de abril «The Dark Side of Guardian comments»: «¿Por qué hay tanto odio hacia las mujeres (periodistas y no periodistas) en internet?» The Guardian  presenta las conclusiones de una investigación inmensa: el periódico analizó 70 millones de intervenciones de lectores y lectoras en los artículos de su web desde 2006. En este tiempo, solo un 2% (1,4 millones, aproximadamente) han sido eliminados por los moderadores por considerarlos muy inapropiados. Sin embargo, entre los millones de comentarios que se mantuvieron en la web del diario británico no solo había reflexiones y argumentos racionales. También había insultos, acoso y palabras de desprecio, especialmente hacia las periodistas. Y ¡ojo! Porque uno de los aspectos más comentados en este debate fue la revelación de que la mayor parte de los mensajes de odio enviados contra mujeres en internet proceden de otras mujeres, en su mayor parte jóvenes.Polly Tyonbee en «When women can be misogynist trolls, we need a feminist internet» explica alguna de las causas que llevan a estas jóvenes a convertirse en trolls de sus congéneres y expone algunas medidas posibles que, como en tantas ocasiones, pasan por un buen sistema educativo.

Los resultados de la investigación de The Guardian pusieron cifras a algo que la mayoría de las periodistas han sentido alguna vez: que son más a menudo que sus compañeros el objeto de insultos de comentaristas. «De los 10 escritores que sufren más acoso, ocho fueron mujeres (cuatro blancas y cuatro no-blancas) y dos, hombres negros», decía el estudio. Las periodistas son más fácilmente criticadas, despreciadas e insultadas en las redes sociales y las ediciones digitales de los medios de comunicación. Y el argumento no siempre es la calidad de nuestro trabajo, subraya la periodista de El País.

Dos días después, Peinado, publicó en Verne (El País) un artículo sobre el informe de The Guardian. Los comentarios se llenaron de insultos; acusaron a la periodista de «hembrista y de odiar a los hombres». Y afirmaron que mentía, aunque su aportación al artículo era mínima y recogía los resultados de varios estudios. Ese artículo fue mucho más comentado de lo que son habitualmente las publicaciones de Verne siguiendo algo que el propio estudio indicaba: que no solo las mujeres son más insultadas, sino también que los artículos sobre mujeres son más criticados. Se lamenta Peinado de que sea algo más que habitual. «Hay pocos temas que polaricen tanto los comentarios en los medios digitales como el feminismo o los derechos de las mujeres. El propio estudio de The Guardian apuntaba que, en los artículos sobre violaciones, el número de comentarios bloqueados aumentaba respecto a la media. Es casi imposible firmar una información que hable sobre tendencias feministas, que rescate a figuras femeninas olvidadas o que explique términos como mansplaining sin que alguien te llame feminazi. También sin que alguien te ataque personalmente y diga que seguro que eres fea, estás amargada o malfollada. Como si fueran argumentos de autoridad para evaluar el trabajo de las profesionales. La conversación y la posibilidad de democratización de la información que ofrece internet tiene aún mucho que avanzar en este sentido», subraya.

La revista Píkara Magazine publicó el año pasado un reportaje significativo sobre acoso machista y comentarios sexistas a mujeres periodistas. «Micromachismos o microviolencias que nos quitan energía y seguridad en nosotras mismas», como una cuestión clave que señala June Fernández.

¿Tú qué haces para que esto mejore?

Llegados a este punto, tras constatar ese techo de cristal, la tan difícil conciliación familiar y el machismo sobresaliente en los medios analógicos y digitales, ¿qué queda? Silvia Cruz quiere escapar de la queja que, siendo lícita, le resuena cansina, «Ya se quejan hasta ellos de estas cosas, mira si es fácil», comenta con divertida ironía. Cruz se plantea esta cuestión: «¿Tú qué haces para que esto mejore?» La periodista freelance responde que en la medida de lo posible ella trata de ampliar su mirada en lo referente a las mujeres como ha aprendido a hacerlo con otros temas. «Yo no nací feminista, me hice, y me hice o me di cuenta de que lo era bastante tarde», afirma. «Lo que hago en mi día a día cuando me planteo un reportaje, pienso: este experto que he empleado, ¿podría ser una experta? Las voces de autoridad femeninas están en segundo plano, a veces no por machismo, sino por comodidad, pues todos los periodistas acudimos a las mismas fuentes porque ya están verificadas y todo fluye más rápido. Eso implica más trabajo, claro. Hay que elegir, comprobar que realmente esa mujer experta está autorizada en su campo y no escogerla solo porque es mujer. Encontrarla, contactar, a veces convencerla de que hable, convertirla en tu fuente». Tamara Marbán en este sentido de buscar respuestas y maneras que no aprisionen y respondan a su querer hacer periodístico se cuestiona casi de manera inconsciente y a diario con cómo romper con ciertas dinámicas y aprendizajes. Y así  trata de «encontrar una voz fuera del feminist planning y del resto de plainnings, que evite la propaganda, sin dejar de contribuir en  dar la pelea; tratando de identificar los espacios narrativos que suman, que aportan, que construyen, que sostienen el bien común y que parten de la reivindicación feminista, que nos sostiene en el mundo; quiere «inventar un artefacto periodístico que sortee y/o atraviese lo biográfico, pero que huya de la pseudoficción. Que dé respuestas, que se reinvente».

Y en esta línea de planteamientos renovadores, Laura Corcuera, redactora de Diagonal, se pregunta por aquel medio que considera qué necesita esta sociedad y nos pregunta también: ¿Qué medio de comunicación imaginas «ideal» en términos de condiciones materiales de producción, organización interna, contenidos y formatos? Corcuera sugiere que reflexionemos sobre asuntos como «soberanía informativa» y «periodismo situado» y propone vincular medio a movimiento. En atención al ecosistema mediático actual plantea tres aspectos clave en los que debemos detenernos para comprender mejor cómo funciona el periodismo y la comunicación actualmente y qué lugar ocupan en esta cadena las mujeres y las mujeres periodistas. Desde sus postulados feministas, se trata de atender a tres cuestiones básicas, que expone del siguiente modo:

(Re)presentación de las personas no varones en los medios de comunicación, como protagonistas, sujetos, interlocutores, «agentes», «expertxs» de los acontecimientos y de los procesos que se dan en la vida, desde lo más concreto y local a lo más global y abstracto.

Quién escribe/produce discurso/información en los medios. Quién hace los medios.  La presencia de plumas/emisoras no solo varones blancos jóvenes occidentales de clase alta y a veces media.

El funcionamiento de las empresas informativas, organización interna jerárquica, autoritaria, machista y heteropatriarcal. Las condiciones materiales de producción. Conciliación con la vida, división sexual del trabajo periodístico (temas, responsabilidades). Y cómo el periodismo en su vertiente más intrépida se entiende como una actividad «reservada» para los chicos.

Hasta aquí lo que hemos podido aclarar de la situación actual de las mujeres periodistas. Aún no parece que se haya «despejado el ambiente» como sugería Magda Donato que sucedería en el periodismo, como ocurre en tantos otros ámbitos sociales y laborales. La presencia de las mujeres en los medios sí es un logro que no podemos obviar pero aún con todo las desigualdades entre hombres y mujeres son manifiestas. Es sintomático que tanto veteranas como profesionales más jóvenes coincidan mal que bien en la mayoría de las cuestiones. La única voz disonante al respecto es la de Pilar Cernuda, de aquellas que han entendido que esta cuestión les apelaba, que ha habido lógicamente algunas periodistas que han preferido no contestar.

Quizá Donato al emplear la palabra «consagrarse» estaba siendo estricta con el término en el sentido de entregarse en cuerpo y alma al ejercicio periodístico, y a nada más, día y noche. Quedan muchas barreras que derribar y mientras tanto, «ante una hipotética brecha de género», Alba Muñoz nos hace una última propuesta que no debemos dejar de considerar. Esta periodista se ofrece «como subjefa de un medio de comunicación mayoritariamente femenino en todos sus órganos vitales». «Lo de subjefa es por el estrés», aclara.

Comentarios

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